DOS NUEVAS ENTRADAS DE “¿QUÉ HAGO YO ACÁ?”, DE MANUEL DÍAZ

Firenze, Florencia

Día X  07/03/2020

Despierto primero cerca de las diez de la mañana. El único ingreso de luz que hay en el departamento es el del resquicio de la persiana que dejé abierta. Voy hacia el living comedor y mi padre parece aún dormir, pero enseguida me habla. Comentamos los gritos que se escuchaban anoche en la calle. Padre me dice que se asomó en un momento en el que escuchó sirenas. Yo las escuché, pero no les presté atención. Al parecer, vinieron algunos patrulleros y se llevaron a todo el mundo.

Diarios: crece la epidemia de coronavirus y aumentan los casos confirmados en Argentina. Primer infectado en el Vaticano, reducen la agenda del Papa. Mi padre lamenta que no podamos ver los funerales de Bergoglio e insiste en que es muy difícil contagiarse. Según pasan los días, estamos más cerca de volver y de momento ni rastros de coronavirus. Desconozco el tiempo de incubación, pero en diez días algo debería notarse. Lo curioso es que uno nunca sabe cuándo se contagia: no podría determinarse un momento preciso. Nosotros, al volver desde Londres, es posible que zafemos, dice mi padre mientras preparo café.

Es de mañana y sigue nublado, pero ya no llueve. Hoy iremos a Uffizi. Mi padre hasta ayer no sabía qué era, y me dijo que fuera solo, que él haría planes con mis hermanas. Sin embargo, al anochecer, cuando habló con C por teléfono, regresó diciendo que iríamos todos, que no había excusa para no ir. Así que iremos todos, asumo.

Fuimos todos. Mi hermana P siguió interesada en el arte sacro, haciendo preguntas sobre las representaciones e intentando analizar las simbologías del cristianismo que se muestran en las pinturas del renacimiento. En Uffizi había poco movimiento en general, excepto ante las grandes obras: Piero della Francesca, Botticelli, Tintoretto, Leonardo, Caravaggio… Ahí se amontonaban algunos visitantes. Si bien la galería es enorme, no me resultó inabarcable como la mayoría de los museos, que me generan cierto malestar pasadas algunas horas. Mis hermanas y mi padre apuraron el recorrido y terminaron por salir bastante antes que yo. Demoré alrededor de tres horas y media en recorrerla casi entera (no al detalle, por supuesto). Los volví a encontrar en el Duomo y resolvimos subir al campanario. Mis hermanas subieron los cuatrocientos sesenta escalones como si nada, sin esfuerzo. Yo tenía que parar a descansar en cada rellano de la escalera. El lavatupper del clero debía ser quien trepara esa torre para tocar la campana, una verdadera tortura. 

Estamos mirando la televisión y en todos los canales pasan alertas sobre el coronavirus. Hay una especie de emergencia nacional. Lombardía y once provincias están blindadas como medida de contención. Venecia está cerrada, solo es posible entrar o salir por motivos “graves o impostergables” de familia o trabajo. Mi madre sostuvo que deberé autoaislarme cuando regrese como forma de prevenir potenciales contagios. No sé (y no puedo saber) si poseo el virus, no sé si en cierto momento se dispararán los síntomas o si estaré expuesto a contraerlo en los próximos días. Diario Crónica, noticia de hace diez minutos: primer muerto de coronavirus en Argentina. Un hombre de sesenta y cuatro años falleció en el hospital Argerich; había vuelto de Francia, un día antes de que viajáramos nosotros, y durante días no tuvo síntomas. Mantengo charlas con amigos de Rosario que me preguntan por mi estado y por el estado general de la situación. 

(Interrupción para que mi hermana J me cuente una historia sobre Duki y el Demente y para apreciar algunos eventos callejeros: una especie de discusión con empujones incluidos entre unos sujetos parados en la esquina y una manifestación extrañísima de hombres vestidos de negro que avanzaban por la calle. Serían alrededor de cuarenta y entonaban unos cánticos inentendibles mientras aplaudían y levantaban sus puños. Mi hermana P, por su parte, tuvo un ataque patriótico, se puso a cantar y a bailar el Malambo del 25.)

Me está costando redactar esta sección del diario. Un amigo argentino me escribe el calor frena el coronavirus pero hace evolucionar el dengue. De todos modos, el gobierno decidió largar una plaga de lagartos para que se coman los mosquitos y luego una plaga de gorilas africanos para que exterminen a los lagartos. Mañana iremos a Pisa en tren. 

Búsqueda en google: la familia Tagliapietra, aquel apellido que se repetía una y otra vez en Burano, parece ser una familia patricia de Venecia cuyo linaje se remonta al siglo XIII. Por otro lado, hay noticias de M y su novio en Barcelona. Me escribió desde el aeropuerto, cuando acababa de aterrizar en París, que había decidido terminar con el chico. Le pesaba un poco, pero él sostenía no estar enamorado de ella y le pareció que no tenía sentido continuar una relación a distancia, que el esfuerzo de meses, mientras ella estaba en París y él en Rosario, había sido algo que la sostuvo en un lugar incómodo. Ahora, esperemos, podrá tal vez encontrar a alguien en París (ese era su próximo objetivo). Me dijo que pasaron, sin embargo, unos lindos días en Barcelona. 

 

Imagen: Lula Giacosa

 

Florencia, Pisa, Firenze

Día XI  08/03/2020

Ayer pasamos el día en Pisa. Fuimos en tren y cuando llegábamos a la plaza del Duomo, donde está la torre, vi un graffiti que, sobre una pared, en inglés, decía “Disculpen, hoy la torre no se encuentra inclinada”. Era ocho de marzo, llegamos pasado el mediodía y, durante el trayecto desde la estación central de Pisa hasta el centro histórico, vimos varias pintadas con consignas feministas y políticas. Incluso, había una que decía Benetton uccide, siamo tutti mapuche. A medida que avanzábamos hacia el centro, veíamos venir, en sentido contrario, agentes de policía que fotografiaban cada uno de los escritos, bajaban afiches o guirnaldas y parecían interrogar a la gente que pasaba acerca de quiénes era las potenciales autoras del hecho. Más tarde, vimos a un señor con una cámara, posiblemente camarógrafo de algún canal de televisión, que registraba las pintadas en la puerta de un local de celulares. Salió el vendedor a pedirle que no enfocara su local, que se limitara a filmar los grafittis. Todo el mundo parecía bastante consternado con las intervenciones.

Es curioso cómo en la ciudad todo gira en torno a la torre. Asimismo, todo estaba vacío, con muy poca gente circulando. Escuché al pasar que uno de los trabajadores de turismo le decía a alguien que un domingo cualquiera esto –el complejo de la plaza donde están la catedral y la torre– estaría lleno de gente. Descansamos un rato largo en el césped, al sol, y luego fuimos por calles intrincadas nuevamente hacia la estación, con algunas paradas para comprar algunos objetos.

En el andén, mientras esperábamos el tren para volver a Florencia, vi segmentos informativos en una televisión. Se decretó que dieciséis millones de personas sean recluidas en sus hogares a lo largo del norte de Italia; la gente del sur desconfía de aquellos que vienen del norte; hay varios casos confirmados en Sicilia; funcionarios piden “mano dura” para los irresponsables; cada región tiene autonomía para decretar los métodos de confinamiento que considere necesarios; los equipos de fútbol juegan a puertas cerradas; hay miles de personas en cuarentena; hay mil quinientos casos nuevos por día; “cierren todo o los jóvenes contagiarán a nuestros abuelos”.

Después del viaje en tren, en el que íbamos casi solos, le confesé a mi padre que hacía algunos días sentía un leve malestar, dolor de cabeza y una molestia en la garganta. De inmediato me dijo que me acostara en la cama y me quedara tranquilo, que tratara de descansar. Acto seguido, hizo que hablara con C, médica clínica. Ella me indicó que me tomara la temperatura, la cual midió 36.5. No hay problema, de momento. Dijo que si no tenía fiebre podía tomar algún ibuprofeno, o algo, y que procurara tener un día relajado, que no me sobreexigiera. Preguntó cuánto hacía que sentía ese malestar; respondí que algunos días; me replicó que a esa altura ya debería tener otros síntomas. Fiebre, al parecer, hay que tener sí o sí, caso contrario no se trata de coronavirus. Todos tosen, mis hermanas y mi padre, pero como soy el único que se mide la temperatura es a mí a quien miran con recelo. 

Comienzo a tener un poco de miedo, en especial porque no me gusta la idea de pasar quince días encerrado al regresar a Rosario. Con esa sensación de incertidumbre (en especial, de no saber cuándo uno puede contagiarse, como si fuera una cuenta regresiva hasta el momento de salir del aeropuerto) me voy a dormir. L me contó que a su padre, que va de visita en abril –vive en España–, es probable que lo pongan en cuarentena a su llegada. Ella está en una encrucijada. Si visita a su padre, tiene que quedarse aislada con él, por el riesgo de propagar el virus y, cuando su padre se vaya, debe prolongar su encierro dos semanas más. Esto le significaría, entre otras cosas, pasar un mes sin trabajar. Me cuenta que su madre está muy preocupada y que su tía, por su parte, la acusó de irresponsable. Hasta donde tengo noticia, no hay más que ocho casos en Argentina (y ninguno en Rosario). Me da la impresión, a la distancia, de que es una preocupación desmedida. C sostiene que, de acuerdo con las discusiones entre epidemiólogos, si cinco días después del retorno no hay síntomas es muy probable que no haya infección. Aun así, como no tienen una certeza plena, se mantiene la recomendación oficial de quince días de prevención. Si no hay ningún avance en ese sentido, creo que limitaré mi aislamiento extremo a un punto medio de una semana o diez días. Veremos qué sucede.

Más tarde, antes de dormir, L me dijo que le pedirá a su padre que posponga el viaje hasta que haya un panorama más tranquilo con respecto al coronavirus. Un amigo, que está cuidando mi departamento en Rosario, me comunicó que no podría estar cuando yo llegue y que deberá dejarme las llaves en otro lado. Cuando le dije que pensaría alguna alternativa me dijo que era un chiste por el coronavirus. Recibo mensajes todo el tiempo de gente que pregunta cómo está la situación.

 

Manuel Díaz nació en Rosario en 1993. Es estudiante de la carrera de Letras en la UNR. Ha publicado los libros Inquilinos (Trópico Sur, Maldonado, 2013), Asperger (El Ombú Bonsai, Rosario, 2015), Milton (Editorial Municipal de Rosario, 2015) y La caspa del punk (Ediciones Abend, Rosario, 2017). Otras de sus obras permanecen inéditas. Con Milton obtuvo el primer premio (compartido) en la categoría sub21 del Concurso Municipal de Narrativa Manuel Musto. Se ha desempeñado como jurado de concursos literarios y ha sido participante y organizador de eventos culturales y académicos.

 

junio 2020 | Revista El Cocodrilo   


CRÓNICAS