EL VIRUS LLEGÓ AL PUEBLO, POR ESTEFANÍA PIGHIN

Alta vida la del camionero, que puede ser mi finado abuelo y llevar una doble vida por cincuenta años, puede ser la del chofer empleado que cobra por viaje y al que ante la alarma de fiebre en puerto un pueblo con miedo le diagnosticó coronavirus y dengue si no simultánea sucesivamente, o la del compañerito de jardín de mi hermano hace veinte años, que me trajo de onda a Rosario para que pueda yo desarrollar mi doble vida de estudiante, pareja y profesora en la ciudad, y de hija de padres envejeciendo y nieta con el corazón en la boca por la degradación, la demencia y la reciente lipotimia en el pueblo.

Alta vista la del camionero. Nunca había subido a un camión, los escalones son altos, el techo. La vista, abierta, no como la de humano en cuarentena. El horizonte y una hilera de camiones muy espaciada, siempre en la misma dirección, al puerto. ¡Qué despacio y pesado se siente en el cuerpo! 45.000 kilos de soja en la cintura te hunden pero para atrás. Ni el andar del colectivo, ni el del tractor. Ningún auto hasta llegar a A012. Tampoco ningún control. Las rutas nuestras.

La ruta 14 se ve tranquila y en tres horas de recorrido me limpié las manos con alcohol varios pares de veces, no tomé ni cebé mates, no usé el celular prácticamente y no abrí la ventanilla hasta casi llegar, presa del panorama y de la charla. Y quizá también de los nervios, para estar en la ruta camionera no era. Llevaba la declaración jurada pertinente, pero sentía que violaba mi, hasta el momento, firme cuarentena. Fui una copilota más bien densa. Solo aporté masitas. Lo que más me interesaba charlar traté de que no se convirtiera en un cuestionario, aunque quería saber, no quería ser yuta ni delatora.

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La delación. Tomarle una foto al camión, encerrarlo con el editor del celular, dibujarle una flecha y decir: este es el camión de tal que trae el coronavirus al pueblo. Y en los comentarios “¿Quién es?”, “Digan quién es el infectado”. Llegó a todos los celulares.

La violación de la intimidad y el dolor. El audio de whatsapp del chofer quebrado contándole a la mamá que no va a poder contactarse con nadie, que no sabía a dónde lo iban a aislar llegó a todos los celulares.

El chisme. Elevado a su máxima potencia, que había estado en el norte comiendo un asado ¿norte de qué?, que había contagiado a todo un plantel de camioneros. Salió de los celulares y tomó nuestras conversaciones familiares: en ese momento fue más importante el virus invisible pulverizado en la carne que la posibilidad de que la abuela se cayera o que la abuela se cagara.

La adrenalina. En lo que el camión tardó en descargar y recorrer unos kilómetros entre localidades, la delación, la violación y el chisme agigantado ya habían ocupado a un pueblo: el virus estaba en camino.

La preocupación. Y la prudencia. La mejor y única parte indispensable de esta serie, la más seria, supongo. Se activó el protocolo con las autoridades de salud al frente. Seriedad de todos modos interrumpida por la paranoia popular que a las horas ya dio por contagiado a todo el personal de enfermería del hospital. Me tomo con seriedad la paranoia, amo la monomanía, pero en literatura.

El miedo. Al chofer, a su jefe, el miedo de los familiares que no sabían si recibirlo o si él debía aislarse en otro lugar, el miedo a este camión señalado, que –me aclara en viaje ante mis risas nerviosas– fue parado unos días y desinfectado, el miedo de las localidades vecinas de que el contagiado fuera para allá, el miedo real a salir a la calle que ahora sí nos dio a todos, por unas horas al menos, hasta que la bola que empezó a crecer se estancó cómodamente en la palabra DENGUE.

Por lo tanto desarmé la pileta. Yo había llegado el día antes del comienzo de la cuarentena obligatoria y de los 11 o 12 días solo salí uno, al cajero y a la farmacia. Volví con terror. Creí pescar el virus e impregnar el volante, la llave, la manija del auto. Lo que no pude entender y no quiero –o sí– es el paso siguiente. Ese salto demoledor: del miedo al odio.

El odio I. Tras confirmarse un caso de coronavirus en Venado Tuerto el odio que leí, escuché, vibré me devastó. Audios virales, screenshots de Facebook, noticias improvisadas, mensajes reenviados en grupos. El odio viral. Eso odié. El recalentamiento visceral global. El odio al camionero, al extranjero, al gay, al cheto, al que pinta el frente de su casa, al político, al turista, al chino, al médico, al que baldea, al pariente del pariente, al enfermo. Todo junto en un teléfono, en todos los teléfonos, en dos o tres redes sociales, en la TV. Odié el odio viral y me destruyó, me sumió en un encierro mental y emocional, en la incomunicación. Es que odié la comunicación.

Plegué la pileta, bañé al perro ¿y el gato, cuando vuelva? En Rosario comparto el amor de un gato negro con los de al lado. Antes de que ellos regresen de España, ya habíamos averiguado si teníamos que tenerle miedo o no al gato. Conclusión: lavarse muy bien las manos después de acariciarlo con temor porque puede ser portador de gotículas, como una bolsa de fideos o un sifón.

El odio II. Posteriormente, un venadense con dengue eligió compartir su experiencia en el diario regional para que lo consideren una persona que padeció una enfermedad, no un infectado de por vida, un inconsciente o un criminal: “a veces parece que se termina acusando a una persona que contrae una enfermedad, y esto no es voluntario porque nadie quiere enfermarse. Por eso pido no señalar a quien está padeciendo una situación, sino que hay que informarse” e ir al médico, agregó. Días después, en Venado también, los vecinos de edificio les pegaron un cartel de odio a dos jóvenes médicos: “Si sos médico, enfermero, farmacéutico y/o trabajás en salud… Andate!!! Nos vas a contagiar a TODOS”. Cartel respondido en el ascensor por otros vecinos que quisieron manifestarles su apoyo a los doctores: “A los médicos los queremos acá y apoyamos. Andate vos”.

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El chofer en cuestión ya tiene el alta y quiere seguir haciendo viajes. No se sabe si era dengue o no, me dice. Por ahora sigue cargando el amigo de mi hermano. Los campos a fines de marzo estallan de soja y el sur de Santa Fe es lo que más le rinde al transportista en cantidad de viajes, después sí se agarran los del norte, dice él, pero no son lo mismo. Mi papá estuvo trillando un campo que alquiló para seguir trabajando y yo lo reemplacé ese día en la asistencia constante a mi abuela, al levantarse de la cama, de la silla, del inodoro portátil, la bombacha, la cuchara al comer. Eso me trajo al pueblo pese al coronavirus. La muerte inminente. La asistencia continua. Ambas continúan.

En el puerto, me dice él –que tiene también un abuelo que vivió en el campo, crió gallinas y que ahora también languidece en el pueblo como casi todo chacarero viejo–, en el puerto no tiene que bajarse del camión, y en el campo tampoco ahora. Antes se tomaba mate, me acuerdo, conocí camioneros viejos cuando viví en lo que ahora mi viejo llama su quinta. El olor a mate dulce y tierra del camionero recuerdo, y también que recibía los remitos cuando iba a cargar y a charlar. Pero ahora la única interacción física es la entrega de la carta de porte que, me muestra, va en un folio, y por supuesto también me muestra el rociador grande con agua y alcohol.

Mi papá hizo esta transacción de folios varias veces el día de la trilla, es que el pequeño productor necesita del camión, le resulta caro acceder a la tecnología del silobolsa. Lo miré con odio a las 23:30 cuando terminó y no se sacó toda la ropa afuera. Se bañó, mi mamá puso el lavarropas. ¿Pero el auto? Para mí otra vez estaba todo infectado, como el camión con 45.000 kilos de coronavirus, dengue y soja –que en los próximos meses seguramente alimente chanchos chinos– en el que yo ahora venía.

*

Bajamos de la A012 y él se fue a Cargill, a mí me fueron a buscar en auto y, antes de entrar a Rosario, nos paró la policía.

 

 

Estefanía Pighin nació en Venado Tuerto en 1989 y creció en Santa Isabel. Es profesora en Letras por la UNR y correctora de textos. Actualmente reside en Rosario donde estudia la licenciatura, da clases y edita la revista El Cocodrilo.

 

 

abril 2020 | Revista El Cocodrilo

 


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