FLORENCIA, FIRENZE, DE MANUEL DÍAZ

Día IX  06/03/2020*

Una vez más sometí la división en días a pequeños trucos y alteraciones: todo lo que aparece bajo la entrada del día VIII fue escrito hoy en realidad, durante la espera en la estación de trenes de Santa Lucia y el trayecto hasta Florencia. Otra vez el tren iba prácticamente vacío, con apenas algunos asientos ocupados en cada vagón. Recién en Bolonia subieron pasajeros, pero en líneas generales la zona norte del país parece paralizada. Ahora sí, estamos ya instalados en el departamento donde nos alojaremos por las próximas cuatro noches.

¿A dónde fuimos primero, a Murano o a Burano?, pregunta mi hermana, redactando su propio registro de este viaje. Tal vez ella también rechaza la inmediatez de la escritura y fuerza temporalidades; intenta reconstruir más que documentar.

Anoto al vuelo, porque estoy a punto de olvidarlo: hoy, almorzando en el Mercado Central de Florencia, miraba un diario local y parece que en solo 24 horas (ayer) se detectaron alrededor de 25 casos del virus en la Toscana. Hay en total unos sesenta infectados.

Podrían escribirse ensayos sobre la impersonalidad estereotipada de los air bnb. El que alquilamos en Florencia es un departamento sobrio, donde predominan el blanco (las paredes, las sillas, la mesa, la ropa de cama) y los muebles minimalistas. Tiene un estilo, en lo decorativo, que podría ser de diseño si no fuera por la total falta de una impronta que defina a quien lo habita, señal de que es obvio que no lo habita nadie. Hay una pared empapelada con nombres de ciudades o estados de Norteamérica y una palabra que se repite con cierta regularidad (urban). Hay adornos como un globo terráqueo, un reloj hecho en base a engranajes que marca tres horarios (Florencia, Tokio y Nueva York) y carteles que dicen Welcome. Hay, además, plantas artificiales y una caja que contiene saquitos de té y la leyenda I love tea, donde el love está representado por un corazón. En la habitación donde duermo, el blanco total del ambiente es cortado por dos cuadros. Uno representa en blanco y negro (con algunos detalles en color) a una mujer que muestra su perfil, pintado desde abajo, con la boca abierta –como si gritara– y la leyenda, en imprenta mayúscula, Life is beautiful. El otro cuadro es una foto, impresa en tamaño gigante, que muestra medio rostro de mujer. La otra mitad de la cara está cubierta por una cámara fotográfica vintage y debajo dice, en letras cuidadosamente desprolijas: Smile!

Paramos a la vuelta de la estación de trenes. Parece ser un lugar estratégico en este tipo de ciudades por lo difícil que es encontrar algo si uno se adentra en el trazado urbano. Imagino lo complejo que puede ser llegar a un hotel o departamento acarreando valijas por calles angostas. (…)

Salimos a caminar (…) y fuimos a ver el David. Me llamó la atención una chica vestida toda de jean, sentada en uno de los bancos que hay en el pasillo recto que conduce a la escultura, en el lugar en el que se abren dos corredores laterales, formando una T. Esta chica estaba de piernas y brazos cruzados, era bastante rubia y no le sacaba la mirada de encima a la estatua. La observaba desde un único ángulo y pasó ahí mucho tiempo, sin moverse para nada. En cierto momento, la vi caminar muy decidida y entrar a la sala contigua, donde está la obra de Giotto y sus secuaces y que, además, conduce a la salida. Parecía que no quedaba nada del ensimismamiento y la concentración abandonada con la que miraba al David.

Mis hermanas mostraron mucho interés en el arte sacro, al punto de que más tarde confesaron que les gustaría ir a catequesis para aprender más sobre historias de la biblia. Mi padre (y yo, mientras tanto, asentía) sostuvo que quienes enseñan catequesis son todos unos brutos y que, en cambio, hay que estudiar filosofía y teología. No estoy muy seguro de que mi padre haya indagado demasiado en asuntos teológicos por fuera de sus estudios en un secundario católico, pero me parece sensata su posición. Es muy cierto que la pintura del trecento y del quattrocento es bastante convincente, mostrando en detalle y obsesivamente, con minucia, pila de versiones de la crucifixión, la pasión, los santos, la virgen, y otras escenas de ese tenor. Valga como ejemplo un detalle, ubicado en la parte inferior de un retablo, donde puede verse a algún apóstol (no recuerdo cuál) combatiendo las tentaciones del demonio. La imagen representa a un señor arrodillado rogándole a un montón de seres cornudos que parecen cabras negras y andan en dos patas.

Seguimos caminando por la calle, visitando tiendas de consumo y bienes culturales, todo casi en el mismo plano. Ya de vuelta en el departamento, les digo a mis hermanas que miren el video del trap que enfrenta al David con la Gioconda. No lo conocen y lo miran con entusiasmo. A continuación les pongo el de las Meninas, pero no conocen la pintura y se aburren un poco. Enseguida salta el de Colón y ese es un éxito: al rato van de acá para allá en el departamento cantando Te colonizo, te colonizo… Le mando mensaje a EB poniéndola al tanto de la colonización de las chicas. Pregunta qué tal el David y me cuenta que estuvieron haciendo planes para mi bienvenida, más o menos en diez días, si es que no tengo que pasar una cuarentena por coronavirus.

Hace algunas horas bajé a fumar a la vereda. Más temprano empezó a lloviznar con bastante insistencia y nunca paró. Se nota que la zona de la estación, de noche, puede ponerse un poco espesa. En lo que tardé en cruzar la calle y fumar un cigarrillo a las apuradas me increparon unas cuatro o cinco personas intentando que me acerque o queriendo venderme drogas. Cualquiera diría que se trata de una zona un poco marginal.

Mi padre acaba de preguntarme cuánto nos queda de alcohol en gel. Parece comenzar a mostrar cierta preocupación por el virus (tal vez porque estamos en la zona de Europa más afectada por la epidemia), pero insiste en que es muy difícil contagiarse si uno toma los recaudos necesarios. Hoy sentí un dolor de cabeza especialmente intenso (vengo sintiendo dolor de cabeza casi desde que salimos de Rosario) y me controlé la fiebre. De momento, todo está normal, pero existe cierta sensación de desconfianza hacia la gente que está alrededor, que excede incluso la propia voluntad. Es muy probable que no, pero ¿y si sí? Esa es la pregunta constante, es lo que puede percibirse en cualquier lado.

Ahora mismo acabo de asomarme a la ventana y presencié una pelea callejera. Es la una menos veinte de la mañana. Es el primer alojamiento en el que tenemos vista a la calle y resulta un poco ruidoso. Queda justo en la esquina de una avenida por donde circulan varias líneas de transporte público, tanto de colectivos como de tranvías. Durante el rato que estuve mirando a través de la ventana vi deambular siempre a las mismas personas, las que parecen vender drogas, como si mantuvieran una guardia o una patrulla un tanto siniestra y pendenciera. (…) Hoy, más temprano, mis hermanas aprovecharon esta vista al frente y, con la ventana abierta, se dedicaron a proferir durante un buen rato gritos nacionalistas como, por ejemplo, Maradó-Maradó.

Anotado antes de dormir: se me cruzó por la cabeza una operación rarísima donde no solo multiplicaba precios de productos sino también horas. No entiendo aún si eso aceleraba o retardaba el momento de regresar.

Hago una rápida mirada por medios italianos: el virus llegó a Sicilia y se cuentan unas cincuenta víctimas. Hay cuarentena obligatoria para quienes se desplazan del norte del país hacia el sur.

 

* nueva entrada de ¿Qué hago yo acá?

Imagen: Lula Giacosa

Manuel Díaz nació en Rosario en 1993. Es estudiante de la carrera de Letras en la UNR. Ha publicado los libros Inquilinos (Trópico Sur, Maldonado, 2013), Asperger (El Ombú Bonsai, Rosario, 2015), Milton (Editorial Municipal de Rosario, 2015) y La caspa del punk (Ediciones Abend, Rosario, 2017). Otras de sus obras permanecen inéditas. Con Milton obtuvo el primer premio (compartido) en la categoría sub21 del Concurso Municipal de Narrativa Manuel Musto. Se ha desempeñado como jurado de concursos literarios y ha sido participante y organizador de eventos culturales y académicos.

junio 2020 | Revista El Cocodrilo   


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