LOS ESCALONES MÁS ALTOS

Por Marcela Alemandi

Imágenes: Delia Inés Amarilla

 

El microcentro de Rosario no tiene grandes avenidas: es prácticamente un triángulo formado por la avenida Pellegrini, el boulevard Oroño y el río, que enmarca unas cuantas cuadras de calles angostas, donde no son raras las congestiones de tránsito. Sin embargo, las calles del centro de Rosario nunca parecieron tan angostas como esta tarde, en la que no hay ni un solo auto, pero están llenas, de vereda a vereda, de mujeres, travestis, trans y lesbianas que cantan, gritan, bailan, levantan carteles con reclamos o directamente los llevan escritos en el cuerpo.

Lilian Milicich está tratando de alcanzar a sus compañeras. Su gorra de lentejuelas plateadas sortea varios carteles y algunas banderas, pero le resulta difícil: pide permiso, trata de pasar por la vereda, por los costados, pero la marea de gente lo inunda todo y tarda mucho en avanzar.

—¡Mi primera marcha con la agrupación y no estoy con ellas porque las perdí, no lo puedo creer!

El grupo, finalmente, aparece más adelante, casi llegando al Monumento a la Bandera, destino final de la marcha. Se vislumbran desde la esquina varias pancartas redondas de cartón plateado: —Ahí están, esos son los ovarios plateados! —grita Lilian, eufórica, y se reúne por fin con sus compañeras, este grupo nuevo que marcha un 8 de marzo por primera vez: la Revolución de las Viejas.

—Nosotras no encontrábamos un lugar donde nos podíamos expresar, donde podíamos dar cuenta de nuestras preocupaciones, de lo que significaba nuestro porvenir y que, en alguna medida, todo lo que tenía que ver con lo asignado para nosotras como viejas de tercera edad no nos gustaba porque no lo merecemos —ha dicho Lilian más temprano, sentada bajo un árbol con otra compañera, mientras espera que arranque la marcha—. Nosotras hemos trabajado toda la vida, hemos aportado, somos las hijas de la revolución, en el sentido del Mayo Francés, de mayo del 68, más la época del 70 que nos atravesó a todas. Tal vez hay algunas compañeras que son un poco más grandes y han participado de aquella gesta que tuvo que ver con todo ese período que después terminó en la dictadura y, bueno, ocurrió el genocidio, y muchas de ellas, las que están con nosotras, son sobrevivientes. Pero nosotras también somos sobrevivientes: de un sistema político, de un sistema económico, de un sistema social. Entonces, a todo este bagaje que teníamos no le encontrábamos un lugar y bastó que alguien pudiera decir “Bueno: ¿qué les parece? ¿cómo es esta vejez?, ¿cómo es este porvenir?”. Y nosotras no estábamos de acuerdo con lo que se nos ha asignado, nosotras merecemos otra cosa. No queremos participar de la vida de esa manera. ¿Por qué? Porque queremos rediseñar lo que significa la vejez. Hoy la vejez no es lo mismo de hace veinte años, de hace treinta años, mucho menos de hace cuarenta o cincuenta años.

 

 

En enero pasado, la periodista y legisladora Gabriela Cerruti posteó un video en Instagram en el que decía que, así como se viene hablando de “la Revolución de las Pibas” enmarcada en la ola de reclamos del movimiento feminista, era hora de hablar también de una “Revolución de las Viejas”: feminismo pensado por y para la tercera edad. “Yo tengo 54 años, dentro de seis años voy a ser lo que esta sociedad considera una vieja” dice Cerruti en el video. Y señala que, a pesar de que vivamos en un mundo que a todas luces parece preferir la juventud, la vejez se ha transformado en la etapa más larga, si tenemos en cuenta la esperanza de vida actual. Son, en muchos casos, treinta años de ser vieja. Y, si es verdad que viejos y viejas suelen ser un sector de la población muy minusvalorado, en el caso de las mujeres es peor aún. Por eso, sostiene, es necesario pensar la vejez desde el feminismo y apuntar a crear políticas públicas y a cambiar la percepción social sobre las adultas mayores: no es soledad y carga para los hijos, no es lo que las publicidades intentan venderles, pañales y remedios; puede ser también una etapa activa y feliz. El video, filmado de manera informal en la casa, mientras se ponía crema frente a un espejo, tuvo más de cien mil visualizaciones en un día.

 

 

En Rosario, a partir de ese video, se formó un grupo que tiene alrededor de ochenta integrantes, que se reunió dos veces durante el mes de febrero y que sintió que la marcha del 8 de Marzo (que se hizo el 9 este año) era el momento ideal para organizarse y consolidarse como grupo.

—Son muchas las compañeras que se han ido acercando, pero hoy era nuestra prueba para ver cuántas éramos. Movernos es un tema: hay gente que en este momento no se puede desplazar, no aguanta las cuadras de marcha y el calor, entonces acordamos que nos esperen en el Concejo Municipal, donde nosotras después de marchar las levantamos y nos vamos todas juntas al Monumento, para repartir las pancartas, para tomar este lugar, poner el cuerpo en el colectivo —cuenta Lilian, con entusiasmo.

Muchas de las integrantes del grupo militan hace muchos años en diversas agrupaciones políticas o sindicatos. Algunas tienen un largo camino en el feminismo. Otras se acercan porque se sienten interpeladas por los planteos del grupo, y esta es su primera marcha.

—En mi caso soy feminista desde siempre, haya militado en agrupaciones o no —cuenta otra de las integrantes del grupo—. Y sí, estuve militando también en el Frente de Mujeres, y me veo un poco como la hija de las Madres de Plaza de Mayo y la madre de las chicas del pañuelo verde. Me veo en todas esas luchas y no es que nos queremos separar, al contrario, nos queremos integrar. Por ahí las pibas no pueden ver la problemática de nuestra edad porque no están en ella. Nosotras las estamos viendo, las queremos visibilizar, queremos que algunas cuestiones colectivamente las hagamos más vivibles para las viejas que tenemos una “hermosa” carga, irónicamente, por ser viejas y, encima, ser mujeres. La vejez padece muchas cargas, prejuicios, connotaciones negativas. Por eso no tenemos ningún problema en llamarnos “viejas”, asumimos, compartimos la lucha de las pibas, adoramos a las pibas y también pretendemos que las pibas nos entiendan y compartan también nuestra lucha. Nada vamos a lograr individualmente.

El plateado y el violeta (además de los pañuelos verdes) son los colores con que eligieron identificarse y también adornarse: pañuelos al cuello, gorras con lentejuelas, maquillaje al tono, el grupo de las viejas no pasa desapercibido en una marcha en la que si hay algo que abunda, además de empuje y ánimo para la lucha, es color y brillo. No son más de veinticinco, pero llaman la atención: muchas manifestantes que pasan caminando al lado del grupo las miran sonriendo, las aplauden, les sacan fotos. “¡Vamos, viejas, vamos, arriba!” arenga con entusiasmo una de las integrantes del grupo, y los cantos y las palmas se intensifican y aumentan, mezclándose con el ruido de los bombos que vienen atrás y con la alegría general, que es a todas luces una de las mejores sensaciones de la marcha: a pesar del horror de la violencia, la lucha se encara de a muchas y con la alegría de juntarse, algo que las viejas también muestran mientras van llegando al Monumento, cuando se encuentran con sus compañeras que no pudieron marchar y esperan en la esquina. Los gestos entre todas son de euforia, pero también de cuidado y cariño.

—Nosotras somos las grandes, que sabemos cuidar, que sabemos que es necesario el amparo y todo esto no está contemplado para las mujeres. Queremos otra manera de vivir, no solamente para nosotras, también para nuestras niñas, para las jóvenes. Tenemos que abocarnos y poner el cuerpo para eso, es el momento. Queremos dignidad. A nosotras por ahí nos toca la dignidad de la muerte para poder pensar en este último tramo, porque en la vida son los últimos escalones. Pero hay que saber que son también los más altos.

 

 

 

 

Marcela Alemandi es Licenciada en Letras por la Universidad Nacional de Rosario. Es profesora de Lengua y Literatura en la escuela secundaria y de escritura académica en el taller de tesis en la Maestría en Salud Pública de la UNR. Además, edita la revista El Cocodrilo, de la Asociación de Graduadxs en Letras de Rosario. También trabaja como correctora de textos académicos. Ha coordinado diversos talleres literarios y de escritura creativa, en español e inglés.Tuvo publicaciones en diferentes medios locales y nacionales. Ha recibido premios y menciones, entre ellos fue dos veces finalista del concurso Crónica Breve del Festival de No-ficción “Basado en Hechos Reales”, ganadora del premio “Experiencia Anfibia” de la Revista Anfibia/UNSAM y ganadora del primer concurso literario “Bartolomé Sartor e Hijos”. Ha ganado diferentes becas, entre ellas la Beca del programa «Assistantes de langue», otorgada por el CIEP-Embajada de Francia en Argentina-Estado Francés, la Beca Formación del Fondo Nacional de las Artes 2018 y la beca-residencia Can Serrat, en Cataluña.

 

(actualización marzo 2020 | Revista El Cocodrilo)

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