¿QUÉ HAGO YO ACÁ?, DE MANUEL DÍAZ

París

Día I  27/02/2020

Nunca me resultó sencillo viajar. Tengo algunos problemas para proyectarme hacia el futuro, por lo que no me es fácil encarar los preparativos que un viaje requiere. En principio, para viajar es necesario poder ahorrar y, más aún, ahorrar con un fin específico (el viaje); es necesario, después, adquirir con tiempo los pasajes, reservar alojamiento y resolver una serie de cuestiones que escapan a mis posibilidades reales de organización. Sin embargo, lo disfruto, siempre y cuando alguien se encargue de realizar los pasos previos a decir salimos tal día, volvemos tal otro, vamos a determinado lugar. No suelo tener exigencias ni pretensiones demasiado altas, ya que soy consciente de mi poca predisposición a planificar.

(…)

Cuando mi padre comenzó con esta idea de viajar junto con mis hermanas, quedé algo sorprendido. A él tampoco le resulta sencillo viajar; tampoco tiene la paciencia o la constancia para, a lo largo de meses, planear un itinerario, comparar precios de hospedaje, y todas esas movidas; en ese sentido somos parecidos. Ahora bien, en los últimos años, por alguna razón, comenzó a viajar por placer con bastante más frecuencia de lo que solía hacerlo. La última vez que viajé con mi padre estuvimos en Montevideo, hace alrededor de doce años. Mis hermanas no existían aún. Fueron ellas las que insistieron durante algún tiempo para que hiciéramos este viaje. Mi padre, con ayuda de C, completó los pasos necesarios y, así, nos encontramos el día veintiséis de febrero para ir a Ezeiza, de ahí volar a Londres para cambiar de avión y por último, de Londres a París. El resultado fue que estuvimos paseando el primer día con un frío que no hubiera imaginado dos días antes. Tampoco, dos días antes, era previsible el estallido de los primeros casos de coronavirus en Italia, nuestro próximo destino. Eso hizo prender las alertas de algunos familiares, quienes nos preguntaron si no pensábamos en cambiar de destino, pero no consideramos que fuera de…

(fui interrumpido por mi hermana P, quien se ofendió al ocultarle que escribía este diario.)

Cuestión que mi padre, pese a los hechos y ciertas recomendaciones, sostuvo que iríamos a Italia. La paranoia por el virus se ve en los aeropuertos con frecuencia. Al menos, en los tres que estuvimos en el lapso de dieciocho horas, se veía a pasajeros de diversas nacionalidades con barbijos y con esas máscaras que suelen usarse para evitar respirar el aserrín y el polvillo en los trabajos de carpintería. No obstante, lo curioso era que ninguno de los empleados aeroportuarios utilizaba esas medidas de seguridad. Resultaba, incluso, algo gracioso: la lógica debería indicar que quienes están en mayor contacto con gente son los empleados y no los pasajeros. Por lo tanto, los más propensos a contraer el virus son los empleados y no los pasajeros. Será que la situación no es tan grave como aparenta, al menos por el momento…

Mi hermana P tiene miedo. Lo ha manifestado en más de una ocasión. Es extraño, pero cada vez que ve a una persona con barbijo se espanta y sus ojos recorren el camino por el que venía esa persona, como si el coronavirus fuera un monstruo peludo y pegajoso que pudiera acechar al final de un pasillo del subte, o en el camino al free shop, y del cual solo unos pocos precavidos lograran escapar.

(mi padre acaba de romper un vaso en el departamento. acto seguido, mis hermanas aparecen corriendo, peleándose por un cargador, y se tiran arriba de mi padre, quien ha vuelto a su cama en la habitación que compartimos.)

Debo confesar que a mí también me preocupa un poco el asunto del coronavirus. “No pasa nada, es una gripe en las personas sanas”, dijo mi prima, residente de la isla de Mallorca, mediante un mensaje de WhatsApp que me mandó mientras esperábamos las valijas en el Charles de Gaulle. Soy influenciable por una epidemia china.

Pero antes del aeropuerto

(mi padre reta a mis hermanas y las hace venir porque están haciendo barullo. al parecer, siguen con el asunto del cargador. les pide silencio por los vecinos.)

 

 

Decía, pero antes del aeropuerto de París, estuvo el viaje hasta Londres, donde hacíamos escala. En el asiento de al lado, viajaba un muchacho que dijo trabajar en sistemas y había conseguido un trabajo en Dinamarca, para la empresa Siemens. Parecía seguro de sí mismo; no parecía enfrentar con desazón el desarraigo que implica irse a vivir solo a un país lejano, frío y ajeno como ese. Más bien usó un razonamiento que hacía alarde de un pragmatismo que me espantó: En un año me puedo comprar un departamento en CapitalSi me pagan bien, me quedo diez años, ¿qué me importa? Con una ingenuidad enorme, le pregunté si hablaba danés. Me miró con sorpresa: ¿Danés? Ni los daneses hablan danés… ¿Me pareció a mí o lo dijo con algo de sorna hacia la estupidez de mi pregunta? Cuando llegamos a Heathrow, estábamos preguntándonos hacia dónde debíamos dirigirnos para combinar con el vuelo a París y este mismo muchacho sugirió que bajáramos determinada aplicación del aeropuerto que nos indicaría todo. Quizás debimos hacerle caso; terminamos casi perdiéndonos por la impaciencia de mi padre. Finalmente, lo más largo fueron los controles. Pasamos nuestro equipaje de mano. Era reglamentario sacar todo elemento líquido o cremoso y depositarlo en una bolsa Ziplock, para que fuera escaneado. Por un motivo que entonces desconocíamos, las mochilas de mi padre y de mi hermana P fueron separadas junto con otro montón de bolsos que debían ser requisados. A mí me sonó mi prótesis de cadera en el detector de metales y tuve que explicarle a un empleado inglés –sin cara de inglés– que había sido operado. Pareció entenderme y me pasó unos detectores de metales por todo el cuerpo. Olvidé mencionar que en Ezeiza también sonó mi prótesis. Es divertido. En fin, antes de nosotros, en la fila para la requisa del equipaje, había una mujer joven, con rasgos asiáticos, que había desoído por completo las indicaciones, casi hasta el absurdo. Cuando abrieron su valija, parecía haberse llevado la perfumería completa. Mi padre comenzaba a impacientarse y me mandó a hablar con la requisadora, quien…

(mis hermanas volvieron a interrumpirme porque dicen no poder dormir; se fueron diciendo que soy un malhumorado.)

Entonces, la mujer asiática con la perfumería adentro de la valija y mi padre… Me mandó a hablar con la requisadora para decirle que íbamos a perder el vuelo. Ella, a su vez, me mandó a hablar con otra mujer, quien me dijo que teníamos mucho tiempo para el vuelo y no habría problema. La mujer asiática se seguía demorando en el mostrador… ah, olvidé que yo tenía una zapatilla llena de bilis porque mi hermana J había vomitado de repente unos minutos antes. La requisadora finalmente estaba con nuestras mochilas. Era una estupidez; mi hermana P se había robado unos jugos del avión y se había olvidado de que tenía una crema para el pelo. Le sacaron todo eso y a mi padre lo demoraron por un alcohol en gel sin declarar.

Coronavirus: Now wash your hands, Britain told in fight against coronavirus, reza un titular de la primera plana de The Times. Al parecer, en el Reino Unido cerraron doce escuelas debido al virus. Al intentar refrenar el pánico, el secretario de Educación instó a las escuelas a permanecer abiertas, “alertando acerca de una ‘sobrerreacción’ que podría dañar a la economía y a la sociedad en su conjunto”. ¿Habrá triunfado? Mi hermana no quiere ir a Italia por el virus.

(…) Hoy caminamos e hizo mucho frío; llovió en algún momento. Fuimos hasta la Torre Eiffel; mis hermanas se morían de ansiedad… En el metro, no me dejó de sorprender la poca amabilidad de los franceses. En fin. Estoy cansado y tengo algo de jet lag. No puedo dejar de pensar en la hora que es en Argentina. Hace algunos días que no duermo bien, entre una cosa y otra. No hay más interrupciones. (…)

 

También París 

Día II  28/02/2020

Acabo de volver al departamento, después de encontrarme con mi amiga M. Hace ocho meses que vino a vivir a París y no sabe muy bien qué pensar de su situación. Tomamos bastante cerveza y dimos vueltas. Ayer estaba un poco confundido (si bien no volví a leer esto, estoy seguro de que la escritura es desordenada y confusa) producto del desajuste horario. Hoy estoy un poco confundido debido al alcohol. Basta de excusas.

Caminé muchísimo durante todo el día. Vi toser a más gente y a turistas con barbijo; incluso vi barbijos tirados por ahí. Cuando estuve en Shakespeare and Co., pensé en algo que debía escribir acá, pero no lo recuerdo. Qué vago soy. Me parecen rarísimas algunas interpretaciones eurocéntricas de mi padre… es todo lo que voy a decir al respecto. Estuvimos en los jardines de Luxemburgo y mis hermanas quedaron deslumbradas con que eso haya podido ser la residencia personal de alguien. Bienvenidas, queridas niñas, a la opulencia y obscenidad del poder. Cada paso con las niñas son veinte minutos de sacarnos fotos. Llegamos al Panteón y ellas estaban cansadas, llovía, y mi padre les dijo que fueran al departamento con él. Al parecer, paramos en una zona muy chic, en pleno barrio gay, a metros del Pompidou. Cuestión que se fueron caminando y yo aproveché para seguir recorriendo el itinerario que había trazado por la mañana. Eran las 4.30 p. m. y a la media hora llegué a Saint-Sulpice. (…) Por WhatsApp, le comenté a L del frío que estaba haciendo y acordé potenciales planes con M para la noche. (…)

(mi padre se acaba de levantar al baño. ya todo el mundo parece dormir y temo ser interrumpido porque el tecleo puede resultar molesto.)

Ya estaba bastante entrada la tarde. En determinado momento, me desorienté y consulté el mapa en mi teléfono; noté que estaba perdido, que me había desviado del camino. Bajé por un boulevard varias cuadras hasta que volví a mi cauce… pero entonces me pareció que no tenía sentido ir hasta un lugar (las catacumbas, mi destino final de ese día) que seguro cerraría en breve. Me estaba acercando hasta allá más que nada porque cerca vive mi amiga E, pero no llegué tan lejos y me refugié en un shopping a robar wifi. Pude comunicarme con M y volví hacia el lado del río.

(dejé la computadora y escribo desde el celular, desactivé la vibración de las teclas para pasar desapercibido…)

(…)

Bajaba por el boulevard Saint-Michel cuando llegué al supuesto punto de encuentro con M, la Place Saint-Michel. Si bien ella me había advertido de que se trataba de una simple esquina y no de lo que llamaríamos en Argentina una plaza, lo primero que encontré fue, sí, una esquina, pero con una gran fuente. Crucé la calle y me arrimé a la otra esquina. Tenía un cartel que también decía “Place Saint-Michel”, y eso era más parecido a una simple esquina. Entonces, no sabía a qué atenerme. Resultó que la simple esquina era la de la fuente… la otra era mucho más simple.

Con M caminamos un rato hasta que me llevó a un lugar llamado Le Nouvel Institut, un bar universitario lleno de juventud. Tomamos varias cervezas y volví a comprobar que es fácil retomar una conversación que se interrumpió hace meses. Está en una situación sentimental complicada, donde ella, enamorada de un chico desde antes de venir a vivir acá, duda si encontrarlo en Barcelona –ciudad a la que él irá a vivir en pocos días– la semana próxima porque él no le presta la suficiente atención. Está triste con eso. También está un poco desilusionada de la vida en París, pero sus motivos son un poco menos claros en ese punto. Lo que es claro es que de momento, para nuestro pesar, no piensa volver a vivir a Argentina.

(…)

Mañana creo que tengo un largo día. E me invitó a un cumpleaños a la noche, no sé si iré aún. Será extraño verla, después de ocho años. Su mensaje de hoy fue, literalmente, Me hubiera gustado verte hoy pero voy a quedarme en casa con mi… novia, jaja y acto seguido dijo long story. No entendí nada; no sé si Q, su novio y concubino, es ahora gay y es la manera en la que ella mejor lo tramita, o bien si se separó de Q y ahora sale con chicas. Mañana me enteraré.

 

Todavía París

Día III  29/02/2020

Son las seis y treinta y ocho de la tarde. Acabamos de volver de caminar todo el día. Anoto esto para no olvidarlo. En el subte, había un sujeto alto, flaco, lentes de sol, vestido íntegramente de negro, que parecía superar los cuarenta años. Atendió su celular y comenzó a hablar en inglés. Transcribo algunas partes de la conversación. Sí, sí, veámonos esta noche… no, pero hagamos algo tranqui, tomemos un vino, porque yo estoy detonado de la fiesta de anoche… No, no, por eso, mañana vamos a tener resaca y va a ser imposible almorzar. Hagamos algo tranqui, cenemos y tomemos algo… Claro, y mañana almorzamos… No, creeme, yo soy parisino, la cosa es así acá… Claro que voy a llevar a algunas chicas, ¿qué pensás? ¿Que me voy a quedar ahí pajeándome?… Uh, si yo estuviera ahí sería como el lobo entre las ovejas… comería un pedazo de cada una de ellas… Sí, había dos hermanas que se pelearon, cerca de Champs-Élysées. Qué pena… ¿Qué? ¿Robert está acá? A la mierda… Ah, si está Robert es otro cantar… Claro, digámosle que pase un rato, que venga… A la mierda… Sí, genial… Veámonos ahí… Cenemos y le decimos a las chicas que pasen a tomar algo más tarde. Uh, Robert… no lo puedo creer. 

Mis hermanas me preguntaron qué decía el tipo cuando se paró y bajó del vagón. Me dejó con las ganas de seguir escuchando. Sentí un poco de vergüenza y me negué a contarles, solo me referí a la parte de las fiestas. En el departamento, a donde volvimos para cambiarnos el calzado, que había soportado las lluvias del día, descubro que mi hermana P también está llevando un registro de este viaje.

Titular de Rosario3 visto en Facebook: “Quiso robar un negocio, se cortó y con su sangre escribió ‘NOB’”. Esta noche veré a mi amiga E. Según me dio a entender, ahora sale con una chica. Me invitó a una fiesta de cumpleaños. Mi hermana P, escribiendo su diario, exclama Por fin llegué a París. Se ve que no es un diario, sino más bien un relato…

El Papa, parece, está engripado en medio de la epidemia de coronavirus en Italia. Mi padre espera que muera así vivimos un momento histórico cuando estemos en Roma: el sepelio de un Papa. Noto que abandoné los paréntesis de las interrupciones, pero justo…

(mi padre empieza a contarme que cierta persona, en representación de la UNR, tuvo la suerte de estar justo en Madrid cuando murió un rey español, y terminó yendo al velorio. Qué suerte…)

Hoy, en el puente que cruza el Sena frente a la Torre Eiffel, vimos a un grupo de paquistaníes que congregaban a mucha gente a su alrededor. Parecían estar haciendo un truco de magia, pero se trataba de un sistema muy extraño de apuestas. El que vendría a ser el croupier estaba a los gritos levantando billetes de cincuenta euros y ponía una pelotita abajo de un vaso, los mezclaba y la gente debía apostar para encontrar la pelotita. Era todo muy rápido y ruidoso, sin embargo, no era difícil imaginar dónde se encontraba el objeto escondido. Cada vez que alguien perdía, la multitud gritaba ooooh, y señalaba el vaso correcto bajo el cual estaba la pelotita amarilla. Cuando alguien acertaba, recibía cien euros, es decir, el doble de lo que había puesto para entrar al juego. (…)

(mi padre insiste para que mi hermana P se vaya a duchar, pero ella continúa escribiendo…)

Es sorprendente la cantidad de fotos por día que pueden sacar unas chicas de casi once años. Salir de cada lugar puede llegar a demorar horas por las fotos que se sacan unas a otras, los videos que graban y los tiktoks –no hace mucho me enteré de qué se trata esto, y todavía no lo entiendo– que hacen. Mi hermana J se queja de que mi hermana P no saca fotos que estén a la altura de las que ella le sacó a su vez a P. Algo de razón parece tener. Descubrí que mi prótesis en la cadera izquierda no ha vuelto a sonar en detectores de metales; los sistemas de seguridad de los museos deben ser menos precisos que los que tienen en los aeropuertos.

(¿qué escribís, Manuel?, pregunta mi hermana P, levantando la vista de su relato. Misteriosamente, le respondo un libro, para no confesar que, en realidad, escribo sobre ella. ¿Y lo vas a publicar?) (…)

(por último, por ahora: se ve que en el relato de mi hermana aparecen muchas palabras que no sabe escribir, así que me pide que se las deletree. Palabras como, por ejemplo, Luxemburgo o Panteón no figuran en su vocabulario, pero demuestra esfuerzo por aprenderlas. Después me pregunta si los 29 de febrero (hoy) se comen ñoquis. Le digo que sí, que es lógico, pero que solo es posible comer ñoquis cada cuatro años un 29 de febrero. Me mira con extrañeza… le explico qué son los años bisiestos. Una hermana a la otra: J, mandame los videos y las fotos… La otra responde: uh, qué rompehuevos que sos… Dale, si no te cuesta nada… y sigue la disputa.)

Una cosa más: apareció mi amiga E, que está con su novia, y me propone posponer nuestro encuentro hasta mañana. Mi hermana, a partir de sus indagaciones ortográficas, va develando poco a poco lo que relata, el contenido que custodia con celo de miradas ajenas.

(tuve que interrumpir porque mi hermana J pidió absoluto silencio –incluso el de las teclas– para reproducir un video. Ahora sí, corto. Aunque debo agregar que sigo un poco desorientado con respecto a los horarios, sobre todo cuando leo información de Argentina.)

 

Aún París 

Día IV  01/03/2020*

Anoche salí a dar vueltas con mi amiga M. Fuimos a una serie de bares –a dos bares, para ser estrictos–; del primero prácticamente nos echó un grupo enorme de franceses que fueron llegando de a poco y se acomodaron en la mesa al lado de la nuestra.

El salón de fumadores, contiguo a la vereda, del bar donde estábamos era un espacio muy reducido, de mesas chicas de hierro, redondas. Este grupo de gente fue apropiándose de todas las mesas que había en el saloncito y, a su vez, nosotros teníamos que alejarnos cada vez más hasta quedar pegados contra la pared, con muy poco margen de movimiento. Cuando ya habíamos decidido irnos, M fue al baño y yo quedé solo en la mesa. Llegaron dos más, un chico y una chica, que se sumaron al grupo y me miraban inquisidoramente porque yo ocupaba la única mesa disponible, estaba solo y encima no estaba consumiendo nada (el mozo ya se había llevado nuestros vasos vacíos). Fue entonces cuando la que acababa de llegar le dijo algo a otra chica y yo alcancé a escuchar il parle espagnol, que entendí (o quise entender) como un ni te gastes.

Durante la charla con mi amiga M, surgió muchas veces el tema de su condición de inmigrante en Francia. Hablamos de plata, de cómo habíamos sido muy poco ambiciosos en ese sentido, y ahora encontrábamos que no teníamos, muchas veces, los recursos necesarios para hacer lo que nos gustaría, o sostener un nivel de vida que nos permita alcanzar determinadas cosas.

 

M me dijo, en determinado momento, que a sus treinta años le resulta difícil pensar en tener un sueldo mísero en Argentina, que en Francia es difícil pero puede sostener una vida económicamente estable. Es perfectamente entendible, teniendo la posibilidad de hacerlo, pero el precio a pagar es alto: me dijo que le duele pensar en no tener amigos, en que la gente a la que quiere está muy lejos, y que sabe que hay amigos o amigas suyas que jamás podrán visitarla en su nueva ciudad.

(es de mañana y tenemos que salir a pasear, así que me daré una ducha y luego terminaré el relato de anoche.)

En el baño del departamento hay una bañera que no tiene cortina y, además, solo tiene un duchador móvil. Por lo tanto, para evitar que se llene de agua todo el piso hay que bañarse sentado en la bañera, o bien prosternado como musulmán mirando a la Meca, sobre todo cuando hay que lavarse el torso o la cabeza.

Es curioso cuánto fuman los franceses, a toda hora. En cada lugar hay un espacio destinado a la gente que fuma; incluso en las escuelas secundarias hay recreos contemplados para que los alumnos salgan a la vereda a prenderse un cigarrillo. Cada dos por tres hay negocios que venden tabaco, y lo anuncian con un cartel romboidal, de color rojo, con luces de neón y letras blancas, imprenta mayúscula: TABAC. Por otra parte, pareciera no haber leyes que regulen el consumo o la venta de alcohol en la calle, siempre y cuando uno encuentre un negocio abierto. La gente anda mucho en bicicleta, independientemente del clima. Llueve muchísimo y es normal verlos impasibles, caminando o pedaleando abajo de la lluvia. Hay bicis atadas en todos lados, muchísimas, en lugares a veces insólitos: en una reja en altura, por ejemplo. Varias de esas bicicletas están abandonadas, o eso parece. En la puerta de donde paramos –fue la primera vez que reparé en eso– hay una bicicleta roja que está en llanta y nadie la tocó desde que llegamos. A partir de eso, observo las bicis en las esquinas y noto que hay una gran cantidad en esa condición. Algunas han sido paulatinamente desarmadas y solo queda el marco, o ni siquiera; a veces no es más que un despojo oxidado. Muchas de ellas son bicicletas simples, un poco anticuadas, bicicletas vintage.

Ah, sí, el relato de anoche.

(mi hermana se puso a filmarme como si yo no me diera cuenta.)

El relato de anoche, entonces. M está en esa encrucijada. En ese momento, fuimos desplazados del bar por el amontonamiento de gente en el saloncito de fumar. Mi amiga M me llevará al barrio marginal, de inmigrantes, en el que trabaja (y en el que vive, según entendí) para que conozca también la otra París. Fuimos caminando algunas cuadras y pasamos por una callecita extraña, donde había un evento. Empezamos a avanzar y vimos un montón de gente cool, que se amontonaba alrededor de un local que, pareciera, estaba inaugurando. Una DJ pasaba música y gente con nombre y apellido (como definió un amigo a la gente cool) tomaba champagne o cerveza en pequeños grupos, con ropas vistosas y actitud despreocupada. M dijo que era el evento más extravagante que había presenciado en los meses que lleva viviendo en Francia. Por supuesto, ni siquiera intentamos mezclarnos entre la gente a ver si podíamos conseguir algo para tomar; era inverosímil. Seguimos caminando y encontramos otro bar, a pocos metros de un borracho que agonizaba en el cordón de la vereda. Continuamos nuestra charla. Había bastante gente en el bar, afuera y adentro, a pesar de que no tenía estufas en la vereda y hacía bastante frío. Cuando decidimos irnos, me tentó la idea de robar el cenicero que el mozo acababa de vaciar. Le pregunté a M si le parecía viable. Me dijo que nadie me miraba. Con cierta torpeza y mucha cara de circunstancia, metí el cenicero en el bolsillo más chico de mi mochila y salimos. Nadie me frenó y la instante estábamos comprando latas de cerveza en un Tabac que había al lado del bar. Más tarde, L me dijo, cuando le consulté si mi acto era condenable, Nadie que conozca las piezas de tu colección de ceniceros puede condenarte por expandir tu colección.

*Esta entrada fue publicada de manera resumida en Revista Rea.

 

Adivinen…

Día V  02/03/2020*

Seguimos en París, pero yo ya estoy completamente desfasado con la escritura de este diario, registro, o lo que sea. Ahora voy a contar el día de ayer, es decir el día IV, cuya entrada termina con el final del día III. Hasta yo me pierdo y me confundo.

Ayer intentamos ir al Louvre y ya puede empezar a notarse la amenaza que se cierne sobre Europa. Cuando llegamos al museo, vimos que había larguísimas filas de gente ubicadas en distintos sectores de un ingreso lateral y del patio. Al comienzo nos ubicamos en las filas del ingreso lateral, pero nos dimos cuenta de que eran filas destinadas a grupos, contingentes y cosas así, por lo que fuimos hacia el patio. Alrededor de la pirámide –interesante manera de graficar la entrada a un museo– había montones de gente dispersa que formaban caóticamente unas colas sin criterio ni categoría. Empezamos a preguntar hasta marearnos, sin que nadie supiera decirnos detrás de quién debíamos ponernos: algunos decían que era la fila para gente con reserva online; otros, que se trataba de la cola para entrar sin ticket; más allá afirmaban que era el lugar pertinente para que aguardaran aquellos que diligentemente habían adquirido sus entradas con anticipación (es decir que las habían pagado, no solo hecho la reserva). Había también un supuesto ingreso especial para quienes, no contentos con reservar una entrada, habían también señalado una franja horaria específica. Era una especie de Idioma Analítico de John Wilkins de colas y, por supuesto, nadie estaba seguro –ahí residía el mayor problema– de que estuviera haciendo la fila que le correspondía. En el medio de ese caos, donde había gente que seguía llegando y la cola no parecía avanzar nunca, ya pasado el mediodía se largó a llover. Era extraño que a esa hora el museo, a todas luces, aún estuviera cerrado. En un primer momento, no hicimos caso de la lluvia, pero luego se volvió cada vez más intensa, hasta que mi padre le preguntó a un vendedor ambulante a cuánto vendía los paraguas; le discutió el precio –pretendía cobrarlos 10 euros– y de inmediato obtuvo el cincuenta por ciento de descuento. A todo esto, ya nos habíamos decidido por una cola en particular. Nos encontramos con una mujer y sus hijas, también argentinas, que estaban tan desorientadas como nosotros y como todo el resto de las personas que estaban en ese patio. Ahora bien, justo cuando debatíamos acerca de qué hacer con respecto a las colas, en cuál debíamos ubicarnos y eso, una mujer –al parecer francesa– que hablaba un castellano con mucho acento español nos dijo que, en realidad, los primeros domingos de cada mes el museo era gratis, así que daba un poco lo mismo en qué fila nos pusiéramos, ya que no había que pagar entrada. A mí, al menos, me pareció un poco sospechoso (¿por qué el museo no informaría de manera clara acerca de su gratuidad ese día y dejaba que la gente compre su ticket si era innecesario? ¿Tan estafadores eran?), pero decidimos creerle y, aliviados, nos quedamos donde estábamos, en una fila que avanzaba muy lento. De pronto, veo que unos guardias de seguridad comienzan a colocar unos carteles que decían Fuerte afluencia en el Louvre. Por favor, haga su reserva online para garantizar su acceso al museo. También corrían rumores de que aún no habían abierto porque había algo que estaba sucediendo adentro; alcancé a escuchar una cosa como “asamblea nacional” e imaginé a los parlamentarios de Francia reunidos en alguna sala del Louvre… Cuando ya estábamos hartos y no había signos de mejora, la hija de la mujer argentina que encontramos encaró a uno de los guardias y en francés le preguntó qué pasaba. Volvió refunfuñando: No sé para qué le hablo en francés si me responde en inglés, la concha de su madre. Me dijo que no es gratis hoy, que eso es el sábado que viene y que todavía no saben si van a abrir hoy. Quedamos un poco perplejos con la situación y decidimos que era absurdo seguir esperando bajo la lluvia, total podemos venir el martessí, seguro un martes hay menos gente, y nos fuimos.

Atravesamos Tuileries y la lluvia recrudeció. El pequeño paraguas que mi padre había comprado resistía como podía los embates del viento y debíamos ir turnándonos para usarlo. Logramos salir de los jardines y cruzar el Sena. Nos dirigimos hacia el museo de los Inválidos. Mis hermanas terminaron tremendamente aburridas; vimos salas de armaduras medievales y de uniformes y armamentos de guerras que sucedieron entre 1870 y 1945. Afuera seguía lloviendo. Mi padre, por temor a que mis hermanas se enfermen, propuso volver al departamento. Yo estaba muerto de frío y empapado, así que volví con ellos y, de paso, me comuniqué con E, mi amiga parisina, con quien había quedado en verme ese día.

E me propuso encontrarnos en un viejo hospital abandonado que en la actualidad alberga una serie de proyectos culturales y sociales, además de ofrecer refugio para gente sin hogar. Queda cerca de su casa, a pocas cuadras de las Catacumbas. A E la conocí hace unos diez años, a través de Facebook, y durante nuestra adolescencia nos mandábamos cartas sin habernos visto nunca la cara. Esta sería la segunda vez que nos encontrábamos; la primera había sido ocho años atrás, en la ciudad de Córdoba. Es extraño el marco de confianza que se abre con gente a la que uno no ve nunca, pero a la que es posible contarle cosas que, tal vez, en su propio círculo íntimo uno no contaría. En todo caso, ella vive en otro continente y no tenemos absolutamente nadie en común.

Cuando llegué a la estación a tomar el subte para ir a su encuentro, me perdí por completo. Tenía que tomar un medio de transporte que era una mezcla entre un subte express y un ferrocarril. La estación quedaba debajo de un shopping, a pocas cuadras de donde me alojo, y tiene muchísimos niveles; se ve que es un lugar en el que confluyen varias líneas de toda la ciudad. Estaba un poco desorientado porque en el plano no encontraba la parada que me había indicado E, así que bajé a un andén y consulté. Estaba en la senda correcta. En el vagón había olor a suciedad (a cuerpos sucios) y cuatro estaciones después bajé en Denfert-Rochereau. Habíamos quedado con E en encontrarnos a la salida de la estación, pero no la veía por ninguna parte. Pude robar un wifi y me dijo que estaba llegando. El reencuentro fue extraño, un abrazo medio breve y a caminar rápido hacia algún lado. Enseguida me dijo que el Louvre había cerrado por coronavirus, que por eso no habíamos podido entrar al mediodía. Eso que yo había entendido como una reunión del parlamento era, en realidad, una asamblea de empleados del museo, quienes habían votado por unanimidad cerrar por tiempo indeterminado debido a la epidemia.

Mientras me contaba esta situación, llegamos al lugar que ella había propuesto. Era, en efecto, un hospital que, según me contó, había cerrado por algo que fue una polémica… no, más que una polémica, no me sale la palabra en español, (se me ocurre ahora que podría haberle sugerido usar “escándalo”). La cuestión fue que el hospital tuvo que cerrar porque salió a la luz que se realizaban algunos experimentos ilegales con los enfermos. Lo que también estaba cerrado era el bar (o los bares) que funcionan ahora ahí. Entonces, me llevó finalmente a un lugar muy turístico de mi barrio, que es la calle donde vivía Angès Varda. Me facilitó el asunto, porque yo había marcado en mi itinerario la Rue Daguerre… lo que no sabía era que se trataba de un lugar turístico. Cuando llegamos me di cuenta de que absolutamente nada quedaba de los comercios pequeños que Varda había documentado en los años setenta. Al parecer, allí ahora funciona un mercado con alimentos muy chic, según me dijo E. Nos sentamos en un bar de la esquina y la carta me pareció carísima. E dijo que ella invitaba.

(la conversación quedará para otro momento (sigo desfasando la escritura de este diario) porque ya son las diez de la mañana del día siguiente y quiero salir a pasear. Mis hermanas y mi padre se fueron a Eurodisney y me había propuesto exprimir el día lo más posible. Basta, un poco de disciplina…)

Ya es pasada la medianoche. Fue un día extenso. Pero antes, cuento la conversación con E de anoche. Ella está ahora por primera vez saliendo con una chica, después de haber dejado a su novio de varios años, con quien convivía –y con el que había firmado algo así como un acuerdo de concubinato–. Cuestión que ella remarcó que su intención era seguir siendo amiga de su ex, que estaba al tanto que ella ahora salía con una chica y valoraba que él no hubiera tratado de “recuperarla”, a pesar de que ella había puesto fin a la relación y él, por su parte, quería seguir en pareja. Todo esto me lo dijo a las apuradas, camino a la Rue Daguerre, con su paso apretado y constante, sin reparar demasiado en lo que contaba. Cuando, finalmente, nos sentamos en el bar –había dos bares en la misma cuadra, le dije a ella que eligiera, en tanto lugareña, y su respuesta fue tajante: mismos precios, mismos productos, es lo mismo– me puso más al corriente de la situación en concreto. Eran las ocho de la noche y su novia estaba en su casa (la de E). Habían planeado cenar, pero ahora su novia le decía que mejor se iba a su casa. E, entonces, no supo muy bien cómo reaccionar; no sabía si su novia le estaba pasando factura por haber salido conmigo o si simplemente se había enojado por algún motivo; simplemente no tenía idea de qué le pasaba. Calificó la actitud de su novia con un dicho francés que no podría (aunque quisiera) reproducir, pero que denotaba la actitud de alguien que es, al mismo tiempo, distante y cariñoso. Eso, según ella, era lo que estaba haciendo su novia.

Me dijo, también, que su madre le había causado una impresión negativa con respecto a su nueva orientación sexual. Lo que no me quedó del todo claro fue cómo había sido que decidió estar con una chica, porque, al parecer, fue una movida completamente consciente. Conoció a su actual novia hace alrededor de dos meses, a través de Tinder. Primero, chatearon unas dos semanas, hasta que pactaron un encuentro. En ese encuentro (el primero), ella invita a E a una fiesta donde estaban todos los amigos de la chica. Ahí, según E, comenzó un vínculo muy intenso donde se conjugan varias cosas. Por un lado, E está atravesando su primera experiencia con una chica y la

(interrumpo porque voy a bajar a fumar.)

situación la sobrepasa en cierto modo. Por otro lado, según E, la chica con la que sale es un poco inquisidora y hace demasiadas preguntas. Eso la perturba; E no es una persona que hable demasiado de lo que le sucede, y con esta chica se siente todo el tiempo interrogada. A su vez, C, la chica, no tiene mucho filtro a la hora de expresarse y dice todo lo que se le viene a la cabeza. Todo eso, sumado a que C no ha tenido experiencias anteriores de parejas estables (todo lo contrario de E), tiene como resultado un combo un poco explosivo. C, al parecer, manda señales confusas. Cuando le dijo a E que se estaba yendo de su casa y que era mejor que no cenaran juntas esa noche, a mi amiga le dio la sensación de que C estaba ofendida por algo. Sin embargo, más tarde se enteró de que al día siguiente levantarían la huelga que la tuvo sin clases durante cuatro meses y que era imprescindible que regresara a su departamento a buscar los materiales necesarios para cursar. Ahora respiro, dijo E. También, al día siguiente, lunes, vendría de visita la madre de E, desde el pueblo en el que viven sus padres, en la frontera con Suiza. A C le había parecido un buen momento para conocer a su suegra, por lo que le dijo a E que cenaran las tres. Hubo, otra vez, señales confusas. Inmediatamente después de la propuesta, a C le pareció “demasiado” forzar un encuentro pero enseguida le comenzó a enviar a E fotos de lo que estaba cenando en ese preciso momento. E confesó estar muy desorientada. Eso sumado a que, cuando le dijo a su madre que estaba viéndose con una chica, la madre se mostró, en apariencia, abierta a la idea de que su hija experimentara con su sexualidad como mejor le pareciera pero, al mismo tiempo, según E, era posible observar que esa amplitud era superficial. Mi madre me dijo “en la familia no somos boludos”, como queriendo decir que no eran cerrados sino que, por el contrario, eran muy progresistas, pero se notaba que no era sincera. Si hubiera sido un chico, me habría hecho mil preguntas, me dijo E. Soy muy cercana con mi madre, siempre le cuento sobre mi vida y ella se interesa, me hace muchas preguntas, pero sobre C nunca me preguntó nada, la pasa por alto. Es como si no existiera, dijo, algo resignada. Mencionó dos cosas que no sabía sobre su vida: un período de anorexia y un aborto. Hablamos, también, sobre mi vida en estos años, sobre su estancia en Córdoba, sobre películas, libros y música. En cierto momento, me dijo que se había propuesto salirse del circuito cultural clásico, y buscar cosas más alternativas. A raíz del caso Polanski, me dijo que, si bien había disfrutado de películas como The Tenant, hoy día no las vería. Hay tantas cosas para ver, leer y escuchar que no iría por ese lado; hay que buscar por otras vías. Dijo haber perdido su español; no me pareció, para nada. Nos despedimos en la entrada del subte y quedamos para almorzar al día siguiente, pero finalmente canceló el encuentro por la visita de su madre. Dudo que mañana, mi último día en París, podamos encontrarnos en algún momento y tal vez pasen años hasta la próxima vez que nos veamos. Estuvo bien, en definitiva, que ese encuentro final se haya frustrado. La vuelta fue caótica; otra vez confundí el andén y, cuando llegué a la estación monstruosa de Les Halles, estuve mucho tiempo para salir, en ese lugar inmenso semidesierto y con gente bastante turbia. Llegué cerca de las dos de la mañana. Ahora son las dos de la mañana del día siguiente y tendré que dormir; otra vez saliendo del compás del diario.

*Esta entrada fue publicada de manera resumida en Revista Rea

 

Último día en París

Día VI  03/03/2020

Estamos cerrando las valijas y acomodando el equipaje. Es casi el mediodía y a las siete de la tarde nos vamos a Venecia, el epicentro europeo de coronavirus, según dicen. Durante estos días, vi a los franceses muy despreocupados, tocando todo en el metro, llevando sus manos a la cara, sin considerar los potenciales riesgos de contagio. Me dijo mi amiga E que los casos confirmados del virus en el país llegan casi a doscientos, pero Italia es peor. Ella aseguró no tener miedo ni tomar recaudos, pero que hay gente muy paranoica. No lo he visto, honestamente. ¿Serán conscientes los franceses de la amenaza que se cierne sobre ellos? Esto es una epidemia que recién comienza, dijo el presidente de la República. Los únicos sensatos parecen ser los empleados del Louvre.

Ahora me toca narrar el día de ayer. Seguramente comience ahora y el relato, como siempre, termine más adelante, en otro momento del día, o quizás mañana.

(mi hermana P viene a decirme que ayer fue la primera vez que me escuchó reír. Ahora se pone a filmar el departamento donde paramos en algo llamado round tour.)

Imagen: Anaclara Pugliese

Ayer, lunes, por la mañana recibí un mensaje de M que decía que, finalmente, tendría la tarde libre porque la profesora de la escuela donde trabaja como asistente de español estaba de licencia. Quedamos en encontrarnos al mediodía en la Galerie Vivienne. Como buen provinciano, cuando salí a pasear por la mañana no calculé bien el tiempo que me llevaría la caminata y tampoco pude prever cuánto tardaría el subte hasta el punto de encuentro. Tomé una línea que creía que me dejaba muy cerca del lugar donde habíamos quedado en vernos pero, evidentemente, también en eso erré; terminé bajando a varias cuadras y, para rematar la situación, empecé a caminar en el sentido contrario. Lo bueno fue que de pasada encontré el sitio donde había vivido Stendhal. Ahí escribió Rojo y negro.

(ahora interrumpo porque vamos a pasear en nuestra última tarde acá. Mientras tanto, mi hermana P muestra una rutina de gimnasia encima de la cama mientras J la filma…)

Estamos en el tren hacia Venecia, después de algunas horas de espera (llegamos con demasiada antelación) en la Gare de Lyon. Nos espera un trayecto de unas catorce horas, atravesando Suiza y algunas ciudades del norte de Italia. El camarote tiene seis lugares. Nosotros ocupamos cuatro y solo hay una persona más, un matemático muy joven, amable y ultra freak que investiga en la universidad de Bolonia. Habla bastante bien en castellano y nos ayudó a acomodar nuestras cosas. Incluso, nos cedió un lugar porque estamos llevando más del equipaje permitido. Espero que en estas catorce horas me pueda poner al día con la escritura de este texto y volver a su eje la cronología desquiciada.

Sin embargo, tengo que seguir con el relato del día de ayer. Encontré a M en la Galerie Vivienne. La idea era recorrer la zona de los Grands Boulevards. Según ella, planeamos el paseo al revés, pero pudimos atravesar varias de esas galerías y pasajes del siglo XIX, con negocios extrañísimos, como una casa de telas de lujo, librerías anticuarias dedicadas solo a materiales artísticos y de construcción (me refiero a historias del óleo o del mármol, por ejemplo) o negocios de filatelia muy exclusivos. Algunos de los comercios permanecían igual que cuando fueron abiertos alrededor de 1830. En algunos pedazos del suelo de las galerías, podían verse las inscripciones de los establecimientos originales, como, por ejemplo, Restaurant o Coiffeur. Los techos muchas veces son de vidrios esmerilados y en las galerías más vistosas –probablemente, daten de la segunda mitad del siglo XIX– las puertas y los marcos de las vidrieras son de maderas trabajadas al estilo art nouveau. Algunas son intrincadas, con ramificaciones que tienen salidas a diversos puntos de la manzana, o trazan una línea curva que lleva de una calle a otra; las hay también rectas. Algunas son muy luminosas, mientras que otras son más bien oscuras. Muchas de ellas tienen bares o restaurantes adentro, con mesas en la galería propiamente dicha; parecen ser muy caros (y lo son). Hay incluso algunas galerías que tienen hoteles adentro, y encontramos un pasaje que solo tenía servicios de hotelería. (…)

Llovió intermitentemente a lo largo del paseo y, a veces, entrábamos a una de las galerías con lluvia y salíamos sin lluvia o viceversa. Atravesamos muchas de ellas y terminamos tomando un café en un bar ubicado en una esquina, donde soplaba un viento espantoso. Mis pies estaban empapados y los sentía cada vez más fríos. Hay (no lo sabía) una costumbre en los cafés parisinos de dejar una manta en cada silla, para que los clientes puedan cubrir sus piernas. Eso hice, pero el problema era el frío que me subía desde los pies por el agua que había entrado a mis zapatos. Empezaba ya a pasarla mal. Cuando decidimos irnos, M me propuso pasar por nuestro alojamiento y buscar otro calzado. Fuimos y en el trayecto nos perdimos (otra vez) en varias ocasiones. (…)

(todo este párrafo fue bastante cortado porque mis hermanas prendían y apagaban la luz del camarote, reclamaban comida que después rechazaban o contaban chistes. Habían aprovechado una salida del matemático y, ahora que volvió, duermen. Se ve que las intimida un poco.)

Llegamos a Montmartre cuando anochecía y nos apuramos a subir las escaleras que llevan a la iglesia de Sacré Coeur. Después, paseando por el barrio, M fantaseaba con todos los restaurantes a los que nunca podría acceder. Nos hartamos un poco del frío y el viento que hacía allá arriba y bajamos rumbo a la estación de metro, a contramano de un grupo de gente que hacía ejercicio corriendo escaleras arriba. Había algunos realmente sufridos que debían soportar unas cintas alrededor de sus torsos que eran tiradas por otros que iban atrás, obligándolos a empujar también, a cada paso, todo el peso de otro cuerpo.

Fuimos a un bar cerca de Strasbourg/Saint-Denis. M tiene algunos asuntos que resolver con respecto a su situación en general. En primer lugar, tiene que afrontar la decisión de dónde vivir. Viajó a París hace algunos meses para trabajar como asistente de español en escuelas secundarias, a través de un programa que termina en el mes de mayo. Ella, en un principio, había planeado quedarse y no utilizar el pasaje de regreso a Argentina. Ahora lo está dudando. Quiere volver aunque sea un breve lapso de tiempo para luego, otra vez, regresar a París. Dice extrañar mucho. El problema es que, por otra parte, tiene la posibilidad de conseguir un trabajo más estable, con un buen sueldo, pero que ya le implicaría pensar en establecerse de manera casi indefinida en Francia. Eso le brinda mejores oportunidades económicas, aunque ahí se abre una nueva arista del problema: no ha podido tejer lazos afectivos en su nueva ciudad por fuera de quienes están trabajando en el mismo programa educativo que ella. Esa gente vuelve en mayo a sus lugares de origen. La disyuntiva, entonces, es entre el desarrollo económico y la posibilidad afectiva (o así lo entendí). A su vez, ella planeaba volver en mayo, con el pasaje que tiene asignado, para quedarse un mes o, al menos, tres semanas. Sin embargo, en este nuevo potencial trabajo, le piden que esté en Francia la última semana de mayo y su pasaje es recién el quince, por lo que podría quedarse a lo sumo una semana. Sostiene que estar en el extranjero es algo muy duro, que le exige una lucha permanente. Tiene, además, un novio que quedó en Argentina cuando ella vino a Europa, pero que ahora se mudó a Barcelona. Está teniendo con él algunos cortocircuitos comunicativos. En teoría, mañana viaja a verlo. Veremos qué sucede. Migrar es durísimo, me dijo L en un mensaje, cuando le comenté de la situación (…). Cuando llegué nuevamente al 26 de la rue Beaubourg, mis hermanas y mi padre habían llegado de Disney.

Ahora sí, comenzaría el día de hoy, último día en París. Si logro escribirlo, como premio me voy a beber al coche comedor del tren. Fue una jornada muy calma, en realidad.

(no tengo idea de dónde estamos. El matemático lee muy concentrado en su kindle.)

El día transcurrió en medio de especulaciones acerca de cuándo dejar el departamento. En teoría, nuestro check out era a las once de la mañana, pero vimos que nadie venía a reclamar nada. Dejamos ahí las valijas y salimos a caminar, compramos algunos regalos, almorzamos y esas cosas. Mi padre volvió un rato a ver si había novedades del check out. Nada, seguía todo igual. Me quedé con J y P dando algunas vueltas. Después pasamos otro rato adentro hasta que decidimos que mejor sería volver a salir. Caminamos por Le Marais y bajamos hasta el Sena y luego volvimos otra vez. Mi padre se había puesto un poco ansioso por el tema de llegar con tiempo a la Gare de Lyon y unas tres horas antes del horario del tren estábamos ya saliendo del departamento. Tenemos cinco valijas para cuatro personas y sacarlas al pasillo nos llevó un rato. En ese momento fue que llegó la señora argentina que hace la limpieza del departamento. No recuerdo si ya la mencioné anteriormente, pero fue quien nos recibió el día que llegamos. Es una mujer de Olavarría que vive en Francia hace diez años. Vino porque no pudo superar una separación amorosa. Acá vive su hermana. Es muy simpática y charlatana. Me llamó mucho la atención que, a pesar de habernos visto apenas un rato el primer día, la despedida la emocionó un poco.

Llegamos a la estación excesivamente temprano. Mi hermana P está muy asustada con el coronavirus. Cuando subimos al vagón, el guarda tenía barbijo y guantes de látex. Al rato, mi hermana comenzó a quejarse de un dolor de cabeza, pensando que podía ya tener los síntomas del virus. Yo, por mi parte, descubrí que los lugares muy cerrados me producen un intenso malestar, una forma rara de dolor de cabeza. No lo había notado nunca antes. P le pidió a mi padre que deje a mano los barbijos que trajimos. Hoy, mientras esperábamos, la pareja de mi padre me mandó una noticia de un diario italiano. Ayer, le dije a M que ir a Venecia era como adentrarse en el corazón de las tinieblas. Resuena algo del orden de la putrefacción ahí. Quizás no fue una mera referencia obvia que hoy un amigo me haya mandado por WhatsApp la foto de la tapa de la novela de Thomas Mann cuando le dije cuál era el próximo destino. Mi madre me dijo que me lavara mucho las manos.

(Creo que llegamos a la frontera con Suiza porque el tren se detuvo. Voy a ver qué sucede. No, estamos en Dijon. Quiero salir a fumar, no sé si será posible.)

 

 

Venecia primera

Día VII  04/03/2020

En realidad, otra vez la escritura se difirió. Van dos días sin tocar este documento. Ayer por la mañana llegamos a Venecia y, si bien dormí muchísimo en el tren, no pude más que caerme de sueño anoche. Por eso no escribí nada. Entonces, voy a escribir algunas cosas sobre el primer día acá como si fuera, todavía, ayer. Veré si hoy (o mañana) vuelve a ser hoy y retomo de una vez por todas el ritmo “diario”.

Imagen: Lula Giacosa

(mi hermana J, en lugar de armar su valija para irnos mañana, viene a mostrarme un video. Hay un señor intentando mostrar una colección de tazas y el sonidista mete el micrófono en el cuadro todo el tiempo. La primera vez, el coleccionista le dice que sea cuidadoso porque está demasiado cerca de sus posesiones. Sin embargo, la segunda vez es, supongo, el director quien llama la atención del sonidista sobre la intromisión del micrófono en el cuadro, pero en ese momento, al levantar la caña, el ventilador de techo se lleva puesto el aparato. En apenas una vuelta destruye toda la colección, lo que el coleccionista había definido, instantes antes, como “el trabajo de treinta y cinco años de su vida”. Quedan apenas unas tazas exhibidas sobre una mesa en el medio de la habitación que permanecen sanas. Es entonces que el sonidista agarra la caña para tratar de desengancharla del ventilador pero tira tan fuerte que el ventilador se desprende y cae, aplastando las pocas piezas de la colección que se habían salvado.)

Llegamos a Venecia, entonces, por la mañana en un tren semivacío. Este lugar es un laberinto, es imposible encontrar nada y es pura casualidad pasar más de una vez por el mismo lugar. Nos costó mucho encontrar el hotel, cargados con las valijas, pese a que el alojamiento estaba, en realidad, a doscientos metros de la estación. Preguntamos a unas seis personas y todas nos indicaban direcciones diferentes. Cuando dimos por fin con el lugar, no tenían la reserva agendada. Después de un rato de indagar en el calendario, la recepcionista descubrió que la reserva había sido hecha para un mes atrás. Es decir, mi padre, al indicar nuestra fecha de llegada, había puesto febrero en lugar de marzo. Ante su perplejidad (la de mi padre) empezamos todos a pensar qué pudo haber pasado, hasta que alguien se percató de que, en realidad, esa reserva de febrero había sido cancelada. Creo que fue C –quien realizó gran parte de la logística del viaje–, consultada telefónicamente, quien se dio cuenta del error.

Mi padre se volcó a pensar que no había hecho ninguna otra reserva. Por algún extraño motivo, su celular había quedado sin batería y su computadora no funcionaba en ese momento. Me pidió la mía para consultar su calendario, pero no llegó a hacerlo porque decidió que debíamos quedarnos ahí, que seguro no había otra reserva hecha. Ahí nos quedamos, entonces. Subimos las valijas y nos acomodamos en una habitación que exageraba por todos lados: en tonos de verde, el empapelado de las paredes mostraba unos dibujos grandilocuentes. Dos camas individuales y una matrimonial se apilaban y sobrecargaban el ambiente con sus colchas a rayas verdes y doradas, en una pretendida armonía con el empapelado. El amoblado se completaba con un escritorio que lucía una lámpara de tulipa también verde. A pesar del colorido, la habitación era confortable. Nos acomodamos y salimos a pasear. En ese momento, nos dimos cuenta de que estábamos en una ciudad fantasma.

Las calles y pasajes estaban completamente vacíos, a excepción de algunos lugareños y unos pocos turistas dispersos. Los bares, los restaurantes, las plazas, todo estaba vacío. Apenas algunas mesas ocupadas por gente suelta rompían la monotonía de sillas amontonadas. Después de mucho andar llegamos a San Marco, donde las palomas y gaviotas son realmente audaces: atacan a la gente con comida y se abalanzan arrebatando sándwiches y dulces. No respetan a los simples paseantes ni tampoco a quienes se sientan en los restaurantes carísimos que están alrededor de la plaza. Mi hermana P tuvo el atrevimiento de sacar un paquete que contenía una medialuna y, antes de que pudiera sacarle el envoltorio, una gaviota se la sacó, pero la bolsa de papel cayó al suelo. Mi padre se agachó a levantarla y pasó otra gaviota que intentó, también, sacársela. Finalmente, un grupo de gente que estaba ahí ahuyentó al ave y pudieron rescatar el alimento. Los hoteles están vacíos, las calles están vacías, el transporte público está vacío, las iglesias y grandes monumentos están cerrados, los gondoleros están ociosos, todo es con rebaja por la falta de turistas. De todos modos, a menor cantidad de gente, menor probabilidad de contagio, por lo que es posible moverse por las calles con cierta tranquilidad. Cualquier persona que tosa o estornude es sospechosa. A pesar de esto, vi anuncios del gobierno italiano que sostienen que, a la hora de prevenir el coronavirus, no hay que ser discriminador: es factible que si una persona es discriminada por ser, por ejemplo, china, oculte su condición de infectada. Eso, de acuerdo con las autoridades, lleva a que exista mayor riesgo de contagio. La ecuación sería más o menos la siguiente… para no sentirse aislada por puro prejuicio, esa persona podría no declarar tener el virus u ocultar síntomas, por lo que la integración es clave para prevenir o al menos aminorar la velocidad de propagación de la epidemia. Es horrible, pero verosímil. En la Basílica San Marco solo permiten entrar a veinte personas con el estricto propósito de rezar.

En determinado momento, mi padre y mis hermanas regresaron al hotel, y yo seguí dando vueltas. En el camino, encontré un almacén donde pude conseguir una cerveza grande a sólo dos euros. No me importó que estuviera a temperatura ambiente, dentro de una heladera desenchufada. Fumé y tomé cerveza en uno de los puentes, ante un canal de agua diminuto con casas vistosas que se perdían en una curva. Cuando llegué al hotel, me enteré de cómo había seguido el problema de la reserva del alojamiento, que había quedado en suspenso esa mañana. Al parecer, mi padre no se dio cuenta de que, en realidad, la reserva que había hecho (una vez cancelada la que hizo con un mes de atraso a nuestra fecha de llegada) era en otro hotel, por lo que estaba pagando dos hoteles en simultáneo. A su vez, teníamos todavía que sacar el pasaje para viajar a Florencia.

El problema se resolvió cuando él se fue a sacar el pasaje de tren y a arreglar el malentendido con el otro hotel. El modo de resolver la situación fue trasladarnos de inmediato al lugar donde efectivamente habíamos hecho la reserva. Quedaba a la vuelta de donde estábamos. Metimos todo de nuevo en las valijas y salimos, ya de noche, cargados y cansados. El nuevo hotel era un poco menos acogedor que el primero. Así transcurrió nuestro primer día en la Venecia del coronavirus, la ciudad fantasma.

 

Venecia segunda

Día VIII  05/03/2020*

El gobierno italiano ha cerrado escuelas y universidades por un plazo de quince días. Hace un rato, salí a fumar a la puerta de nuestro hotel y vi pasar hordas de personas con valijas (se ve que llegó algún tren) equipadas con barbijos. El virus ya llegó a la Argentina y todos los infectados o potenciales infectados provienen del norte de Italia. L me dice que la paranoia estalló en Rosario con un caso sospechoso en el Hospital Provincial. En Facebook, leo un cartel que han colocado en la puerta de un bar madrileño. Los españoles, siempre un poco más cabeza que el resto de los europeos, sostienen que: Está prohibido el uso de gel desinfectante y mascarillas. Aquí se viene a morir como héroes con la copa de vino o la cerveza en la mano. Lo cierto es que, a pesar de los programas oficiales de prevención, la gente no pareciera tomar los recaudos necesarios. Se ve gente con barbijo, en especial gente asiática, pero a cada momento rompen con los cuidados mínimos. Por ejemplo, es frecuente verlos con sus barbijos cubriendo narices y bocas, pero con sus manos sin guantes. Eso no les impide, sin higienizarse con agua y jabón o con alcohol en gel (como aconsejan desde la salud pública italiana), bajar por un instante la guardia y quitarse el barbijo para llevarse la mano a la nariz.

Es notorio el impacto económico que ha tenido la llegada del virus a este país. En regiones como la de Venecia, donde pareciera que el mayor ingreso de dinero proviene del turismo, los comerciantes están desesperados. En nuestro segundo día acá, fuimos a pasear por dos pequeñas islas que forman parte del archipiélago de Venecia –Murano y Burano–, junto con otras formaciones isleñas que del siglo XIII al XX sirvieron como defensa marítima de la ciudad. Según leímos en unos carteles informativos, después de que fueron descartadas para tal uso (puede inferirse que los modos de posibles ataques ya no serían por mar) cayeron en un paulatino abandono, pero que luego han sido rescatadas y devueltas a la comunidad. Hoy en día, estas dos islas son lugares donde vive gente de manera permanente y, además, son centros turísticos. A ambas se accede mediante el vaporetto, el sistema de transporte público acuático de Venecia; lanchas grandes, cubiertas, que trasladan pasajeros a través de diferentes estaciones a la vera de los canales o a lo largo de la laguna (para llegar, por ejemplo, a estas islas). En Murano se fabrica mayormente cristal y estas fábricas se instalaron en la isla para evitar la propagación de incendios que generaba la producción de vidrio. Los comerciantes de cristal ofrecen rebajas enormes, del cincuenta o setenta por ciento, para tratar de vender algo. Si en Venecia parecía no haber nadie, estas islas estaban completamente desiertas.

Entramos a uno de esos locales y la chica que nos atendió tenía el aspecto de no haberse bañado en días. Nos dijo que la gente tiene miedo de viajar y que eso les ha dado un revés muy grande en términos económicos. Los canales estaban vacíos, muchos de los comercios permanecían cerrados…

En Burano, el ambiente era un poco distinto. Lo primero que vimos fue un convento del setecientos. Quedaba en un extremo de la isla opuesto al sector más turístico. Acá tampoco había nadie en las calles y las casas mantenían sus postigos cerrados. Podían verse bicicletas tiradas en las puertas y el cielo nublado acentuaba el aspecto medio fantasmagórico de pueblo abandonado. Muy cada tanto, aparecía una dupla de mujeres que caminaba de un lado a otro o alguna persona que salía a fumar a la puerta de su casa. Dimos un rodeo al campanario de la iglesia medieval y nos encontramos con el cementerio de la isla. Mis hermanas nunca habían entrado a uno, así que pasaron un rato largo entre las tumbas, calculando el tiempo de vida de cada uno de los que estaban ahí enterrados. Con mis hermanas buscamos la tumba más reciente y descubrimos que era de una mujer de ochenta y cinco años que llevaba apenas veinte días bajo tierra. La tumba no tenía mármol, solo una cruz blanca y la tierra aún removida estaba cubierta con un gran adorno floral. Mis hermanas hacían conjeturas sobre la causa de su muerte y yo zanjé la discusión con tono tajante: coronavirus. Advertí, a medida que nos desplazábamos entre los senderos, que los apellidos se repetían con frecuencia. Parecía no haber más que seis apellidos que aparecían y volvían a aparecer, se intercalaban o se combinaban en las tumbas que albergaban los restos de un matrimonio. No le di mayor importancia, pero cuando volvimos a andar por las calles empecé a reparar en los nombres de quienes habitaban las casas de la isla, indicados en placas junto a los timbres. Entonces comprendí que en verdad eran no más de seis familias las que habitaban en la isla y eran, en efecto, los mismos apellidos de los que estaban en el cementerio. Tagliapietra, Dei Rossi, D’este, Marion, etc., se mezclaban de diferentes formas en cada vivienda. Anna Tagliapietra estaba casada con Gino Dei Rossi; en la casa de al lado, Susana Dei Rossi convivía con Franco Tagliaprietra, y así sucesivamente. Incluso, en otra de las iglesias del poblado había un homenaje a los caídos de Burano en la primera guerra mundial, la guerra de África y la segunda guerra mundial: eran todos esos mismos apellidos.

En esa zona de la isla era posible ver algo más de movimiento. Algunos pocos turistas con cámaras y equipamiento sacaban fotografías de las casas, todas pintadas de diferentes colores, y los comercios ofrecían diferentes productos típicos, desde baratijas y souvenirs hasta cosas elaboradas e inaccesibles como camisolas de lino artesanales a ciento cincuenta euros. Por supuesto, cada uno de estos locales contaba con sus rebajas y promociones para paliar el infortunio virósico que azotó la economía de quienes dependen del turismo. A su vez, esa imagen turística se combinaba con la vida cotidiana de una población claramente envejecida. En toda la isla, no creo haber visto a un solo niño o niña. Algunos ancianos paseaban o permanecían sentados en bancos, a otros se los veía cultivar sus pequeños huertos o hacer tareas domésticas como pintar una silla en el jardín de sus casas.

Mientras regresábamos a Venecia en el vaporetto, nos aproximamos a una especie de muralla. Se podía ver, por encima, la punta superior de los panteones de un cementerio. Pero no podíamos darnos cuenta dónde estaba la entrada, hasta que la embarcación siguió avanzando y descubrimos que, en realidad, el cementerio ocupa una isla entera. Bajamos en la parada más próxima que, por supuesto, se llama Cimitero. Salimos de la orilla del agua y entramos a andar por una calle angosta y larga, plagada de negocios que vendían ornamentos fúnebres, como placas y mármoles, entre otras cosas del ramo. Mi hermana J pensaba que la longitud de los mármoles de las tumbas era el mismo que el alto de la persona muerta, y creía que todos en la zona debían ser enanos, hasta que le explicamos que no, que se trataba solo de una cuestión de adornar la tierra, que el cajón estaba debajo.

Nos costó, otra vez, encontrar el camino de vuelta a la zona de la estación de trenes, pero pudimos recorrer sectores no tan turísticos de la ciudad. Mis hermanas cuestionaron mi compra de algunas cervezas. Dormimos temprano porque por la mañana viajamos a Florencia.

 

Manuel Díaz nació en Rosario en 1993. Es estudiante de la carrera de Letras en la UNR. Ha publicado los libros Inquilinos (Trópico Sur, Maldonado, 2013), Asperger (El Ombú Bonsai, Rosario, 2015), Milton (Editorial Municipal de Rosario, 2015) y La caspa del punk (Ediciones Abend, Rosario, 2017). Otras de sus obras permanecen inéditas. Con Milton obtuvo el primer premio (compartido) en la categoría sub21 del Concurso Municipal de Narrativa Manuel Musto. Se ha desempeñado como jurado de concursos literarios y ha sido participante y organizador de eventos culturales y académicos.

   


CRÓNICAS