ÚLTIMO DÍA EN PARÍS, DE MANUEL DÍAZ

Día VI  03/03/2020

Estamos cerrando las valijas y acomodando el equipaje. Es casi el mediodía y a las siete de la tarde nos vamos a Venecia, el epicentro europeo de coronavirus, según dicen. Durante estos días, vi a los franceses muy despreocupados, tocando todo en el metro, llevando sus manos a la cara, sin considerar los potenciales riesgos de contagio. Me dijo mi amiga E que los casos confirmados del virus en el país llegan casi a doscientos, pero Italia es peor. Ella aseguró no tener miedo ni tomar recaudos, pero que hay gente muy paranoica. No lo he visto, honestamente. ¿Serán conscientes los franceses de la amenaza que se cierne sobre ellos? Esto es una epidemia que recién comienza, dijo el presidente de la República. Los únicos sensatos parecen ser los empleados del Louvre.

Ahora me toca narrar el día de ayer. Seguramente comience ahora y el relato, como siempre, termine más adelante, en otro momento del día, o quizás mañana.

(mi hermana P viene a decirme que ayer fue la primera vez que me escuchó reír. Ahora se pone a filmar el departamento donde paramos en algo llamado round tour.)

Ayer, lunes, por la mañana recibí un mensaje de M que decía que, finalmente, tendría la tarde libre porque la profesora de la escuela donde trabaja como asistente de español estaba de licencia. Quedamos en encontrarnos al mediodía en la Galerie Vivienne. Como buen provinciano, cuando salí a pasear por la mañana no calculé bien el tiempo que me llevaría la caminata y tampoco pude prever cuánto tardaría el subte hasta el punto de encuentro. Tomé una línea que creía que me dejaba muy cerca del lugar donde habíamos quedado en vernos pero, evidentemente, también en eso erré; terminé bajando a varias cuadras y, para rematar la situación, empecé a caminar en el sentido contrario. Lo bueno fue que de pasada encontré el sitio donde había vivido Stendhal. Ahí escribió Rojo y negro.

(ahora interrumpo porque vamos a pasear en nuestra última tarde acá. Mientras tanto, mi hermana P muestra una rutina de gimnasia encima de la cama mientras J la filma…)

Estamos en el tren hacia Venecia, después de algunas horas de espera (llegamos con demasiada antelación) en la Gare de Lyon. Nos espera un trayecto de unas catorce horas, atravesando Suiza y algunas ciudades del norte de Italia. El camarote tiene seis lugares. Nosotros ocupamos cuatro y solo hay una persona más, un matemático muy joven, amable y ultra freak que investiga en la universidad de Bolonia. Habla bastante bien en castellano y nos ayudó a acomodar nuestras cosas. Incluso, nos cedió un lugar porque estamos llevando más del equipaje permitido. Espero que en estas catorce horas me pueda poner al día con la escritura de este texto y volver a su eje la cronología desquiciada.

Sin embargo, tengo que seguir con el relato del día de ayer. Encontré a M en la Galerie Vivienne. La idea era recorrer la zona de los Grands Boulevards. Según ella, planeamos el paseo al revés, pero pudimos atravesar varias de esas galerías y pasajes del siglo XIX, con negocios extrañísimos, como una casa de telas de lujo, librerías anticuarias dedicadas solo a materiales artísticos y de construcción (me refiero a historias del óleo o del mármol, por ejemplo) o negocios de filatelia muy exclusivos. Algunos de los comercios permanecían igual que cuando fueron abiertos alrededor de 1830. En algunos pedazos del suelo de las galerías, podían verse las inscripciones de los establecimientos originales, como, por ejemplo, Restaurant o Coiffeur. Los techos muchas veces son de vidrios esmerilados y en las galerías más vistosas –probablemente, daten de la segunda mitad del siglo XIX– las puertas y los marcos de las vidrieras son de maderas trabajadas al estilo art nouveau. Algunas son intrincadas, con ramificaciones que tienen salidas a diversos puntos de la manzana, o trazan una línea curva que lleva de una calle a otra; las hay también rectas. Algunas son muy luminosas, mientras que otras son más bien oscuras. Muchas de ellas tienen bares o restaurantes adentro, con mesas en la galería propiamente dicha; parecen ser muy caros (y lo son). Hay incluso algunas galerías que tienen hoteles adentro, y encontramos un pasaje que solo tenía servicios de hotelería. (…)

Llovió intermitentemente a lo largo del paseo y, a veces, entrábamos a una de las galerías con lluvia y salíamos sin lluvia o viceversa. Atravesamos muchas de ellas y terminamos tomando un café en un bar ubicado en una esquina, donde soplaba un viento espantoso. Mis pies estaban empapados y los sentía cada vez más fríos. Hay (no lo sabía) una costumbre en los cafés parisinos de dejar una manta en cada silla, para que los clientes puedan cubrir sus piernas. Eso hice, pero el problema era el frío que me subía desde los pies por el agua que había entrado a mis zapatos. Empezaba ya a pasarla mal. Cuando decidimos irnos, M me propuso pasar por nuestro alojamiento y buscar otro calzado. Fuimos y en el trayecto nos perdimos (otra vez) en varias ocasiones. (…)

(todo este párrafo fue bastante cortado porque mis hermanas prendían y apagaban la luz del camarote, reclamaban comida que después rechazaban o contaban chistes. Habían aprovechado una salida del matemático y, ahora que volvió, duermen. Se ve que las intimida un poco.)

Llegamos a Montmartre cuando anochecía y nos apuramos a subir las escaleras que llevan a la iglesia de Sacré Coeur. Después, paseando por el barrio, M fantaseaba con todos los restaurantes a los que nunca podría acceder. Nos hartamos un poco del frío y el viento que hacía allá arriba y bajamos rumbo a la estación de metro, a contramano de un grupo de gente que hacía ejercicio corriendo escaleras arriba. Había algunos realmente sufridos que debían soportar unas cintas alrededor de sus torsos que eran tiradas por otros que iban atrás, obligándolos a empujar también, a cada paso, todo el peso de otro cuerpo.

Fuimos a un bar cerca de Strasbourg/Saint-Denis. M tiene algunos asuntos que resolver con respecto a su situación en general. En primer lugar, tiene que afrontar la decisión de dónde vivir. Viajó a París hace algunos meses para trabajar como asistente de español en escuelas secundarias, a través de un programa que termina en el mes de mayo. Ella, en un principio, había planeado quedarse y no utilizar el pasaje de regreso a Argentina. Ahora lo está dudando. Quiere volver aunque sea un breve lapso de tiempo para luego, otra vez, regresar a París. Dice extrañar mucho. El problema es que, por otra parte, tiene la posibilidad de conseguir un trabajo más estable, con un buen sueldo, pero que ya le implicaría pensar en establecerse de manera casi indefinida en Francia. Eso le brinda mejores oportunidades económicas, aunque ahí se abre una nueva arista del problema: no ha podido tejer lazos afectivos en su nueva ciudad por fuera de quienes están trabajando en el mismo programa educativo que ella. Esa gente vuelve en mayo a sus lugares de origen. La disyuntiva, entonces, es entre el desarrollo económico y la posibilidad afectiva (o así lo entendí). A su vez, ella planeaba volver en mayo, con el pasaje que tiene asignado, para quedarse un mes o, al menos, tres semanas. Sin embargo, en este nuevo potencial trabajo, le piden que esté en Francia la última semana de mayo y su pasaje es recién el quince, por lo que podría quedarse a lo sumo una semana. Sostiene que estar en el extranjero es algo muy duro, que le exige una lucha permanente. Tiene, además, un novio que quedó en Argentina cuando ella vino a Europa, pero que ahora se mudó a Barcelona. Está teniendo con él algunos cortocircuitos comunicativos. En teoría, mañana viaja a verlo. Veremos qué sucede. Migrar es durísimo, me dijo L en un mensaje, cuando le comenté de la situación (…). Cuando llegué nuevamente al 26 de la rue Beaubourg, mis hermanas y mi padre habían llegado de Disney.

Ahora sí, comenzaría el día de hoy, último día en París. Si logro escribirlo, como premio me voy a beber al coche comedor del tren. Fue una jornada muy calma, en realidad.

(no tengo idea de dónde estamos. El matemático lee muy concentrado en su kindle.)

El día transcurrió en medio de especulaciones acerca de cuándo dejar el departamento. En teoría, nuestro check out era a las once de la mañana, pero vimos que nadie venía a reclamar nada. Dejamos ahí las valijas y salimos a caminar, compramos algunos regalos, almorzamos y esas cosas. Mi padre volvió un rato a ver si había novedades del check out. Nada, seguía todo igual. Me quedé con J y P dando algunas vueltas. Después pasamos otro rato adentro hasta que decidimos que mejor sería volver a salir. Caminamos por Le Marais y bajamos hasta el Sena y luego volvimos otra vez. Mi padre se había puesto un poco ansioso por el tema de llegar con tiempo a la Gare de Lyon y unas tres horas antes del horario del tren estábamos ya saliendo del departamento. Tenemos cinco valijas para cuatro personas y sacarlas al pasillo nos llevó un rato. En ese momento fue que llegó la señora argentina que hace la limpieza del departamento. No recuerdo si ya la mencioné anteriormente, pero fue quien nos recibió el día que llegamos. Es una mujer de Olavarría que vive en Francia hace diez años. Vino porque no pudo superar una separación amorosa. Acá vive su hermana. Es muy simpática y charlatana. Me llamó mucho la atención que, a pesar de habernos visto apenas un rato el primer día, la despedida la emocionó un poco.

Llegamos a la estación excesivamente temprano. Mi hermana P está muy asustada con el coronavirus. Cuando subimos al vagón, el guarda tenía barbijo y guantes de látex. Al rato, mi hermana comenzó a quejarse de un dolor de cabeza, pensando que podía ya tener los síntomas del virus. Yo, por mi parte, descubrí que los lugares muy cerrados me producen un intenso malestar, una forma rara de dolor de cabeza. No lo había notado nunca antes. P le pidió a mi padre que deje a mano los barbijos que trajimos. Hoy, mientras esperábamos, la pareja de mi padre me mandó una noticia de un diario italiano. Ayer, le dije a M que ir a Venecia era como adentrarse en el corazón de las tinieblas. Resuena algo del orden de la putrefacción ahí. Quizás no fue una mera referencia obvia que hoy un amigo me haya mandado por WhatsApp la foto de la tapa de la novela de Thomas Mann cuando le dije cuál era el próximo destino. Mi madre me dijo que me lavara mucho las manos.

(Creo que llegamos a la frontera con Suiza porque el tren se detuvo. Voy a ver qué sucede. No, estamos en Dijon. Quiero salir a fumar, no sé si será posible.)

 

 

Manuel Díaz nació en Rosario en 1993. Es estudiante de la carrera de Letras en la UNR. Ha publicado los libros Inquilinos (Trópico Sur, Maldonado, 2013), Asperger (El Ombú Bonsai, Rosario, 2015), Milton (Editorial Municipal de Rosario, 2015) y La caspa del punk (Ediciones Abend, Rosario, 2017). Otras de sus obras permanecen inéditas. Con Milton obtuvo el primer premio (compartido) en la categoría sub21 del Concurso Municipal de Narrativa Manuel Musto. Se ha desempeñado como jurado de concursos literarios y ha sido participante y organizador de eventos culturales y académicos.

   


CRÓNICAS


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