ÚLTIMO FLORENCIA, DE MANUEL DÍAZ

Día XII  09/03/2020*

Hoy amanecí y lo primero que hice fue tomar mi temperatura. El termómetro marcaba lo mismo que ayer. De a poco, mi temor va cediendo pero se proyecta a la vez hacia el futuro. Una de mis hermanas pidió que me mantenga alejado de todo lo que la rodea. Hablé con mi amigo A. Me pasó una nota escrita por un novelista que reside en Venecia y habla de sus impresiones bajo la influencia del virus, de cómo las calles están vacías. Además,  señala de qué modo, en el lapso de cuarenta y ocho horas (de acuerdo con la asociación de turismo Federturismo Confindustria), Italia se convirtió en un país inseguro al que es mejor no ir y del cual no es bueno recibir viajeros. A su vez, resalta dos cosas notables que percibí cuando estuvimos en Venecia y son que el silencio de la ciudad es ensordecedor, al estar prácticamente vacía, y que los espacios cobran otra dimensión al volver a su escala humana, sin la superpoblación de turistas que visitan la ciudad de forma constante. 

Mi amigo A también me dijo que no podría verme (al igual que L) a mi llegada porque no puede(n) arriesgarse a contagiar a gente que forma parte del grupo de riesgo, a quienes ve(n) cotidianamente. Por otra parte, me dijo que es curioso que de esto se salga en base a la acción conjunta: la propia salud depende de que otros también sean cuidadosos con, por ejemplo, lavarse las manos. Es una pesadilla kantiana… 

Salimos nuevamente a la calle; planeábamos subir a la cúpula del Duomo pero encontramos todo cerrado. Algunas cuadras más adelante, vi titulares de diarios: Virus: La Toscana si blinda ecco i nuovi divetti (La Nazione); Coronavirus, primo morto in Toscana. Discoteche, musei e cinema chiusi. Calcio e stadi vuoti, pari della Fiorentina (Corriere Fiorentino). Todo está cerrado. Nos limitamos a dar vueltas por la ciudad y, tal vez, a comprar ropa. 

Regresamos al departamento para descansar y refugiarnos un poco de la lluvia. No hay demasiado que hacer. Aún tenemos que preparar las valijas porque mañana nos vamos a Roma. Volví a tomarme la fiebre y había subido algunas líneas; ahora marca el termómetro 36,8. Llamé desesperado a Argentina y la única respuesta fue que esté tranquilo, que son valores normales. Qué invento noble es el termómetro, si tan solo supiera leerlo. Una vendedora nos dice que el coronavirus es una influenza como cualquier otra, que se ha inflado el asunto y se juega con el miedo de la gente, que es curioso que los “americanos” no lo estén padeciendo, que seguro la CIA tiene algo que ver en eso. En otros locales (en la mayoría), de un día para el otro los empleados utilizan barbijos y guantes de látex para atender a los clientes. Puede verse en los comercios la señalética que indica que entre las personas debemos mantener al menos un metro de distancia. Por su parte, las farmacias exhiben carteles en sus vidrieras: no tenemos barbijos.

Imagen: Lula Giacosa

M, desde París, me dice que se siente estafada con su ruptura amorosa. No sabe qué fue a hacer a Barcelona, qué fueron esos meses que sostuvo un diálogo con alguien que resultó ser un irresponsable. No estoy hecha mierda pero estoy muy triste y enojada, me dice. E, por su parte, me dice que las cosas van mejor con su novia, que están tomando todo con más calma.

Ya es de noche. Vimos, por el balcón, una pelea de uno de los que –supongo– son vendedores de droga acá en la esquina. Gritan toda la noche bajo mi ventana y ayer, cuando volvíamos de la estación de trenes, uno comenzó a caminar al lado mío y decía sweet, sweet, ofreciendo su producto. Esta noche, al parecer, agarraron a un tipo que estaba ahí (no supe con exactitud qué pasó) y escuché a través de la ventana abierta Aiuta! Polizia! Cuando me asomé, vi que este tipo estaba tirado en el suelo, acurrucado contra la persiana metálica del local de enfrente, y uno de estos supuestos dealers amenazaba con golpearlo mientras se burlaba de su pedido de auxilio. No alcancé a ver que efectivamente le pegara, pero sí vi cómo le pisoteaba las piernas y se inclinaba sobre él, con un puño cerrado y en alto, en señal de amenaza. Uno más lo esperaba en el cordón central que corta la avenida al medio. Finalmente, el dealer lo dejó ahí tirado y fue a reencontrarse con su secuaz. Venía riendo y repetía Polizia, Polizia, en tono de sorna. Volvieron a la esquina que está debajo de mi ventana. 

Durante la cena, mis hermanas discutieron cuál era la mejor manera de festejar su cumpleaños, dentro de quince días. J es partidaria de realizar festejos múltiples por cada círculo de amistades, mientras que P le propone hacer un único festejo conjunto. Cada una sostuvo sus argumentos hasta que la discusión se zanjó con J diciendo que la juventud no era para siempre, que había que extenderla porque después iban a pasar a sexto grado, después terminaba todo. Se corrigió y dijo no, no termina todo, después es la secundaria y después sí termina todo, después hay que trabajar y después vamos a ser como Manuel… 

Mi padre habló con C por teléfono y al parecer hubo un decreto del primer ministro italiano. Todo el país está en cuarentena. Nadie puede salir de su casa y la movilidad interurbana debe estar estrictamente justificada. Hubo un cónclave familiar en mi habitación y analizamos adelantar el vuelo. Existe la posibilidad de no poder salir de Italia, de que cierren las fronteras y cancelen todos los vuelos. Han crecido exponencialmente los casos de coronavirus en todo el territorio italiano, no solo en el norte. Se enferman, como dije, miles por día, y corremos riesgo. Si bien no tenemos síntomas, es preferible que en caso de tenerlos se manifiesten de vuelta en Argentina y no acá, donde no podremos saber qué será de nosotros. Si no llegamos a tiempo a tomar el vuelo de regreso podemos quedar atrapados en esta situación quién sabe por cuánto tiempo. Tal vez quedemos varados acá durante quince o veinte días y tengamos que volver en un avión sanitario. 

De todos modos, mañana tomaremos el tren a Roma y veremos qué sucede. Tenemos que ir allá de cualquier manera porque desde ahí tenemos que volar a Londres, donde hacemos escala, y de Londres nuevamente a Ezeiza. Algunos especialistas ya consideran que se trata de una pandemia. Han extendido el tiempo que las escuelas deberán permanecer cerradas; frenaron el torneo de fútbol; tampoco los jóvenes están a salvo, conforman una quinta parte de la población infectada; ya hay víctimas en Alemania; en Modena hubo un motín carcelario por la restricción de las visitas de familiares debido al virus –ese asunto ya cuenta seis muertos–; en Grecia la antorcha olímpica tuvo su ceremonia a puertas cerradas; alguien llamado Nicola Porro sostiene que estuve atento, y aun así me pesqué el virus. Por la televisión, pasan filmaciones caseras de famosos que dan su ejemplo con respecto al auto aislamiento: Dos semanas parecen una eternidad, pero pasan enseguida; asumamos entre todos la responsabilidad y los cuidados necesarios para salir adelante de esta situación. Las cámaras de comerciantes se muestran preocupadas por la disposición oficial de cerrar todos los comercios y exigen a las autoridades flexibilidad para cumplir con los requisitos fiscales e impositivos; son gastos que no llegarán a cubrir por la caída de las ventas. Italia en cuanto Estado, por su parte, ya pidió ayuda a la Unión Europea porque tampoco podrá cumplir con los acuerdos fiscales. ¿Están todas las calles vacías y vos encerrado en un departamento con tu papá y hermanas?, me pregunta M desde París. 

Los únicos que permanecen en las calles son los vendedores de droga. Hace un rato estuvimos con mi padre mirando por la ventana las transacciones. Por lo demás, los tranvías que circulan van vacíos, no se ven autos que no sean patrulleros y los poquísimos peatones que transitan por la vereda tratan de apurar el paso. Recién, mis hermanas y yo, asomados a las ventanas de nuestras respectivas habitaciones, vimos una nueva riña de los dealers. Llama la atención que hagan sus manejes tan expuestos, a media cuadra de la estación de tren, todas las noches, y que aborden a la gente que pasa caminando ofreciéndoles drogas a los gritos, que les caminen algunos metros a la par… Es más parecido a una reventa de entradas que a la venta de drogas. Cada dos por tres surge alguna disputa entre ellos y comienzan a los gritos. A medida que crece la discusión, empiezan a empujarse, aunque no pasa nunca a mayores. A veces, me queda la duda de si son bromas subidas de tono o si verdaderamente tienen problemas unos con los otros. De cualquier modo, hace un momento la pelea tenía pinta de ser en serio; uno tomó carrera y casi tumba de un empujón a otro. Sin embargo, todo pareció apaciguarse cuando alguien sacó un atado de cigarrillos y los repartió entre todos. Las voces (que ya hacían eco al retumbar en las construcciones del otro lado de la calle) se apagaron y lo único que se escuchó por un instante fueron los encendedores. 

Un conocido de Rosario, que también está en Florencia, me escribió para preguntarme si leí las noticias. Habíamos quedado en vernos un día pero no pudimos concretar el encuentro. 

 

* penúltima entrada de ¿Qué hago yo acá?

 

Manuel Díaz nació en Rosario en 1993. Es estudiante de la carrera de Letras en la UNR. Ha publicado los libros Inquilinos (Trópico Sur, Maldonado, 2013), Asperger (El Ombú Bonsai, Rosario, 2015), Milton (Editorial Municipal de Rosario, 2015) y La caspa del punk (Ediciones Abend, Rosario, 2017). Otras de sus obras permanecen inéditas. Con Milton obtuvo el primer premio (compartido) en la categoría sub21 del Concurso Municipal de Narrativa Manuel Musto. Se ha desempeñado como jurado de concursos literarios y ha sido participante y organizador de eventos culturales y académicos.

 

junio 2020 | Revista El Cocodrilo