VENECIA SEGUNDA, DE MANUEL DÍAZ

 

Día VIII  05/03/2020*

El gobierno italiano ha cerrado escuelas y universidades por un plazo de quince días. Hace un rato, salí a fumar a la puerta de nuestro hotel y vi pasar hordas de personas con valijas (se ve que llegó algún tren) equipadas con barbijos. El virus ya llegó a la Argentina y todos los infectados o potenciales infectados provienen del norte de Italia. L me dice que la paranoia estalló en Rosario con un caso sospechoso en el Hospital Provincial. En Facebook, leo un cartel que han colocado en la puerta de un bar madrileño. Los españoles, siempre un poco más cabeza que el resto de los europeos, sostienen que: Está prohibido el uso de gel desinfectante y mascarillas. Aquí se viene a morir como héroes con la copa de vino o la cerveza en la mano. Lo cierto es que, a pesar de los programas oficiales de prevención, la gente no pareciera tomar los recaudos necesarios. Se ve gente con barbijo, en especial gente asiática, pero a cada momento rompen con los cuidados mínimos. Por ejemplo, es frecuente verlos con sus barbijos cubriendo narices y bocas, pero con sus manos sin guantes. Eso no les impide, sin higienizarse con agua y jabón o con alcohol en gel (como aconsejan desde la salud pública italiana), bajar por un instante la guardia y quitarse el barbijo para llevarse la mano a la nariz.

Es notorio el impacto económico que ha tenido la llegada del virus a este país. En regiones como la de Venecia, donde pareciera que el mayor ingreso de dinero proviene del turismo, los comerciantes están desesperados. En nuestro segundo día acá, fuimos a pasear por dos pequeñas islas que forman parte del archipiélago de Venecia –Murano y Burano–, junto con otras formaciones isleñas que del siglo XIII al XX sirvieron como defensa marítima de la ciudad. Según leímos en unos carteles informativos, después de que fueron descartadas para tal uso (puede inferirse que los modos de posibles ataques ya no serían por mar) cayeron en un paulatino abandono, pero que luego han sido rescatadas y devueltas a la comunidad. Hoy en día, estas dos islas son lugares donde vive gente de manera permanente y, además, son centros turísticos. A ambas se accede mediante el vaporetto, el sistema de transporte público acuático de Venecia; lanchas grandes, cubiertas, que trasladan pasajeros a través de diferentes estaciones a la vera de los canales o a lo largo de la laguna (para llegar, por ejemplo, a estas islas). En Murano se fabrica mayormente cristal y estas fábricas se instalaron en la isla para evitar la propagación de incendios que generaba la producción de vidrio. Los comerciantes de cristal ofrecen rebajas enormes, del cincuenta o setenta por ciento, para tratar de vender algo. Si en Venecia parecía no haber nadie, estas islas estaban completamente desiertas.

 

Entramos a uno de esos locales y la chica que nos atendió tenía el aspecto de no haberse bañado en días. Nos dijo que la gente tiene miedo de viajar y que eso les ha dado un revés muy grande en términos económicos. Los canales estaban vacíos, muchos de los comercios permanecían cerrados…

En Burano, el ambiente era un poco distinto. Lo primero que vimos fue un convento del setecientos. Quedaba en un extremo de la isla opuesto al sector más turístico. Acá tampoco había nadie en las calles y las casas mantenían sus postigos cerrados. Podían verse bicicletas tiradas en las puertas y el cielo nublado acentuaba el aspecto medio fantasmagórico de pueblo abandonado. Muy cada tanto, aparecía una dupla de mujeres que caminaba de un lado a otro o alguna persona que salía a fumar a la puerta de su casa. Dimos un rodeo al campanario de la iglesia medieval y nos encontramos con el cementerio de la isla. Mis hermanas nunca habían entrado a uno, así que pasaron un rato largo entre las tumbas, calculando el tiempo de vida de cada uno de los que estaban ahí enterrados. Con mis hermanas buscamos la tumba más reciente y descubrimos que era de una mujer de ochenta y cinco años que llevaba apenas veinte días bajo tierra. La tumba no tenía mármol, solo una cruz blanca y la tierra aún removida estaba cubierta con un gran adorno floral. Mis hermanas hacían conjeturas sobre la causa de su muerte y yo zanjé la discusión con tono tajante: coronavirus. Advertí, a medida que nos desplazábamos entre los senderos, que los apellidos se repetían con frecuencia. Parecía no haber más que seis apellidos que aparecían y volvían a aparecer, se intercalaban o se combinaban en las tumbas que albergaban los restos de un matrimonio. No le di mayor importancia, pero cuando volvimos a andar por las calles empecé a reparar en los nombres de quienes habitaban las casas de la isla, indicados en placas junto a los timbres. Entonces comprendí que en verdad eran no más de seis familias las que habitaban en la isla y eran, en efecto, los mismos apellidos de los que estaban en el cementerio. Tagliapietra, Dei Rossi, D’este, Marion, etc., se mezclaban de diferentes formas en cada vivienda. Anna Tagliapietra estaba casada con Gino Dei Rossi; en la casa de al lado, Susana Dei Rossi convivía con Franco Tagliaprietra, y así sucesivamente. Incluso, en otra de las iglesias del poblado había un homenaje a los caídos de Burano en la primera guerra mundial, la guerra de África y la segunda guerra mundial: eran todos esos mismos apellidos.

 

En esa zona de la isla era posible ver algo más de movimiento. Algunos pocos turistas con cámaras y equipamiento sacaban fotografías de las casas, todas pintadas de diferentes colores, y los comercios ofrecían diferentes productos típicos, desde baratijas y souvenirs hasta cosas elaboradas e inaccesibles como camisolas de lino artesanales a ciento cincuenta euros. Por supuesto, cada uno de estos locales contaba con sus rebajas y promociones para paliar el infortunio virósico que azotó la economía de quienes dependen del turismo. A su vez, esa imagen turística se combinaba con la vida cotidiana de una población claramente envejecida. En toda la isla, no creo haber visto a un solo niño o niña. Algunos ancianos paseaban o permanecían sentados en bancos, a otros se los veía cultivar sus pequeños huertos o hacer tareas domésticas como pintar una silla en el jardín de sus casas.

 

Mientras regresábamos a Venecia en el vaporetto, nos aproximamos a una especie de muralla. Se podía ver, por encima, la punta superior de los panteones de un cementerio. Pero no podíamos darnos cuenta dónde estaba la entrada, hasta que la embarcación siguió avanzando y descubrimos que, en realidad, el cementerio ocupa una isla entera. Bajamos en la parada más próxima que, por supuesto, se llama Cimitero. Salimos de la orilla del agua y entramos a andar por una calle angosta y larga, plagada de negocios que vendían ornamentos fúnebres, como placas y mármoles, entre otras cosas del ramo. Mi hermana J pensaba que la longitud de los mármoles de las tumbas era el mismo que el alto de la persona muerta, y creía que todos en la zona debían ser enanos, hasta que le explicamos que no, que se trataba solo de una cuestión de adornar la tierra, que el cajón estaba debajo.

 

Nos costó, otra vez, encontrar el camino de vuelta a la zona de la estación de trenes, pero pudimos recorrer sectores no tan turísticos de la ciudad. Mis hermanas cuestionaron mi compra de algunas cervezas. Dormimos temprano porque por la mañana viajamos a Florencia.

 

 

* fragmento de un diario de viaje

 

Manuel Díaz nació en Rosario en 1993. Es estudiante de la carrera de Letras en la UNR. Ha publicado los libros Inquilinos (Trópico Sur, Uruguay, 2013), Asperger (El Ombú Bonsai, 2015), Milton (Editorial Municipal de Rosario, 2015) y La caspa del punk (Ediciones Abend, 2017). Otras de sus obras permanecen inéditas. Con Milton obtuvo el primer premio (compartido) en la categoría sub21 del Concurso Municipal de Narrativa Manuel Musto. Se ha desempeñado como jurado de concursos literarios y ha sido participante y organizador de eventos culturales y académicos.

 

  (actualización marzo 2020 | Revista El Cocodrilo)

 

 


CRÓNICAS

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