TÍTULOS (EJERCICIO DE LECTURA)

Por Andrea Ocampo

Miro la biblioteca y en el armónico caos busco un título. Letras y colores atrapan los ojos, y el diseño de portada y lomo también dicen algo de ese libro. Paso los dedos y al azar desprendo de ella algunos ejemplares. Más allá de esta escena y de esta biblioteca, el mundo sigue girando, con su devenir entrelazado a miles de lecturas. ¿Qué pasa con los títulos? Superada la necesidad de identificación del volumen buscado, el título pierde relevancia; una vez abierto el libro, el título entabla el diálogo con el cuerpo del libro y pierde relevancia.

Me propongo este ejercicio de lectura: cambiar el género de los títulos y pensar sus posibilidades de resonancia en quien lee. Un montón de títulos de libros que me son familiares y al cambiarlos de género se vuelven extraños o se entiende otra cosa o sencillamente sugieren historias o situaciones inusuales.

Hay muchos títulos con nombre propio. Como muestra (pequeñísima) me detengo en libros con nombres masculinos. Harry Potter podría haberse llamado Hermione Jean Granger, ahí caigo en que siempre es Harry Potter y Ron Weasley pero ella es nombre de pila, sin apellido por lo general, y como lectora de cierta edad, indefectiblemente me viene el Norma Jean Baker a la cabeza.

Sigo leyendo y ni siquiera abrí el libro, pienso en mis amigos de la infancia: Oliver Twist, las aventuras de Tom Sawyer… aparece mi querida Alicia en el país de las maravillas y a través del espejo y otra vez tengo una mujer sin apellido (también veo que está cerca Madame Bovary pero, qué pena, no somos tan cercanas y en casa le digo Madame Boba-ry).

Mezclando los títulos me queda Oliver Twist a través del espejo, Tom Sawyer en el país de las maravillas, las aventuras de Alicia. Los dos primeros podrían estar en una colección de ciencia ficción o fantástico, pero el de Alicia suena porno: la palabra aventura cuando se trata de una mujer no sugiere lo mismo que cuando se trata de un hombre. Me suena a los amores de Laurita o las edades de Lulú, siempre esa familiaridad con nombre de pila, un diminutivo o un apodo o un sonido divertido como Mary Poppins (que además es institutriz).

Descarto por ahora los nombres propios como títulos porque habría que hablar de traducciones y mercados y de por qué no hay ningún superhéroe que se llame Juan Carlos, además de las Juanas Manuelas y Fridas.

Por supuesto tengo muchos estantes con libros de títulos que abarcan un sinfín de temas y posibilidades pero no los considero para este breve ejercicio de lectura (llevaría varios años).

Empieza el match:

Todos los hombres del presidente vs. Todas las mujeres del presidente.

En el primer título pienso en hombres funcionarios, de traje, ministros o guardaespaldas o asesores. En el segundo caso aparece lo doméstico, un harem, mujeres que lo atienden al presidente o su familia femenina: madre, hermana, esposa, hija. ¿Cuál tendría más suspenso? ¿qué clase de intriga se resolvería? De solo pensarlo me aburro.

Lolita vs. Lolito.

No hay nombre equivalente para jovencito equiparable a Lolita, de hecho un nombre propio que terminó siendo sustantivo común. Podría hacerse un tratado acerca de por qué no hay una escala de nombres para los varones en tanto objeto de deseo y otro tratado acerca de por qué no pueden las mujeres variar sus preferencias con la edad y enamorarse de hombres jóvenes cuando llegan a la madurez en vez de proponer un único objeto de deseo que sufrirá el deterioro del tiempo (atroz) sin ser desplazado. Si bien existen palabras (chongo, por ejemplo), no aparecen en los títulos y son de significado flotante al no ingresar al parnaso de la institución como las que nombran a las mujeres desde la pubertad a la madurez (milf, por ejemplo). Tenemos nombres como los modelos de los autos o los teléfonos portátiles y esa es mi limitada lectura de mujer heterosexual y son muchas lecturas las que faltan. ¿Cómo se llamaba ese libro de un auto endemoniado malvado y asesino? Christine.

El guardián en el centeno vs. La guardiana en el centeno.

Guardián me suena a ocupación masculina, como verdugo, por ejemplo. La guardiana tendría que invertir unas diez páginas en explicarme cómo terminó en esa función y no me extrañaría que lo haya heredado de su padre o de su esposo.

El gran Gatsby. El adjetivo gran suena a prócer. ¿Por qué es grande? ¿Qué características o acciones lo han agrandado? Lo más cerca en mujer: Los funerales de la mamá grande. En este título el adjetivo suena a muchos años o muchos kilos.

El principito o la princesita. He aquí un masculino sin apellido pero con título nobiliario, su par femenina ha sido raptada hace mucho por las películas que fabrican nenas adictas a los tules y al fucsia.

Es evidente que surgen al instante ideas que ordenan y organizan estos títulos con una actualización permanente de lo que he aprendido a leer en la sociedad que me ha criado y enseñado a leer. Un ejercicio que enseña también a ubicarse en el lado del mundo y de las palabras del mundo que se nos asigna según el género.

Ahora el vértigo:

El señor de los anillos es mayestático e inspirador.

La señora de los anillos vende bijouterie o quizás le guste usar anillos, coqueta dirán.

Casa de muñecas remite a los juegos de la infancia cis. Casa de muñecos remite a películas de Olmedo y Porcel.

El señor de las moscas hace pensar en un dominio misterioso e inquietante. La señora de las moscas en una mujer sucia.

El viejo y el mar quizás tengan una amistad o cuentas pendientes. La vieja y el mar ¿también?

La senda del perdedor nos conmueve con el abismo de la autodestrucción. ¿Tendría tanto éxito la senda de la perdedora? ¿no es interesante una mujer borracha jactándose de su promiscuidad y cuestionando los valores morales?

Tres mosqueteros. Aunque nadie use mosquetes sigue el todos para uno y uno para todos.  ¿Son las mujeres compañeras a ese nivel? Muchos libros enseñan que la camaradería femenina termina con el casamiento, es apenas una etapa o algo circunstancial para lograr cierto objetivo, después, cada una en su cocina o, peor: enfrentarse a muerte con la par más a mano.

Entrevista con el vampiro sin dudas mete miedo y sobrevuelan miles de preguntas para ese encuentro. Entrevista con la vampiresa me hace dudar si esta señora chupa sangre de verdad o es una actriz que se viste de negro y fuma con boquilla.

El extranjero. La extranjera. La figura de la asesina existencialista me parece que falta en el estante, las que tengo son estereotipos acorralados y patéticos.

Putas asesinas. ¿Qué tal putos asesinos? La oscilación entre la función de adjetivo y sustantivo es muy interesante en este caso.

Aventura de un fotógrafo en La Plata. Da para Aventura de una fotógrafa en La Plata. ¿Qué suena raro? La palabra que no cuadra es “aventura” ahí está lo discordante, las mujeres deben quedarse en la casa y no salir a correr aventuras. Otra vez Alicia. ¿Esto lo aprendí leyendo desde pequeña?

A otra cosa mariposa. El próximo ejercicio es fijarme en los autores que eligen estos títulos o en las editoriales que los publican. Ya estoy acostumbrada (mal) a encontrar pocas autoras en las listas tótem de los libros que hay que leer. O en la lista de premios Nobel. O en los artistas de los grandes museos.

Suben las matrículas y suben las profesionales pero cuando se ven los nombres de los responsables legales o económicos resultan ser nombres masculinos. En gremios de enorme población femenina sucede algo parecido.

Revisar estos puntos con una lectura profunda es un ejercicio cotidiano. Reconocer la desigualdad también. También transformar el mundo en un lugar más justo y habitable, buscar otros títulos.

(actualización noviembre 2018 | El Cocodrilo 5)

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