TOM WOLFE: EL ÚLTIMO VIAJE DE UN DANDY PSICODÉLICO

Por Sergio Dutto

Los nuevos periodistas tenían todos los años sesenta locos de Norteamérica, obscenos, tumultuosos, mau-mau, empapados en drogas, rezumantes de concupiscencia, para ellos solos.

El nuevo periodismo, Tom Wolfe

En tiempos de pesimismo crónico, de convivir con la paranoia de que todo esfuerzo, trabajo, investigación y/o escrito está muy lejos de constituirse en un logro o un aporte que dejará aunque sea una pequeña huella sensible para quienes rodean a uno, pueden ser balsámicas las palabras de Tom Wolfe. En tiempos donde parece que cada palabra está destinada a la futilidad de una cultura líquida o liquidada y que será deglutida por el maelstrom de la hipercomunicación digital, aparecen con más fuerza las utilizadas por este autor, que nos dejó el pasado 14 de mayo, para definir un oficio terrestre, orgullosamente terrestre sin que esa característica pueda catalogarlo peyorativamente: “Si el periodista no cree que lo que está escribiendo es una de las actividades más importantes que se desarrollan en la civilización contemporánea, le conviene cambiarse a otra que crea que lo sea”.

Un periodismo nacido de la convicción en lo que se está haciendo definía más a esa profesión, mucho más, para Tom Wolfe, que aquellos cuatro procedimientos con los que tipificó al Nuevo Periodismo. Procedimientos para un periodismo de vanguardia venidos, paradójicamente, de la novela realista, su debilidad. Más apasionado por la escena que por el mismo diálogo, al cual veía como un emergente de dicha escena, Wolfe trabajó sobre el carácter de los entrevistados como una punta del iceberg de esa escena que tanto priorizó su Balzac.

En una de sus apuestas más fuertes, abandonó la comodidad de las columnas eruditas de los diarios (y él era un erudito, no un disfrazado de docto con las frases y citas que vienen adheridas al disfraz) y salió a la calle. A la calle, a las grandes fiestas de Manhattan, a los barrios más pobres de San Francisco, a las oficinas, a los lugares de consumo de…, de cualquier consumo. A capturar, a percibir, a vivir la escena para recrearla, para partirla en fragmentos y mostrarla desde esas astillas expuestas para ofrecer al lector mucho más que una cobertura superficial adornada con cultas (¿cultas?) frases hechas.

El Nuevo Periodismo puede ser muchas cosas, puede venir en paquete de primera persona (que también usó) o de tercera (que recomendó) y, por qué no, desde las alturas de una voz omnisciente (en el caso de que con ser solamente tercera persona no alcanzara). Puede ser personalizado con una figura o puede, a través de esa figura, reconstruir una sociedad o un grupo alejado o no de ella y también, para ser más rica la crónica, puede ser una composición orquestal de voces y figuras. Debe tratar de llegar al pensamiento, al sentir del entrevistado, no sólo a sus palabras y, como todo intento, puede no lograrlo. Puede seguir taxativamente los cuatro procedimientos que magistralmente explica en El Nuevo Periodismo (ampuloso nombre a Wolfe atribuido, pero, como se encargó de dejar en claro, no sólo no inventado por él sino que tampoco le gustó para nominar a ese movimiento, aunque lo aceptó al punto de titular así su libro). Puede también seguir tres, dos o uno de esos procedimientos o, como también allí dice, dejar que “reine el caos”, llegado el caso de tener que gritar, a pesar de ser un gran crítico literario (elogio que consideraría un insulto): “¡Me retracto de las categorías!”. El Nuevo Periodismo, en síntesis, para Wolfe puede ser muchas cosas, pero no cualquier cosa y mucho menos una cosa, su mayor horror: predecible.

La convicción a partir de la fe en lo que se hace es algo muy difícil de plantear en épocas posmodernas o posposmodernas, signadas, si Jean Baudrillard tiene razón, por el hastío del banquete tecnológico y retratadas en el aburrimiento de un niño disconforme que descarta uno tras otro sus juguetes. Si hay que creerle al extracto elegido para el epígrafe, venido de la larga introducción de esa curación de crónicas periodística que es El Nuevo Periodismo, podemos pensar que ese espíritu travieso adolescente encontró en los “locos sesenta” (y principios de los 70) el campo fecundo, a pesar de ir de la mano de la locura yanqui por doblegar a cualquier precio a Vietnam. En esa introducción, Wolfe hace, aunque no lo quiera y así se leyó, un manifiesto que, paradójicamente, planteaba entre las muchas caracterizaciones que el Nuevo Periodismo nacía sin manifiesto. Como un emergente de esos segundos años locos y locura de Vietnam rondando sobre los escritos. Escritos adolescentes, escritos fundacionales, escritos presumidos y megalómanos, tal vez, en sus pretensiones, escritos molestos, escritos inconvenientes. Escritos periodísticos.

No eran sus reportajes convenientes, en un momento de represión a los panteras negras en Nueva York, se permitió ironizar sobre las tribulaciones y contradicciones de “la Izquierda Exquisita”: exhibió, sin pudor alguno, cómo un grupo de intelectuales, para homenajear y brindar su apoyo a la causa, analizaba de qué manera llamar a los negros o cambiaba el personal doméstico por latinoamericanos para que la bandeja no la lleve alguien del color del homenajeado.

No hacía periodismo a medida, hacía más que Nuevo Periodismo, hacía periodismo. Si la escena era cruel, la nota era cruel, si para que los fragmentos quedaran expuestos había que ser cínico, nadie como él. Su incorrección política comenzó, o tal vez la trajo desde la cuna, introduciéndose en un grupo que consumía las drogas típicas de la psicodelia de los 60, mimetizándose con ellos para robar las perspectivas de estos personajes (cada persona cuando entraba en una historia suya sería tratada como personaje) y devolverlas en un reportaje. Desde entonces no paró, luego de ironizar en la larga introducción sobre esos escritores que, una vez que recorrieron el periodismo, se retiran de “ese mundo” para escribir una novela; pasó del periodismo de vanguardia, a retirarse para escribir cuatro novelas. Eso sí, como el tango, siempre estuvo volviendo al periodismo.

Pasó de la profundísima y ácida crítica del mundo de bolsas y mercados que es su Hoguera de las vanidades, a un conservadurismo que avalaba y deificaba el accionar de sus criticados. Pasó de la crítica a la locura de Vietnam a un apoyo desenfrenado al Partido Republicano y, especialmente, a su “admirado”(sic) George W. Bush (hijo), así como a las aventuras de este presidente petrolero en el Golfo Pérsico o Afganistán. Pasó o tal vez siempre estuvo, tal vez se deconstruyó en perspectivas, operatoria que posiblemente no supieron leer críticos y admiradores. Pero el lugar que nunca abandonó fue el de dandy, compartido con uno de sus admirados a quien no dudó en incluir en el Nuevo Periodismo, a pesar de que el propio Truman Capote se encargara de aclarar, las veces que fuera necesario, que sus novelas de No Ficción no eran periodismo.

Este graduado como doctor en Letras, tras aprobar en Yale una tesis sobre escritores comunistas norteamericanos, logró, mucho antes de irse con 88 años, su pretendido espacio en la “civilización contemporánea” (si es que existe tal lugar-espacio en el mundo), tanto en el periodismo como en la literatura. Por fuera del debate de qué tan contradictorios fueron sus posicionamientos en relación a gran parte de su obra, sus convicciones fueron diáfanas en cuanto al rol de las palabras, sea en diarios, revistas y/o libros, y en cuanto al surco que se puede hacer en la historia a través de las mismas. En su caso, no es demasiado temprano para afirmar que dejó huellas muy profundas, más allá de las polémicas, de las que, por otra parte, era fervientemente devoto.