GABRIELA CABEZÓN CÁMARA, CRÓNICA EMOCIONAL E INTERCULTURAL ENTRE ITALIA Y ARGENTINA

Por Cristina Lavagna

Se arrivo in una città
oltre l’oceano
molto spesso arrivo in una nuova città, portato dal dubbio.
Divenuto da un giorno all’altro pellegrino
di una fede in cui non credo;
rappresentante di una merce da tempo svalutata,
ma è grande, sempre, una strana speranza.

Pasolini. “Gerarchia”, Trasumanar e organizzar, p. 189

Conocí a Gabriela Cabezón Cámara un día de primavera y de pizza en Buenos Aires. En lo que empecé a contarle no había más novedad que el disfrute de esa cercanía, porque en definitiva volví a repetirle lo que le había contado por teléfono, que era italiana, que me había instalado en Rosario desde hacía poco, que trabajaba como traductora para una de las pocas editoriales independientes que quedaban en Milán, que acababa de leer La Virgen Cabeza y que quería traducirlo. Tenía la certeza profunda de que la historia y los personajes podían capturar cierto público de lectores y lectoras italianos. Me sentía atraída por el concepto de periferia, yo en la “periferia del mundo”, las periferias industriales, históricas, sociales y urbanas. Las periferias son espacios físicos pero también mentales, donde con frecuencia se producen y se manifiestan grandes epifanías y revoluciones. Me siento más cercana a este concepto en tanto siempre me sentí lejos de la idea de centro.

Charlando con Gabi, este fue uno de los puntos de encuentro, entre tantos otros, que compartimos aquel día; sensación que volví a confirmar al leer una de las tantas entrevistas que dio a raíz de su última novela Las aventuras de la China Iron: “¿A quién le interesa el centro? ¿Y qué es el centro? ¿Los personajotes que circulan en la tele? Hablar de eso no me interesa. Sólo sería interesante en la medida en que sirva para desenmascarar, porque nadie es tan careta como aparece en la tele. El centro es conservador”.

Otro enlace fue percibir en su escritura algo de resonancia pasoliniana, el acento en los desheredados y en los nuevos marginados que tanto caracterizó la poética de Pasolini, expulsado del Partido Comunista Italiano en 1949 por homosexual. Volvía a mi cabeza una frase que había leído tiempo atrás, en una carta que Pasolini le escribió a un amigo y que decía más o menos “…me interesa, antes de morir, ‘entender’ el mundo en el que estoy, no disfrutarlo a través de cualquier forma de posesión que no sea de amor”. Qué raro, pienso ahora, que haya evocado en mí la imagen de un escritor y no de una escritora: la literatura italiana es rica en grandes mujeres. Sibilla Aleramo, Elsa Morante, Dacia Maraini, Alda Merini, Natalia Ginzburg, Fernanda Pivano son apenas algunos de los nombres que me vienen en mente en este momento.

Lo femenino y el feminismo de Gabriela son dos partes de un mismo cuerpo. El cuerpo de la mujer, el uso del cuerpo, la música y el cuerpo que en La Virgen Cabeza, por ejemplo, están tan presentes, son temas caros al feminismo de algunas de las escritoras que enumeraba antes y de ese gran movimiento que en la década del setenta vio su máxima expresión en Italia. Mientras en Argentina esa onda fue dramáticamente reprimida por la llegada de la dictadura, en Italia gran parte de esa generación termina en una primera fase siendo silenciada por la heroína, y más tarde por las consecuencias del pasaje a lucha armada de una parte de los movimientos estudiantiles y obreros (véase Brigate Rosse). Cada uno tiene sus propias víctimas para recordar.

Encontrarme en otro país, y sentir otra vez la fuerza y la energía que aquellas palabras y acciones habían representado hace casi cuarenta años en el mío, me confirmó cuán importante es apropiarse nuevamente de los espacios, del lenguaje, de las estructuras y de no dar nada por descontado. De hecho, mientras en Argentina se debate finalmente la legalización del aborto, en Italia, la ley sobre el aborto legal y seguro votada en 1978 vuelve a ser puesta en discusión en algunos ámbitos, recordándonos que jamás hay que bajar la guardia.

El separatismo permanece como un terreno en el cual dar batalla, pero ya no desde la dicotomía hombre-mujer, porque el universo de las diferencias se ha ampliado.

En La Virgen Cabeza está presente, a partir del título, el tema imprescindible de la “madre”. El orden simbólico de la madre constituye quizás la cuestión más debatida dentro de los grupos de autoconciencia feminista, tanto en Italia como en otros lugares. Y acá sí cito a una mujer, la escritora Dacia Maraini, que a principios de los ochenta se propuso elaborar una crítica sobre la relación vital entre madre e hija: “el viejo amor materno institucionalizado, hecho de miedos y sacrificios, no alcanza. Es necesario un amor más osado y decidido, negarse a ser víctimas […] hasta que no exista un fuerte hilo ininterrumpido de amor, aprobación y ejemplo, de madre a hija, de mujer a mujer, de generación en generación las mujeres continuarán a vagar solitarias en un terreno hostil”.

No es posible escindir la militancia feminista de la obra de Gabriela, que tiene bien presente cuáles son los cánones de la literatura y que usa su escritura en el juego de la lengua y el lenguaje, tan característico en su novelas pero siempre a la búsqueda de formas más armoniosas del vivir. “Estamos viviendo la mayor ferocidad del ser humano, acabando no ya con el otro sino con el planeta entero. Hay que ponerse a pensar formas de organización que sean más amorosas”.

“Las palabras son importantes…”, citando a Nanni Moretti me identifico con la frase que hizo célebre una de las escenas de su película Palombella rossa: “…el que habla mal, piensa mal”; porque la fuerza revolucionaria del lenguaje es un terreno donde trabajar, tan indispensable para incomodar al orden patriarcal o antropocéntrico, para generar una confusión fastidiosa frente al cambio (sororidad en lugar de una genérica hermandad como ejemplo que vale para todo).

La palabra, y su uso, es un arma silenciosa. El lenguaje es una práctica social que genera consciencia y redefine significados. Dice Gabriela: “La lengua es una materia, suena, tiene la capacidad de proliferar y de asociarse de mil modos distintos, tiene la posibilidad de significar de quinientos niveles distintos, de hecho tiene la gracia y la maravilla, como dice Pizarnik, de que las palabras dicen lo que es y además otra cosa. Estás escribiendo y estás creyendo que decís algo pero la lengua te está atravesando y está diciendo mucho más de lo que vos sos consciente, o incluso pueden decir más de lo que sabés directamente. Me encanta ese despliegue de sentidos infinito”.

Los datos recientes sobre la desalfabetización (en Italia por ejemplo) nos dejan un sabor amargo ya que sin palabras no hay pensamiento y, como bien subraya Anna Maria Testa, podemos pensar solo lo que podemos decir. Nuestras ideas están hechas de palabras y si reducimos el universo de la palabra es ineludible restringir también el abanico de conceptos que sirven para planear nuestro futuro.

Pasaron más de quince años desde mi primer viaje a Argentina, y sin embargo, fue solo recientemente. Mis recuerdos de infancia están poblados de imágenes sobre Argentina, desde el “lungomare” o el “chioscho” que lleva el nombre de Evita y que recuerdan su paso por el pequeño pueblo en el que nací durante su viaje a Europa en el 1947, hasta la “playa argentina” donde iba cuando era una niña.

Contar lo que vimos da cuenta de lo que ahora somos. Sarmiento llegó a París con su Facundo en mano como carta de presentación. Como Sarmiento en aquel entonces yo también tengo fe en el libro de Gabi para hablarles a los italianos sobre este hermoso, increíble y contradictorio país que es Argentina.

Imagen: Anaclara Pugliese

 


CRÓNICAS

 


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