LAS MUJERES DEL MAYO FRANCÉS

 

El Mayo Francés: el mito de la liberación sexual y el comienzo de la liberación feminista

Por Mariana Bortolotti

Es un lugar común dentro del campo de los estudios históricos señalar que aquello que llamamos pasado no constituye una materia inerte, fija y permanente, sino, por el contrario, una confusa y amorfa masa que adopta inestables figuraciones a partir de las demandas del presente.

Nuestro presente, atravesado en la Argentina por el activismo del movimiento de mujeres y feminista y por el debate legislativo de la Ley por el Aborto legal, seguro y gratuito, legitima la pregunta sobre el lugar de las mujeres y las identidades feminizadas en la historia. Se trata, en verdad, de un renovado interés o un feliz retorno del interés por las sujetas de la historia que nos recuerda inevitablemente aquel primer impulso a la Historia de las Mujeres en la convulsionada década de 1970 en varias naciones europeas y en Estados Unidos. Aquel movimiento que conocimos como segunda ola del feminismo gestó un genuino y acuciante interés por conocer el pasado de las mujeres.

No es el interés de estas páginas revisar la producción historiográfica sobre dicha materia, sino simplemente ilustrar sobre los modos en los cuales el contexto social y político en el que se produce conocimiento incide en las investigaciones, interpelando a lxs investigadores, disparando preguntas, despertando preocupaciones y recortando objetos de estudio invisibilizados anteriormente.

Así las cosas, revisar hoy la experiencia del mayo francés de 1968, a 50 años del París de las barricadas, no podía eludir la pregunta por el lugar de las mujeres en dicho acontecimiento.

El mayo de las mujeres

Las mujeres parisinas tuvieron una amplia participación en los eventos conocidos como el Mayo Francés, y es que ellas tenían desde las décadas precedentes una presencia creciente y sostenida tanto en el mercado de trabajo como en las instituciones universitarias. Tal como ha estudiado la historiadora española Elena Díaz Silva,1 en las décadas del 50 y 60 se produce una apertura y ampliación en la concepción de los roles femeninos, sostenida por las transformaciones económicas que impulsaron la incorporación creciente de las mujeres al mercado laboral.

Este impulso al empleo femenino potenció transformaciones en los estilos de vida, en las pautas de consumo, en los roles de género, en la autorepresentación de las mujeres y sus aspiraciones; en resumen, para fines de los 60, era clara la crisis del modelo de mujer de la posguerra. Debe añadirse a lo anterior que innovaciones en el campo de la medicina –los avances para la atención en el parto sin dolor, la aparición de las píldoras anticonceptivas– y el abandono de la política natalista, al menos en el caso francés, fueron solidarios en la conformación de un campo ampliado de posibilidades para las mujeres.

Así, las jóvenes francesas, universitarias y obreras, se unieron a un movimiento que proponía cuestionarlo todo. El mayo francés, en el contexto de unos convulsionados años 60 –juveniles, contestatarios, revolucionarios en algunos casos, antiimperialistas en otros–, puso en crisis las formas modernas de la política y el principio de autoridad en el seno de los partidos políticos, de las universidades y, también, de las familias. De este modo, lo privado, lo reproductivo y la sociedad civil devinieron ámbitos de lucha.

¿Pero qué lugar ocuparon las francesas del mayo? Si bien tienen una presencia ineludible, que podemos relevar en las fotografías que registraron mucho de lo ocurrido en las calles y en las universidades, nunca las encontramos detrás de los megáfonos en las marchas o de los micrófonos en los actos. Y es que, a pesar de la retórica en torno a la liberación sexual y el fin de las jerarquías, las mujeres fueron relegadas a tareas consideradas tradicionalmente como “femeninas”: “hablar en público, cortar la palabra, elevar el tono, gritar no eran comportamientos propios de las mujeres”.2

El historiador francés Philippe Artières se encarga, en este sentido, de derribar un persistente relato mítico asociado al Mayo Francés: “hoy cuando hablamos sobre los cambios sociales de mayo del 68, de hecho estamos hablando de los años que siguieron. En Francia no hubo una liberación sexual en 1968, esto es falso, era una sociedad extremadamente machista, en la que se esperaba que las chicas prepararan los sándwiches mientras los chicos protestaban”.3

Entonces, ¿qué fue el Mayo Francés para las mujeres? En principio, la oportunidad de cuestionarlo todo. Al declarar que “todo es político”, el mayo del 68 dejaba como legado la idea de que lo político no es un ámbito separado de la vida, que no es asunto de especialistas, que todo puede ser cuestionado y todas las relaciones revisadas –la política, las relaciones sociales, así como también la vida cotidiana, la cultura–. A la vez que habilitaba a postular, como sostenían las feministas norteamericanas en la misma época, “lo personal es político”, en alusión al carácter social de las relaciones afectivas y familiares atravesadas por el poder, la desigualdad y la opresión.

Mayo constituyó también una gran frustración. Así lo plantea Joana Ortega Raya,4 filósofa española, al sostener que el feminismo de la segunda ola nace en Francia del desengaño de las mujeres que participaron en las protestas a la par de los varones pero que se vieron relegadas de los lugares organizativos y de decisión del movimiento. Este desencanto respecto a las promesas de liberación configuró el impulso necesario para la conformación de un espacio organizativo propio de las mujeres. Al extinguirse el fuego de las barricadas, comenzaron a arder las estructuras del patriarcado.

El Mouvement de Libération des Femmes

Como sostiene Francesca Gargallo,5 existe un nexo insoslayable “entre el movimiento de liberación de las mujeres y el cuestionamiento de la vida cotidiana, de la idea de izquierda, de las sexualidades, de la relación del individuo con los partidos, entre la reivindicación de la calle y la denuncia de la familia nuclear y del estado patriarcal, entre el asalto a la fantasía y la afirmación de que este cuerpo es mío, que estallaron en 1968…”. No fue su deriva directa, ni el heredero exclusivo de su espíritu contestatario, sino que el Mouvement de Libération des Femmes (MLF) que se conforma en 1970 se inscribe en un contexto más amplio de cambio de valores, liberalización de las costumbres, relajación de las jerarquías, incorporación masiva de las mujeres de clase media al mundo del trabajo y a la universidad, cuestionamiento radical del rol tradicional de esposa y madre de familia.

En sus primeros años de existencia el MLF asumirá como eje central de sus reivindicaciones la autonomía e independencia de las mujeres, la soberanía sobre el propio cuerpo y la propia sexualidad. Sus banderas constituirán una actualización en clave feminista del legado de la Revolución Francesa: Liberté, Egalité, Sexualité.

De acuerdo a la historiadora Françoise Picq,6 el MLF fue el resultado del encuentro de dos procesos: por un lado, los aportes de Simone de Beavouir (El segundo sexo, 1949) a la conciencia de la desigualdad social entre los sexos, el análisis de la figura de la mujer como lo “otro” de la cultura y, fundamentalmente, la idea de que “mujer no se nace, se llega a serlo”, es decir, que el término mujer da cuenta de un constructo social que, en tanto tal, puede ser de-construido. Por otro lado, el Mayo Francés como repertorio de acciones de estilo espectacular, provocador, alegre e insolente, así como también la lucha colectiva y la voluntad de cambiar la vida.

Picq entiende que, a pesar de las profundas críticas que el feminismo francés le dedicará a las organizaciones de izquierda, a sus estructuras partidarias y al modelo de sujeto revolucionario que enarbolaban en esos años, la experiencia del ’68 dejó una suerte de involuntario legado: “sólo la oprimida puede analizar y teorizar su opresión y en consecuencia elegir los medios para la lucha”. La necesidad de fundar organizaciones exclusivas de mujeres, la no-mixticidad del MLF, supuso un gran descubrimiento para las mujeres que habían participado del Mayo. Así también lo supuso el oponer a las formas jerárquicas de organización la horizontalidad, la valorización de la experiencia vivida, la circulación democrática de la palabra.

El MLF asumió características de movimiento contestatario, autónomo de cualquier estructura partidaria o sindical y autogestivo. Fue un espacio heterogéneo por definición, que compartió las fundacionales premisas de visibilizar la desigualdad que sufren las mujeres bajo el patriarcado y de luchar por el logro de la autonomía plena. En este último sentido, la demanda por la legalización del aborto constituyó un eje fundamental.

La primera manifestación pública que realiza el MLF, en agosto de 1970, considerada su acto inaugural, consistió en visitar la tumba del soldado desconocido en el Arco del Triunfo en París para depositar allí un ramo de flores con la siguiente dedicatoria: “Existe alguien más desconocido que el soldado desconocido, su mujer”. Otras mujeres portaban una bandera que decía “Un hombre de cada dos es una mujer”, era el comienzo de la lucha por visibilizar sus demandas.

Al año siguiente publicaban, generando un gran revuelo político y mediático, en Le Nouvel Observateur “El Manifiesto de las 343”.7 Escrito por Simone de Beauvoir y suscrito por un conjunto importante de intelectuales, escritoras, periodistas, obreras, activistas, amas de casa, artistas entre otras, este Manifiesto colocaba al derecho al aborto como el eje aglutinador de todo el movimiento de mujeres y feminista. En él, las mujeres firmantes declaraban haberse realizado un aborto y, por tanto, quedaban expuestas a un posible proceso judicial.

El MLF entendió que el único modo de avanzar en sus demandas era actuando en colectivo y sacándolas al espacio público, y “sacar el aborto del clóset” –tal y como postula la Campaña por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito en nuestra Argentina actual– fue la estrategia fundamental.

En este “Manifiesto de las sinvergüenzas”, como sería conocido, las mujeres sostenían que: “Un millón de mujeres abortan cada año en Francia. Ellas lo hacen en condiciones peligrosas a causa de la clandestinidad a la cual están condenadas, cuando esta operación, practicada bajo el control médico, es de las más simples. Se hace el silencio sobre este millón de mujeres. Yo declaro ser una de ellas. Yo declaro haber abortado. De la misma manera que nosotras reclamamos el libre acceso a los medios anticonceptivos, reclamamos el aborto libre”.

Este argumento nos es muy conocido a las argentinas, la práctica del aborto clandestino no sólo remite a la carencia de derechos de las mujeres, es un asunto de salud pública. Ahora bien, las francesas no se quedaban ahí sino que avanzaban sobre el derecho soberano de las mujeres a disponer de su propio cuerpo:

El aborto terapéutico exige una “buena razón” para obtener el“permiso” de abortar. Esto significa que debemos merecer el derecho de no tener niños. Al igual que antes seguimos siendo desposeídas de nuestro derecho a dar la vida o no. Obligar a una mujer a ser madre seguiría siendo un principio legítimo. Establecer algunas excepciones a esta regla no haría más que reforzar esta legislación. Esta nueva ley, por muy liberal que esta sea, continuaría ocupándose de nuestro cuerpo. Ahora bien, el uso de nuestro cuerpo no debe ser reglamentado en absolutoNunca aceptaremos excepciones; restos de lo que los otros seres humanos disfrutan desde su nacimiento: la libertad de hacer uso de su cuerpo a su antojo.8

Las feministas francesas ganaron esta batalla en 1974 cuando fue aprobada la interrupción del embarazo sin causales hasta la décima semana (Ley Veil, así llamada en referencia a Simone Veil, ministra de Salud de Valery Giscard d’Estaing, figura clave en la sanción legislativa). Este logro del MLF fue producto de sus campañas y acciones públicas,9 así lo entendió una de sus protagonistas, Daniéle Leger, “si esa campaña ha podido jugar ese papel, es porque el aborto no ha sido nunca encarado en el Movimiento sólo bajo el ángulo de un problema social a resolver. El aborto es ante todo una experiencia –efectiva o potencial– que determina la conciencia que todas las mujeres tienen de sí mismas, de la relación con su cuerpo, con su sexualidad y con su maternidad”.10

El Mouvement de Libération des Femmes se disolvió a fines de la década, las organizaciones que lo componían continuaron existiendo y siguieron las búsquedas de la diversidad de feminismos existentes. Es probable que el mayor logro, la legalización del aborto, haya sido también la desaparición del horizonte de lucha del principal elemento unificador del movimiento.

A cincuenta años del Mayo del 68 y del comienzo del movimiento feminista francés, el eco de sus demandas, sus batallas y sus logros vuelve a reverberar en nuestro presente de lucha.

 

1 “El año internacional de la mujer en España y Francia, 1975. Feminismo y movimiento de mujeres desde una perspectiva comparada”, Tesis de doctorado, Universidad Autónoma de Madrid, 2013.

2 Sylvie Chaperon, historiadora francesa, citado en: Elena Díaz Silva, “El año internacional de la mujer en España y Francia, 1975. Feminismo y movimiento de mujeres desde una perspectiva comparada”, op. cit.

3 Disponible acá.

4 “La aportación de Simone de Beauvior a la discusión sobre el género”, Tesis de doctorado, Universitat de Barcelona, 2005.

5 Francesca Gargallo, “1968: una revolución en la que se manifestó un nuevo feminismo”, en Le Monde Diplomatique Colombia, año VI, n. 65, marzo de 2008. Disponible acá

6 “El hermoso pos-mayo de la mujeres”, Dossiers feministes, 12, Universitat Jaume I, 2008.

7 El texto del Manifiesto completo

8 Extraído del “Manifiesto de las 343”, el destacado es nuestro.

9 Para recorrer el itinerario activista del MLF ver: Françoise Picq, “El hermoso pos-mayo de la mujeres”,op. cit.

10 Citado en Mabel Bellucci, “Las 343 Sinvergüenzas”, Rebelión. Disponible acá


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