CINCO POEMAS DE SANTIAGO HERNÁNDEZ APARICIO

Ingrid Thulin

Callamos para fingir que el silencio esconde algo, pero no esconde nada, y por eso hablamos para fingir que el sonido tapa voces, pero no tapa nada, y por eso…
La lengua que llevamos en la boca es intraducible.

 

Ahora sin sueños

I
Vino nuevo en odres viejos,
la danza de tu vida cede.

Un solo camino cada vez es distinto
y a lo continuo lo tapa la sombra que el tiempo no mira.
La perspectiva para mirar aleja de ahí tus manos
que hacen tu suerte mientras duermen.

El alma por caminos blancos de luna,
espejás lo que no sentís para reforzarlo,
anidás en la intimidad del pájaro que no sos.

¿Es cómoda la habitación del viento?
¿Y la evidencia extrema de la luz
es visible?

II
La estrechez de la herida
abriga un eco a la salida.

El silencio en el cuarto
pinta la casa de blanco.

La lira de los demonios
infunde rojo en el odio.

El asado de San Lorenzo
reza con humo en el viento.

El pájaro en el retiro
olvida un ojo en el nido
que el león comenzó a segar
hacia una heráldica musical.

Triunfa la vida, cincha la rima
porque bailar.

 

Apatía y síndrome de Stendhal

Que la quietud es la madre del movimiento
es algo que aguantabas pensando en las ganas
de patear la pelota con los demás una tarde definida.
Advino el Juicio en el sueño donde tu cuerpo oculto
de las miradas con peluca en el cubículo de un baño
supo que los átomos son pesados y muy sensuales.

La tarde que no fuiste ciego, cuando ganaste la pelota
y la profesora de educación física muy fuerte gritó que aparecías,
sentiste vergüenza para cultivar el ojo de la mente.

La poesía te acompaña
desde entonces a cualquier lado,
pero se queda mirando.

La antigüedad llena de polvo en un estante,
¿quién responde por un destrozo de alas imaginadas?

 

Matthias & Maxime

Carta sin destinatario
ni dirección ni destino,
es signo enloquecido
que aprisiona en los labios
del jeroglifo el glosario.
Cara y cruz desasidas
asilan llama unitiva:
si el interior se conocen
los amigos en el goce,
sutura será la herida.

 

Viaje a la semilla 

Voy a mudarme a la zona sur de la ciudad donde vivo, decisión que aparentemente tomé sin mucho detenerme, pues apenas comienzo a divagar observando las escenas que pasan a través de la ventanilla del auto que me lleva a destino, se apodera de mí una sensación creciente de incomodidad. El barrio queda lejos y no voy a poder ir en bicicleta o a pie a visitar a mis amigos. Voy a tener que tomarme un colectivo o dos —ni siquiera calculé distancias—  para hacer trámites en el centro y le temo a la soledad. Advierto que el piloto es Cecilia, una amiga de mi vieja, que además era nuestra vecina en Limache. A su lado, en el asiento del copiloto, mi madre. Atravesamos la avenida de lo que ahora reconozco como el barrio de mi infancia, pasamos un colectivo y comenzamos a internarnos en una región pantanosa por un camino de tierra. Hay niebla. Tengo frío. Alguna vez escuché que las calles no pavimentadas del barrio estaban llenas de pequeñas piedras porque los ríos de la prehistoria habían erosionado el suelo durante mucho tiempo. A estas alturas ya estoy hecho una bolita abrazándome las rodillas bajo una manta. Mi madre da vuelta la cabeza y me dice: “A estas alturas tu papá ya debe andar por Berlín”. Entonces pienso que mi padre murió hace tres años, pienso que en Berlín fui feliz, pero que lamentablemente no hay llamada ni carta ni conexión que ese hombre del pasado, en una ciudad lejana, pueda establecer conmigo aquí y ahora, y lloro desconsoladamente mientras manos dulces me suben el cuello del abrigo para que hiele.

 

Santiago Hernández Aparicio nació en Salta en 1990. Escribe y trabaja en Rosario, donde estudió Letras en la UNR. Publicó Sermón del tiempo (Baltasara, 2017).

 

septiembre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

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