CHINA, POR LIZ MANSILLA

China 
Pablo Bilsky
Baltasara Editora
Rosario
2018
168 páginas

La divisa del cronista podría ser: fui, vi, y no entendí. Regresé, y encima osé escribir. (p. 16)

China es un libro de crónicas. Crónicas de viajes, relatos de otredades, miradas atentas y minuciosas, de esas que se te cuelan en los poros y por más que pasen los días podés continuar evocando, recordando, retransitando, es decir, viajando. Invita al lector a un recorrido que rememora situaciones ocurridas en Europa, América y Medio Oriente, en el que tanto autor como lector ensayan una complicidad capaz de rastrear pistas socioculturales, arqueológicas, constructivas y en movimiento de esas sociedades específicas. Es un diálogo entre el bagaje cultural del viajero y el de su destino, entre esa preparación y estudio previo –que acompañan el deseo de planificar el viaje– y las propuestas, sorpresas y confusiones del destino, al que además hay que sumarle las variopintas experiencias humanas y las relaciones que se dan.

En China las extrañezas y las experiencias no se relatan azarosamente. Por el contrario, el trabajo con las anotaciones iniciales que el viajero cronista hizo, incitado por cada espacio que visitó, es constante y arduo. Esto es así, no sólo por la reelaboración y reescritura de las notas, que no pierden la impresión primera que pretendían capturar, sino para que éstas dejen de ser meros recuerdos personales y se conviertan en literatura. En las dieciséis crónicas que integran China confluyen, seguramente no sin tensiones, lo que podríamos pensar como una polifonía capaz de permearse a través del autor con las vivencias sensitivas más mundanas e intempestivas del viajar.

China son crónicas que no nos hablan de la China geográficamente situada, de un destino transitado por el autor. Pero quizás sí lo hagan por la búsqueda de otredades que plantean las crónicas de este volumen. Desde esas miradas que pendulan entre lejanías y proximidades, entre distancias capaces de ensimismarse. Es este viajero cronista el que agrupa sus relatos en cinco apartados hilvanados por complicidades. Urdimbres capaces de devenir en palabras, lo que enuncia la contratapa misma del ejemplar, la lucha entre la intimidad de la experiencia humana y la prepotencia del mercado.

Para desandar esta tensión entre experiencia y mercantilización, entre experiencias sociales, colectivas, dolorosas, cooperativas en contextos hostiles es que se vale de recursos capaces de materializar realidades tan viscosas que le cuestan a los fantasmas de las palabras. Recursos para plasmar esas experiencias humanas, como la apelación misma a un determinado habitante de una ciudad puntual, quien con su experiencia tiñe el relato con su mirada subjetiva sobre determinadas acciones y/o contextos; como el compartir constructivo de la voz del cronista, no sólo con el lector sino también con protagonistas en tanto sujetos individuales o colectivos presentes en los relatos.

Asimismo, aparecen intercaladas otras voces cuando se evoca a un poeta determinado, a carteles de la vía pública o, simplemente, se recurre a la poesía o a la ficción como bocanadas de aire, suspiros en medio de las situaciones relatadas. Es que el viajar permite esa dinámica sigilosa, silenciosa, de un observador participante, pero que podría transitar buscando vestigios de sombras que no necesariamente encuentre. Sin embargo, el desafío constante de China es el de ser un texto capaz de interpelar, de compartir, de construir, de incluir y hasta de evocar otras voces, marginales, subyacentes, críticas.

Es el autor un trabajador de la palabra inmersa en las ciudades andadas. De todas maneras, también existe la certeza del peor de todos los escenarios posibles para este viajero, acercarse a su lugar de arribo y que el mismo se haya ido, que no esté. Que se haya ido de copas o que simplemente se mueva al ritmo inverso del viajero, como si fuese una utopía, un horizonte inasible. Quizás ahí mismo resida la penumbra de esa China posible.