DESPUÉS DEL FUEGO, POR JULIA SABENA

Después del fuego
Javier Núñez
Le pecore nere
2017

La última novela de Javier Núñez, publicada en Rosario en cuidada edición por Le pecore nere, podría tratarse de una gran sorpresa si no fuera que el nombre de su autor augura por sí solo, de un tiempo a esta parte, una dosis de buena literatura.

Después del fuego tiene la forma de una novela de iniciación, si eso fuera capaz de definir algo del libro. Pero no lo es. Ciertas características lo emparentan  a una obra de Dickens –el huérfano que se abre vida en el urbano vivir–, otras (el toque “kitsch”: los epígrafes de cada capítulo tomados de canciones de Sandro) a las de Manuel Puig.

Narrada en primera persona, de pulso firme y voz verosímil, la historia se relata desde un registro que hace que le creamos al personaje protagonista; y que, página por página, después de la respiración contenida al principio  y de un ligero susto por varias alusiones eruditas en la primera página, nos invita suavemente a intimar con él, al modo de lectura tradicional en que buscamos acompañar sus venturas y desventuras con un correspondido sentimiento  personal.

A la inversa de El juguete rabioso, la historia se abre con el fuego, como indica el título. El niño, que quedó huérfano de una manera atroz, apenas va levantando la vista de su propio padecer se ve involucrado paulatinamente, porque no aparecen razones para dejar solo a su resentido compañero, en el intento de incendio de una escuela. Logra salvarle la vida, aunque no del todo, a la portera que se aparece justo en el momento y paga ese tino con su vista. A partir de allí inicia una temporada en el infierno, durante la que malogra las posibilidades convencionales de redención (la salida del reformatorio, la convivencia con una tía, el trabajo estable y con confianza en él), y de súbito nos sumerge en otra, excéntrica, de cuño propio y de visos tangueros: refugiado en una pensión de Pichincha, que no es ya el barrio de Rita la Salvaje pero recupera ese halo, que otra vez nos envuelve en la “atmósfera Puig”, conocerá a su Virgilio y poco después a su Beatriz.

Ella, Beatriz, es Mara, cuyo cándido amor lo ennoblece, lo ubica y lo acompaña en el camino de la ascensión espiritual, le desarrolla un costado solidario y magnánimo, lo enfrenta consigo mismo en una batalla que ofrece diferentes resultados pero que aparece como indispensable de transitar para el renacer.

Su guía espiritual, su Virgilio, se entrega a sí mismo (otrora “normal” y actual sucedáneo de Sandro en boliches de mala muerte, por propia elección) como la mayor enseñanza que el protagonista recibe y con la que puede afrontar un horizonte oscuro: la verdad de uno mismo es la que se está dispuesto a gestar. De ese modo se asienta en su personaje post incendio –Pessoa– y, armado con un relato que no falta a la verdad pero acude a costuras que remienden los agujeros que deja la memoria, arremete un nuevo presente del que se apropia.

La voz contante es madura, serena y hábil. En algunos pocos momentos hace mostración del artificio narrativo y se deja ver, haciendo gala de astucia autoral. Quizás este elemento choque ligeramente con la “inocencia” del desenlace argumental que no deja recovecos sin llenar. La conjunción de todo resulta en una novela sólida, muy bien escrita, que se gana al lector y lo tiene comiendo de su mano hasta el final.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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