EL ETERNO SILENCIO, POR MARCELA ALEMANDI

El eterno silencio
Eduardo Blaustein
Obloshka
2020
157 páginas

Cuando todo era nada, era nada el principio
Él era el Principio, y de la noche hizo luz.
Y fue el Cielo, y esto que está aquí.
(Vox Dei. “Génesis”)

Los primeros versos de “Génesis”, la canción que da inicio a esa obra conceptual sin par que es el disco La Biblia, de Vox Dei, bien pueden ser un intertexto, de los muchos que brotan, para leer la última novela de Eduardo Blaustein, El eterno silencio, publicada el pasado septiembre por la jovencísima pero ya excelente editorial Obloshka. Los versos de la Biblia, en especial del Génesis y del Apocalipsis, campean a lo largo de la lectura de una historia inquietante, cíclica y cruda. En la novela hay también un génesis, pero uno maldito: desde el principio sabemos (o mejor, sentimos) que nada luminoso vendrá de ese momento de creación.

La historia se abre con una escena ominosa: el protagonista, “el tipo”, está sentado afuera de su rancho, en un escenario fácilmente identificable como la gran llanura pampeana, pero deformada, oscura, siniestra. La niebla, omnipresente a lo largo de toda la novela, es un signo del malestar permanente que acompaña al personaje, pero también de algo más: hay algo en esa niebla que se mueve, que avanza. Algo que no sabemos qué es. Una maldad sin nombre que se cierne cada vez más cercana, asfixiante, y que tal vez emane incluso del propio personaje, de sus acciones pasadas, de sus crueldades inexplicables, de su imposible redención.

El tipo tiene sus acompañantes en ese rancho medio espectral: el carancho, los perros Dogo, Dogo y Hiena, las hormigas, la incalculable cantidad de trastos y cosas viejas que acumula en “el galpón de las demasías”. Los otros escenarios no son más tranquilizadores: la visita periódica al hospital psiquiátrico prácticamente abandonado, donde su madre agoniza, es agridulce. Percibimos buenas intenciones en las revistas con fotonovelas que lleva para entretener a la madre ciega, en los caramelos Media Hora que regala a Luisito, el mogo, y a los otros internos, en las frases que cruza con el húngaro, en los favores e intercambios con los estatales; pero esos gestos, que van configurando escenas y personajes, no alcanzan jamás para borrar la sensación de angustia, la niebla del malestar, la “inquietante extrañeza”, como escribió Freud, que impregna toda palabra y todo movimiento en la novela. No se trata solamente de la presencia de la locura (¿hay, acaso, algo que nos espante más que la locura?) sino de esa crueldad que ya viene sucediendo pero que, percibimos, no ha terminado de desatarse. Horrores futuros aún más terribles parecen insinuarse a medida que la historia avanza aunque, y esto es lo peor, no sabemos, no podemos saber, de dónde vendrán. El mal más terrible, parece decirnos el narrador, es el que se encuentra, junto con la bondad, en la misma persona:

(…) contra lo que sabe que va a hacer y ya sucede: el mal que se expande. Lo perciben en él o en el aire Dogo, Dogo y Hiena, que se sientan en sus patas traseras, levantan sus cuellos, aúllan y se lamentan por el inminente destino desgraciado de todas las cosas. El tipo se baja media botella de caña esperando que él mismo venga y lo mate, se mate, o un tercero, por todas las cagadas que hizo y hará.

Ese ambiente y esos personajes ominosos consiguen su efecto a la perfección gracias a un estilo narrativo que abunda en descripciones pormenorizadas pero nunca excesivas. Las imágenes que nos propone el narrador son, citando a Borges, “increíbles, precisas”. Y es en Borges en quien tenemos que pensar al discurrir por esas descripciones, ya que la adjetivación inesperada que florece en el relato no nos dejará pensar en nadie más: “higuera crapulosa”, “octubre dudoso”, tienen un sello inconfundible. Es incluso imposible no rememorar a “Las ruinas circulares” y esa creación de alguien donde no había nada, si transitamos las líneas de ese génesis neblinoso: “Era la nada, comenzaron las eras, se sucedieron. Hasta que algo al fin se dispuso. Fueron tinieblas. Luego hubo una noche. En la noche, un corazón. Luego un golpe del corazón. Entonces, una chispa de conciencia despertó en el espacio ciego. Una chispa y luego mil”. (…) “Sonaron los corazones al despertar y están latiendo”.

A medida que la historia avanza, que el mal se expande, que la niebla crece y la corrupción, la podredumbre y la muerte se adueñan de humanos y animales, avanza también, como no puede ser de otra manera, como está escrito, el Apocalipsis. Espectros chirriantes, seres cuya única finalidad es terminar con toda vida, música y retumbos en las alturas, “ruido de pasos en el cielo”, la oscuridad rodea al tipo, a la casa y a los pocos que quedan (a duras penas) en pie. Los intentos de redención han sido infructuosos, al tipo solo le queda descargar su bronca en la persecución y caza de unos jabalíes a través de esa llanura infernal, a través del mundo que se acaba.

Mucho se ha escrito sobre la literatura gótica y sobre cómo surgió en un momento en que el racionalismo, la idea del progreso indefinido y la confianza absoluta en la ciencia parecían haber conquistado, de las más horribles maneras muchas veces, el espíritu de una época. Los relatos góticos surgieron para llamar la atención sobre esos monstruos que se escondían detrás de la fe absoluta en el imperio de la razón, sobre ese horror que nunca deja de convivir con nosotros porque de alguna manera es nosotros. La Pampa gótica que nos presenta Blaustein, la llanura apocalíptica, nos interpela también sobre nuestra propia época: ¿qué horrores estamos viviendo, qué mal avanza en esa niebla imparable, que sospechamos, que percibimos pero que aún no podemos ver con absoluta claridad?

La novela, en un vaivén que va del génesis al apocalipsis y vuelve, hace honor, con creces, al gótico de la literatura y, por qué no, al gótico de las catedrales medievales: donde hay tinieblas habrá, inevitablemente, también luz.

Este es el final
es el Apocalipsis
no puedo hablar
apenas puedo decir lo que veo.

Hay melodías en el aire
esto es maravilloso,
no puede ser el final.

Aquí no termina…
¡Aquí empieza!

(Vox Dei. “Apocalipsis”)

 

noviembre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

RESEÑAS