EL TIEMPO DE LA IMPROVISACIÓN, POR LEONARDO BERNERI

El tiempo de la improvisación
Alberto Giordano
Ivan Rosado
2019

 

Al abrir El tiempo de la improvisación y entrar en la lectura de sus primeras entradas, si se las ha leído ya en su versión primera, cuando eran posteos en Facebook, sucede algo extraño. Es la sensación que se obtiene al visitar un lugar que ya conocemos pero en algún horario o situación atípicos: una escuela de noche (la literatura ya ha explorado lo siniestra que puede ser esta experiencia) o una casa ajena en la que, de repente, estamos solos. El aura que todavía perdura en ese conjunto de páginas cosidas o pegadas que es un libro hace que la lectura sea distinta. La proximidad con lo escrito se ve potenciada y actúa con más fuerza sobre nosotros, los lectores, cuando volvemos sobre lo mismo que es, ahora, otra cosa.

Esa experiencia de lo diferente, de lo que retorna distinto, es también la experiencia del diarista ante su pasado cuando se dedica a explorarlo en la escritura. El tiempo de la improvisación es el segundo tomo de los diarios que Alberto Giordano (Rufino, 1959) lleva en Facebook desde finales de 2014. Como todo diario, su naturaleza es más bien ecléctica y no se limita a registrar los sucesos nimios de la cotidianeidad (de hecho, hay poco de eso) sino que se desprende a la ocurrencia azarosa de la rememoración, a los apuntes de lectura, a las reflexiones de “moralista improvisado” o al comentario musical.

Precedido por El tiempo de la convalecencia (Ivan Rosado, 2017), esta nueva entrega abarca las entradas que van desde enero de 2017 a diciembre de 2018 y narra la historia de una transformación: la del crítico literario en escritor. Se trata de un pasaje que excede los límites del libro y que, si nos detenemos a repasar la producción ensayística de Giordano en su conjunto, vemos insinuarse paulatinamente, cada vez con mayor intensidad, como un virus insidioso que busca afectar a un cuerpo que se niega a desarrollar la inmunidad. Es el virus de lo literario el que hace preferir, primero, la figura del ensayista a la del crítico académico para, luego, intentar igualar aquella a la del escritor: degradé identitario que no solo transforma el cuerpo de la escritura sino que va forzando a su vez los bordes de la institucionalidad en la que esta se inscribe –el crítico ha de comparecer ante la academia por sus escritos–, sin llegar a quebrarlos del todo, al menos hasta la aparición de los diarios, que, en realidad, no realizan un quiebre sino una huida. En los diarios, el crítico, por fin, se desentiende de las demandas de la institución.

Una identidad no se asume sino hasta el momento en que se realiza el gesto que la señala ante los otros: una chica decide colgar un pañuelo verde de su mochila, otro se anima a alzar sus dedos en V ante una foto, un crítico decide escribir un diario. En sus ensayos, Giordano sostenía la idea de que para dialogar con la literatura la crítica debía asumir las legalidades del discurso literario y convertirse ella misma en literatura y que el crítico, por lo tanto, era de alguna manera un escritor. Sin embargo, no es lo mismo pensar una figura y juguetear con sus acercamientos que asumirla; entre el decir “soy crítico y, por lo tanto, escritor” y el gesto que enuncia “soy escritor” en el acto mismo de la escritura hay una distancia abismal. Giordano la salta y elige colocar la mirada consagratoria no en manos de otro crítico sino de un escritor “propiamente dicho”: Guillermo Saccomanno.

Todo El tiempo de la improvisación no es otra cosa que el despliegue de un laborioso coqueteo con la idea de que la escritura del diario hecha por este crítico académico puede ser también literatura, sutil cortejo cuyo objeto de deseo se personifica en la figura de Saccomanno y que si seguimos la saga en su continuación en Facebook –la profusión incesante de posts hace pensar que habrá un tercer tomo– vemos que ese lugar luego pasa a ocuparlo Elvio Gandolfo, otra figura autodidacta y extranjera a la academia. Saccomano tiene en el libro un rol casi tutorial cuando el diarista transcribe su correspondencia. Saccomanno es ese otro, la mirada del otro que autoriza, que reconoce. Es aquel que, viniendo de la literatura, le tiende la mano al diarista como a un par. “Los críticos académicos (…) le atribuimos al juicio de los escritores un valor superior”, dice Giordano.

El diario, entonces, no muestra al escritor confiado plenamente en su nueva identidad sino que narra su agónica transformación: gran parte de las entradas están cargadas de un tono academicista que podría llegar a hacer sentir expulsado al lector no especializado si no fuera porque es un tono que no acaba nunca de imponerse, un tono en decadencia: el nacimiento del escritor ha de pagarse con la muerte del crítico; pero es una muerte larga y una lenta agonía que no halla final en los límites del libro.

Lejos de la candidez, el diarista es consciente de las tensiones y las aporías de este pasaje que no acaba de darse del todo: en esa zona indeterminada, neurótica, ha encontrado la escritura de Giordano su lugar. La conciencia de este, su lugar, alcanza niveles hipertróficos  –las herramientas sobran– que se traducen en entradas en las que se elabora el saber necesario para leer con la sensibilidad crítica pertinente el propio diario: Giordano pedagogiza, crea las condiciones para la recepción de la obra. Se trata de las entradas en las que lee diarios y ejercicios autobiográficos de otros y en los que elabora una puesta en abismo de la lectura que espera: los diarios de Raúl Ruiz, el de Susan Sontag, los de Ángel Rama, los de Gonzalo Millán, el libro sobre la madre de Edgardo Cozarinsky, etcétera. A través del procedimiento de la interrupción, estas entradas nunca se convierten en texto académico sino que viran siempre hacia la pregunta por la propia escritura y por la propia capacidad de escribir, quiebran hacia la anécdota o surgen de ella, y se abortan en la brevedad que exige una entrada de un diario.

La interrupción: la forma misma del diario. La estructura fragmentaria permite saltar de un tema a otro y, cuando el escritor se impone por sobre el crítico, aparecen las entradas más potentes del libro: las de la depresión, las de la enfermedad y la muerte de Adriana –su amiga cercana–, las del padre muerto, las de la hija que se le aparece tras una distancia irreductible (el misterio de lo que se despega de uno), las de la historia de amor con su mujer. La interrupción también funciona dentro de ellas en la búsqueda de ruptura del “pathos melancólico por obra del extrañamiento” (la fórmula es del propio Giordano y aparece en una de las primeras páginas del diario, como una declaración de principios). Así, el humor  –a veces hilarante–, que atraviesa todas las entradas sobre la hija y otras sobre el padre y la mujer, junto a la (auto)ironía son el remedio para la sensiblería y dan la posibilidad del acontecimiento de lo nuevo en lo pasado al ser explorado por la escritura.

Es que el diario es, también, una forma de reconciliación, lo que hace el diarista con sus muertos, con aquello que ha sido pero que perdura todavía y reverbera como incógnita: “¿Habrá festejado papá su cumpleaños entre 1971 y 2001, los años en los que no convivimos? ¿Marta, su mujer, se los festejaría? Imagino que sí”; “Desde hace un tiempo, para bromear en las conversaciones familiares, [Judith] me llama ‘Alberto’ en vez del habitual ‘Panchu’: ‘¿Tenés algún problema, Alberto?’ ‘¿Qué te pasa, Alberto’ Usa el mismo tono de Adriana cuando, en las mismas circunstancias, llamaba ‘Horatio’ a ‘Pelle’. No sé si Judith lo advierte”; “Tal vez sea cierto que a veces la muerte mejora a las personas, a los que sobreviven, si el que se fue les dejó como regalo la posibilidad de recordar con generosidad”. O cuando recuerda los paseos junto a su hermana y su padre en silla de ruedas: “Además de parapléjico, papá había quedado afásico y nunca se sabía bien qué entendía de lo que escuchaba ni qué quería decir cuando intentaba hablar. Esa situación, por lo general inquietante, podía convertirse en la ocasión de graciosos malentendidos. Ahora que el olvido ya hizo su trabajo, el recuerdo de habernos reído juntos, a veces los tres, en medio del drama, es precioso”.

Al cerrarlo, El tiempo de la improvisación deja la idea de habernos acercado a la intimidad de alguien que ha aprendido a ser amable con su propio pesar, una sensación de suave dicha, por la gracia de la palabra.

(actualización agosto 2019 | Revista El Codorilo)

 

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