LOS JARDINES ESPACIALES, POR JAVIER NÚÑEZ

Los jardines espaciales
Bernardo Stinco 
Editorial Casagrande
Rosario
2018
112 páginas

Corre el siglo XXXI y el Dr. Henning Hutter intenta echar luz sobre el siglo oculto –el período que va de 1950 al 2050, del cual se han perdido casi todos los registros– a través del rescate de una serie de diarios y otra documentación. Un material que, se advierte al lector, fue traducido al castellano barroco de aquella remota centuria a modo de homenaje académico, en lugar de utilizar el escaso número de palabras y los millones de emojis, gifs y links telepáticos que conforman la lengua del tercer milenio. Uno de los principales encargados de ponerle voz al pasado del futuro –a través de diarios personales y apuntes fragmentarios– será Augusto Rilke, un periodista y cronista de la época, que dará cuenta del fracaso de la humanidad, el éxodo hacia la luna y la repetición de muchos de los males que propiciaron la huida de la tierra. Sin aferrarse a una linealidad para contar la historia, la voz prefiere los recortes, la acumulación, el catálogo de despojos para que el relato, más que ser, crezca. “Cuando se traba la narración, fracaso como narrador. Pero tal vez de este estanque que se volvió quieto, que no va para ningún lado, entonces empiece a fermentar el relato por sí solo.”

Los jardines espaciales, primera novela del músico y compositor Bernardo Stinco (La Carlota, 1982), tiene de antemano el mérito de inscribirse en la ciencia ficción, un territorio no demasiado frecuentado en el panorama contemporáneo local. Una ciencia ficción lejos de la parafernalia hollywoodense; una ciencia ficción de un tercer mundo mudado de planeta, donde la luna devino de satélite country para clases acomodadas en un conglomerado de empresarios, refugiados y sindicalistas donde las naves espaciales sobrevuelan los rancheríos que se extienden en torno a los domos y los pibes piden en los semáforos.

Pero aunque parece remitir de inmediato a un futuro remoto, el período del que se ocupa ubica la historia en un mundo alternativo o una ucronía sin un punto Jonbar o de divergencia demasiado claro. Un mundo en el que los nazis llegaron a la luna después de la segunda guerra, los rusos y los yanquis se aliaron para arrasar con la población de Canadá mediante la liberación de un virus letal a fines del siglo XX y la Argentina formó parte de la Unión Soviética y tuvo un breve período de esplendor como pujante potencia petrolera luego de que el monocultivo convirtiera la llanura pampeana en un desierto. Un mundo, también, donde las revoluciones se inician como videojuegos venidos a cuestionar el sistema político y las instituciones, y acaban por erigir figuras contraculturales que modifican el devenir de la historia.

Desde ese tiempo indefinido nos llegan las esquirlas de un universo que podría ser o haber sido, bajo la óptica a veces cínica y a veces melancólica del Rilke de Stinco. Como un mensaje sin botella. “Sé de antemano que estas líneas no son el mensaje en la botella” escribe en su diario Rilke. “A la botella ya me la he tomado y no pretendo que nadie salve mi naufragio. Cuántas cosas quedarán prendidas. Aun siento la sangre cabalgar en mi cuerpo.”

Como eso que sobrevive cuando todo lo que conocemos ha desaparecido, las crónicas y apuntes que van de lo cotidiano a la reflexión sociológica, del repaso de eventos políticos al informe histórico, se prestan para el rearmado de un siglo extinto que vuelve desde el futuro para brindarnos puntos de partida desde los que pensar la sociedad que nos toca.

Tal vez Los jardines espaciales es, más que una novela, un sumario de narraciones interconectadas que hace uso no sólo de los diarios sino también de recortes periodísticos, documentos oficiales, cartas y blogs para armar un relato coral que da cuenta de ese otro mundo que podría haber sido y su inevitable fracaso. El individualismo, la inequidad y la miseria, la conflictividad social y una larga lista de males de la sociedad de hoy reaparecen o encuentran sus sucedáneos en el universo de Stinco. El hombre, parece decir el autor, siempre se encargará de echar por la borda –de los barcos o de los monorrieles interestelares– las posibilidades de la humanidad. Así en la tierra como en la luna. Pero el eje puesto en el desaliento de este mundo ficcional es, antes que consecuencia, la estrategia que permite controvertir el presente. El mensaje en la botella vacía, la sangre que cabalga, las cosas que aún quedan prendidas.