MONOIMI, POR MARCELO BONINI

Monoimi
Leandro Diego
añosluz editora
Buenos Aires
2020
114 páginas

¿Qué se puede decir de este poema? ¿Qué se puede decir de un poema? Antes de hacer una afirmación, conviene evitar la tiranía del verbo “ser” (“Serás lo que debas ser…”). Por supuesto que un poema puede ser “lírico”, “romántico”, “vanguardista” o cualquier otra coloratura que elijamos, siempre y cuando estemos al tanto de que esa coloratura exterior le roba en parte, si no toda, la voz al poema y a quien lo escribió. Entonces, cabe preguntarse qué hay en este poema.

A lo largo de 114 páginas y 93 secciones (vamos a llamarlas así por comodidad), Leandro Diego —Buenos Aires, 1984, periodista recibido y en ejercicio— despliega un pequeño mundo que contiene un léxico, un tono, y varios espacios y personajes dotados de voces. Las recurrencias de estos componentes hacen de las 93 secciones un único poema largo, cuya historia tiene no poca ascendencia en la Argentina, desde Martín Fierro (José Hernández, 1872,1879), pasando por Las brigadas de choque (Raúl González Tuñón, 1933), El solicitante descolocado (Leónidas Lamborghini, 1971) y Cadáveres (Néstor Perlongher, 1984) hasta los poemas largos de Silvio Mattoni y Fogwill.

Monoimi, a diferencia de los poemas de la breve e incompleta lista recién enumerada, dista de ser narrativo. Sí: hay un ambiente (el ghetto), un acontecimiento (la elipsis), un tiempo (la noche retórica) y algunos personajes, como Don Yatel, el chino Araki, Shino, el Garlic, Tabunco, la gorda Cultura (hija de Tabunco), el tipo que escribe sobre el piso en su libreta Moleskine® o Harry Popper. Pero sería imposible reducir a un contenido lógico o hacer una sinopsis de lo que sucede. En algún lugar, Jorge Luis Borges anotó que en Absalom, Absalom! (William Faulkner, 1936) ocurren hechos terribles pero no sabemos qué ocurre. Si se quisiera dar cuenta de los pormenores del argumento virtual de Monoimi, solo queda la opción de acusar al poema de alguna coloratura: “urbano”, “social”, etc.

Un curioso epígrafe de Héctor Libertella nos advierte del tono del poema mediante una interrogación: “¿Por qué la Forma convoca/ cuando este cardo ruso/ trota al viento como un ñandú?”. Así, el azar —el cardo ruso al viento— le ofrece una posibilidad a la estrategia —la Forma—. El azar, además, brinda un punto de concentración, de condensación. Como dice un verso de la sección 16: “los poetas cantan lo que miran”. Es decir, mirar —fijar la atención— y cantar —escoger las palabras y dejarse escoger por ellas— suponen un recorte de aquello que se manifiesta solo por el capricho de la fortuna.

Como tanteando, el poema avanza mediante algunas escenas, algunos diálogos (Don Yatel y Tabunco por momentos discurren en un remedo de payada con intensidad conceptual) y algunas “interrupciones” que detienen el flujo de personajes y escenas: unas se dejan llevar por la reflexión (“la industria de la novedad:/ el artero engaño de los dolientes/ para atenuar su ímpetu restaurador/ lo nuevo nunca es industria:/ lo nuevo se muere con el muerto/ que está siempre solo/ sin tiempo ni cura”, sección 34) y otras traen al poema la cháchara cotidiana (“ritmo de maraca, de bongó/ y un susurro edulcorado:/ nueve de cada diez vidrieras/ prefieren Argencard”, sección 29).

Por otra parte, el poema toma una posición deliberada, al menos en lo que respecta a las referencias que lo recorren de modo más o menos explícito: el mencionado Libertella, Fogwill, César Aira, Osvaldo Lamborghini, ¿Charly García?, ¿Soda Stereo?, Alberto Laiseca, Juan Manuel de Rosas, Luis XIV, Roberto Arlt, entre otros. En síntesis: figuras políticas autoritarias, escritores “de izquierda” en el sentido de Damián Tabarovsky (2004) y, quizás, rock de las postrimerías de la última dictadura en nuestro país. De esta forma, invención literaria y conciencia de la ignominia se dan la mano o, al menos, se registran entre sí. El lugar de este reconocimiento mutuo es la lengua, una lengua balbuceante que dice a regañadientes —una coloratura sin daño: Leónidas Lamborghini—.

El poema “Como las comparaciones” (Fogwill, Últimos movimientos, 2004) comienza de este modo: “Son odiosas, ociosas./ Es el ocio, es el odio/ a pensar lo que compara.” Como el registro de influencias no reenvía a la mera comparación, que en Fogwill casi siempre significa rivalidad, se pueden coronar los nombres propios dados hasta ahora con un poema y un poeta: Punctum y Martín Gambarotta. La atmósfera, cierto desvío en la sintaxis —los comienzos abruptos, la yuxtaposición—, el elenco de personajes, el modo de sugerir las relaciones políticas y de consumo del poema ganador del Premio Hispanoamericano de Diario de Poesía en 1995, publicado al año siguiente por Tierra Firme, son influjos que Monoimi y Leandro Diego asumen de manera voluntaria.

Finalmente: ¿qué significa “monoimi”? No el poema (el sentido corre por cuenta de la lectura y del tiempo) sino esta palabra. Google apenas nos reenvía a un antiguo concepto y costumbre sintoísta: se trata de una práctica ligada a la abstinencia. En el curso del poema están expuestos diversos males (la ciudad constituye su centro) y, tal vez, posibles formas de evitarlos. En definitiva, Monoimi tiene dentro suyo una ascesis, pero una que sabe que “en la canícula del ciclo prosaico/ nadie puede salpicar/ con el cieno de lo callado, con el regüeldo de lo no dicho,/ tanto vómito tragado” (sección 35).

 

noviembre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

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