REMEDO DE PAISAJE, POR JULIA SABENA

Remedo de paisaje

Carla D. Benisz
Cachorro de Luna
2017

 

Apedrea
el silencio
de la nada
porque es mala
la noche sin palabra.
Sonia Contardi, El origen del tiempo

 

En diálogo con Pablo Warner.

Remedo de paisaje se planta en el panorama de la poesía circulante como un caballo de Troya pero en criollo, un tigre en acecho, despreciando su juego de vanidades íntimas y elocuentes facilismos. Recupera un valor para la palabra, que será mutante a través de las diferentes estampas que nos ofrece el libro pero que no resigna su potencia. Escapa a la tendencia dominante en la que la única causa capaz de desencadenar un poema es el dato autobiográfico. Encarna contemporánea, intempestiva, en el sentido que Nietzsche le daba al término, que comprende como un mal, un inconveniente y un defecto algo de lo cual la época está, justamente, orgullosa, es decir su cultura histórica. Que interpela, que busca y que, si no encuentra, crea interlocutores que elijan ser interpelados.

Esa cultura histórica se va minando a lo largo del poemario que, de manera paradojal, embiste serenamente: “Matar al blanco” son las primeras palabras con las que nos encontramos. Tenemos acá todo un posicionamiento que de manera sosegada, sin arengas ni signos de admiración, se manifiesta implacable en su lectura de la cultura histórica. En el comienzo se nos propone otro mito de origen. El origen no ya como búsqueda constitutiva sino como una imposibilidad (señalada en el libro una y otra vez) que nos permite una nueva construcción; construcción que tiene el impulso y la necesidad de reconocimiento. El gesto borgeano de invertir el mito de origen encuentra un contrapunto de género en María, la cautiva: si ella hubiera clavado su puñal, o para ser más exacta ella “debió” haber clavado su puñal, gozante (gozante más en el sentido de Manuel Castilla, el que se deja estar sobre la tierra, que en el de Echeverría) en el infeliz de Brián, “opresor primero” que se arroga el derecho de rechazarla por ultrajada; si hubiera mestizado las sangres en su cuchillo, la historia habría sido muy otra. El origen imposible cuya búsqueda retorna, circular, ritual, como remedo de paisaje.

“Remedo” tiene sabor a imitación que no es exitosa finalmente, pero ese intento de construcción de un paisaje no determinado signa la potencia y configura el espesor del libro. “Es una parodia triste este remedo de paisaje”; “…la añoranza que se pierde en el vacío del presente / y el sosiego resignado de que no hay otra resolución / que este duelo”, este intento de sanación que se está tratando de hacer a través de la escritura, una escritura que no se confunde entre las borgeanas “simétricas porfías / del arte, que entreteje naderías”.

“Yo deseo” dice un epígrafe de Jaime Sáenz. El acento del poemario está puesto, no obstante, en los ensayos de recorrido y de paisaje hacia ese deseo (“reculo pero sigo”, afirma programática), el “camino sin obstáculos [donde] las luces de las casas puntean el recorrido”, la barriada, Flores, la autopista, lo selvático, desde la cancha de lodo, el aire cargado, el hedor, al monte amigo, a la sensualidad de la música.

El paisaje se va vistiendo en el poemario de origen, de infancia, de revancha. La construcción de un recuerdo no es cosa fácil. Seguramente rehacer la infancia no sea posible, pero en concebirlo está la grandeza. Si nos permitimos que los recuerdos sean una masa moldeable, como sugiere el poema “Plastilino”, démonos a la creación, seamos grandes, luchemos, forjemos, y conjuremos con la palabra los errores y el olvido. El olvido es la afrenta imposible. Cada dolor, cada injusticia, cada contacto con la divinidad se manifiesta en nosotros. Aunque el lenguaje, las “palabras ajadas”, se quede a mitad de camino, en cada gesto, en la forma del goce, de llorar, se manifiesta nuestra historia, nuestro origen, incluso la burla y lo grotesco en algunos pasajes están regidos por una nostalgia combativa. El odio abyecto pervive, y es productivo: las cenizas forman nubes nuevas, de amenazo. Son la angustia que aguarda activa su momento, el estallido agazapado, el tigre que acecha.

Las palabras del epígrafe de Ramón Ayala: ‘corazón’, ‘selva’, ‘tigre’, son palabras que nos interpelan. Desde el mismo comienzo marcan un rumbo que su poesía tomará. No de manera lineal sino episódica, fragmentaria, con desvíos y grandes saltos geográficos y temporales. Por eso podemos percibir instantáneas modernas, porque si hay algo que no queremos y no podemos obviar, es la memoria.

Si la poesía es la discontinuidad de un silencio que pugna por ser sonido, ruido, grito, la voz lírica declara “temí romper el silencio / con el trazado del lápiz sobre la hoja del cuaderno Rivadavia.” No es una poesía que encuentre regodeo en la lengua. Aunque no carece de versos eufónicos, se inscribe mayormente en una poética del laconismo, se “obliga a llenar palabras con pausas, con ritmos”. Esto obliga a un detenimiento que, característica indispensable en la poesía, podría ser una de las claves por las que entrar a Remedo de paisaje (“obstinada en gerundios” se define la voz). El detenimiento a que nos arrastra en su lectura, reponiendo alusiones, reponiendo acepciones primitivas –como en el “reflujo” del poema V de La Camorra, segundo libro que integra el volumen–, tiene su correlación en un decir espeso y demorado, como la sibilante “Silenciosa suspensión de la noche” que, “volcada sutilmente hacia la madrugada”, se hace fría.

Como ha explicado Viñas, la literatura en el Río de la Plata nace de una violación, y nace política. Lo ideológico se impondrá y tomará las riendas. Ante la opresión, la violación, el sometimiento, la palabra en Remedo de paisaje nos muestra que hay cosas inaprehensibles, que sólo la naturaleza puede manifestar, que sólo ahí podemos encontrar mosaicos sobre los que asentarnos con cierta confianza.

En otro poema leemos “se espera que el vacío de la noche trascienda a una revelación mediata”. La naturaleza se personifica, protege, defiende, augura. Aparece como posibilitadora de trascendencia ante lo inefable, ante la tensión que no es posible decir, como vemos en el poema VII. Se busca, como dijimos, se reduplica, se intenta, como en el Poema VII.

Nos asaltan simulacros de certezas; primero, que la violencia es un influjo constitutivo de nuestra vida como subcontinente colonizado, como nación, como ser humano, que actuaría como productor y fruto de nuestra realidad bastarda. Así, en el poema “Una” vemos una madre envenenada, venenosa, que ha parido los abusos de un gringo o en “La parición”, muriendo al dar a luz, con odio en los ojos hacia su preñador.

Se concibe otro viraje en la historia literaria que es al tiempo historia del género: tampoco Silvina Ocampo se quiere compañía tranquilizadora y elige provocar el accidente, el choque, la embestida. La anónima protagonista del “Contra-poema de amor”, en cambio, encuentra en el ritual solitario su espacio de resistencia, del que el monte, la naturaleza, le sirve como escudo o como trinchera.

No es éste un libro que pueda recorrerse rápidamente ni que acepte encauzar, pasiva, nuestra voluntad de entretenimiento. Inquieta, molesta, nos deja con más dudas que certezas. El léxico no es preciosista pero tampoco se conforma con el puñado de palabras de uso común, se vale, con la misma actitud firme y sin concesiones, de todo lo que su estado de lengua le provee, y de algún neologismo cuando lo cree necesario. Entiende que la utilidad de la poesía está en sembrar desconcierto, en enfocar fisuras, en decir, y ser, la crisis.

Es importante señalar que el regusto que queda, después de los sabores diversos del poemario, es poética e ideológicamente fortalecido. Se puede “traducir en idioma”, y eso nos ofrece si no una tranquilidad, al menos aliento vital. La mirada de frente, sin concesiones puesta sobre los elementos pestilentes y viles de la realidad aparece como imprescindible pero se traduce en una apuesta positiva.

Como nos dice el prologuista [Facundo Gómez]: “sobreviven los sentidos en la poesía, sobreviven los traumas en las historias y las biografías irredentas, sobreviven las búsquedas en el lenguaje de otras alternativas para la vida”.