LA PUERTA, POR DELFINA STORTINI

La puerta
Maia Morosano 
Editorial Ombligo Cuadrado
2016

Esperar la guerra sin importar lo que suceda, porque el amor entra y no sale, porque el amor siempre es la excusa perfecta y no sale. Porque al amor hay que pelearlo.

La puerta es el título de la primera novela de la escritora Maia Morosano (1986) editada por Ombligo Cuadrado Ediciones y prologada por Leandro Gabilondo con contratapa de Alejandra Benz. Caminante en el mundo de la gestión cultural y la poesía, la autora publicó Escaleras (Espiral calipso, 2008), La reina en mi País (Espiral Calipso, 2009), Las gracias y las horas (La pulga renga, 2013) y La malcriada (Ombligo Cuadrado Ediciones, 2014).

El libro se estructura en cuatro capítulos –“La reina maga de picas”, “La prueba de picas y corazones”, “El camino de tréboles” y “La virgen de hierro”– que conforman una narración sobre el amor y el desamor que atraviesan los personajes de Maga y el tío Alan en un ir y venir cronológico. Así, Maga se enamora de Marcela, su amiga de toda la vida, mientras que el tío Alan se enamora de Horacio, el papá de Marcela. A partir de ahí, los hechos irán unidos al tratamiento de temas como la violencia de género, la homofobia y la discriminación. La construcción de la trama consiste en el juego de la polifonía de voces, de diálogos y monólogos sucesivos que llegan desde distintos registros.

La prosa oscila y se versifica conformando un registro determinante en el que ese entretejido de voces que van apareciendo son sutiles piezas de ajedrez para el desenlace narrativo: las canciones, la cultura popular, el cine, la radio, las lecturas, Marcela, las hormigas y los centauros. La trama avanza en dos niveles que en ningún momento se contraponen, sino que las historias se comunican como un puente o una puerta desde la literatura misma. El mundo parecería que se juega en la narración de un archipiélago donde los dragones y las princesas determinan y definen el origen de un mundo –“la palabra nombra y crea mundos” ha dicho Morosano en su poema “Nana para Safo”–, y en La puerta se configura ese mundo literario en el que se puede decirlo todo. Y es en esa dimensión paralela que ocurre dentro del Libro de Las Reinas donde se corren los límites de lo real: las reinas de Picas, de Tréboles, de Corazones y de Diamantes viven enfrentadas entre sí bajo un orden patriarcal. La rebelión de las reinas al igual que el personaje del tío Alan irá acompañando al personaje de Maga en su descubrimiento del amor.

Las voces que llegan de todos lados y los discursos que se superponen, pasando por lo narrativo, lo descriptivo, el monólogo interior o la corriente de conciencia, hasta la irrupción en primera persona del narrador o la inconfundible voz del tío Alan, cargan el imaginario novelesco. El rito de pasaje que conforma el argumento mismo es esa puerta que se debe cruzar o atravesar como un portal hacia la intimidad y la confesión.

La novela habla permanentemente de lo prohibido, de la incomodidad del cuerpo que fue violentado, de la elección sexual, de los prototipos sociales, del abuso, del desamor y de los monstruos. Es el recuerdo de la infancia el que funciona como excusa narrativa para ingresar al relato de una vida que cambia y se transforma abruptamente:

Mi infancia fue un hermoso patio con un naranjo y un limonero, una biblioteca y una camita minúscula donde a la luz de una lámpara antigua leía todo lo que iba encontrando en los estantes llenos de libros y chanchos. Sí, chanchos de todos los colores y de todas las formas, de cerámica, de barro, de plástico, chanchos como el tío, con brillantina, bien chinos, bien taiwaneses, de Rusia decorados con muñecas mamushkas, llenos de monedas del mundo acompañando los lomos de cuero o papel. Todo muy antiguo o muy moderno en perfecta armonía. Mi infancia son recuerdos del tío Alan y de su casa de reinas y dragones.

El inicio del relato cifra todos los temas de la novela, además de condensar la atmósfera donde transcurrirán los hechos y el espacio que se vuelve opresivo cargado de objetos que se resignifican una y otra vez, como los chanchos y los libros. El ambiente por momentos se vuelve kitsch, evocando las narraciones de Silvina Ocampo en las que la desgracia está a la vuelta de la esquina. El tío que cuenta historias sobre el amor y lanza consejos que recuerdan las novelas de Manuel Puig. La literatura se mezcla con la vida misma, ya que la protagonista se enmascara para desandar el patio, la biblioteca, la cama, el barrio, las fantasías de Maga y la misteriosa vida del tío Alan. La apuesta narrativa recae en el juego –que arma y desarma la narración todo el tiempo– de los deseos de los protagonistas.

La fuerza narrativa se condensa, sin dudas, en la voz del tío Alan. Personaje que la autora construye a fuerza de carisma, simpatía y sufrimiento, que generará en el lector un lazo de empatía determinante. Cuando Maga y Alan filosofan sobre el amor  y sus riesgos, se crean pasajes definitivos que dialogan con la veracidad de los hechos narrados por la autora: “(…) Tío, haceme caso, no salgas más de noche. Yo, reina maga del cielo estrellado, me voy a someter al amor, sí, aunque me destroce el pecho con sus saetas y sacuda sobre mí sus antorchas encendidas. Vos tenés que hacer lo mismo, entregarte al amor, así suave, un, dos, tres, cua, para un lado y para el otro (…)”. (P. 77).  El tío Alan constituye un personaje literario destinado a permanecer en la memoria del lector. Los consejos, los refranes y las frases hechas lo definen como un gurú del amor al que Maga consulta incansablemente, pero que a su vez encarna el sufrimiento, la discriminación, lo monstruoso, la clandestinidad y lo doloroso del cuerpo. La cultura popular es su propia voz en la que resuenan voces femeninas desde Lolita Torres pasando por Gilda hasta Susana Giménez.

“Los hechos se enredan” con la realidad en un tiempo y un espacio que se vuelven reconocibles: el cine, la calesita, el coloso, el presidente innombrable, la cumbia, el río, los poemas, la escuela y el patio. En las 162 páginas la autora condensa un mundo que se cifra en lo ecléctico del adolecer –fiestas, campamentos, citas de juegos, el primer amor, etcétera– sin caer en ningún momento en un relato melancólico. Los personajes nunca son víctimas, al contrario, son luchadores e incluso sobrevivientes. La escritura oscila en distintos registros donde la autora recupera un entramado de voces populares que se hacen oír y encuadran el relato en un tiempo y espacio. La puerta es la narración de un acto iniciático en la lectura y en la escritura misma del suceso: decir y no callar se vuelven ese desafío del desborde.