VACAS, POR ESTEFANÍA PIGHIN

Vacas
Belén Sigot 
Editorial Municipal de Rosario
2018
104 páginas

Uno pasaba a dejarles un auto para lavar o te paraban para venderte algo del librito de cosméticos y te convidaban con ese mate. Quién sabe cuánto espacio quedaría para la yerba porque le encajaban una bombilla por cada uno que participara en la vuelta. La de boquilla dorada para el Tulio, la labrada para la Grandota, la más corta para la viejita, la ancha para la gurisa, y otra más para el que justo hubiera caído. Había que estar atento para no equivocarse, pero ellos siempre te recordaban cuál era la bombilla que te correspondía. (pp. 47-48)

Seguirle el juego al loco pero sin condescendencia, maldad ni sarcasmo, más como una contención familiar amorosa, irracional, cotidiana; sostener la locura con una naturalidad rayana en el goce, con la voluntariosa espontaneidad con que las hijas y la mujer del Tulio le compraban de a packs las cajas de leche para que se alimentara mientras él empollaba un huevo en la fosa del taller: como en el epígrafe, en Vacas hay pasajes de lo excéntrico a lo ordinario en un pestañear. Como en la vida.

Vacas, de la escritora entrerriana Belén Sigot, ha obtenido el primer premio en el Concurso Regional de Nouvelle que la Editorial Municipal de Rosario organizó en 2017 y cuyos títulos ganadores publicó en agosto de 2018. La serie de novela corta, que la editorial publica desde el 2012, en esta ocasión nos brinda una voz necesaria de nuestro litoral, que tematiza las tragedias actuales y las de siempre, las que preocupan a algunos por su horadar lento y silencioso, y las que captan la atención de muchos otros por su manifestación bizarra y rimbombante.

Nacida en Pronunciamiento en 1979 y radicada en la actualidad en Concepción del Uruguay, Belén Sigot, docente de Lengua y Literatura y escritora con varios relatos en su haber –formó parte de la antología 8cho y och8 (Arset Ediciones, 2014) y publicó en formato ebook la novela Entre las chircas (La colección, 2017)– abre su narración con una frase de Miguel Briante: “La imaginación de la gente, en estos pueblos, es feroz”; y nos traslada, sin que nos demos cuenta en lo inmediato de que efectivamente se trata de su pueblo natal, a una localidad que tiene al sur la ruta 39; al este, la 14; y a la vuelta, Villa Elisa, San José, Colón.

La trama de la nouvelle va armándose en la mente del lector de la misma manera que en la de cualquier habitante de ese pueblo: lo que contó el Chivo Ducret en el boliche del Tatán Vanerio, lo que aportó el Tobiano Bonnot, que “sazonó el cuento”, el rumor que anduvo después, lo que vio un vecino que tomaba fresco en la vereda, la deducción sobre lo que no se vio pero que al contárselo a otro se estatuye como verdad, lo que cuentan los propios actores de los hechos, lo que escuchan a oscuras… Estas múltiples voces de los personajes traman la historia de los pueblos como trama nuestra narradora la historia de Vacas. Un mosaico de voces, “un mosaico de historias donde lo siniestro constituye el delicado nervio que las enlaza” sentencia en la contratapa el jurado del concurso, integrado por Vera Giaconi, Alan Pauls y Luis Sagasti.

Y estos personajes que cuentan son los del pueblo raso, selección que consideramos exquisita, pues toman la palabra, sin que nadie antes tenga que dársela, los peones de las estancias, el cuidador de la arrocera, los clavadores de cajones de la maderera, la ordeñadora y sirvienta, el maestro de escuela que ahora también es almacenero para llegar a fin de mes. Si entre los personajes hay una diferencia clara, esta es entre “los bien del pueblo” y “los de afuera”, diferencia constitutiva de las narrativas orales circulantes en la nouvelle, y de la imaginación creadora de los pueblos o de cualquier localidad en que la mirada está fija en el que llega y en el que se va, en el otro. Para los no nativos, el oficio y la filiación conyugal es determinante de la identidad. En ese orden tenemos como personaje, así, sin nombre, al arquitecto, al marido de la Lali Jourdán, a los que vienen de Colón, que son “los ovnílogos”. Pero los más otros de todos sí van a ser nombrados por el apellido, los Noordemberh, que vienen de afuera pero son rubios, que son serviciales pero comunistas.

Emparentado a estos últimos, uno de los que más da de hablar es el doctor Urich, cuyas excentricidades desembocan en cuadros apocalípticos, como el que contempla la Irma, ordeñadora de las vacas de la Turca Firpo, que “se paró en seco, como si hubiese chocado contra una pared invisible.  A lo largo de la calle, hacia un punto cardinal y hacia el otro, había gatos y perros desparramados, echados como durmiendo en las orillas y en el medio de la calle. Enseguida pensó que estaban muertos: a medida que caminaba les iba viendo los ojos abiertos y fijos como bolillas, la lengua afuera y la blancura de la escarcha ribeteándoles el pelaje” (p. 28); en homicidios narrados como meras travesuras, o en la escenificación de un secreto a voces conjurado por las vecinas rezadoras que “escuchaban ruidos: alguien que corría la piedra que tapaba el hueco del pozo negro –en ese tiempo ni miras había de que hubiera cloacas en el pueblo–, un entrechocar de latas, el sonido del agua al engullir eso que le habían tirado. Entonces las Bonnin se persignaban y agregaban un Pésame a sus rezos nocturnos” (p. 36).

No se dice aborto, no se dice cáncer. El miedo a nombrar ciertas palabras, eso que por no expresarlo deseamos deje de existir, “esa cosa que le habían encontrado en la sangre”, eso que por no nombrarlo pierde entidad de tal, “la mujer de Burgos apareció en el arroyo”. No se dice femicidio, ni tienen nombre propio las sucesivas mujeres de Burgos. No se dice violencia de género. El trabajo infantil es únicamente denunciado por la hija del comunista, que en un acto escolar tiene derecho a voz por ser la más estudiosa del colegio. Los asesinados flotando en el río pasan por ahogados. En el pueblo no se dicen, pero son estos los grandes temas del libro aunque lo que “quedó para el cuento” sean las misteriosas mutilaciones de vacas:

En el campo que arrendaban los Gabioud, cerca del monte, aparecieron cinco vacas mutiladas. En la estancia de los Perinotto, cuatro novillos y un toro, bien al lado del arroyo. En lo de Francou, ocho vacas, y tres de ellas con la cría adentro, a punto ya de parir. Y al Bonifacio Clapier se le quemó el trigal, justo el día antes que iba a empezar a cosecharlo. (pp. 49-50)

Estos hechos y los que dejan pasmados a los habitantes de cualquier pueblo, que son incluso más perturbadores que los propiamente ominosos: los asesinatos planificados, los muertos por casualidad y los suicidios, todos justificados por las historias familiares.

Pero si de misterios se trata, los hay inescrutables hasta en lo más rudimentario, es que la multiplicidad de voces multiplica las realidades del pueblo y, así como “en el monte todo se agranda: el silencio, los ruidos, los olores, y más cuando es de noche” (p. 97), en el pueblo se amplifican fenómenos muchas veces triviales como la aparición de una casa, que “un día no estaba y al otro sí, dijo el puestero”, pues “una casa a la que se podía levantar en unas semanas era casi cosa del diablo”. Aun existiendo las prefabricadas, el misterio continúa: “Pero, ¿una casa tan pitucona allá casi adentro del monte?” (p. 17). Y, en un movimiento de síntesis, a los grandes fenómenos de la realidad se los singulariza y reduce a casos aislados. Las protestas por las fumigaciones que trae la creciente sojización de la zona corresponden al nicho de las maestras rurales, “que andan con la cantinela de que no fumiguen a la vuelta de las escuelas” (p. 99), las míseras condiciones laborales en la maderera son únicamente denunciadas por los comunistas, el sufrimiento animal es percibido solamente por uno, el más grande del Nenete, quien se percata del dolor de las vacas y hace algo humanitario por ellas: “Parecerá hereje, dice, pero a él le gusta más que mueran ahí nomás, que no las anden llevando en los camiones, todas apretujadas, y que lleguen al matadero y se den cuenta y sufran de los nervios las pobrecitas” (p. 100).

Como se enuncia en la contratapa, Vacas “elabora un fresco sobre el sentido de lo ominoso en una comunidad rural”, es que, en las misteriosas luces del cielo, en esos seres aparecidos en la ruta, en los aullidos anticipadores de la muerte, en las vacas muertas pero incólumes por semanas, se deja avistar lo cotidiano, lo familiar, la flora y la fauna del litoral, la realidad circundante, natural y social.