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2020: GRAFOLOGÍA LITERARIA

Por Anaclara Pugliese y Ernesto Inouye

 

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Si una investigadora del futuro encontrara este grafo, como una red sumergida en las profundidades oscuras de internet, reconocería en él, prendidas, algunas obras, pero la inmensa mayoría de los títulos le resultarían extraños. ¿Qué publicaciones serían para ella familiares? ¿Se encontrarían en el centro de la red o en los márgenes? La investigadora podrá preguntarse, mientras navega por el grafo como si recorriera los callejones abandonados de un viejo barrio por Street View, ¿qué son todas esas obras olvidadas al sol?

Pilas y pilas de libros pasan de las novedades a las librerías de usados y los actuales PDF pasarán de repost azules en infinidad de sitios webs a las primeras capas geológicas de una futura arqueología de internet. ¿Cómo es posible abordar la inmensa cantidad de libros que se editan año a año? La crítica literaria resolvió el problema a través de la elaboración de un canon, es decir, de la selección de una serie reducida de obras destacadas. Mediante este recurso y con algo de dedicación, ahora sí, un lector puede abordar una totalidad, incluso leer las obras que la componen con cierta profundidad. Pero, ¿no es una ilusión creer que se puede entender una época de la mano de una breve lista de obras que capturarían el pulso vital de un momento específico en un lugar determinado?

Convocamos a 76 escritorxs, editorxs, librerxs, periodistas, docentes y graduadxs de Letras de la ciudad de Rosario para que nos recomienden hasta tres títulos publicados en 2020. Con los datos, al igual que el año pasado, armamos un grafo que incluye desde los libros más votados hasta los que tuvieron una sola recomendación. ¿Con qué fin? Alejar la mirada: ya no detenerse en unos pocos libros, sino en las relaciones que se establecen entre ellos y lxs lectorxs. Mucho más provechoso que elaborar una lista con los diez títulos más votados nos parecía armar una red que evidenciara cómo lectores dispares se reúnen alrededor de un mismo libro o cómo algunos libros quedan unidos por lxs mismxs lectorxs. Ante la pregunta: ¿por qué en esta encuesta se mencionaron tan pocos libros extranjeros y tantos rosarinos?, nos gusta pensar esta respuesta: el grafo no representa solo criterios estrictamente literarios sino también relaciones profesionales y afectivas, como un gran mapa de sociabilidades literarias.

¿No sería interesante para nosotrxs, al igual que para la investigadora del futuro, encontrar una grafología literaria de Rosario de los años cincuenta? ¿Quiénes serían lxs lectorxs encuestadxs? ¿Qué libros hubiesen estado en el centro que hoy no perviven? ¿Qué revistas inconseguibles, ediciones mimeografiadas, hermosas novelitas sin reediciones o folletines se hubiesen podido encontrar nombradas? ¿Qué circuitos de lectura o conexiones inesperadas nos hubiese develado ese grafo?

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Antirranking: intermediación y centralidad

Con diez recomendaciones, No es un río (10), es el título más mencionado en esta encuesta. La novela de Selva Almada completa una trilogía de varones, inaugurada con El viento que arrasa y seguida inmediatamente por Ladrilleros. En No es un río tres hombres van a pescar; pica algo pesado: una enorme raya, que se resiste, y luego es asesinada a los tiros. La novela puede ser leída desde el dominio violento, cargado de excesos, del varón sobre la naturaleza, exigido por el mandato de masculinidad.

Si bien el libro de Almada es el más recomendado, no tiene mucha centralidad en el grafo. ¿Cómo llegamos a esta conclusión? Este año decidimos aplicar las herramientas de análisis de redes de datos que nos brinda la plataforma Onodo. Dentro de estas funciones tomamos dos: centralidad e intermediación. La centralidad de un nodo se calcula a partir del número de conexiones que establece con otros nodos, pero también en base al tamaño de los nodos a los que está conectado. La centralidad de No es un río, según el análisis de Onodo, es baja (0,17 sobre el máximo, que es 1), es decir, no tiene muchxs lectorxs en común con el resto de los títulos más mencionados. En este sentido, la novela de Almada, aunque con muchas recomendaciones, es un libro periférico en la red.

La intermediación, por otro lado, calcula cuántas veces un nodo está en el camino más corto entre dos nodos. Esto es, como su término lo expresa, la capacidad que tiene de articular lo que de otro modo estaría disperso. La novela de Selva Almada tiene un altísimo nivel de intermediación (el máximo: 4646) porque nuclea lectorxs dispersxs, que no forman una comunidad de lectura sólida, y que posiblemente de otro modo, si no coincidieran alrededor de ese único libro, estarían desconectados de la inmensa red central, flotando en el espacio sin coincidencias de títulos con lxs demás lectorxs, como navegantes solitarixs: esto se puede ver de manera clara explorando el grafo, donde se evidencia cómo el nodo de No es un río conecta en el margen izquierdo dos brazos largos que casi flotan desprendidos, además de nuclear bracitos mucho más cortos, de dos dedos, sin otras conexiones al cuerpo principal de la red.

Los títulos con mayor centralidad, es decir, que están rodeados de lectores que leyeron también otros libros centrales, son: Sumisión (8), de Oscar Taborda (centralidad: 1 sobre 1); Amor total (8), de Fernanda Laguna (c: 0,87); Diario del dinero (6), de Rosario Bléfari (c: 0,59); Inventario (6) de Paula Galansky (c: 0,51); y Poesía molotov (7), de Wachi Molina (c: 0,32). La cantidad de conexiones que se establecen entre estos títulos permite inferir que existe en esa región del grafo una comunidad de lectores en la que fluyen información y lecturas.

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Como agua que corre: narrativa rosarina

Puede armarse empezando por dos títulos ya nombrados –Sumisión e Inventario– una pequeña biblioteca de narrativa rosarina. La novela de Oscar Taborda está compuesta por 101 párrafos que forman la trama fragmentaria de las peripecias de U, su protagonista. En un mundo barrial y decadente, U decide gastar el poco dinero que tiene para comprar en el shopping un económico casco para viajar en el tiempo que vio promocionado en carteles por la calle.

Por otro lado, el libro de relatos Inventario, de Paula Galansky, relata la vida de Sofía, su protagonista, a partir de una serie de nueve objetos –un relato por objeto– con un lenguaje delicado y sintético. La publicación tiene apenas veintiocho páginas pero logra encerrar con sutileza una vida entera. En el grafo, Inventario se encuentra rodeado y forma parte de una gran constelación de títulos de poesía: cuatro de sus seis lectores recomendaron también poesía. Pero además la publicación es la primera de narrativa de la colección de plaquetas Bitte, de la editorial rosarina Danke, en la que todos sus títulos, excepto Inventario, son de poesía.

Lejos de la centralidad del grafo, flotando en una pequeña isla, arriba a la izquierda, se encuentra Perversidad (2), de Marco Mizzi, editado por Eloísa Cartonera. Su carácter insular hace que su centralidad sea 0. La trama de la novela podría ser una crónica periodística de la sección policiales de nuestros días: una adolescente es violada y asesinada por un grupo de narcos. El hecho es filmado con un celular y el video empieza a circular entre los vecinos del barrio. El protagonista de la novela es un periodista desempleado que intenta reconstruir los hechos. Encontramos también en un sector periférico del grafo, en el extremo de un brazo que se despliega hacia la izquierda, el libro de relatos Tan lejos (2), del escritor y psicoanalista Ricardo Guiamet, editado por el sello rosarino Casagrande. Lleva como subtítulo “Diez naufragios”. En una entrevista el autor observó: “Son personajes que atraviesan una escena crítica y el naufragio les permite cambiar el derrotero de sus vidas.”

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Imágenes: flechazo al corazón                

Además de literatura, en la red hay toda una biblioteca de pintura, dibujo e ilustración, en parte resultado de la gran cantidad de títulos editados por el sello rosarino Iván Rosado en su serie Maravillosa Energía Universal: tres publicaciones de esa colección fueron mencionadas. De hecho, el segundo libro más recomendado por nuestrxs encuestadxs fue Amor total. Los 90 y el camino del corazón (8), de Fernanda Laguna, quien en los noventa también publicó sus más famosos poemas. Amor total reúne su arte de esa década. El segundo título de la serie Maravillosa Energía Universal es La Tablada (2), una selección de dibujos y pinturas de Orlando Belloni realizados entre 1958 y 2020. Belloni vive en el barrio rosarino que da nombre al libro y desde allí observa y retrata desde hace décadas a sus propios vecinos sobre motos, charlando en una esquina o tomando una cerveza en un kiosco, aunque deja ver siempre, en sus caras, en sus gestos, un marcado sentido proletario. El tercer título de la serie de Iván Rosado es Algunas flores (1), de Gilda di Crosta y Daniel García. Ella, poeta; él, artista plástico: juntxs, estudiaron el encanto silvestre de las flores y lo registraron en textos, pensamientos, pinturas y dibujos.

Lejos de la tersura de las flores, Enciclopedia mundial del coso (1), de Podeti. El humorista y dibujante catalogó doscientos cosos, los dibujó y les dio un nombre y una definición para desplazarlos al universo más decente y femenino de las cosas. Un objeto extraño –que podría haber sido catalogado por Podeti, por lo difícil de definir– es Fábrica de escalofríos (1), con textos de Horacio Carvallo e ilustraciones de Tati Babini. Los poemas, editados por Libros Silvestres, están troquelados verso por verso, por lo que este artefacto permite armar poemas casi al infinito: “Diez millones de poemas para combinar temblando” es su subtítulo.

Destaca como rareza la revista alemana de comic Strapazin (1), que dedicó su número 138 a historietistas argentinos. Otro recomendado fue Pintura montada primicia (1), de Juan del Prete, una selección de obras inéditas de las décadas del setenta y ochenta del pintor, dibujante, escultor y fotógrafo ítalo-argentino. El último de esta biblioteca de arte es La aventura de lo real (1), que reúne escritos del artista Alberto Greco.

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No te vayas de mí: poesía rosarina

Los poemas de Poesía molotov (7), de Wachi Molina, surgieron de un intercambio, de un aprendizaje que iba de la puesta en voz o performance a la escritura. Publicado por Le Pecore Nere, el libro tiene como motor de búsqueda el deseo, entendiendo a la poesía como la expresión de un cuerpo en concreto y a la vez del cuerpo que late en la materialidad misma del poema. El libro tiene altísima intermediación (3283) al ser un nexo directo entre el libro de Almada y la constelación central del grafo, formada por publicaciones en su mayoría rosarinas y de poesía. Compartiendo dos lectores con Poesía molotov y otros dos más con Inventario, aparece Fiesta (4), el primer libro de poesía de Anabel Martín, publicado por el colectivo editorial Cedro, del que la autora forma parte. Rodeado de puntos de color amarillo claro –que en nuestro grafo representa a las publicaciones de arte– Tres puentes, seguido de Poesía doméstica (3). Su autora, Virginia Negri, es, además de poeta, artista. La colección de plaquetas de la editorial Danke de la que forma parte Tres puentes tiene dos nodos más en el grafo: La belleza contenida (1), de la rafaelina Rita Chiabo, e Inventario.

Conectado por un lector a Poesía molotov y por otro a Inventario, El entrenamiento de la mente (3), de Irina Garbatsky (Iván Rosado). Con tres recomendaciones, al igual que el libro de Garbatsky –aunque no tan en el centro de la constelación de puntos celestes que, en el grafo, representan a los títulos de poesía–, Vietnam (3), del docente, poeta, narrador y periodista Pablo Bilsky. El libro que editó Baltasara puede leerse como una crónica en verso que describe escenas, personajes, sueños, fantasmas y anécdotas que tuvieron lugar durante una visita a ese país en 2018. Dentro de la gran constelación interconectada de poesía también fueron mencionados La soberana idiotez (2), de Carolina Musa; Te quiero abrazar mucho (1), de Lila Siegrist; y Larga distancia (1), de Verónica Laurino.

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Diarios y textos autobiográficos o “no dejes que la realidad destruya tus papeles”

Uno de los libros más mencionados, con mayor centralidad e intermediación, es Diario del dinero (6), de la música, actriz y escritora Rosario Bléfari, publicado por la editorial Mansalva. Se aferra a Sumisión –con el que comparte tres lectores–, a Amor total y a dos títulos de la constelación de poesía. Una novela, un libro de arte y dos de poesía. Diario del dinero fue compuesto como un registro contable donde las cifras no aparecen dispuestas en asépticas columnas verticales, sino insertas en la horizontalidad de la prosa, acompañadas por el relato de las circunstancias, causas y consecuencias, de gastos e ingresos. «Un registro para que los chismosos revisen o para quien pueda llegar a preguntarse de qué modo sobrevive en este mundo alguien como yo» escribe Bléfari en la contratapa.

En los bordes de la zona central del grafo encontramos Tiempo de más (3), editado por Ivan Rosado, la tercera entrega que compila las notas autobiográficas publicadas en Facebook del ensayista y docente Alberto Giordano. Pocos meses después de la publicación de Tiempo de más, Bulk Editores lanzó otro título del mismo autor: Volver a donde nunca estuve (2). Se trata también de notas autobiográficas pero que tienen como eje la relación con su padre. Giordano escribió, además, la contratapa de otro título que coincide en el carácter de su origen con los dos suyos: reúne una serie de posteos de Facebook, en este caso notas en torno a la danza y la expresión corporal. El libro, Apuntes de clases (2), de la bailarina y docente especializada en contact Natalia Pérez, fue editado por Río Belbo.

Dentro de la serie de textos autobiográficos podemos mencionar por último el diario que escribió el novelista, crítico y traductor Matías Serra Bradford en un viaje a Japón durante el año 1999 resultado de una beca para estudiar fotografía. El libro, editado por Sigilo, se titula Diario de un invierno en Tokio (1).

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¿Genios o escenios?

En este grafo, como en un fractal, hay nodos que representan libros que a su vez hablan sobre otros libros o escritores. Ese es el caso de 2020. Veinte episodios de la historia de la literatura argentina del siglo XX (3), publicado como e-book por la Editorial Municipal de Rosario. Se trata de una compilación –realizada por el docente, crítico y poeta Martín Prieto– de veinte artículos, ensayos y estudios críticos escritos por docentes y egresados de la carrera de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes de Rosario. Como se lee en la página de la editorial: “El libro propone un doble recorrido: uno sobre la literatura argentina –el conjunto de temas, libros y autores tratados abarca casi un siglo de la historia literaria– y otro sobre las distintas direcciones que tomaron los estudios críticos en la Facultad de Humanidades y Artes desde los años 60 hasta hoy.”

Cuatro ensayos (4), de César Aira, editado por Beatriz Viterbo, reúne ensayos publicados con anterioridad: uno sobre Copi (1991), otro sobre Alejandra Pizarnik (1998), uno sobre Edward Lear (2004) y el titulado “Tres fechas” (2001), que toma en consideración tres escritores no muy transitados –Denton Welch, Paul Léautaud, J. R. Ackerley– bajo una premisa que podría funcionar como fundamento para una visión no canónica de la literatura: “para ser representativo de una época es preciso ser menor”. Del libro de Aira se desprende una columna vertebral de ensayos que se alejan progresivamente del núcleo del grafo y van perdiendo por lo tanto centralidad e intermediación. Los títulos son Pasado mañana. Diagramas, críticas, imposturas (2), de Luis Chitarroni; Contramarcha (2), de María Moreno; y Libros chiquitos (1), de Tamara Kamenzsain.

De César Aira fue recomendado también Lugones (4), editado por Blatt & Ríos. En este caso no se trata de un ensayo sino de una novela pero que toma como punto de partida el último día de vida del escritor Leopoldo Lugones –el momento de su suicidio con cianuro y whisky en el recreo “El Tropezón”, ubicado en el delta del Paraná– pero que deriva rápidamente hacia el terreno de la ficción y el delirio.

 

Las series de títulos que mencionamos son solo posibles aproximaciones y recorridos por el vasto grafo compuesto por un total de 124 recomendaciones. Para finalizar les compartimos: 1) una interesante y diversa biblioteca que reúne todos los títulos digitales de descarga gratuita que fueron mencionados; 2) una guía de exploración del grafo.

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Link, clic, free: biblioteca digital gratuita $$

Muchas de las recomendaciones fueron editadas en formato físico, impresas, pero otras tantas fueron leídas en PDF que circularon libres. Libres. Libres!!! En esta sección dejamos una breve reseña de todas esas publicaciones y los links para descargarlas.

Dinero (2), de Julián Bejarano: en el sitio slimbook.org (o haciendo clic en esta nota, sobre el nombre del libro) se puede descargar el slimbook del poeta que actualmente vive en Entre Ríos. ¿Qué es un slimbook? En la sección quiénes somos de la web se lee: “Un slimbook es una chuchería cultural. Ni libro, ni disco, ni película, es un soporte físico para cualquier contenido digital. Al adquirir un slimbook usted adquiere una obra personal a la vez que una pieza artística impresa en nuestro taller con tipografía móvil en máquinas de letterpress, hotstamping y láser, sobre cartones y papeles especiales que despliegan una pequeña muestra del contenido digital al que redirecciona. Podría decirse que un slimbook es un opúsculo con continuidad en el mundo digital”.

Paquete de fe (1), de I Acevedo: reúne los últimos ocho cuentos inéditos de I Acevedo. En medio de un debate en torno a la propiedad y a los derechos en el ámbito editorial surgido de la proliferación de PDF durante la pandemia, el mensaje que subyace a estos cuentos es que la literatura es de todes.

El amor es un arte del tiempo (1), de Kenneth Rexroth: publicado por el proyecto editorial de la poeta y traductora Laura Crespi, Cuadernos de Traducción.

2020. Veinte episodios de la historia de la literatura argentina del siglo XX (3), la recopilación ya mencionada, editada por la EMR, puede descargarse desde su web.

De la A a la Z de la cocina santafesina (1), de Paula Caldo: el conjunto de recetas que se pueden consultar haciendo clic en el link es el producto de un viaje por las rutas de la provincia a la búsqueda de platos especiales. Se lograron reunir 500 recetas pensadas, escritas y seleccionadas por vecinas y vecinos de 100 localidades. Es posible entrar al mapa de la provincia, cliquear en un departamento e imaginar sus historias y su geografía a partir de los aromas, texturas, temperaturas y sabores de las recetas que ahí surgieron.

Pintura montada primicia (1), de Juan del Prete: el catálogo-libro ya mencionado entre las publicaciones de arte se encuentra disponible en el sitio web de la galería Roldán Moderno.

Poesía molotov (7), de Wachi Molina (audiolibro): Adolfo Corts grabó para su proyecto de registro sonoro llamado Sonidos de Rosario a Cristian Molina leyendo los poemas de su último libro.

Fratelli tutti (1), de Francisco I: en esta tercera encíclica Francisco reflexiona sobre lo que nos ha mostrado de nosotrxs mismxs el COVID-19, sobre el derecho a la propiedad privada y sobre el cuidado de la Tierra, entre muchos otros temas.

Ornament 8, Organismic Sequencer. User Manual (1): manual de usuario del secuenciador ruso Ornament 8, desarrollado por la empresa Soma.

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Guía para explorar el grafo

Lxs LECTORXS encuestadxs se encuentran representadxs por pequeños nodos color verde y de igual tamaño.

Los TÍTULOS recomendados están representados por nodos de diferentes tamaños (según la cantidad de recomendaciones) y colores (según el género). Al clickear en alguno de ellos se despliega una ficha con los datos Type (género), Autor, Editorial, Tamaño (cantidad de recomendaciones), Centralidad e Intermediación.

La plataforma Onodo cuenta además con tres herramientas de exploración:

. PANTALLA COMPLETA. Botón para maximizar el grafo a pantalla completa, ubicado arriba a la izquierda.

. ZOOM. Botones de acercamiento y alejamiento, ubicados arriba a la izquierda.

. LEYENDA. Pestaña desplegable con las referencias de cada color de los nodos según los géneros, ubicada abajo a la izquierda.

. BÚSQUEDA. Una casilla para la búsqueda de un título o lector particular, ubicada arriba a la derecha.

 

Grafología literaria 2020 anaclara pugliese ernesto inouye

 

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Agradecemos a Aníbal Rossi por su asesoramiento en plataformas para elaborar grafos, a Paola Piacenza por recomendarnos algunas lecturas en relación al análisis cuantitativo de la literatura, y a todxs los lectorxs que participaron de la encuesta:

Agustín Alzari, Agustín González, Aimé Peira, Alberto Giordano, Alejandra Benz, Alicia Salinas, Alito Reinaldi, Analía Capdevila, Ana Wandzik, Bernardo Maison, Bernardo Orge, Cristhian Monti, Cristian Molina, Daiana Henderson, Daiana Lattini, Delfina Stortini, Diana Gerscovich, Diego Colomba, Érica Brasca, Eugenio Previgliano, Federico Ferroggiario, Florencia Giusti, Gabby de Cicco, Georgina Grasso, Germán Armando, Inti Juárez, Irina Garbatzky, Javier Nuñez, Judith Podlubne, Julia Enriquez, Julia Musitano, Leonardo Berneri, Lila Gianelloni, Lila Siegrist, Luciana Fernández, Lucía Rodriguez, Maia Bernardi, Maia Morosano, Manu Díaz, Marcela Alemandi, Marcelo Bonini, Marco Mizzi, María Cecilia Micetich, María Fernanda Alle, María Inés Laboranti, Mariana Catalin, Mariela Herrero, Marina Maggi, Mario Castells, Martín Prieto, Maximiliano Masuelli, Mercedes Gómez de la Cruz, Molly Moon, Mónica Bernabé, Nicolás Manzi, Nieves Battistoni, Nora Avaro, Osvaldo Aguirre, Pablo Bilsky, Pablo Makovsky, Pablo Serr, Paola Piacenza, Paula Galansky, Pauline Fondevila, Pau Turina, Pedro Cantini, Regina Cellino, Roberto Retamoso, Rocío Ahmad, Sandra Mendizaba, Santiago Hernández Aparicio, Sergio Cueto, Vanesa Condito, Verónica Laurino, Virginia Giacosa y Virginia Negri.


 

Anaclara Pugliese nació en Arroyo Seco en 1989. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Publicó La sombra de las nubes (Editorial Municipal de Rosario, 2017), Dos poemas (Ediciones Arroyo, 2019), Dos arcoíris & un desierto (La Vieja Sapa Cartonera, Santiago de Chile, 2019) y Megafauna (Mentazines, Rosario, 2019). Desde 2018 coordina un taller de poesía en la Unidad Penitenciaria Nº 5 de mujeres.

Ernesto Inouye nació en Rosario en 1984. Es profesor en Letras por la UNR. Prologó el libro Facundo Marull. Poesía reunida y formó parte del equipo de investigación y redacción de Archivo Mikielievich. Obras y colecciones, ambos títulos editados por la Editorial Municipal de Rosario. Tradujo y edito Las pampas, del viajero inglés E. F. Knight. Es coautor del libro de crónicas urbanas 40 esquinas de Rosario. Además de sus trabajos relacionados con las letras dicta clases de acordeón.

enero 2021 | Revista El Cocodrilo

 

VIGILIA, POR MARA LUQUE

Nos reímos a carcajadas mientras masticamos algo de tierra. Son las 3:30 am y parece que se avecina tormenta. Acostada, observo cómo se agolpan nubes rojizas en el cielo.
Las copas de los árboles de calle Santa Fe nunca me parecieron tan imponentes como hoy. No es solamente por el juego de luces y sombras producto de la iluminación de la plaza, es por la sonoridad con la que responden a tanto viento.
Las imágenes de la pantalla nos llegan de costado, un poco deformadas, pero escuchamos perfectamente el audio del debate mixturado con el rugido de las hojas. Una y otra vez, con brevísimos intervalos de algo superador, reiteran las mismas frases hechas, regresan a los mismos lugares comunes. Atrasan siglos.
Mi cabeza por momentos entra en pausa, por efecto del cansancio y de la posición del cuerpo. Pero entonces me despabilan los aplausos ante alguna intervención que tuvo la enorme gentileza de no comparar nuestros cuerpos con electrodomésticos, que no mencionó a Dios o que, excepcionalmente, entendió que lo único realmente válido es el deseo. Nuestro deseo.
Quedan unas horas para la votación. Una amiga responde pacientemente cada vez que le pregunto cuánto falta. Estaba con ella en 2018 cuando conseguimos la media sanción en diputades, pero no encuentro ninguna otra coincidencia.
En esta ocasión, a muches docentes de la provincia de Santa Fe el debate nos encuentra acompañades, organizades. En agosto conformamos nuestra regional de la Red de Docentes por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Pocos meses después, estamos acampando en esta vigilia. Cuelgan pañuelos, remeras pintadas, nuestra bandera, y tengo por un momento la sensación de que estamos viviendo en comunidad en esta plaza desde siempre.
Nos nucleó un curso que dictó esta Red a nivel nacional por el canal de YouTube de la Campaña, pero también la necesidad de una docencia más militante. Mucho se ha dicho siempre sobre la tarea docente, en especial por parte de quienes jamás han ejercido la profesión. Ya sea en los medios de comunicación, en la cola del supermercado o desde el Ministerio de Educación, les licenciades en casi todo saben cómo tenemos que hacer nuestro trabajo y no se cansan de darnos indicaciones anodinas al respecto. Pero nadie me explicó jamás qué hacer cuando menores de edad tuvieran sus derechos vulnerados, su integridad física en riesgo. A eso me enfrenté sola, actuando con algunas certezas y un poco de improvisación. Afortunadamente pude dar con otres profesionales más organizades, pero siempre en un marco de informalidad que genera mucha inseguridad: el temor de recrudecer la vulneración de las personas involucradas nunca desaparece. 

Escucho a alguien asegurar que hasta las 9 am no va a llover. Pese a mis deseos, me obstino en descreer del servicio meteorológico. El viento alterna furia y calma. Furia, calma y tierra. Mi amiga me pregunta cuál es el plan si llueve. Le respondo que no hay plan, pero comienzo a diagramar en mi cabeza estrategias para resguardar las remeras que pintamos por la tarde.
Pienso en que nunca más me voy a encontrar sola en el rol docente. Que la ausencia e inoperancia del Estado recaigan en el tercer sector “es una trampa”, dirían les pibes; pero mientras la ausencia y la inoperancia sean la regla, la salida es colectiva y nuestra respuesta es la articulación federal. Por eso exigimos el tratamiento de la Ley Vanesa, por eso nos unimos hace un mes a la Red Regional por la ESI en Santa Fe, por eso exigimos el tratamiento de la Ley provincial de ESI en el Senado en sesiones extraordinarias, por eso exigimos Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Por eso ponemos el cuerpo en esta vigilia.
Una ráfaga repentina nos sacude y decido incorporarme. Miro alrededor y veo compas de todas las edades en la plaza. Me movilizan especialmente quienes están en la adolescencia.
Repongo las acciones que efectuamos en estos meses y reafirmo que es por acá. Queremos infancias y adolescencias libres. Queremos sacar al aborto de la clandestinidad pedagógica. Como agentes del Estado, tenemos la obligación de ser garantes de derechos. Como feministas, tenemos la convicción de que debemos luchar por todos aquellos derechos que nos fueron históricamente vedados a las mujeres y disidencias.
Vuelvo a acostarme. Sé que va a ser imposible que duerma algo, pero me aferro a la idea de que al menos así descanso un poco.
Al abrigo de los cuerpos en la plaza, se hace presente la compañera Vanesa Castillo, asesinada tras denunciar el abuso sexual de una estudiante embarazada.
Mi amiga me actualiza la hora estimada de finalización. Recuerdo una escena de la mañana del 10, cuando estaba llegando a la plaza, y me parece imposible que haya sido ayer. Han pasado tantas horas que se hace cada vez más difícil manejar la ansiedad. Nuevamente un discurso de odio. La plaza se enciende en chiflidos de indignación y abucheos.
Las copas de los árboles de calle Santa Fe nunca me parecieron tan imponentes como hoy. No es solamente una cuestión de perspectiva, es la resistencia con la que responden a tanto viento.
Compañera Vanesa Castillo, presente.

 

Mara Luque nació en Rosario en 1989. Es Profesora en Letras por la UNR y ejerce la docencia en nivel medio. Forma parte de la Regional Santa Fe de la Red Nacional de Docentes por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito.

 

diciembre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

CRÓNICAS

POR QUÉ EL MIEDO, POR CHECHU MUÑOZ

En la literatura, la idea del miedo está más relacionada con lo sobrenatural, por eso generalmente se lo vincula al género fantástico. En este sentido, el escritor Guy de Maupassant señalaba este sentimiento como condición del relato fantástico: se refería al temor que deviene de la inseguridad del lector frente al hecho sobrenatural. Tzvetan Todorov, en su libro Introducción a la literatura fantástica, expresa que, si bien el miedo se relaciona a menudo con lo fantástico, no es una condición necesaria del género.

Por otro lado, suele diferenciarse el terror del horror: el terror es algo que asusta pero que tiene una explicación racional mientras que el horror es el sentimiento de angustia ante lo inexplicable o lo sobrenatural. Por eso, yo prefiero hablar de “miedo”, sensación que puede estar en cualquier género. La literatura, como la vida misma, está llena de relatos horrorosos que provocan miedo.

El verano pasado volví definitivamente al género de terror, un género que sin dudas marcó mi formación como lectora y consecuentemente mi modo de mirar-pensar el mundo. Recuerdo el fervor con el que leía durante mi infancia Socorro o Queridos Monstruos, libros de la escritora Elsa Bornemann (Buenos Aires, 1952-2013), donde conocí los misterios de la muerte, la locura, la crueldad humana que no tiene límites.

Mi vuelta al género, casi tres décadas después, fue de la mano de dos escritores que ya me venían seduciendo con sus relatos desde hacía unos años: Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973) y Luciano Lamberti (San Francisco, Córdoba, 1978). Primero leí La masacre de Kruguer (Lamberti, 2019) y hasta el día de hoy me cuesta sacarme algunas imágenes de la cabeza, sobre todo cuando me quedo sola en la oscuridad y pienso en la locura y en todo el horror que puede desatar. Inmediatamente después, me adentré en el oscuro universo de Nuestra parte de noche (Enríquez, premio Herralde de novela 2019) donde estuve sumergida, con algunos altibajos, durante dos intensas semanas. Ambas novelas reanimaron, desde diferentes lugares, esa sensación tan placentera para mí: el miedo. Era enero del 2020 y estábamos con mi compañero en un pueblo costero ubicado al sur del partido de Villa Gesell, en una cabaña en el medio del bosque, con el sonido del mar de fondo permanente. No teníamos idea de que nos adentrábamos en un año terrorífico.

Ya en Rosario, a casi dos meses de esas lecturas, presenté mi primer libro de poemas,  Sola en el bosque (Ed. Azul Francia, 2020), e inmediatamente después la pandemia llegó para quedarse y con ella la virtualidad y el “tsunami” de vivos de Instagram, Facebook y YouTube. En mi entorno, la mayoría de las lecturas eran de poesía, género que afortunadamente comenzó a invadir las redes sociales, a la par que el coronavirus el mundo, y que para muchos actuó como tranquilizante durante esos primeros meses ante la incertidumbre y el miedo a ese virus desconocido. Entusiasmada con mi flamante libro y embelesada con las amables invitaciones a leer mis poemas, un domingo lluvioso de junio se me atravesó la idea del ciclo de lecturas de terror.

Quizá motivada por el debate generado por el concurso del Fondo Nacional de las Artes, que este año convocó a los géneros de Ciencia Ficción, Fantástico y Terror como protagonistas; quizá porque recordé el programa de televisión Cuentos de terror conducido por Alberto Laiseca (Rosario, 1941 – Buenos Aires, 2016), que yo miraba fascinada por el canal I.Sat cuando era adolescente y que ahora miro con mis estudiantes por YouTube luego de leer cuentos como “El corazón delator” de E. A. Poe o “La pata de mono” de W. W. Jacobs; o quizá simplemente porque creí necesario un espacio exclusivo para la lectura de relatos de terror que nos distrajeran por un rato del horror del mundo y del Covid-19, el jueves inmediatamente posterior a ese domingo de lluvia comencé con el ciclo “Vivos de miedo”, en Instagram.

A partir de esta necesidad de buscar otros miedos, ajenos o ficcionales, y de disfrutar de esa sensación de adrenalina, surgió ese ciclo de lectura de relatos de terror, aunque no estrictamente del género de terror. En un primer momento, las personas invitadas fueron amigas o conocidas del ámbito literario de la ciudad de Rosario, quienes no dudaron en participar de mis sesiones, como me gusta llamar a cada “vivo”. Luego, con la colaboración del director de teatro, escritor y periodista Mauro Yakimiuk, descubrí un mundo de personas también muy creativas y generosas que a su vez me fueron nombrando a otras y así hacia el infinito. Desde junio hasta ahora han pasado doce invitados e invitadas que leyeron cuentos propios o de otros autores y autoras y que abordaron diversas temáticas bajo una única consigna: que den miedo. Las sesiones tienen una frecuencia quincenal, son los jueves a las 22 h por Instagram y la dinámica de cada una consiste en una primera parte, en donde leo un texto elegido por mí, y una segunda parte, en donde lee el invitado o invitada. Luego, conversamos sobre las lecturas y también con el público.

Hay un famoso refrán que dice: “Hay que temerles más a los vivos que a los muertos”. En nuestra realidad cotidiana, el miedo suele estar más vinculado a temas como la violencia, la enfermedad, la soledad, la muerte, y parece tranquilizarnos la idea de que lo sobrenatural solo sucede en los libros o en las películas. Por eso, creo que algunos relatos de terror vienen a calmarnos, a distraernos de esos otros miedos más reales o tangibles. Sobre esto reflexiona el narrador de la novela Los pichiciegos (Fogwill, 1983): “Hay dos miedos: el miedo a algo, y el miedo al miedo, ese que siempre llevás y que nunca vas a poder sacarte desde el momento en que empezó”.

 

Cecilia “Chechu” Muñoz nació en la ciudad de Rosario el 23 de enero de 1983.  En 2010 se graduó de Profesora en Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Desde entonces, se dedica a la docencia, tanto formal como no formal. Coordina talleres literarios para personas de todas las edades. En marzo de 2020 publicó Sola en el bosque (poesía), por la editorial Azul Francia. Desde junio, coordina el ciclo de lectura “Vivos de miedo”, jueves de por medio a las 22 h por Instagram.

 

noviembre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

ENSAYOS

 

 

LAS PAMPAS, DE E. F. KNIGHT

Traducción de Ernesto Inouye

Antes de dedicarse de lleno a su oficio de corresponsal de guerra, el joven Edward Frederick Knight (1852-1925) zarpó en su yate Falcon desde el puerto de Southampton rumbo a Sudamérica junto a dos amigos y un grumete. Era la tarde del 20 de agosto de 1880. Una multitud se había reunido para despedirlos. Sobre el muelle se había organizado un almuerzo en el que se brindó repetidas veces. Varias embarcaciones escoltaron el Falcon hasta que se alejó de la costa.

El objetivo del viaje era explorar el Río de Plata y remontar sus caudalosos afluentes Paraná y Paraguay. Antes de llegar a destino hicieron escala en las islas Cabo Verde, frente a la costa africana, cruzaron el Atlántico, se detuvieron en Salvador de Bahía, Río de Janeiro y Montevideo.

E. F. Knight relató su travesía de veinte meses por Latinoamérica en su libro The Cruise of the Falcon —puede traducirse como La expedición del Falcon—. La narración sigue un orden cronológico y por momentos adopta la forma de un diario de viaje.

Mapa de la sexta edición de The Cruise of the Falcon

Hace unos meses mi amigo Martín Perisset me pasó The Cruise of the Falcon en un PDF. Lo había encontrado el abogado Diego Torresi de Cañada de Gómez, en sus derivas por internet en busca de libros raros. Esta desconocida obra en inglés les llamó la atención a ambos porque se nombraba ahí a Carcarañá ­—la ciudad donde vive Martín y donde yo me crie—, Cañada de Gómez, y otras de la región como Campana, Rosario, y las actuales Las Rosas y Bell Ville. Solo que cuando pasó E. F. Knight por ahí la ciudad de Las Rosas no existía, sino que había en su lugar solamente una estancia con ese mismo nombre donde se criaban los mejores caballos de carreras de Sudamérica; Bell Ville no se llamaba así sino Fraile Muerto; y la llanura, que el viajero recorrió en sulky, en vapor y en los flamantes vagones del Ferrocarril Central Argentino, no se parecía a lo que puede verse hoy cuando se la atraviesa en auto por la autopista —una seguidilla de campos de soja, trigo o maíz, dependiendo de la época del año— sino que eran tierras vírgenes, de pastizales altos y florecitas, poblada por diversos animales salvajes.

Muchas veces me había preguntado cómo había sido ese paisaje antes de que la labranza y los cultivos se extiendan por toda la superficie sin dejar prácticamente sectores sin tocar. ¿Qué plantas y animales habría? E. F. Knight, un tipo muy observador y curioso, dejó testimonio de ese lugar, no solamente de los aspectos naturales sino también de los sociales: un viaje en vapor por el río Paraná con música de piano, las pulperías de los pueblos frecuentadas por criollos y colonos, los carnavales en Rosario, un brutal método para apagar incendios rurales, una tormenta furiosa en medio del campo, una fiesta de casamiento en la posada de Carcarañá, un paseo en sulky entre las flores silvestres del campo…

En este tiempo de encierro en casa me puse a traducir los dos capítulos de The Cruise of the Falcon donde E. F. Knight relata su paso por las pampas. La primera edición fue publicada en 1884 en Londres y aunque tuvo varias reediciones en su lengua original —algunas actuales— la obra nunca fue traducida al español. Imprimí y encuaderné estos dos capítulos traducidos y les puse de título el nombre del segundo: Las pampas.

Comparto tres fragmentos que aparecen en este librito —les agregué para esta nota unos títulos ilustrativos— y una breve biografía de E. F. Knight que escribí para la publicación.

Portada de Las pampas, de E. F. Knight.

 

TRES ESTRELLAS

Era muy agradable estar en el Paraná esa hermosa noche de verano. Después de la cena tomamos nuestro café y fumamos unos cigarrillos en la cubierta, mientras el buque ascendía echando vapor bajo las maravillosas estrellas del hemisferio sur. Por momentos los costados de la embarcación casi acariciaban la selva, que ahora se encontraba iluminada por luciérnagas que emulaban a los mismos astros. De hecho, con las estrellas sobre nosotros, sus reflejos bailando en las suaves ondulaciones del agua, y las luciérnagas arremolinándose todo alrededor, parecía (dado que la noche era oscura y no podíamos ver otra cosa) que nosotros mismos éramos un planeta navegando a través del espacio infinito repleto de estrellas. Era un curioso y espléndido efecto, pero que no estimuló con tanta intensidad a mi mente tan poco imaginativa como lo hizo uno de nuestros compañeros de viaje. Este era un señor inglés, lamento decir, que tenía toda la apariencia de estar desde hacía más o menos una semana empinando el codo. A este caballero de repente se le ocurrió subir corriendo desde el caluroso y bien iluminado camarote en cubierta para que el refrescante aire nocturno le alivie un poco su frente afiebrada. Apenas hizo su aparición, una mirada perpleja se apoderó de su rostro, se restregó los ojos y miró a su alrededor, después se le cayó la mandíbula, y sus ojos y su boca abiertos expresaron el terror más abyecto. Miró enloquecidamente la miríada de luces arremolinándose arriba, abajo y alrededor suyo, se llevó las manos a la cabeza, cerró los ojos para apartar esas aterradoras visiones, y con un dramático susurro, lleno de horror, “¡Got’em again! ¡Got’em again!”[1], se lanzó una vez más hacia abajo; finalmente le gritó al mozo que le lleve una botella de Tres estrellas, con la cual apaciguar los otros tres millones de espeluznantes estrellas de afuera.

 

ROSARIO EN LOS VIEJOS ATLAS

Si usted estudia cualquier viejo atlas, e incluso uno no tan viejo, no va a poder encontrar en el mapa de Sudamérica un lugar llamado Rosario, pero podrá ver seguramente Santa Fe, ciudad vecina, señalada en letras destacadas, aunque no sea más que una pequeña localidad en relación a la extensa y rica ciudad que mencionamos en primer lugar. Esto se debe a que Rosario es una de esas prósperas ciudades que crecen vertiginosamente en este nuevo mundo. Su progreso data de ayer; es una ciudad flamante—desde el punto de vista de las artes, desagradablemente joven; repleta de oportunidades, conectada por tramways, un lugar próspero que duplicó su población en diez años y que, muy probablemente, la duplique nuevamente en otros diez; no puede sino convertirse en un lugar cada vez más importante siendo, como es, la terminal de esas extensas vías férreas que a su tiempo se abrirán hacia todas aquellas regiones repletas de riquezas, entre las selvas bolivianas y las pampas, entre el Pacífico y el Atlántico. Hoy en día el influjo de extranjeros en la República Argentina está aumentando asombrosamente y las revueltas están menguando cada vez más, ¿quién es capaz de prever los límites del crecimiento de las empresas comerciales y la opulencia de estas maravillosas regiones? La producción que hoy se encuentra en los muelles de Rosario lista para ser cargada en los barcos puede darnos una perspectiva del futuro que le depara. Ahí está el azúcar—la valiosa madera para mueblería de Tucumán—el cuero y carne de vaca de las pampas—los vinos provenientes de la ladera este de los Andes, las vendimias de Mendoza y San Juan; minerales, también de la cordillera y de las sierras de Córdoba, donde el oro, la plata y el cobre abundan, y esperan por algún intrépido minero.

 

PAISAJE PAMPEANO

Las pasturas que atravesamos ese día son de las más ricas de la provincia. Aquí les presento una típica vista de la campiña como la vimos cuando desatamos nuestros caballos y los dejamos descansar y vagar durante el mediodía. Primero, ante nosotros, se extendía la fangosa huella de las tropillas, una línea oscura a través de las hierbas relucientes. Atravesada, yacía una enorme y tosca rueda de nogal de algún carro desvencijado; eran frecuentes las osamentas de ganado y, un poco más allá, podíamos ver una multitud de buitres sarnosos alimentándose de los restos de un caballo. En las entradas de las innumerables cuevas de vizcacha, entre calabazas silvestres, sentados, pestañeando solemnemente, los búhos grises, generalmente de a pares, sociables. ¿Por qué, a propósito de esto, las vizcachas siempre ponen calabazas y búhos en las puertas de sus casas?

Mirando un poco más allá distinguimos a un costado la franja plateada de una laguna a más o menos una legua, con muchas vacas y caballos—también numerosos chorlitos; la hierba en sus alrededores no era amarilla y quemada como en otros lugares, sino verde intenso. Más allá, muy a lo lejos, se extendía el continuo horizonte de la llanura, una larga línea de humo brotando de un punto, evidencia que algunas leguas de campo estaban en llamas.

Volteando hacia la otra dirección podíamos percibir algunas tímidas gamas, el ciervo de las pampas, jugando bajo la sombra de un ombú solitario; más allá, sobre el horizonte, el mar ondulante de los espejismos y dos altas columnas que parecían unas oscuras trombas marinas contra el brillo del cielo—dos remolinos de polvo que se desvanecieron tan repentinamente como aparecieron. Una extraña solemnidad, estas pampas solitarias; silenciosa, también, excepto por el sonido del viento seco del norte que susurra en el pasto.

*

Edward Frederick Knight nació en Inglaterra el 23 de abril de 1852. Estudió abogacía en Cambridge. Se lo conoce principalmente por sus trabajos como corresponsal de guerra para los periódicos Morning Post y The Times.

A los 26 años recorrió a pie, junto a tres amigos, Albania y Montenegro. Dos años después emprendió su viaje, a bordo de su yate Falcon, en dirección al Río de la Plata y sus afluentes. La crónica de ese viaje dio como resultado el libro The Cruise of the Falcon.

En 1889 realizó un segundo viaje a Sudamérica en busca de tesoros, puntualmente a las islas brasileras Trinidad y Martín Vaz. Esta experiencia se encuentra recogida en su libro The Cruise of the Alerte.

Al año siguiente se encontraba explorando el Himalaya con el fin de recabar material para su obra Where Three Empires Meet, cuando se vio involucrado en la campaña británica contra los Estados de Hunza y Nagar, en la actual Pakistán. Fue nombrado oficial a cargo de tropas nativas y actuó al mismo tiempo como reportero para The Times.

Durante de la década de 1890 su actividad como corresponsal de guerra fue permanente. Estuvo presente en muchos de los numerosos conflictos bélicos que se dieron durante el cambio de siglo entre potencias imperialistas y sus colonias, como el ataque francés a Madagascar (1895), la Campaña del Sudán (1896-1898), la Guerra greco-turca (1897) y la Guerra hispano-estadounidense (1898).

A los 48 años, mientras cubría la Segunda Guerra de los Bóer en Sudáfrica, fue gravemente herido en un brazo y poco tiempo después se le tuvo que amputar a la altura del hombro. Sus últimos reportes, después de recuperarse, fueron los de la Guerra ruso-japonesa (1905) —durante la cual el New York Times, habiéndolo dado por muerto, publicó un prematuro obituario— y el conflicto turco de 1908.

Luego de un largo retiro, falleció en Inglaterra el 3 de julio de 1925

 

Retrato de E. F. Knight, sin su brazo derecho, perdido como consecuencia de una herida en la Segunda Guerra de los Bóer.

 

Para conseguir un ejemplar de Las pampas, de E. F. Knight, pueden escribir a ernoino@gmail.com.

En los siguientes links pueden descargar de forma gratuita los dos tomos en inglés de The Cruise of the Falcon:

Tomo 1: https://archive.org/details/cruisefalconavo01kniggoog

Tomo 2: https://archive.org/details/cruisefalconavo00kniggoog

 

[1] “¡Me agarró otra vez!”, refiriéndose probablemente a las alucinaciones del delirium tremens.

 

Imagen: Ernesto Inouye

 

noviembre 2020 | Revista El Cocodrilo   

 

TRADUCCIONES

EXAMINAR Y ORDENAR, DE THIAGO SUSÁN

El mundo deseado es, a partir de esta época, una isla.
Ernst Bloch

Algunos internos dicen que estar adentro o estar afuera es más o menos lo mismo. Creo que en algo aciertan. Me creció el pelo y la barba, se me doró la piel por la exposición al sol y comí las dos comidas del día. Casi igual que afuera. Al principio sentí una innegable rareza. Recorría los pasillos en la medida en que podía y trataba de encontrar partículas o rasgos del ambiente que me hicieran creer en algún sentido de la existencia, también en la medida en que podía. Igual que afuera. Determiné, el primer día, negarme a establecer todo tipo de comparación, incluso la más mínima, con el afuera, a fines de no sentir, si es que las condiciones se daban para que así lo sintiera, ninguna disrupción radical que pudiese hacerme caer en un angustioso estado reflexivo. El primer paso sería, deduje, abandonar la búsqueda del sentido de existencia, porque se trataría, llanamente, de una operación de contraste. La idea fue naturalizar el adentro, forzar la naturalidad del adentro, al menos por un tiempo, por unos días, para evitar todo tipo de comparación que me hiciera sucumbir bajo el contraste, todo en la medida en que podía. El primer día, el primerísimo, salí a recorrer los pasillos y encontré un hombre muerto, debajo de una ventana y bañado de sol. No era la primera vez que veía un cadáver. Sentí, como creí natural sentir, curiosidad por saber quién era, por acercarme, pero determiné no hacerlo puesto que eso, acercarme a reconocer un cadáver echado en el piso y disfrutando del sol, sería más bien del orden de lo disruptivo, de la contradicción entre los dos polos que apuntaba a entremezclar, a fines de no caer, y todo en la medida en que podía.

Imagen: Gianna Luppi

Me era evidente, teniendo en cuenta lo que había observado en los primeros momentos experimentados adentro, que debía mancharme lo más rápido posible del medio en que me movía. Establecer puntos de contacto y generar lazos, relaciones, aproximaciones. Muy pronto y en gran medida, haber tomado esa decisión comenzó a alegrarme, palabra que excluí inmediatamente de mi vocabulario mental al considerar que alegrarme por una decisión forzada no conduciría, de ninguna manera, a lograr el trayecto de ruta que había trazado para no recaer en el pozo, porque estaría aceptando, y eso no lo quería, un contraste entre mi estado inicial y mi estado reciente. Decidí que lo mejor sería naturalizarlo y transitar el cambio gradual que me conduciría, al menos por un tiempo, por unos días, y en la medida en que podía. Mi hábito era moverme de mi habitación en dirección al hall común, y del hall común por el pasillo en que recayera el sol, según el momento del día en que lo transite, a mi habitación, haciendo una parada en la ventana porque necesitaba, a veces más y a veces menos, una ventana. Claro que el primer, el primerísimo día determiné el hábito. Lo determiné apenas llegué porque determinar un hábito, en el común sentido en que la gente fija los hábitos, implicaría un lapso de tiempo, creo que de mínimo tres días, de repetición. Yo lo hice antes de empezar porque no tenía escapatoria, porque era necesario, porque mi condición básica de existencia no podría desarrollarse en una línea en ascenso, curva u ondulante, sino que tenía que moverme, única e ineludiblemente, así como naturalmente, en línea recta. Acomodé entonces la habitación y fue hábito, recorrí el primer pasillo y fue hábito, y todo cuanto hube de hacer ese primer día fue, quizá, el hábito más severo al que jamás me hubiese sometido. Lo duro, que no fue duro porque determiné, al momento de captar la particularidad (así comencé a llamar a los sucesos potencialmente disruptivos), que no podía ser duro debido al riesgo de la disrupción y del contraste, fue toparme con el cadáver. No me acerqué, pero temí que lo habitual de mi rutina terminara por coincidir con lo habitual del medio, y en consecuencia volver a toparme con el cuerpo. Sea como fuere, la determinación era obvia, y puede que también hábito; no caer en la premonición de una desgracia, so pena de alterar mi estado de ánimo y verme inundado por el miedo, que desembocaría frágilmente en la angustia, de la cual rehuía incansablemente, por unos días y en la medida en que podía.

El primer mediodía, el mediodía, comenzó mi dieta, que estrictamente no comenzó, sino que más bien continuó, y temí, o más bien encontré una particularidad en la posibilidad de verme rebasado por el estricto régimen alimenticio. Pero, para mi tranquilidad, confirmé de inmediato que el problema estaba resuelto de cuajo, porque me veía en la necesidad, en la natural necesidad de suprimir el concepto mismo de dieta, al menos en su sentido tradicional, porque de no hacerlo supondría una disrupción que recaería en una comparación, en un contraste y en la angustia. Lo que había sido mi dieta pasó entonces a ser parte del adentro, de la naturalidad del adentro, y en contra de mi entendimiento y mi razón, y de cualquier estado activo que pudiera sugerir mi presencia como interno, prosiguió.

Imagen: Gianna Luppi

La primera tarde, o más bien la tarde, transcurrió amena, o simplemente transcurrió, y ninguna inclinación interpretativa me hizo apreciar peculiarmente algún suceso. De mi habitación al hall común, y del hall común, por el pasillo en que recayera el sol, según el momento del día en que lo transite, a mi habitación, haciendo una parada en la ventana. Una, dos, tres veces, quizás más, lo que a partir de determinado momento no importaría, porque determiné que contar, el mismo hecho de enumerar la cantidad de idas y venidas, de recorridas y detenimientos, era en sí una operación contrastiva, porque tres veces no eran dos, cuatro no eran tres, tres no eran cuatro y las tres veces eran más próximas que las cuatro, en sentido temporal, al afuera, y las cuatro más próximas, también en sentido temporal, a la adaptación profunda en el adentro. Determiné entonces que las idas y venidas, simplemente, transcurrieron. Y como transcurrieron las idas y venidas, transcurrió también el día, de pronto fue de noche y determiné que, pese a la búsqueda, hasta ahora triunfante, de la neutralidad contrastiva, era tarea inútil y de persona desquiciada querer aplicar el mismo procedimiento a los fenómenos naturales, a las particularidades de los fenómenos naturales. Enlisté entonces esta serie de particularidades que no deberían ser sometidas a ningún tipo de vigilia y que podrían desenvolverse aun en sus variaciones: fenómenos orgánicos y la cambiante naturaleza del medio. Sucedió la noche, la particularidad de la noche, y acepté, habitualmente, que oscurecía, y creí natural aceptar, también, que el sueño sobrevendría y que, después de cenar, de continuar la dieta, debería acostarme, dormir, en la medida en que podía.

Desperté, como suelo despertar, temprano, dispuesto a proseguir el transcurso de la mañana, a mezclarme con él, en la medida en que podía. De mi habitación al hall, del hall a mi habitación, transcurriendo planamente en la plenitud de la mañana y plenamente en su planitud. Entre medio, el pasillo, la ventana, un hombre muerto bajo el sol. El sol brillaba.

 

Thiago Susán nació en Pergamino, Buenos Aires, en 1998. Estudia Letras en la UNR. Escribe poesía, a veces narrativa. Es músico.

 

octubre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

TEXTOS

CINCO POEMAS DE LEANDRO DIEGO

#50

quizás
si la tierra no hubiera hecho sus pliegues naturales
si el clima no hubiese sido como el de Corrientes
si no existiera un establecimiento llamado Las Marías…

usted sabe:
Taragüi
es el sabor
que no cambia

 

#2

si le fuera posible desear
desearía ser el pibe
que está abajo de la Panamericana
en medio de la noche
y del frío

calentándose las manos
en un tacho de lata:

brasas de cartón, ramas
un cajón de verduras
húmedo
y la hojarasca que
todavía
crepita

la campera azul,
el zumbido de las moscas que
–depende del viento–
a veces se escucha
y a veces no;
como el aliento
entrecortado
de dos o tres boludos
que pintan una frase
en la pared de la concesionaria

no la frase
la pana es del cole
porque esa ya estaba escrita de antes
días, meses: años
no
los boludos –dos, tres–
pintan una frase en la pared de la concesionaria
mientras el pibe arrima las manos al tacho de lata
y las frota
hasta sentir el repliegue de los pelitos de los brazos
el olor a pelo quemado que,
atrás de la ventana,
se linkea con otro que está allá
en un antes de la cocina,
cuando la madre quemaba el pelo del cuero
de las alitas en la hornalla
antes de meterlas a la olla
para cocerlas con arroz, cebolla y,
cuando había,
morrón

 

Imagen: Gianna Luppi

#3

el blend que emerge del tacho le trae
de pronto
la ansiedad de una nada que no tuvo:
porque siempre tuvo
algo,
por lo menos arroz con alitas
como le decía la madre
al guiso menemista
algo, siempre
y no nada
nunca

nunca una nada como la que allá,
abajo,
le toca la nuca al pibe,
asediado
por el futuro breve que le imponen otros
los dolientes
los que en pocos años
sitiaron –no, ya,
la cuadra, el ghetto,
el barrio
sino– la ciudad toda
entera
cercándola en corro para no dejar salir al tiempo

pero hoy van a querer empujarlo
al tiempo
van a querer empujarlo
para que pase más rápido
y traiga las cosas que perdieron;
para que pase más rápido
y se lleve, otra vez, las cosas de los otros
o mejor
van a empujarlo para que
directamente
–si el contexto ayuda–
se lleve a los otros

y quién pudiera
entonces
aferrarse
–no a las cosas, no al fuego
ni al tacho
de lata–
sino al humo contenido
de un cigarrillo
fumado precisamente para verlo
al humo
para sentirlo
al humo
para largarlo, despacito, por la nariz
y mirar cómo se lleva
y cómo trae
una frase que –todavía–
los boludos –dos, tres–
no escribieron

para largarlo, fuerte, por la boca
y mirar cómo se lleva
y cómo trae, también,
al pibe que se quema los pelitos en el tacho de lata

para tragarlo y ya no ver
ni sentir
nada

para dejarse llevar, dejarse traer

para irse
y en la fuga de la nada
hacerse uno con las cosas

para irse
y en el saba de la especie
volverse parte de la roña

 

Imagen: Gianna Luppi

#41

negro
negro, negro
blanco
blanco, blanco

piano tatuado en pierna desnuda de mujer blanca

golosinas emergiendo de tablero baldosal

y chocolate,
solidificándose
en galleta interracial

el alfajor… es Bagley

 

#70

en el departamento tercermundista,
cosas:
un cenicero
un colchón
papeles sueltos con frases rotas
y él
pensando que el gordo,
abajo, pidiendo,
doliendo con los que se aferran a las ausencias
para extraerles un culpable,
la está pifiando feo

cualquiera que pida una cabeza

escribe en su cuaderno Moleskine®
no es más que un restaurador
escribe
alguien que exige la vuelta del orden
y la tradición
como vendetta racial
escribe
pero no, gordo:
ya no hay pampa, ni vino
escribe
ni, mucho menos,
flan

 

*Los cinco poemas forman parte del libro Monoimi, que próximamente publicará añosluz editora

 

Leandro Diego nació en 1984 en la Ciudad de Buenos Aires, donde vive y trabaja. Es periodista –licenciado por el Instituto Grafotécnico– y escritor de narrativa y poesía. Publicó Restos Nocturnos (cuentos, Editorial Galmort, 2011), Trece (poesía, autoedición, 2016) y Monoimi (añosluz Editora, 2020). Escribe sobre literatura argentina en Zigurat, y sobre arte y cultura en Centro Hausa y otros medios.

 

octubre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

POEMAS

NO ES UN RÍO, POR MARCELA ALEMANDI

 

No es un río
Selva Almada
Literatura Random House
2020
137 páginas

El agua tiene códigos, reglas no escritas que no deben romperse. Cualquier marinero, cualquier pescador lo sabe. Quien ha crecido al arrullo de la corriente del río, o quien navega los mares, lo sabe. Sabe que al agua se la respeta, porque puede ser amiga y compañera, pero también puede ser una maldición y una tumba.

En La balada del viejo marinero, Samuel Taylor Coleridge narra las desventuras del marinero que no respetó ese código y que cometió un crimen innecesario: matar porque sí, matar un albatros, el ave que es señal de buenos augurios en el mar. Ese pecado desata una serie de desgracias naturales y sobrenaturales sobre la tripulación, la cual obliga al marinero a colgar al albatros muerto de su cuello, como castigo. A lo largo del poema, los marineros no solo deben enfrentarse con la tempestad sino también con la muerte, que se gana el alma del marinero en una partida de dados. Finalmente, el marinero que cometió el crimen logra liberarse de la maldición, pero le queda la penitencia de tener que contar su historia allí adonde vaya.

En No es un río, la última novela de la escritora entrerriana Selva Almada, que cierra su llamada “trilogía de varones” (inaugurada con El viento que arrasa en 2012 y seguida inmediatamente por Ladrilleros en 2013) hay también una muerte innecesaria: Enero y el Negro, los amigos, se van de pesca con Tilo, hijo de Eusebio, el amigo muerto, y pescan (matan) una raya, una magnífica raya con la que luchan durante horas hasta arrancársela al río y liquidarla de tres tiros. No uno, tres. 

“Me engolosiné”, dirá Enero un rato más tarde ante la pregunta de Aguirre, habitante de la isla, sobre el porqué de los tres tiros. “Hay que tener cuidado… con engolosinarse” será la respuesta del isleño, con sorna aparente pero bronca soterrada por esa brutalidad, por esa ruptura de las reglas del agua que cometen ellos, los foráneos, los que llegaron con el bote nuevo y no pertenecen a la isla, ni al monte, ni al río. 

La balada del viejo marinero tiene los escarceos con la muerte y la presencia de la naturaleza que caracterizaron a los románticos ingleses: lo sobrenatural, lo extraño, el coqueteo con el más allá. Incluso, años después, Mary Shelley la retoma y menciona en su Frankenstein, donde también el ir en contra de las reglas naturales y en contra de la misma muerte se paga caro. En el ambiente de la isla, en la novela de Almada, flota, definido, indudable, el mismo aire ominoso que en los poemas románticos y en las novelas góticas. Los escenarios son otros, las personas, el lenguaje, el clima, todo es otra cosa, pero ahí está lo inquietante, con su presencia pegajosa, signando el destino de los personajes.

Quien haya crecido, dijimos, cerca del río conoce de sus vaivenes. Quien haya crecido cerca del monte, cerca de la isla, sabe de sus bienvenidas y sus expulsiones. En la novela, los árboles, la arena, los pequeños animales e insectos tienen una presencia tan rotunda como los personajes y sus historias, sus pequeñas alegrías, sus anhelos, sus miedos y sus inconfesables remordimientos. Las descripciones son exquisitas, minuciosas, precisas. Podemos escuchar el crepitar de los grillos y las ranitas a la noche, el zumbido torturante de los miles de mosquitos al caer la tarde, sentir el pegote de la humedad que persiste aunque caiga el sol, el vaivén del agua marrón bajo el bote, la frescura de la cerveza suave y ligera que aplaca el calor de la siesta. Hasta el olor del enorme bicho muerto, que empieza a apestar, colgado de un árbol, donde lo han dejado después de matarlo: “El cuero está seco y tirante. La carne del animal está tibia. La huele. Tiene olor a barro. A río. Cierra los ojos y sigue olfateando. Más atrás de esos olores empieza otro que no le gusta”.

En la Antigua Grecia, la desmesura, la hybris, consistía en la transgresión, por parte de los hombres, de los límites impuestos por los dioses. La medida, la mesura, el “no ser ni más ni menos que el hombre”, era un concepto moral de la máxima importancia. No existía el pecado, pero sí la falta. El hombre no podía ser menos (un animal) pero, sobre todo, tampoco más (un dios). La vida, la gratuita muerte, la venganza, eran asuntos de los dioses. La desmesura humana, contra los de su especie pero también contra la naturaleza, es castigada de diversas maneras en las tragedias griegas así como en la poesía romántica o en la novela gótica. El marinero es castigado, Frankenstein es castigado. Desafiar las leyes naturales, o la muerte sin un porqué, la muerte innecesaria, desata tempestades vengativas o maldades sutiles, situaciones inquietantes, susurros humanos, animales o vegetales que no auguran nada bueno para los transgresores, los desmesurados.

“¡Quién les dio permiso!
No era una raya. Era esa raya. Una bicha hermosa, toda desplegada en el barro del fondo, habrá brillado blanca como una novia en la profundidad sin luz. Echada en el limo o planeando con sus tules, magnolia del agua, buscando comida, persiguiendo la transparencia de las larvas, las esqueléticas raíces. Los anzuelos enganchados en sus bordes, el tironeo de toda la tarde hasta darse por vencida. Los tiros. Arrancada al río para devolvérsela después.
Muerta.”

En la niebla ominosa del amanecer isleño, en la cerrazón susurradora del monte, del barro, de las muertes que no debieron ocurrir, está enhebrada la desmesura, la hybris, la muerte inútil del animal del agua. Almada nos hace girar y girar en torno a esa inquietud, a esas personas, a ese monte y a ese río. El cauce de la historia nos lleva, el monte nos recibe, inquietante, la isla, sus habitantes y también quienes la visitan (¿la usurpan?), todos dejan ver algo de su alma en la narración. No siempre son bellos, no siempre son buenos, pero, así como el viejo marinero, tal vez puedan, al final, pagar, penar y hasta redimirse.

 

octubre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

RESEÑAS

NADIE LE DEJA FLORES A KALASHNIKOV, POR ÉRICA BRASCA

Un fragmento de un álbum-diario de Moscú

 

 

Érica Brasca nació en Cañada de Gómez en 1990. Desde 2009 vive en la ciudad de Rosario, donde estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Publicó la traducción de No sé por qué todos piensan que soy un genio… de Daniil Jarms (Ivan Rosado, 2019) y, en colaboración con Ernesto Inouye y Bernardo Orge, Archivo Mikielievich. Obras y colecciones (EMR, 2019).

 

octubre 2020 | Revista El Cocodrilo

TEXTOS

CINCO POEMAS DE SANTIAGO HERNÁNDEZ APARICIO

Ingrid Thulin

Callamos para fingir que el silencio esconde algo, pero no esconde nada, y por eso hablamos para fingir que el sonido tapa voces, pero no tapa nada, y por eso…
La lengua que llevamos en la boca es intraducible.

 

Ahora sin sueños

I
Vino nuevo en odres viejos,
la danza de tu vida cede.

Un solo camino cada vez es distinto
y a lo continuo lo tapa la sombra que el tiempo no mira.
La perspectiva para mirar aleja de ahí tus manos
que hacen tu suerte mientras duermen.

El alma por caminos blancos de luna,
espejás lo que no sentís para reforzarlo,
anidás en la intimidad del pájaro que no sos.

¿Es cómoda la habitación del viento?
¿Y la evidencia extrema de la luz
es visible?

II
La estrechez de la herida
abriga un eco a la salida.

El silencio en el cuarto
pinta la casa de blanco.

La lira de los demonios
infunde rojo en el odio.

El asado de San Lorenzo
reza con humo en el viento.

El pájaro en el retiro
olvida un ojo en el nido
que el león comenzó a segar
hacia una heráldica musical.

Triunfa la vida, cincha la rima
porque bailar.

 

Apatía y síndrome de Stendhal

Que la quietud es la madre del movimiento
es algo que aguantabas pensando en las ganas
de patear la pelota con los demás una tarde definida.
Advino el Juicio en el sueño donde tu cuerpo oculto
de las miradas con peluca en el cubículo de un baño
supo que los átomos son pesados y muy sensuales.

La tarde que no fuiste ciego, cuando ganaste la pelota
y la profesora de educación física muy fuerte gritó que aparecías,
sentiste vergüenza para cultivar el ojo de la mente.

La poesía te acompaña
desde entonces a cualquier lado,
pero se queda mirando.

La antigüedad llena de polvo en un estante,
¿quién responde por un destrozo de alas imaginadas?

 

Matthias & Maxime

Carta sin destinatario
ni dirección ni destino,
es signo enloquecido
que aprisiona en los labios
del jeroglifo el glosario.
Cara y cruz desasidas
asilan llama unitiva:
si el interior se conocen
los amigos en el goce,
sutura será la herida.

 

Viaje a la semilla 

Voy a mudarme a la zona sur de la ciudad donde vivo, decisión que aparentemente tomé sin mucho detenerme, pues apenas comienzo a divagar observando las escenas que pasan a través de la ventanilla del auto que me lleva a destino, se apodera de mí una sensación creciente de incomodidad. El barrio queda lejos y no voy a poder ir en bicicleta o a pie a visitar a mis amigos. Voy a tener que tomarme un colectivo o dos —ni siquiera calculé distancias—  para hacer trámites en el centro y le temo a la soledad. Advierto que el piloto es Cecilia, una amiga de mi vieja, que además era nuestra vecina en Limache. A su lado, en el asiento del copiloto, mi madre. Atravesamos la avenida de lo que ahora reconozco como el barrio de mi infancia, pasamos un colectivo y comenzamos a internarnos en una región pantanosa por un camino de tierra. Hay niebla. Tengo frío. Alguna vez escuché que las calles no pavimentadas del barrio estaban llenas de pequeñas piedras porque los ríos de la prehistoria habían erosionado el suelo durante mucho tiempo. A estas alturas ya estoy hecho una bolita abrazándome las rodillas bajo una manta. Mi madre da vuelta la cabeza y me dice: “A estas alturas tu papá ya debe andar por Berlín”. Entonces pienso que mi padre murió hace tres años, pienso que en Berlín fui feliz, pero que lamentablemente no hay llamada ni carta ni conexión que ese hombre del pasado, en una ciudad lejana, pueda establecer conmigo aquí y ahora, y lloro desconsoladamente mientras manos dulces me suben el cuello del abrigo para que hiele.

 

Santiago Hernández Aparicio nació en Salta en 1990. Escribe y trabaja en Rosario, donde estudió Letras en la UNR. Publicó Sermón del tiempo (Baltasara, 2017).

 

septiembre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

POEMAS

CINCO POEMAS DE OLIVIA MILBERG

unos ojos soñadores,
además otros primores
que producen sensación.

Ivo Pelay y Tita Merello


Gato por liebre

De a poco pierdo la vista y no creo
que esté aumentando mi intuición.
Si una mancha marrón se mueve
en Buenos Aires es un gato
y en Hudson, una liebre.
Pero dudo.
Ese es el mayor beneficio
que obtengo de la miopía.


Amor a primera vista

A través de los cristales
el mundo se vuelve filoso.
Una vez me enamoré
de una mujer que caminaba
sobre la superficie
del agua, como un fantasma
o una virgen aparecida
en el Carapachay.
Los anteojos convirtieron
a la mujer en piedras,
al amor en nada.



La miopía es una voz humilde

Tienen voz y no palabras
los perros, el tabaco, los ríos.
Los ojos hablan con voz clara.
Los míos no están interesados
en grandes extensiones de tierra,
dicen que el infinito se guarda
en un perro, en el tabaco, en el río.

 

Invierno

No le queda ni una hoja
al palo borracho.
Bien miradas, las ramas
parecen rajaduras
del cielo.


Nocturno sin anteojos

Tiemblan la luna y su fantasma.
Las letras en los carteles
engordan como hongos del pan,
no dicen nada, descansan.
Me doy cuenta de mi altura
porque no llego a ver nítidos mis pies.
Las zapatillas continúan en las baldosas
que continúan en el cantero
donde crece el palo borracho.
Si un perro me atacara, no podría
distinguir su boca de mi cuerpo.

 

 

Olivia Milberg nació en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en 1992. Realizó estudios de música y canto. Estudia Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes. Sus poemas fueron publicados en LADO TIERRA (No es como una rubia en el avión, 2018), Celofán 2, antología de poetas jóvenes (La carretilla roja, 2019), Les poetas, Premio Poesía Bienal Arte Joven 2019 (Gog & Magog, 2019), Hablar de Poesía #39 (Audisea, 2019) y varias revistas digitales y blogs literarios. En 2019 publicó el poemario Lobo de mar (añosluz editora). Produce el ciclo No es como una rubia en el avión, del cual realiza el diseño editorial.

septiembre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

POEMAS