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CINCO POEMAS DE LEANDRO DIEGO

#50

quizás
si la tierra no hubiera hecho sus pliegues naturales
si el clima no hubiese sido como el de Corrientes
si no existiera un establecimiento llamado Las Marías…

usted sabe:
Taragüi
es el sabor
que no cambia

 

#2

si le fuera posible desear
desearía ser el pibe
que está abajo de la Panamericana
en medio de la noche
y del frío

calentándose las manos
en un tacho de lata:

brasas de cartón, ramas
un cajón de verduras
húmedo
y la hojarasca que
todavía
crepita

la campera azul,
el zumbido de las moscas que
–depende del viento–
a veces se escucha
y a veces no;
como el aliento
entrecortado
de dos o tres boludos
que pintan una frase
en la pared de la concesionaria

no la frase
la pana es del cole
porque esa ya estaba escrita de antes
días, meses: años
no
los boludos –dos, tres–
pintan una frase en la pared de la concesionaria
mientras el pibe arrima las manos al tacho de lata
y las frota
hasta sentir el repliegue de los pelitos de los brazos
el olor a pelo quemado que,
atrás de la ventana,
se linkea con otro que está allá
en un antes de la cocina,
cuando la madre quemaba el pelo del cuero
de las alitas en la hornalla
antes de meterlas a la olla
para cocerlas con arroz, cebolla y,
cuando había,
morrón

 

Imagen: Gianna Luppi

#3

el blend que emerge del tacho le trae
de pronto
la ansiedad de una nada que no tuvo:
porque siempre tuvo
algo,
por lo menos arroz con alitas
como le decía la madre
al guiso menemista
algo, siempre
y no nada
nunca

nunca una nada como la que allá,
abajo,
le toca la nuca al pibe,
asediado
por el futuro breve que le imponen otros
los dolientes
los que en pocos años
sitiaron –no, ya,
la cuadra, el ghetto,
el barrio
sino– la ciudad toda
entera
cercándola en corro para no dejar salir al tiempo

pero hoy van a querer empujarlo
al tiempo
van a querer empujarlo
para que pase más rápido
y traiga las cosas que perdieron;
para que pase más rápido
y se lleve, otra vez, las cosas de los otros
o mejor
van a empujarlo para que
directamente
–si el contexto ayuda–
se lleve a los otros

y quién pudiera
entonces
aferrarse
–no a las cosas, no al fuego
ni al tacho
de lata–
sino al humo contenido
de un cigarrillo
fumado precisamente para verlo
al humo
para sentirlo
al humo
para largarlo, despacito, por la nariz
y mirar cómo se lleva
y cómo trae
una frase que –todavía–
los boludos –dos, tres–
no escribieron

para largarlo, fuerte, por la boca
y mirar cómo se lleva
y cómo trae, también,
al pibe que se quema los pelitos en el tacho de lata

para tragarlo y ya no ver
ni sentir
nada

para dejarse llevar, dejarse traer

para irse
y en la fuga de la nada
hacerse uno con las cosas

para irse
y en el saba de la especie
volverse parte de la roña

 

Imagen: Gianna Luppi

#41

negro
negro, negro
blanco
blanco, blanco

piano tatuado en pierna desnuda de mujer blanca

golosinas emergiendo de tablero baldosal

y chocolate,
solidificándose
en galleta interracial

el alfajor… es Bagley

 

#70

en el departamento tercermundista,
cosas:
un cenicero
un colchón
papeles sueltos con frases rotas
y él
pensando que el gordo,
abajo, pidiendo,
doliendo con los que se aferran a las ausencias
para extraerles un culpable,
la está pifiando feo

cualquiera que pida una cabeza

escribe en su cuaderno Moleskine®
no es más que un restaurador
escribe
alguien que exige la vuelta del orden
y la tradición
como vendetta racial
escribe
pero no, gordo:
ya no hay pampa, ni vino
escribe
ni, mucho menos,
flan

 

*Los cinco poemas forman parte del libro Monoimi, que próximamente publicará añosluz editora

 

Leandro Diego nació en 1984 en la Ciudad de Buenos Aires, donde vive y trabaja. Es periodista –licenciado por el Instituto Grafotécnico– y escritor de narrativa y poesía. Publicó Restos Nocturnos (cuentos, Editorial Galmort, 2011), Trece (poesía, autoedición, 2016) y Monoimi (añosluz Editora, 2020). Escribe sobre literatura argentina en Zigurat, y sobre arte y cultura en Centro Hausa y otros medios.

 

octubre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

POEMAS

NO ES UN RÍO, POR MARCELA ALEMANDI

 

No es un río
Selva Almada
Literatura Random House
2020
137 páginas

El agua tiene códigos, reglas no escritas que no deben romperse. Cualquier marinero, cualquier pescador lo sabe. Quien ha crecido al arrullo de la corriente del río, o quien navega los mares, lo sabe. Sabe que al agua se la respeta, porque puede ser amiga y compañera, pero también puede ser una maldición y una tumba.

En La balada del viejo marinero, Samuel Taylor Coleridge narra las desventuras del marinero que no respetó ese código y que cometió un crimen innecesario: matar porque sí, matar un albatros, el ave que es señal de buenos augurios en el mar. Ese pecado desata una serie de desgracias naturales y sobrenaturales sobre la tripulación, la cual obliga al marinero a colgar al albatros muerto de su cuello, como castigo. A lo largo del poema, los marineros no solo deben enfrentarse con la tempestad sino también con la muerte, que se gana el alma del marinero en una partida de dados. Finalmente, el marinero que cometió el crimen logra liberarse de la maldición, pero le queda la penitencia de tener que contar su historia allí adonde vaya.

En No es un río, la última novela de la escritora entrerriana Selva Almada, que cierra su llamada “trilogía de varones” (inaugurada con El viento que arrasa en 2012 y seguida inmediatamente por Ladrilleros en 2013) hay también una muerte innecesaria: Enero y el Negro, los amigos, se van de pesca con Tilo, hijo de Eusebio, el amigo muerto, y pescan (matan) una raya, una magnífica raya con la que luchan durante horas hasta arrancársela al río y liquidarla de tres tiros. No uno, tres. 

“Me engolosiné”, dirá Enero un rato más tarde ante la pregunta de Aguirre, habitante de la isla, sobre el porqué de los tres tiros. “Hay que tener cuidado… con engolosinarse” será la respuesta del isleño, con sorna aparente pero bronca soterrada por esa brutalidad, por esa ruptura de las reglas del agua que cometen ellos, los foráneos, los que llegaron con el bote nuevo y no pertenecen a la isla, ni al monte, ni al río. 

La balada del viejo marinero tiene los escarceos con la muerte y la presencia de la naturaleza que caracterizaron a los románticos ingleses: lo sobrenatural, lo extraño, el coqueteo con el más allá. Incluso, años después, Mary Shelley la retoma y menciona en su Frankenstein, donde también el ir en contra de las reglas naturales y en contra de la misma muerte se paga caro. En el ambiente de la isla, en la novela de Almada, flota, definido, indudable, el mismo aire ominoso que en los poemas románticos y en las novelas góticas. Los escenarios son otros, las personas, el lenguaje, el clima, todo es otra cosa, pero ahí está lo inquietante, con su presencia pegajosa, signando el destino de los personajes.

Quien haya crecido, dijimos, cerca del río conoce de sus vaivenes. Quien haya crecido cerca del monte, cerca de la isla, sabe de sus bienvenidas y sus expulsiones. En la novela, los árboles, la arena, los pequeños animales e insectos tienen una presencia tan rotunda como los personajes y sus historias, sus pequeñas alegrías, sus anhelos, sus miedos y sus inconfesables remordimientos. Las descripciones son exquisitas, minuciosas, precisas. Podemos escuchar el crepitar de los grillos y las ranitas a la noche, el zumbido torturante de los miles de mosquitos al caer la tarde, sentir el pegote de la humedad que persiste aunque caiga el sol, el vaivén del agua marrón bajo el bote, la frescura de la cerveza suave y ligera que aplaca el calor de la siesta. Hasta el olor del enorme bicho muerto, que empieza a apestar, colgado de un árbol, donde lo han dejado después de matarlo: “El cuero está seco y tirante. La carne del animal está tibia. La huele. Tiene olor a barro. A río. Cierra los ojos y sigue olfateando. Más atrás de esos olores empieza otro que no le gusta”.

En la Antigua Grecia, la desmesura, la hybris, consistía en la transgresión, por parte de los hombres, de los límites impuestos por los dioses. La medida, la mesura, el “no ser ni más ni menos que el hombre”, era un concepto moral de la máxima importancia. No existía el pecado, pero sí la falta. El hombre no podía ser menos (un animal) pero, sobre todo, tampoco más (un dios). La vida, la gratuita muerte, la venganza, eran asuntos de los dioses. La desmesura humana, contra los de su especie pero también contra la naturaleza, es castigada de diversas maneras en las tragedias griegas así como en la poesía romántica o en la novela gótica. El marinero es castigado, Frankenstein es castigado. Desafiar las leyes naturales, o la muerte sin un porqué, la muerte innecesaria, desata tempestades vengativas o maldades sutiles, situaciones inquietantes, susurros humanos, animales o vegetales que no auguran nada bueno para los transgresores, los desmesurados.

“¡Quién les dio permiso!
No era una raya. Era esa raya. Una bicha hermosa, toda desplegada en el barro del fondo, habrá brillado blanca como una novia en la profundidad sin luz. Echada en el limo o planeando con sus tules, magnolia del agua, buscando comida, persiguiendo la transparencia de las larvas, las esqueléticas raíces. Los anzuelos enganchados en sus bordes, el tironeo de toda la tarde hasta darse por vencida. Los tiros. Arrancada al río para devolvérsela después.
Muerta.”

En la niebla ominosa del amanecer isleño, en la cerrazón susurradora del monte, del barro, de las muertes que no debieron ocurrir, está enhebrada la desmesura, la hybris, la muerte inútil del animal del agua. Almada nos hace girar y girar en torno a esa inquietud, a esas personas, a ese monte y a ese río. El cauce de la historia nos lleva, el monte nos recibe, inquietante, la isla, sus habitantes y también quienes la visitan (¿la usurpan?), todos dejan ver algo de su alma en la narración. No siempre son bellos, no siempre son buenos, pero, así como el viejo marinero, tal vez puedan, al final, pagar, penar y hasta redimirse.

 

octubre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

RESEÑAS

NADIE LE DEJA FLORES A KALASHNIKOV, POR ÉRICA BRASCA

Un fragmento de un álbum-diario de Moscú

 

 

Érica Brasca nació en Cañada de Gómez en 1990. Desde 2009 vive en la ciudad de Rosario, donde estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Publicó la traducción de No sé por qué todos piensan que soy un genio… de Daniil Jarms (Ivan Rosado, 2019) y, en colaboración con Ernesto Inouye y Bernardo Orge, Archivo Mikielievich. Obras y colecciones (EMR, 2019).

 

octubre 2020 | Revista El Cocodrilo

TEXTOS

CINCO POEMAS DE SANTIAGO HERNÁNDEZ APARICIO

Ingrid Thulin

Callamos para fingir que el silencio esconde algo, pero no esconde nada, y por eso hablamos para fingir que el sonido tapa voces, pero no tapa nada, y por eso…
La lengua que llevamos en la boca es intraducible.

 

Ahora sin sueños

I
Vino nuevo en odres viejos,
la danza de tu vida cede.

Un solo camino cada vez es distinto
y a lo continuo lo tapa la sombra que el tiempo no mira.
La perspectiva para mirar aleja de ahí tus manos
que hacen tu suerte mientras duermen.

El alma por caminos blancos de luna,
espejás lo que no sentís para reforzarlo,
anidás en la intimidad del pájaro que no sos.

¿Es cómoda la habitación del viento?
¿Y la evidencia extrema de la luz
es visible?

II
La estrechez de la herida
abriga un eco a la salida.

El silencio en el cuarto
pinta la casa de blanco.

La lira de los demonios
infunde rojo en el odio.

El asado de San Lorenzo
reza con humo en el viento.

El pájaro en el retiro
olvida un ojo en el nido
que el león comenzó a segar
hacia una heráldica musical.

Triunfa la vida, cincha la rima
porque bailar.

 

Apatía y síndrome de Stendhal

Que la quietud es la madre del movimiento
es algo que aguantabas pensando en las ganas
de patear la pelota con los demás una tarde definida.
Advino el Juicio en el sueño donde tu cuerpo oculto
de las miradas con peluca en el cubículo de un baño
supo que los átomos son pesados y muy sensuales.

La tarde que no fuiste ciego, cuando ganaste la pelota
y la profesora de educación física muy fuerte gritó que aparecías,
sentiste vergüenza para cultivar el ojo de la mente.

La poesía te acompaña
desde entonces a cualquier lado,
pero se queda mirando.

La antigüedad llena de polvo en un estante,
¿quién responde por un destrozo de alas imaginadas?

 

Matthias & Maxime

Carta sin destinatario
ni dirección ni destino,
es signo enloquecido
que aprisiona en los labios
del jeroglifo el glosario.
Cara y cruz desasidas
asilan llama unitiva:
si el interior se conocen
los amigos en el goce,
sutura será la herida.

 

Viaje a la semilla 

Voy a mudarme a la zona sur de la ciudad donde vivo, decisión que aparentemente tomé sin mucho detenerme, pues apenas comienzo a divagar observando las escenas que pasan a través de la ventanilla del auto que me lleva a destino, se apodera de mí una sensación creciente de incomodidad. El barrio queda lejos y no voy a poder ir en bicicleta o a pie a visitar a mis amigos. Voy a tener que tomarme un colectivo o dos —ni siquiera calculé distancias—  para hacer trámites en el centro y le temo a la soledad. Advierto que el piloto es Cecilia, una amiga de mi vieja, que además era nuestra vecina en Limache. A su lado, en el asiento del copiloto, mi madre. Atravesamos la avenida de lo que ahora reconozco como el barrio de mi infancia, pasamos un colectivo y comenzamos a internarnos en una región pantanosa por un camino de tierra. Hay niebla. Tengo frío. Alguna vez escuché que las calles no pavimentadas del barrio estaban llenas de pequeñas piedras porque los ríos de la prehistoria habían erosionado el suelo durante mucho tiempo. A estas alturas ya estoy hecho una bolita abrazándome las rodillas bajo una manta. Mi madre da vuelta la cabeza y me dice: “A estas alturas tu papá ya debe andar por Berlín”. Entonces pienso que mi padre murió hace tres años, pienso que en Berlín fui feliz, pero que lamentablemente no hay llamada ni carta ni conexión que ese hombre del pasado, en una ciudad lejana, pueda establecer conmigo aquí y ahora, y lloro desconsoladamente mientras manos dulces me suben el cuello del abrigo para que hiele.

 

Santiago Hernández Aparicio nació en Salta en 1990. Escribe y trabaja en Rosario, donde estudió Letras en la UNR. Publicó Sermón del tiempo (Baltasara, 2017).

 

septiembre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

POEMAS

CINCO POEMAS DE OLIVIA MILBERG

unos ojos soñadores,
además otros primores
que producen sensación.

Ivo Pelay y Tita Merello


Gato por liebre

De a poco pierdo la vista y no creo
que esté aumentando mi intuición.
Si una mancha marrón se mueve
en Buenos Aires es un gato
y en Hudson, una liebre.
Pero dudo.
Ese es el mayor beneficio
que obtengo de la miopía.


Amor a primera vista

A través de los cristales
el mundo se vuelve filoso.
Una vez me enamoré
de una mujer que caminaba
sobre la superficie
del agua, como un fantasma
o una virgen aparecida
en el Carapachay.
Los anteojos convirtieron
a la mujer en piedras,
al amor en nada.



La miopía es una voz humilde

Tienen voz y no palabras
los perros, el tabaco, los ríos.
Los ojos hablan con voz clara.
Los míos no están interesados
en grandes extensiones de tierra,
dicen que el infinito se guarda
en un perro, en el tabaco, en el río.

 

Invierno

No le queda ni una hoja
al palo borracho.
Bien miradas, las ramas
parecen rajaduras
del cielo.


Nocturno sin anteojos

Tiemblan la luna y su fantasma.
Las letras en los carteles
engordan como hongos del pan,
no dicen nada, descansan.
Me doy cuenta de mi altura
porque no llego a ver nítidos mis pies.
Las zapatillas continúan en las baldosas
que continúan en el cantero
donde crece el palo borracho.
Si un perro me atacara, no podría
distinguir su boca de mi cuerpo.

 

 

Olivia Milberg nació en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en 1992. Realizó estudios de música y canto. Estudia Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes. Sus poemas fueron publicados en LADO TIERRA (No es como una rubia en el avión, 2018), Celofán 2, antología de poetas jóvenes (La carretilla roja, 2019), Les poetas, Premio Poesía Bienal Arte Joven 2019 (Gog & Magog, 2019), Hablar de Poesía #39 (Audisea, 2019) y varias revistas digitales y blogs literarios. En 2019 publicó el poemario Lobo de mar (añosluz editora). Produce el ciclo No es como una rubia en el avión, del cual realiza el diseño editorial.

septiembre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

POEMAS

«PARANOIA, UN CANTO» DE STEPHEN KING

Traducción de Marcela Alemandi

Ya no puedo salir.

Hay un hombre de impermeable
en la puerta
fumando un cigarrillo.

Pero

escribí sobre él en mi diario

y los sobres están todos listos,
alineados en la cama,
ensangrentados por el resplandor
del cartel del bar de al lado.

Él sabe que si me muero
(o incluso si desaparezco)
ese diario se difunde y todo el mundo se entera
de que la CIA está en Virginia.

500 sobres comprados en
500 mostradores diferentes
y 500 cuadernos
con 500 páginas cada uno.

Estoy preparado.

Puedo verlo desde aquí.
Su cigarrillo parpadea
por encima del cuello del abrigo
y en algún lugar hay otro hombre en el metro
sentado bajo una publicidad y pensando en mi nombre.

Hay hombres que han hablado de mí en las trastiendas.

Si suena el teléfono, solo escucho un susurro muerto.
En el bar de enfrente, en el baño de hombres
un pequeño revólver ha cambiado de manos.
Cada bala tiene mi nombre.
Mi nombre está escrito en viejos ficheros
y se busca en los diarios de los archivos.

Mi madre ha sido investigada;
gracias a Dios está muerta.

Tienen muestras de mi escritura
y examinan los bucles de las pes
y las cruces de las tes.

Hasta mi hermano está de su lado, ¿te conté?
Su esposa es rusa y él
me insiste con que complete más y más formularios.
Lo tengo todo anotado en mi diario.
Escuchá,
escuchá,
escuchame, por favor:
tenés que escucharme.

Bajo la lluvia, en la parada del colectivo,
cuervos negros con negros paraguas
simulan mirar sus relojes, pero
no está lloviendo. Sus ojos parecen monedas de plata
Algunos son becarios a sueldo del FBI
la mayoría son extranjeros que inundan
nuestras calles. Los engañé,
me bajé del colectivo en la esquina de 25 y Lex
donde un taxista levantó la vista de su periódico y me miró.

En la habitación de arriba, una vieja
puso una ventosa eléctrica en el suelo.
Envía rayos a través de mi cableado
y ahora tengo que escribir en la oscuridad
iluminado por el cartel del bar.
Yo me doy cuenta de todo.

Me mandaron un perro con manchas marrones
y una antenita de radio en la nariz.
Lo ahogué en la bañera y escribí todo
en mi carpeta GAMMA.

Ya no miro el buzón.
Las tarjetas de felicitación son cartas-bomba.

(¡Salí! ¡Por Dios!
No te me acerques. ¡Conozco gente importante!
¡Conozco gente muy importante, te digo!)
El restaurante donde almuerzo tiene micrófonos en el piso,
y la moza me dice que es sal, pero yo conozco el arsénico
cuando lo veo. Y el sabor amarillo de la mostaza
que tapa el olor a almendras amargas.

He visto luces extrañas en el cielo.
Anoche un hombre oscuro sin rostro se arrastró por catorce kilómetros
de alcantarillas hasta asomarse en mi baño, tratando de escuchar
llamadas telefónicas a través de la madera barata, con
auriculares de cromo.
Yo escucho todo, te digo.

Vi las huellas de sus manos embarradas
sobre la porcelana.

¿Te dije que ya no contesto más el teléfono?

Planean inundar la tierra de mierda.
Están planeando invadir las casas.

Tienen médicos
que proponen posiciones sexuales extrañas.
Están haciendo laxantes adictivos
y supositorios que arden.

Saben apagar el sol
con cerbatanas.

Yo me envuelvo en hielo, ¿te conté?
Así evito el alcance de sus rayos infrarrojos.

Conozco cánticos y uso amuletos.
Podés pensar que me agarraste, pero si quiero te destruyo
en cualquier momento.

En cualquier momento.

En cualquier momento.

¿Querés un café, mi amor?

¿Te conté que ya no puedo salir?

Hay un hombre de impermeable
en la puerta.

 

septiembre 2020 | Revista El Cocodrilo   

 

TRADUCCIONES

DOS CUENTOS DE HUGO DÍAZ

 

Autobiografía del silencio*

 

No soy un hombre locuaz. El silencio ha sido, hasta ahora, el mejor aliado para completar a las personas. Las determino con algunas frases que ellas repiten quizá sin darse cuenta. Entonces las completo, las identifico. Y de esa manera las nombro, sin decírselo, por supuesto. En la caja de mi memoria tienen un lugar con una palabra establecida. Se transforman en sujetos. De esta manera reconozco a algunas de las personas que viven en mi edificio. Por ejemplo: Evangélica, mujer enjuta, siempre con el cabello atado y con sus canas montadas en mechones oscuros parecidos a alambres, que forman la estructura ósea de la parte de atrás de su cabeza; vive en el octavo C y los días martes a la mañana la cruzo en el ascensor; la mayoría de las veces termina sus frases con un “si Dios quiere” o “es un buen día, gracias a Dios”. Loro: hombre que siempre conserva su cara lisa, bien rasurada, y el entrecejo junto como tratando de observar algo a la distancia; militar jubilado; del séptimo A; repite dos veces la primera y última palabra de sus oraciones, a entender, “Buen día, buen día. Hoy va a ser un día de mucho calor, sí, sí”. Guasón: muchacho de cerca de los treinta años; trabaja en una inmobiliaria; sexto B; comienza su socialización con bromas de mal gusto e incómodas “¿Se te pegó la almohada? ¿Le estuviste dando duro a la masturba anoche?”, “¡Mire esa, qué culo para los latigazos!”. Cosmética: mujer joven, pelo castaño claro, ojos color almendra, de cadera fuerte que sube despiadadamente hasta formar una delgada cintura; consigo tiene siempre el celular con el cual habla de que está llegando de un centro de estética o yendo; su departamento es el quinto A. También se encuentran los mellizos del cuarto C: Rutinas, me cuesta identificarlos; musculosos, altos, ambos llevan el mismo tatuaje en el hombro derecho, un tribal con forma de león; hablan casi a los gritos como si llevaran auriculares puestos; sus conversaciones giran en torno a los ejercicios que hicieron en el gimnasio y, también, a las rutinas futuras. Yo me encuentro en el noveno A. En el mismo piso, en el C, vive Coger: muchacho joven, delgado, estudiante de enfermería, de aspecto desalineado; su vocablo gira en torno a lo sexual.

A los nombrados los cruzo diariamente en el ascensor.

La última mañana desperté antes de que sonara la alarma de mi teléfono celular. La desactivé y me quedé unos minutos más en la cama. Contemplé los débiles rayos solares que entraban por las rendijas de la persiana, deduje que estaba nublado. Abrí la ventana y comprobé el movimiento de abultadas nubes bajas y grisáceas. Cuando bajé la mirada, vi un manto marrón que cubría todas las calles de la ciudad. El río se había desbordado inundándolo todo. Posiblemente durante la madrugada las sirenas de los bomberos y policías habrían estallado recorriendo cada calle afectada. Yo nada había escuchado. Llamé al trabajo, pero nadie contestó. Solo quedaba esperar.

Rayos enfurecidos atravesaban las espesas nubes, y llegaban a mi ventana con intervalos de diez minutos, luego desaparecían, parecían ser tragados por esas gigantes pompas grises. El tiempo no se sucedía; volvía como esos rayos de sol, al mismo lugar. Entonces escuché fuertes golpes en mi puerta. Imaginé bomberos con rimbombantes cascos amarillos, viniendo a mi rescate. No fue así. Al abrir me sorprendió Loro con su mirada cejijunta. Lo acompañaban como guardaespaldas, los hermanos Rutinas.

—Buenas tardes —mascullé trabajosamente.

Loro explicó con tono grave y cortas pausas, cada tres palabas, que la chica del quinto A había sido víctima de robo e intento de violación.

—Nos reunimos todos en la terraza ahora. ¿Entendió, entendió? —dijo concluyendo.

Busqué un abrigo y los acompañé. En el lugar encontré a todos los que conocía. Evangélica abrazaba y trataba de consolar a Cosmética. Loro esta vez habló para todos los que formábamos un desprolijo círculo.

—A la chica aquí presente, como ya les adelanté a cada uno de ustedes, le violentaron su puerta, extrajeron cosas de valor, y el timador, mal parido, tocó sus partes íntimas. Los gritos de la joven hicieron que huyera. El edificio está aislado por esta podrida inundación, entonces lo único que nos cabe pensar es que fue uno de nosotros el mísero ratero—. Luego de apagar el renaciente murmullo subiendo y bajando las palmas de las manos, continuó: —Sabemos aquí, los hermanos y yo, que el ladrón llevaba un pasamontaña, abrigo negro con capucha y jean también oscuro.

En ese momento todas las miradas cayeron en mí. Mencioné que soy un hombre callado, silencioso, pero lo que no dije fue que también tengo mala suerte. Nací en febrero de año bisiesto, tuve un accidente automovilístico en mi primera cita sexual, jamás gané algo, y en ese momento llevaba puesto un abrigo negro con capucha como la descripción que había hecho Loro repitiendo la última palabra de la oración.

—Qué hiciste al mediodía —interrogó uno de los hermanos con ojos de perro guardián enfurecido.

—Nada —contesté vacilante.

Los Rutinas inflaron el pecho adelantándose a Loro, que miraba impávido, como si este fuera el amo cruel que liberaba a sus bestias asesinas.

—Entregate, lagarto —vociferó Guasón para estímulo de los hermanos que se acercaban rabiosos.

—¿Han perdido el juicio? ¿Porque el hombre lleve un abrigo negro es el culpable? ¿Qué clase de animales los criaron? ¡Están completamente locos! —argumentó Coger con voz firme y llena de cordura.

—¡Claro, Coger! —grité, y un silencio mortuorio se introdujo en esa escena delirante.

En dos segundos estaba cabeza abajo en la cornisa, mi cuerpo se aflojaba mansamente, entregándose al manto marrón que corría por las calles como si fuera un poderoso imán. Pero todavía en ese momento era sostenido por las fuerzas hercúleas de los Rutinas, que me tomaban de las piernas.

Loro se acercó y ordenó que confesara. Mi garganta era oprimida por la sangre y el terror. Entonces sentí la liberación de mis extremos. Todo quedó en un silencio absoluto. Miré sin reservas el sosiego del agua marrón. En el trayecto intenté imaginar los dibujos del espanto en la cara de Cosmética viéndome caer.

 

Biología marina

 

Fue una noche de invierno cuando escuché a mis padres hablar en la habitación sobre mí. Una noche fría, el cielo tenía un trasfondo verde en el cual parecían pegarse las estrellas que eran chiquitas y demasiado aisladas entre sí. Lo recuerdo bien porque después de escucharlos abrí la puerta y salí descalza envuelta con una manta gris. Volví al calor de la casa en el momento en el que empecé a sentir en los pies una especie de picor que se consumía en dolor, llegando hasta mis rodillas. Decían mi nombre como si contemplaran un jardín en plena primavera, pero luego surgía el de mi hermano: Joaquín, arrollando con su silla de ruedas todo lo que encontraba en el espléndido vergel.

Mi hermano, tres años mayor que yo, sufrió una lesión en la médula espinal al poco tiempo de haber nacido. Algo raro, inexplicable, decían los médicos. Tiempo después lo colocaron en una silla de ruedas que manejó perfectamente. Cuando estábamos todos juntos, Joaquín se divertía agitando sus brazos y sonriendo; pero quedando nosotros dos, o él solo en su habitación, podía verlo mugir pensamientos que le llenaban los ojos de una neblina oscura. Puede que estuviera memorizando un futuro quieto en esta casa ya desvencijada y solitaria. Estaba condenado a moverse solo por un suelo firme.

Muchas veces mi madre me preguntó qué deseaba ser de grande, yo declaraba fervientemente que quería estudiar Biología marina; me interesaba todo tipo de vida cerca del mar y sus profundidades. Entonces todos los gestos de su cara se volcaban hacia el entusiasmo y se perdía en una larga sonrisa. Era fácil pedirle su teléfono celular a la hora de siesta y mirar videos sobre diferentes animales que convivían en el mar. En una de los largos documentales descubrí que existían balsas de algas que viajan miles de kilómetros en el mar y servían como refugio y ayuda a la supervivencia de varias especies de animales. Uno de estos animales es la tortuga recién nacida que se enreda en el vegetal para descansar y dejarse llevar por la corriente.

Había días en los que ella me entregaba su celular antes de pedirme que entretuviera a Joaquín dentro de la casa. Los días en los cuales el frío era paulatinamente vencido por el sol de la tarde, y veía a otros chicos en sus bicicletas o caminando en grupo hacía el parque. Le mostraba desde YouTube distintos videos sobre las tortugas marinas. Veíamos cómo una tortuga gigante salía del mar para depositar sus huevos en el hoyo que hacía en la arena. Luego eran más de cien tortugas que parecían brotar de lo más profundo del color cobrizo de la arena al sol. Emergían y trataban de llegar al mar sorteando todos los obstáculos. Después de las complicaciones de salir de las arenas debían esquivar las atemorizantes tenazas de cangrejos y, por aire, a distintas aves que se proyectaban sobre ellas atrapándolas deliberadamente. Y si llegaban al mar puede que las olas las expulsaran quedando boca bajo siendo presa fácil. Antes de que esos animalitos tocaran el agua del mar, veía a mi hermano, con sus ojos bien abiertos levantando levemente sus cejas y sacando la lengua en punta hacia una de sus comisuras como quien está realizando una tarea difícil. Y cuando por fin una de las tantas tortuguitas sobrevivía y nadaba alejándose de la costa, Joaquín imitaba la sonrisa de mi madre por algunos segundos.

A finales de la primavera, un domingo, el cielo se topó con nubarrones que se engrosaban amenazantes. Busqué a mi hermano en su habitación y lo encontré contra la ventana abierta, haciendo gestos ampulosos en cada ráfaga de viento; enseguida entendí que las enfrentaba braceando como un nadador. Igualmente pregunté qué estaba haciendo. Me respondió que había visto algunos nadadores en competencia por televisión y quería ser un nadador profesional o de mar abierto.

Fue fácil entretenerlo los días siguientes con el celular de mi madre. Buscábamos todo lo relacionado con la natación. En estilos le interesaba el crol y mariposa. Al principio veíamos natación para principiantes en piscina y luego videos de nadadores en mar abierto. En esos momentos se concentraba abriendo y dejando sus ojos fijos en la pantalla del teléfono. Parecía comprender su género de vida.

Estoy segura de que mis padres sabían sobre la inquietud de Joaquín, las ganas de estar en contacto con el agua, o de aprender a nadar, porque durante un almuerzo nos anticiparon que iríamos a vacacionar al mar durante el verano.

Recuerdo lo sentido junto a mi hermano con solo mirarnos a los ojos. Esa noticia hizo un efecto de licuación repentina en los días venideros más que una ansiedad del porvenir en nosotros, porque el tiempo pasaba velozmente y no de una manera de horas exactas con promisión de dicha.

Los días terminaban sofocados por el sol. Una de esas noches que enfrentábamos laxas y sin un horario obligatorio para ir a dormir, mi padre nos ordenó que eligiéramos alguna cosa que quisiéramos llevarnos al mar y a acostarnos temprano, al amanecer partiríamos hacia la costa. Lo vi a Joaquín poner en su mochila una gorra de silicona color blanca, unas antiparras y tapones para los oídos.

Después de un largo viaje llegamos al hotel. En una habitación dormiríamos mi hermano y yo y en otra, mis padres. Mi madre entró al cuarto cuando Joaquín no estaba y me dijo qué ponerme para bajar a la playa. Yo no esperaba que hubiera tanta gente con sus reposeras, sombrillas y carpas. Mi padre llevaba en brazos a mi hermano y una sombrilla y mi madre, la silla de ruedas y una conservadora con comida y bebidas. Caminamos hasta encontrar un espacio a casi dos metros de las olas que se arrimaban mansas.

Mi padre dejó a Joaquín en la arena y junto a mi madre empezaron la tarea de desplegar la enorme sombrilla. Desde su lugar, mi hermano hizo señas para que le alcanzara su mochila. Rápidamente lo hice. De ella sacó sus elementos de natación y se los puso. Comenzó a reptar hacia las olas. Lo observé sentada en su silla de ruedas. Esquivó trabajosamente a una pareja que se sacaba selfies. Se detuvo miró el cielo, se secó el sudor de la frente y continuó. Con firmeza venció las primeras olas, llegó hasta la rompiente y se alejó. Entonces mi madre lo vio y reaccionó gritando su nombre. Pero él con los tapones puestos seguramente no la oía. Mientras mi padre corría hacia el guardavida, él con cada braceada, avanzaba más abriendo su boca.

 

*Los dos cuentos pertenecen al libro Lazos brutales, que publicará próximamente Editorial Reloj de Arena, Entre Ríos.

 

Hugo Díaz (Santa Isabel) reside en la ciudad de Rosario. Es profesor de Lengua y Literatura. En el campo literario sus cuentos han obtenido: primer puesto en el concurso anual ICES, Venado Tuerto (2015); primera mención en el concurso nacional “La hora del cuento”, Córdoba; mención especial en el Certamen Nacional Municipal Azul, Buenos Aires; segundo puesto en el concurso de la revista literaria Gambito de Papel, La Plata; finalista del concurso “Un Homenaje, Fabricio Simeoni”, Rosario (2019). En el corriente año sus textos forman parte de las antologías Relatos del mañana (Emporio Ediciones, Córdoba) y Grandes microrrelatos (Editorial Equinoxio, Mendoza); participó en la edición de mayo de la Revista Temporales editada por la MFA de Escritura Creativa en Español de New York University, y recibió tercera mención en el certamen literario nacional “La hora del cuento”, Córdoba. Uno de sus cuentos fue citado en “La escritura santafesina en tiempos de pandemia, virus y cuarentena”, nota del diario Mirador Provincial.

 

Imagen: Eloy Santillán

agosto 2020 | Revista El Cocodrilo


TEXTOS

TRES POEMAS DE DIEGO COLOMBA

En el fondo una metáfora no es una analogía

Nadie más que yo
veía
caer
esos copos
invisibles
de nieve
que tornasolaban
en la tarde

—si papá
los hubiera visto
los habría
señalado
con un dedo—

pero
lo cierto
es
que caían:

fríos
y pesados.

Llevábamos
esa nieve
triste
sobre los hombros.

Esa nieve
era
lo único
sagrado
que podríamos
compartir.

 

Más allá de cualquier inventario

Los habitantes de la casa se han ido a descansar. Nadie, felizmente, te reclama. Podés seguir recostado en el techo de la galería, entre marañas de cables y ramas. Entrever desde allí la lejanía del cielo. Una chispa de vida. Pero hay sombras o pájaros como dioses que hacen crujir las chapas. Y se niegan a dejarte solo.

 

Tanatología

Como quien cuenta a las apuradas la última anécdota
antes de despedirse una compañera de trabajo se refiere
sin ambages al estado terminal de su madre
a la prontitud con que su médico de cabecera se ha sacado
un problema de encima —después de repasar imágenes
incomprensibles con los anteojos de aumento— telefoneando
ante sus mismas narices a una verdadera eminencia en la materia
el responsable de la biopsia que le practican poco después
tras un diagnóstico que explique los repetidos ahogos
y la creciente inapetencia de estos días:
se trata de una perfecta pieza de orfebrería en manos
de una naturaleza hostil que ha sabido urdir tumores
como cuentas de un collar alrededor del estómago.
El cirujano aclara que se ha limitado a limpiar
los intersticios entre una y otra pieza
para hacer de la agonía de su madre un padecimiento
relativamente más humano.
Mi compañera advierte que —contra lo que uno cree—
la intervención ha resultado exitosa
si se considera la falta de dolores o molestias
como un modo razonable de vivir.

 

*Los tres poemas forman parte del nuevo libro de Diego Colomba, El lado de la sombra (Barnacle, Buenos Aires, 2020).

 

Diego Colomba nació en San Nicolás (provincia de Buenos Aires) en 1972 y vive en Rosario desde 1990. Es profesor y licenciado en Letras y doctor en Humanidades. Ha colaborado con reseñas, notas y entrevistas en numerosos medios locales y nacionales. Publicó su tesis doctoral Letras de Rock Argentino (2011) y Mesa de novedades. Poesía y narrativa del presente (2013, premio obra inédita del Concurso Provincial de Ensayo Juan Álvarez 2012), en crítica; Baja tensión (2012, mención en el Premio Municipal de Poesía Felipe Aldana 2011), Desaire (2014), Inmemorial (2015), Chispero (2016), El largo aliento (2016), La hospitalidad del mundo (2017), Papá trajo a casa un Cuatro Ele (2018; Mención Honorífica Premio Provincial de Poesía José Pedroni. Obra Editada, 2019; Mención Honorífica Premios Nacionales en Categoría Poesía 2019, Ministerio de Cultura), Blanco a la cal (2019; Mención Honorífica Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen 2019) y El lado de la sombra (2020) en poesía; y el cuento Platillos volantes (Rosario, Libros Silvestres, 2019). Tiene más de diez libros inéditos de poesía, narrativa y crítica.

 

agosto 2020 | Revista El Cocodrilo

DOS POEMAS DE FLOR INFLOWERLAND

Sin título II

No hace falta que hable de puentes
para que yo los vea. Hace falta
que diga madera, que no diga nada más que madera
y puedo poner la imaginación los clavos
para ver los puentes uniendo oídos y ojos
y el resto de las ciudades intermedias. No hace falta
que hable de las puertas y las ventanas siempre cerradas
o de los festejos quietos, congelados en las fotos,
para que yo sepa de la soledad. Con decir diciembre
sé que está triste. No hace falta que diga.
No hace falta que esté.
No hace falta que nombre. Cuando no dice nada,
todas las palabras son mundos en espera
que se detienen en el borde de su labio.

 

Sin título IV

Y si esta plegaria se cumple,
pero antes chocan tus palabras
con las mías, en algún lugar
entre el cielo
y la mayoría de los infiernos.
¿De quién sería la culpa?
Y entonces, también,
decime: ¿qué tengo que pensar
cuando miro a todos lados y veo
blanco y negro, al mismo tiempo
dentro del giro de trompo que hace
la misma sustancia?
Porque no sé.
¿Vos sabés?
Entonces, decime:
Estas horas inmensas, esta noche perfecta,
esta receta contra la aridez que tienen todas las certezas,
¿es el premio que pedí a mis dioses
o el castigo que mandaron los tuyos?

 

Flor Inflowerland nació en Capitán Bermúdez. De profesión docente, actualmente vive en Rosario. En el año 2014 fue seleccionada para integrar las antologías 150 relatos de Novela Negra (Artgerust, Madrid) y Desde el pago Hernandiano (Márgenes azules, Pehuajó).  Desde el 2014 ha participado con sus textos en las revistas Sapo (Chile), Ciudad Gótica y El Corán y el Termotanque (Rosario). En 2017 fue seleccionada para formar parte de la Antología de la Calle Inclinada (Los Libros de la Calle Inclinada, Rosario). Recibió una Mención Especial en la 1ra y 2da edición del concurso de cuentos “Alma en el aire” (2016 y 2018), organizado por el Honorable Concejo Municipal de Rosario y participó en dichas antologías. En el 2018 fue convocada para ser parte del proyecto “Rosario se lee”, llevado adelante con el apoyo de Espacio Santafesino (Casagrande, Rosario).

agosto 2020 | Revista El Cocodrilo

LA CHIRUSA, DE CAROLINA DIEZ

1

La chirusa se cambió la blusa y volvió a salir. Había algo en la calle, en el asfalto, bajo las tapas de las cañerías que la incitaba a no dejar de traspasar, paso a paso, las huellas de la noche anterior que iban absorbiendo la humedad en su cuadra de tierra. Cuántas serían de ella se preguntaba y hasta reconocía alguna hundida en el suelo inmundo de plástico y latas. Los días grises pensaba en fundirse con la lluvia, como si así pudiese hacerse agua, toda salpicada y empapada la capuchita leve que ocupaba la misma ínfima espacialidad que su persona. La chirusa se levantó la falda y con tres uñas se rascó la nalga. Soberbia, infortunada, sin pausas, cruzó los barrotes torcidos, forjados en ausencia de esmero, no sin mirar atrás. Sobre la mesa había pétalos, tan secos, tan marchitando el tiempo; pudo oler todos los alientos que rozaron el néctar muerto de su inocencia alguna vez, tras alguna verja, buscando salir. Pudo bailar algunas miradas en torno, a través de las entradas y posibles salidas, y divisar fragmentos donde algún resplandor mínimo tal vez se hallase filtrando; medir los ángulos de aproximación más riesgosos y deshacerlos como en pleno partido de algo, de cualquier cosa. El ser humano siempre se las arregla para competir, ya había aprendido eso durante bastante tiempo.

La chirusa se subió la blusa y se miró la panza: algo habrá aquí adentro que tiene magia se dijo mientras disipaba las pelusas y costras de grasa que se le acumulaban en los pliegues del ombligo, casi con desdén se dibujó con el dedo una cara y siguió pensando qué comer. Hacía días no probaba más que los panes de chicharrón que habíanle regalado para soportar Semana Santa. Siempre odió las Pascuas. Miró en derredor y parecían sus ojos no ver la misma plaza, parecía una ilusión la que armó y jugó en su cabeza la princesa del cuento. Toda su espina dorsal se enderezó e incorporó al juego: ahora soy reina, decía, flameando la pollerita descosida, ahora soy dueña, mientras se ataba la remera como pupera. Ahora soy yo y estoy acá, en mi castillo, en mi reino, soy dueña del cielo y sonrió. Tres perros guachos se le dispusieron en torno a modo de séquito y su perorata continuó. Primera ley, no más comer del piso, y los perros se fueron, abandonándola al lado de la hamaca desprendida que colgaba sin gracia. Se abrazó al caño y ahí se quedó, pensando en antes, en la abuela, en las historias de princesas y en que no se la creía más. Todavía pétalos quietos destiñendo el tiempo.

Salió a buscarse una vida, independientemente de que no haya querido encontrarla. Alguna vez su infancia tuvo pétalos y se sintió flor. Todo pasa. Por la cortada los vio venirse encima del pibito de la vuelta. Le iban ajustando el cuchillo en la carne, en el vientre, al costado. La chirusa reprimió el espasmo y siguió andando como aprendió, de muy chica, con las anteojeras imaginarias de las que se usan para los caballos. Le decían puto, putito al oído.

Esa tarde la chirusa tomó, sumisa, la Naranpol temperatura ambiente morfándose los ensayos climáticos y las cortesías del caso. La polaca estaba inmutable y solo abría la boca para corroborar los títulos de pilas de lomos formados en un estante con tono dramático. No eran libros, esta vez se guardó su lengua y no pudo vanagloriarse de sabia entre los necios. Se trataba de ejemplares regrabados y revendidos entre las chapas de ese cementerio apasillado, paso previo a ningún lado, purgatorio amurado y satisfecho. Había películas de yanquilandia, de acción, más que nada porno. También había cumbia, bailable y algunos clásicos locales, la mayoría en mp3. La polaca se colgó perorando sobre Los redondos con uno de ahí, por lo que la chirusa estiró el trago de ferné no sin cierto escozor entre la marcha incesante de pala y aguja.

Más tarde confirmó que allí no había causa suficiente para estar preocupada y que los tipos no iban a ese punto. Solo falopa se repetía para sí, con la voz en su mente emulando a la tía que en realidad era la abuela; la chirusa no entendía bien los vínculos de la parentela.

En cambio, la rapada que se asomó en el fondo, cuando ellas se iban yendo, la morocha surgida del pliegue de cortina rota, mal cosida, de flores grotescas al borde del pasillo y la que vino como brava desde el frente, montando una yegua de chapa y pintura saltada que rugía, sin embargo, hasta pisarlas reverberando, querían bronca. Nada entendían estas mujeres del negocio, para ellas eran hembras frescas al acecho de sus machos; en eterno celo, solo podían percibir en una otra no más que la propia pulsión incansable. Dos millonésimas de segundo necesitaron la polaca y la chirusa para armarse en las mentes la peli de terror que les podía esperar en ese túnel de ladrillos desparejos si no fuera porque iban custodiadas hasta el final por sus huéspedes. Era el pibe del Tano el que venía doblando la esquina mientras una empezaba a cruzar el telón que les hacía de puerta con la moto de dimensiones extraordinarias que a la chirusa, en su trunca erudición personal, le pareció un caballo con armadura medieval. Había tenido oportunidad, ciertas pero no abundantes, de leer algunos ejemplares que, en su mayoría, le habilitaba la polaca adentro de una bolsa con polleras y remeritas para el finde. A veces agregaba alguna carta donde hacía un resumen de la última discusión con su madre o la descripción del último tipo que había visitado su casa, o el dibujo de la pibita que el hermano tenía en esa precisa semana que sería diferente a la de la siguiente; y la verdad que íbamos bien, dijo la polaca cuando tres horas más tarde se subían al bondi que por poco las abandona al destino. Voy a venderla a un lado, dijo acomodándose el corpiño y el elástico de la bombacha al unísono. Al cruzar algún pueblo intercambiaría trasporte, además, para no extrañar, se llevaba a la gata con ella, dijo. Fueron tiempos fríos los de la ida de la pola; nunca más, sabía, abrazaría con tanta intensidad a otra persona. Lloró esa tarde y muchas otras colgada del caño del tapialcito del fondo, mirando el rancherío boca abajo: las chapas sobre el cielo fritando lo de adentro, sus lágrimas nublándole el cuadro, los gritos de fondo, los otros llantos.

No pasó mucho tiempo hasta que la chirusa se dispuso de una vez a entrometerse así, de a de veras, en las cosas necias. La verdad era que la tentación no tenía nombre para ella, era un supuesto, por lo general, ya que ella bien sabía basarse en ellos dadas las coordenadas de existencia. Pasó que empezó a pensar en la existencia, aprendió el arte de la reflexión y sus consecuencias. No alcanza con nuestro baño, con la mierda de los hermanos, con el alcohol barato que cada noche madre se asegura de predestinarle a padre; los blísteres que madre y tía se pasan por las tardes cuando una busca melones de los de oferta y madre sale a hablar con el huevero que, justo, se hace el distraído porque, por atrás, viene un tipo, le da un billete (la chirusa sabe cómo la mano agarra un papel que no es un billete) y el huevero le vende secretamente algo que no es en absoluto un huevo (la chirusa sabe cómo sostienen los huevos los hombres que carecen de ellos); a menos que sea un huevo diminuto, como los que probablemente alguno de los dos lleve puesto. Ahí la chirusa ríe, insolente, ante sus ojos molestos, ante el espectáculo diario de los ritos urbanos de ese pedacito de tierra que alguien habrá querido que fuera habitado pero, ¿por qué? Por qué es que debe contentarse con el riendo nomás sin poder gritarles a todos lo sé, lo sé, los estoy viendo todo el tiempo, noto lo que hacen, desentraño sus mentiras que repiten y repiten como si fuera aire que respiran. Y se calla. Se calla mientras una voz de hombre la amenaza, mientras el cielo parece voltearse a verla caer en las tumbas de un silencio irreparable.

Ya no recuerda ni lo que vio ayer, se miente la chirusa cada noche, se miente una y otra vez en su afán de querer formar parte. ¿Parte de qué? De un microcosmos ficcionado que ya dispuso su suerte, su rótulo y, si es que la identifica, también, su identidad. Le dice la vieja del forraje, a los gritos, cuando pasa, la que es poeta, la descarriada, la rebelde, morirá soltera, dice, la piba esa, morirá en el eco de la calle y los motores incansables, el estruendo infinito del taller de la esquina, los ruidos fungibles del vecindario, del techado, del suburbio completo le harán compañía mientras cruce las calles, sin parar, queriendo que nadie la toque por eso de sentirse humillada nomás. Pero no lo dice con poesía, no, ella lo dice con rabia, con la rabia que le bulle en el lugar donde murieron sus sueños. La chirusa puede sentir el olor a muerto. Y la vieja tose. Y la chirusa le muestra el culo y le dice buenas tardes y la vieja se atora. Y la chirusa ríe mientras la vieja corea un puteo eterno que se apaga hasta volverse un hilo de voz entrando al sueño.

Al toque aparece la primera línea, dijo la pola que un poquito no estaba mal, que iban a empezar de a poco, recuerda, una vez, la primera de las primeras, pero ahora no, ahora de verdad, ahora en serio, las cosas en serio, así se metió. Eso no lo cuenta nunca.

Imagen: Lula Giacosa

2

Trabajar de noche le decía la vieja. Puta y chorra le decía la vieja. Ahora vivía en zona norte. No se veían desde hacía seis años; hablaban por wasap cuando pegaba algún celu. Esa noche había perdido la cuenta. Muchas vueltas, cambió un par de compañeros al azar, antes y durante, entraron y salieron de boliches, barsuchos, bodegones, supermercados chinos que eran más fáciles de robar, ipeefes. Entraron y salieron la noche entera como si la noche se tratara de eso: de horas incansables de agotador esfuerzo por ganar, por ganar tiempo para gastar, por perder tiempo a lo grande, por conseguir lo que el día les privaba al margen de las actividades y de la realidad, pero, a la vez, inmersos en ellas, por haber nacido detrás de unas vías, de los férreos caprichos de una minoría que no lo era en absoluto. Marcados por la inferioridad, marchaban de antro en antro buscando, depredando, desesperando jirones de carne para masticar, un chicle de sangre que estire la palpitación, la dulce melodía del estertor, hasta donde no queden angustias. El lugar vacío, al final del espiral. La chirusa le decía yirar; no les quedaba otra, se decían, es la que va: manotear, aguijonear a los farsantes, a los disfraces, a los ridículos esqueletos desfilando en la peatonal, a los despreciables monigotes intocables al volante, a las cogotudas insolencias que cacarean entre vidrieras. Cómo les partiría el cráneo a todas ellas, el cráneo hueco y agusanado por los productos para el pelo que la pola decía que eran contraproducentes y se hacía baño con mayonesa, o con leche y aceite. Eso cuando la chirusa era mala, pensaba, cuando algo por dentro le gritaba que rompiera huesos… el veneno, el veneno que venía tragando desde chica por herencia de su abuela, por las memorias deformadas de los hijos y los hijos de los nietos y el incesto, y las deformaciones culturales y el abuso de su tía por su abuelo que vio cuando era aún muy chica para comprenderlo, frente al televisor que, a veces, en tardes de lluvia, la tía le invitaba a ver porque tenía ese canal de dibus y ella, su tía (esa forma de preparar el pan con un dulce de leche que no había en casa), lloró, y la chirusa la vio llorar; vio llorar a su tía y se echó hacia atrás, unos pasos, luego más, se fue alejando de aquel olor a pan caliente y de la sombra de su abuelo metiéndose debajo de la pollera y se alejó al tiempo que se hundía por dentro en un pozo inmenso de años de encierro, de entierro prematuro, de tiempo sin historia, la bruma odiosa de quien se ciega, por un rato, porque es necesario, por beldad.

La medialuna se hunde en el líquido marrón de la taza amplia, barata, para aparecer de nuevo chorreando hasta entrar a su boca donde desaparece dejando afuera la cola y retorciéndose por efecto del mordisco. Los ojos de la chirusa buscan al interlocutor sin dejar de notar los anillos de sus manos y la sonrisa dislocada que soporta dignamente la falta de un diente. Esos dientes brillan, piensa la chirusa mientras sorbe el café con leche que le invitó este tipo que sabe bien quién es, pero como tenía hambre, tenía sed, tenía un poco de ganas de ver unos ojos cerca, ver cómo pestañean, ver cómo se encienden y se apagan las miradas en torno y, a raíz de ellas, la suya misma, desayunaba esta mañana con él.

Anduvo yirando toda la noche, aunque dijo que no lo haría más. Iban bien, estuvieron un par de horas piolas pero se peleó con el chino y con el amigo porque se sacaron los cintos de nuevo, como hacen siempre, y corrieron a una pendejada que venía por la cortada, y sacudieron las hebillas de los cueros en los lomos de los otros, y les escupieron también los cuerpos tirados en el suelo y después, recién, les sacaron las zapatillas y encima eran unas mierdas y ella los puteó y ellos le dieron en la pierna, los dos en la misma pierna, los dos a la vez y ella los puteó de nuevo y corrió para atrás y agarró una piedra, y agarró dos, y siguió corriendo entre la maleza de la placita donde también había pañales sueltos y pateó uno mientras los pies iban para atrás y los ojos para el otro lado y ellos se acercaban con la baba hirviendo en la boca.

Era difícil mantenerse lejos de la oscuridad. Estuvo un tiempo limpia pero un tiempo es eso, un fragmento de tiempo, inmedible, un fragmento de tiempo en que pasó mucho de ese tiempo durmiendo. Un tiempo que pasó con la misma indiferencia con que pasa todo el tiempo.

La primera vez que reincidió no se la iba a olvidar nunca: estaba con Luis, que entró al pasillo, lo único abierto esa mañana del día del padre tipo nueve; era de mañana en un lugar donde siempre parecía de noche, anotó en algún lugar, recuerda, en sus memorias quizá, las que quemó, y ahora ve la imagen empañada: ella fumando un pucho porque ni le pintaba, se había pasado la noche jugando a las cartas, es cierto, reincidiendo temprano, la cosa llama a la cosa y así estaba, ahí, festejando un amanecer sin misterios, sin mucho para esperar. Luis desaparece en el agujero de ladrillos, la chirusa ve con la mente cómo buscaba el agujero correcto en la pared repleta de ellos, pero uno solo con los fantasmas detrás. Minuto y veinticuatro segundos: desde la esquina, a diez pasos, gritos de unos que pasan con los que ya estaban. Segundo minuto y trece segundos: las cosas se pudren y ella se pudo explicar más tarde el calambre que se le configuró en el estómago al desplazarse tres pasos para llegar a la conjunción de dos vehículos estacionados y agacharse. Segundo minuto y cuarenta y tres segundos: uno pega un tiro. Vienen los demás, su cuerpo bajo el auto pretende seguir respirando. Tres minutos veinte segundos, Luis sin aparecer, siempre tres minutos, siempre. Respirar. Tercer minuto cincuenta y tres, cierra los ojos. Esperar. Inhalar. Cuarto…

La chirusa irrumpió en el baño cierta tarde, su sombra la esperaba y divagaron unas pestañeadas en azulejos rosáceos hasta que se calmó y, concentrada, vomitó: parecía ya añejo lo que llevaba adentro, parecía viento y, tras culminar el posterior proceso, salió. Depositó un bulto sobre una repisa insolente que atravesaba su mirada. ¿Dónde estoy parada?, preguntó a nadie. En tácita y sabia respuesta se miró los pies roñosos, recónditos, y cuanto más lejos esté yo de ella, mejor, dijo, mejor, porque una vez dormida, una vez dormida la chirusa no soy yo. Salió riendo con un topcito color pastel entre el tumulto anestesiado, arrastraba la bolsa y en el camino casi no lloraba, casi porque a esa altura se trataba de un impulso que no controlaba, a veces ni cuenta se daba, hipnotizada por algún animal muerto en la vereda, se le nublaba la vista y no entendía hasta que se secaba. Si nobles o falsos somos, lo somos en cuerpo y alma; es entonces en cuerpo y alma donde nos dolemos de lo que somos aunque no hacemos.

La mejor parte era despertar, se decía alumbrando algún espectro que no encajaba en el rompecabezas de su infancia. La chirusa no teme a la madrugada excepto entre las cuatro y las cinco, horas en que prefiere andar abrazada. Aunque también supo ser papel picado disperso en el viento de un cumpleaños sin piñata, siempre el mismo, siempre un único recuerdo de cumpleaños sin piñata y mil historias que su imaginario nunca acaba de seguir inventando. Mil ficciones de perfecto cumpleaños, algunos muy pasados, algunos traspasados por otros y asimilados en una misma torta de velas intercambiables con las luces que desde la terraza de la Sole vio esa noche de su cumpleaños, del de la Sole, y no pudo parar de imaginar cumpleaños ajenos. Había festejado más años de los que alcanzaría a cumplir con seguridad desde entonces y le resultaba excelente terapia: había logrado unos festejos maravillosos que podría albergar para toda la eternidad y contarle a su futura descendencia con pasión; sí, tenía mucho más que la Soledad, que ahora ya tenía su novio y se pintaba las uñas sin ensuciarse, y la miraba desde el frente con la toca puesta porque hace poco la hermana le rompió la planchita y no se anima a salir con los rulos porque el Cristian siempre le dijo porra, porrita, desde chiquita y todo el mundo lo sabe porque acá todo el mundo sabe todo.

Entendió una vez que las velas que soplamos en los cumpleaños son un ensayo para la experiencia estertórea, pero no lo pudo decir a nadie porque las palabras a veces no alcanzan.

Imagen: Lula Giacosa

3

Le gustaba romper muñecas. La sensación de que no fueran perfectas la tranquilizaba. También le gustaba arreglarlas. El mejor cumpleaños de la pola fue cuando prendieron fuego las muñecas en el descampado y tuvo que venir la policía por el bardo que armaron las otras. Esa también fue la vez que entendió que las cenizas se barren.

Otra ronda, cartas, manos, licor, tetra, la pipa, la bolsa, la pasti y la bolsa otra vez, la mañana, la música al palo, el vecino elevando una queja en santo clamor; la pija de uno que le entra por la boca, la lengua de otro, la concha de su hermana repleta de otros pitos y otras lenguas sacudiéndose en ellas y en la polaca y en Macarena y también en la Virgen María y en Marilyn y en Susana y en la puta realidad. El país entero, piensa, es una gran pija que el habitante tiene que tragar. La chirusa traga su vómito junto con la tarde, el mareo, la pastilla, la bolsa, lo que queda de la bolsa, fumar, comer y fumar, fumar y fumar, no dormir, las cartas, la mesa, las lenguas. Despertar.

La noche en que conoció al Pollo, no; fue especial. Primero se compró un vestido con unos billetes que le chafó a la vieja y no se compró más que dos puchos sueltos a la vuelta donde también vendían la birra. Se sentía optimista. Del fondo del cajón sacó un rímel seco y se lo pasó, pestaña por pestaña, a pulso seco. Esa tarde la piba del barrio se maquilló y quedó atontada mirando al espejo esa cara, el cigarrillo colgando del labio, los ojos rojos delineados, las pestañas largas, tan largas ahora le parecían pintadas, y los labios. Se miró los labios aun con ojos cerrados poniéndose el vestido nuevo. Nunca había usado antes un vestido nuevo. Los viejos que no eran sus viejos discutían en el fondo y en la calle se agitaba la noche que los cernía. Salió.

La mano debajo de la falda, el vidrio del vaso, las pastillas, los chupones de la nuca hasta el pecho, el cacharro que no era un auto que podría ponerse en movimiento, la oscuridad, los grillos, los gritos, las cosquillas, las cucarachas, el miedo; la chirusa sintió miedo porque esta vez ella estaba presente, ella sentía sus dedos, el viento, los ruidos a lo lejos, la noche eterna en un recuerdo. La cerveza sobre los pechos, el rasgado del corpiño en su uña, el dolor, las luces dando vueltas, las manos, los rostros que se aparecían detrás, las risas, la pastilla una vez más, los vasos, las garras en el cuerpo, la multitud hundiéndose en ella, siendo ella, en el fondo del asiento. Los aullidos, el semen, las náuseas, los extranjeros; fue un tiempo inmenso y así lo recordaría: un bloque suelto en los compartimentos de otro ser, en otro espacio, otro cuento, porque la chirusa no quería ser eso, no quería su cuerpo marchitando sobre la mesa como esas flores atrapadas en racimos de otras flores que son de papel y no se pudren pero se manchan, acumulan mugre, pudren a la de al lado que nadie riega, que nadie recuerda. Se negaba con todas sus fuerzas a terminar en esa mesa, no arrastraría su tallo en el mantel de cualquiera a riesgo de romperse el culo intentando llegar a una silla sobre tierra que no esté muerta. No, la chirusa no podía recordar todo eso, ella de nuevo estaba muerta.

Cuando resucitó hacía frío. Noche niebla quedó marcada, escribió más tarde en una servilleta de alguien. Pasó unas horas con Helena, en el departamento que le alquilaba hacía unos meses el Chacho que ahora la levantaba con pala y tenía más chicas que nunca. Helena se estaba poniendo vieja, en el fondo quería una amiga, una compañera, una discípula, esto la chirusa lo notó mucho después de los primeros tragos. Al principio, los días se sucedían con perfecto equilibrio, ella trabajaba de noche, dormía de día, la chirusa fumaba porro, limpiaba y hacía la comida. Una noche se fueron las uñas sobre la carne. Helena seguís siendo hermosa, le repetía mientras intentaba con las manos volver a sentarla en el sillón de pana verde botella, notando de golpe que la idea de sexo la impresionaba. Desde un tiempo a esa parte, se había ido incrementando ese rechazo y, ahora, ese sudor sobre la pana, Helena y sus uñas escarlata, el perfume a dama, a mujer que no era ella, que no era su madre, que no era su hermana ni su sangre ni sus miedos; se acordó de la polaca, pero era esa Helena de nuevo adelante, arrastrándole con esa uña los recuerdos de un goce enterrado en el relato del pasado que nunca terminó, que sigue escribiendo cuando la llama rata, Helena rata, siempre cogiste con tus machos adelante de tus hijos, yo me acuerdo, yo los cuidaba, y vos te dabas por el culo la tarde entera con el chongo de tu hermana y hacías que los pibes le dijeran tío a la mañana siguiente, y yo me iba llena de asco. Le gritó que si hubiera tenido pito le rompía el culo por jodida, por mala madre, por yegua y Helena se rio, se rio tanto que la chirusa le saltó los chocolates de un bife y la tiró contra la pana, y en la pana la baba y en la baba el fondo verde y escarlata, la uña inmóvil y una gota roja cayendo del labio que ahora babea sobre la pana, y la pana brillando más, ahora mojada por partes. Se oye decir puta con un eco entre los ojos y el techo y le lame llorando la pana, la gota de sangre, la baba, los labios y yacen un llanto prolongado, olvidado, un ovillo delgado y tembloroso. Las damas sin memoria se despiden al amanecer. Se cambia la blusa, la más joven, antes de salir, le queda grande.

Fue mucho más tarde cuando la vinieron a buscar, primero ideó una trampa y se emperró en irse lejos igual. Lo único que llevaba la chirusa en sus valijas prestadas –como solo la gente de ese entorno sabe prestar– era su propia libertad. Casi podía concretar diálogos en algunos bares del centro, porque pensaba pegar en algún momento algún rastro de la pola, que seguro por algún antro aledaño debía andar, aunque ya no creía del todo volver a verla. Entró de moza por caradura y duró menos de lo necesario pero más de lo esperado, casi logró disfrutar de algunos buenos momentos. Hizo un amigo que se delineaba los ojos y había logrado que creyera que tenía lindo pelo. Había dicho cabello. Eso hizo que lo quisiera desde un absurdo y caprichoso primer momento. No había luz más allá de esos momentos: eran la clave. El chico desviado la invitó un tiempo a vivir en su casa.

Un tiempo que es un tiempo. No sabía, no podía o no quería querer saber, era una suerte de incapacidad, si es que se permite la expresión, ser tolerante. No hallaba manera de no percibir el ego, los egos, los egoísmos, los egotismos, los discursos repetidos, los monólogos y las manías; las historias, los dramas de familia, los asuntos, siempre los asuntos; los temas, las cuentas, la contaminación de todos y todas. Un morir partiendo. Una tragedia. Mejor sin querer dijo y pidió, de nuevo, perdón.

Cuando abrió la puerta tenía el pelo más largo, seguís siendo hermoso, pensó pero no dijo, no dijo más que Hola porque tampoco podía decir otra cosa, no dijo más que Hola y Vamos a dar una vueltita, te invito a fumar, y él la miró pero con suspenso y picardía más que con miedo. Permaneció ahí, rascándose la barbita que le venía saliendo hacía unos meses y se le notaba que ese acto de por sí lo enaltecía; se volteó, se caló la gorra y fueron por el caminito, el caminito de la primera vez, el caminito que por accidente los cruzó en un banco donde se sentaron a fumar. Pasaron años dijeron, hablando un poco al pedo, pero somos jóvenes igual, también, dijeron. Todavía, dijeron. No sintió dolor al recibir la herida caliente. La chirusa tampoco sintió, se limitó a sostener los ojos fijos en él, los ojos que por fin se le filtraban en el recuerdo, entre la cerveza, las pastillas, los gritos y luces girando, las manos, los ojos, cuántos ojos, cuántos dedos había en ese auto mutilado como su propio cuerpo, los ojos tan iguales y distintos de los del Pollo ahora, mojado, sudando, mientras la chirusa por debajo de la costilla le abre la herida.

Se cambió la blusa en plena plaza, caminó hasta la avenida rasgando las telas en sus manos, como una piel usada de serpiente que dejaba atrás buscando la nueva cáscara, la nueva mascarita que debe sonreír. Esta que sonría, se dijo la chirusa y prendió el cigarrillo, hacía años no compraba sueltos. Lo terminó y se echó a correr. Corría como si petardos le quemaran los pies, como habría corrido antes alguna vez. Pero ahora no recordaba. Ahora se deslizaba como un minúsculo fantasma. Algo que llevaba le brillaba, era su alma. Al detenerse, los espasmos le gritaron y sus oídos se hicieron sordos y ella calló.

Estropeada en el baño se duchó, se rascó las heridas, se deploró, se ahogó los poros y las discreciones todas hundidas en gotas, en jabón, en espuma, en capricho de disolver. Hay manchas que no salen, chirusita, se dijo para sí y fregó, y fregó su piel, su lomo, sus tetas, su inminente mayoría de edad, su blindada inexperiencia, su hiperrealidad corpórea salpicando las paredes mohosas, ni siquiera sabía de quién era el baño cuando terminó. Permaneció en silencio, estática, tras la cortina maltrecha cubierta de hongos, secándose con la atmósfera, fiel a su costumbre, y se enfundó un camisón rasgado, de otra época, que alguna vez quiso ser blanco. Salió al patio, un cordón de estrellas la contemplaba risueño, en su bolsita de nylon tenía dos cigarrillos, metidos en el estuche de los lentes de sol que perdió la víspera en El Rufián; se encendió uno sin dejar de mirar el cordón, la curva del cordón, los extremos titilantes, el nudo brillante del centro, anillando ese cielo, y sus ojos divisaron la nube bailando con el humo que desprendían sus entrañas. Qué estoy fumando, qué aspira mi cuerpo, qué lleva adentro, qué transporto. Esa noche la chirusa durmió pensando, nunca sobre dónde estaba sino sobre qué llevaba a cuestas en ese estar.

Se cortó el pelo. Bien cortito, como varón, y empezó otro tiempo. Otro tiempo que de alguna manera se veía venir desde el vamos. Conoció gente de afuera, se mezcló, creció casi sana, salvo por el asma, salvo por las ganas de tener menos ganas, cada día, de estar viva. Salvo por los fantasmas. Salvo por la certeza de que la encontrarían. Quien fuera, alguien, algún día, la encontraría.

 


Carolina Diez nació en Rosario en 1985. Es estudiante de la carrera de Letras en la UNR. Participó en diversas antologías de la ciudad de Rosario: Corte al bies (GatoGrillé Ediciones, 2016), Antología Poetas del Tercer Mundo (Editorial Ciudad Gótica, 2008), Florilegio (Editorial Independiente ESO, 2008). Participó en el fascículo de Políticas de Juventud 20 años (Editorial Municipal de Rosario, 2010), en revistas locales independientes como Femme Fetal (2017), El Corán y el Termotanque (2016), Tropofonía (2009), entre otras. En 2011 co-coordinó el ciclo literario-performático que llamaron Anticiclo del hueso y luego enterraron. Entre 2014 y 2016 realizó La Bola Literaria, un ciclo de micros radiales de lecturas de escritores locales por el que pasaron más de 25 autores. En 2015 se llevaron a escena sus diálogos titulados Hijas de Hipnos. En 2016 colaboró con la editorial Trópico Sur y gestionó eventos culturales y presentaciones de libros. Coordina laboratorios de escritura creativa y continúa produciendo micros literarios en formato sonoro. Escribe prosa y casi poesía. Sus textos virtuales pueden leerse en diariodeandromeda.wordpress.com y en atroposofia.wordpress.com. Terminó recientemente una novela inédita intitulada Aborto Masivo. También se dedica a la actuación, a la producción de contenido multimedia independiente y da clases de Hatha Yoga.

 

julio/agosto 2020 | Revista El Cocodrilo