DAR UNA MANO, DE JULIANA BELÉN GONZÁLEZ

Sí, sí, es cierto que hace rato que vengo pidiendo que me den una mano, pero… ¿hace falta aclararlo? Esto no es lo que tenía pensado ¿cómo voy a tener pensado esto? El Dr. Lembeye dice que sí, que esto es primera y únicamente algo pensado por mí. Y que tengo que empezar a dormir, aunque sea, más de dos horas por día.

Hace unas semanas fui como de costumbre antes de ir a trabajar –y como todo ciudadano limpio– a tirar la basura en el contenedor frente a mi casa. Abrí la tapa de lata y, ahí nomás, cuando iba a soltar la bolsa, sin previo aviso una mano la tomó desde adentro.

Era una mano asexuada, desgenerada, muy pálida pero de palma oscura, con uñas imperceptibles sobre la yema de los dedos. Sus dedos se asomaron apenas un momento, pero fue suficiente como para no olvidarme nunca más. Enseguida volvió a esconderse y sonó clarito, clarito un chasquido fuerte, o una voz de chasquido, no sé cómo explicarlo. Pero se escuchó clarito: “Muchas gracias, señorita, que tenga buen lunes”.

Mi primera reacción, por supuesto, como persona sensata y respetable que soy, fue mirar hacia los costados a ver si algún peatón cordial era el responsable de aquel saludo, pero todavía no había amanecido y la calle estaba desierta. Mi segunda reacción, ganándole en sudorosa pulseada la curiosidad al miedo, fue abrir de par en par el recinto de la basura y mirar en su interior. Hacía mucho frío. No sería descabellado pensar que una pobre alma sin techo se hubiera refugiado allí dentro, pero, otra vez, estaba sola. El contenedor estaba prácticamente vacío. La bolsa que yo había dejado estaba allí, y la verdad, muchas cosas más, a esa hora, no había. Menos que menos manos parlantes.

Atribuí el episodio a algún resabio de la borrachera del domingo, y al martes siguiente volví, un poco intrigada pero casi segura de que, como me diría luego el Dr. Lembeye, estaba todo en mis pensamientos. Porque una cosa es que uno imagine o desee que un amigo te dé una mano. O que un novio te tome fuerte mientras caminan entrelazados. ¿Pero esto?  ¿Cómo podría ser parte de mis pensamientos? En todo eso pensaba ya en ese entonces ese martes cuando volví a arrojar mis residuos en el mismo recinto a la misma hora. Esta vez tenía poquitas cosas para tirar porque no había podido hacer compras, así que la bolsa era más liviana que de costumbre.  Cuando abrí la tapa de aluminio, antes de que pudiera arrojar la bolsa, otra vez la mano ascendió para tomarla y volvió a guardarse, ya con cierta gracia de bailarín, casi como canchereando te diría. Y otra vez también escuché el mismo murmullo del chasquido que ahora decía en un tono claro e irritante “Apa, pero qué amarretes que andamos hoy… buen martes señorita”.

Hechas las mismas pericias con los mismos fútiles resultados que el día anterior, decidí ir acompañada por un amigo de confianza al día siguiente, para que atestiguara estos extraños encuentros. Mi estado de ánimo era alegre, confiado pero expectante. Mi amigo, en cambio, estaba algo bastante preocupado por mi salud mental.

Cuando llegamos al contenedor, abrí la tapa suavemente y con un gesto lento y pomposo tiré la bolsa de basura del miércoles. Mi sonrisa era tan grande que parecía que se había estirado para que en cada diente entrara cada una de las letras de un gran cartel que dijera “¿Viste que no estoy loca?”. La bolsa cayó haciendo un ruido tonto en el fondo.

–Nena, ¿estás bien de la cabeza vos? Posta me preocupás. ¿Seguís yendo del psicólogo ese? El sureño ese que te decía que las historietas de tu cabeza eran para los cuentos nomás. Contale de esto.

Se me estrujó la cara como papel mojado. Me quedé parada unos segundos.

–Dale, vamos, lo único que falta es que con estas boludeces encima termines llegando tarde al laburo y te echen por eso. No le vas a poder echar la culpa a una mano imaginaria.

Yo no me quería ir, la verdad, porque sentía que la mano estaba siendo impuntual quizá, que habíamos llegado antes, que algo había salido mal, no sé. Mi amigo me tomó de la espalda y con unos empujoncitos amigables me alejó de allí, pero cuando me di vuelta un momento para dar el último vistazo al contenedor, pude ver que estaba abierto y de él se asomaba la mano sacudiéndose fervorosamente, con el típico gestito de “vas a cobrar”.

El jueves me enojé. Acumulé la basura del día y decidí no tirarla. Pasé por al lado, sí, porque no me quedaba otra. Era el camino obligado para ir al trabajo. Pero al pasar escuché unos golpecitos desde adentro, como si estuvieran tocando a la puerta de mi casa. Y esta vez ese chasquido murmuró “Muchas manos en un plato hacen garabato”.

¿Podés creer? Lo único que faltaba. Una mano celosa.

Ese día me di cuenta de que era inútil intentar probar su existencia frente a terceros. Y poco a poco, fui naturalizando el acto de arrojar la basura a la mano cordial que la recibía, al punto tal de que si, dadas las circunstancias extrañas, arrojaba la basura en otro contenedor donde no estaba mi mano, un escalofrío me corría por la espalda, como si faltara algo. Cada chasquido diario de la mano comentaba mi vida y la acompañaba, porque bien sabemos todos, principalmente los detectives privados, que para narrar una vida con precisión, basta con leer la bolsa diaria de basura personal.

Había dejado terapia, en realidad, ahora que me acuerdo. Había dejado terapia, un tiempo antes de que apareciera la mano.  Llamé al Dr. Lembeye la misma mañana en la que cuando fui a tirar la bolsa de basura, como de costumbre, me encontré con un enorme cartel municipal y sin ningún contenedor: “El gobierno te da una mano. Nuevos contenedores automáticos próximamente”.

Ahora ya no hay tapas, no pueden abrirse, no puede verse dentro. La mano ya no está. Algunas mañanas creo escucharla golpear como si golpeara a mi puerta, como aquella vez que me celó. Después me doy cuenta de que es el ruido de una baldosa suelta o alguna puerta que se choca con el viento, o mi imaginación. Sí, eso sí, le digo al doctor. Eso sí que está sólo en mi imaginación.

(actualización noviembre 2017)