DESINTEGRACIÓN INDUCIDA, DE FRANCO BEDETTI

 

Disculpe, señor. ¿Me podría decir la hora?
Son las 00:99…
¿Las qué?
Las 00:99, joven.
Pero esa hora no existe…
¿Cómo que no existe? ¿Qué está diciendo, joven?preguntó casi indignado el señor y se fue caminando sin mirar a Juan, que intentó explicar la inexistencia de ese horario. Seguramente el señor había mirado el cronómetro de su reloj digital Casio de los primeros y por eso había leído 00:99. Estaba claro para Juan que los relojes consignaban del 1 al 12 y que dividían las horas del día en a. m. y p. m. Además era imposible que fuera la medianoche o pasada la medianoche porque había un sol que rajaba el pavimento y estaban cerca de la hora de la siesta, calculaba. Había ido al cine temprano porque tenía franco y media hora más tarde se había comprometido con un amigo para ayudarlo a pintar el departamento que debía dejar porque se iba a vivir a Francia. Era miércoles, no había nadie en el shopping. Vio una película de acción, conspiraciones, autos que chocan y explotan, un beso en alguna cornisa de un edificio, el tipo siempre peinado. Juan se durmió a los quince minutos mientras miraba una escena característica de este tipo de películas: la gran mesa del Pentágono llena de militares, altos funcionarios y hombres de frac sin determinar. Cuando se despertó, la película ya estaba en su cuarto final, pero de todos modos en esos minutos Juan pudo entender la conspiración, ver los choques de autos que explotaban, el beso en la cornisa de un edificio, y al tipo siempre peinado. Cuando salió, veía manchas negras y circulares como burbujas gigantes, el sol estaba muy fuerte y el estacionamiento casi vacío duplicaba la temperatura del ambiente. Juan había dejado el teléfono en la casa: se iba a tomar el día como le correspondía porque tenía franco y no iba a responder ningún mensaje ni atender ninguna llamada. Por ese motivo le preguntó la hora al señor que estaba cerca suyo en la salida del shopping. Nunca esperó esa respuesta ni lo que sucedería después. 

Decidió volver caminando, se dijo que por la altura del sol no podían ser más de las tres y media de la tarde. Había quedado con Gastón que iba a ir a las 17 y calculaba que en media hora, o cuarenta minutos, llegaría a su casa. Una vez ahí sí se tomaría un colectivo o agarraría la moto para ir a lo de Gastón. Caminó durante veinte minutos y no cruzó un solo auto, tampoco vio personas caminando, ni los perros ni los gatos que suelen estar cerca de las vías que había cruzado poco después de salir del shopping. Tampoco vio pájaros en los cables del tendido eléctrico. Notó que no había viento. Llegó a la cuadra de su casa y vio la verdulería abierta, así que primero pasó a comprar ensalada para acompañar las milanesas de pollo que pensaba cocinar cuando terminara de ayudar a Gastón. Entró a la verdulería, esperó un rato a que Martita apareciera pero pasaron cinco minutos, después diez, y no apareció ni ella ni su empleado. Era raro. En ese rato tampoco nadie había entrado al negocio ni nadie había pasado por la calle. Juan gritó el nombre de Martita porque ya se había preocupado, si no estaba ella siempre estaba Juanjo, que no faltaba nunca y la ayudaba a mantener la verdulería impecable. Se resignó, cruzó la calle y subió a su departamento. No se cruzó a ningún vecino. Prendió la tele, puso el noticiero: la noticia urgente era que estaba teniendo lugar un fenómeno que el graph enunciaba como “crisis de desintegración inducida”. Un escalofrío le recorrió la espalda hasta erizarle los pelos de la nuca. Recordó la trama conspirativa de la película que hacía un rato había visto en el cine del shopping. Hizo unos pasos en dirección al balcón. Puso sus manos frente a sus ojos y vio cómo empezaban a desintegrarse en pequeñas partículas que desaparecían como si fueran cenizas. No sentía dolor. No sentía nada. Hizo unos pasos para acercarse a la calle. Ya no tenía tres cuartos de sus brazos: la desintegración era rápida, pero sorprendentemente no dolorosa. Saltó. 

 

 

Franco Andrés Bedetti nació en Casilda, Santa Fe, en 1993. En 2018 publicó su primer poemario La era del fármaco. Algunos de sus textos fueron publicados en Revista Camalote (Rosario), El Corán y el Termotanque (Rosario), Buenos Aires Poetry (Buenos Aires), La Experiencia de la Libertad (México), Lenguaje Perú (Perú), Cine y Literatura (Chile), Revista Carcaj (Chile).

    

octubre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

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