DOS CUENTOS DE LILA GIANELLONI

 

El mapamundi*

 

Mi abuela se sentó en el borde de mi cama, se puso los lentes y me miró los cachetes; después me levantó el camisón para mirarme la panza y dijo no te toques que ya te estás curando. Le dije que estaba aburrida de estar enferma, que quería ir a jugar afuera. Ella dijo que la varicela es contagiosa, pero que mi abuelo había dicho que pronto iba a poder ir a la escuela. Se sacó los lentes, acomodó las almohadas y me dio un beso en el pelo. ¿Querés un té? ¿Cuándo voy a poder tomar otra cosa? No me contestó porque tocaron el timbre y se fue a atender. Yo quería escuchar quién había venido, podía ser el cartero con una carta, o con una encomienda. Ojalá. Una vez me mandaron una encomienda; es una caja con otras cajas adentro y mucho papel para que no se golpee lo que te mandan; atan el paquete con un hilo que se llama sisal y en el medio le ponen un pegote rojo. Eso es una encomienda. La que a mí me mandaron tenía adentro un mapamundi que es el que está arriba de mi escritorio. Es redondo como el mundo de verdad y también se lo puede hacer dar vueltas. Es igual al de mi escuela. Mi abuelo había llamado a la ciudad para encargarlo y el cartero lo había traído en la bicicleta; cuando abrí la caja, ellos dos dijeron que era un globo terráqueo, pero yo le digo mapamundi. Mi abuela volvió de atender la puerta y dijo tengo una sorpresa. Me senté en la cama. Atrás de ella había alguien. Era Ugo, que se quedó parado; traía un libro bastante gordo color azul y lo agarraba con las dos manos. Ugo nunca había venido a mi casa, nada más jugamos en los recreos. Mi abuela le tenía el portafolios; dijo que se sentara en el sillón. Ugo le hizo caso; tenía puesto el guardapolvo y estaba peinado con agua. Vine yo porque soy el único del grado que ya tuvo la varicela, dijo y señaló el libro. La maestra te manda esto.

Le pregunté de qué era. Me dijo que no sabía porque no lo había mirado. Lo puso arriba de la cama y lo abrimos. Era un libro de animales del mundo, eso dijo mi abuela y le preguntó a Ugo si quería tomar la leche. Él dijo que sí.

Un rinoceronte ocupaba dos hojas, tenía un cuerno y la piel arrugada. Ugo dijo que esos animales viven lejos, que por acá no hay, que mejor buscáramos pájaros. Pasamos las hojas y encontramos cantidad de pájaros. Él los conocía a todos. Yo me rasqué la nariz y dijo que me iba a quedar una marca. Se arremangó el guardapolvo y me mostró el brazo: tenía dos redondelitos. Ugo se había bajado del sillón y se había agachado al lado de mi cama para ver mejor el libro. Me mostró un pájaro que le gustaba. Era un pájaro blanco, que tenía el pico abierto, dijo que se llamaba campana. Le pregunté por qué y él se puso a hacer ruidos con la boca y a cantar con voz finita. Nos dio mucha risa pero nos callamos cuando entró mi abuela con una bandeja y la puso arriba del escritorio. Me preguntó si quería levantarme para tomar la leche. Le dije que sí. Nos sentamos frente a las dos tazas, uno al lado del otro. Ella nos dijo que el té estaba caliente, que tuviéramos cuidado. Había traído tostadas, manteca y miel. Cuando se fue, Ugo señaló el mapamundi con un dedo porque tenía la boca llena. Lo traje cerca y él puso el dedo arriba de un país anaranjado. Ahí hay tigres, dijo y siguió comiendo. Yo le pregunté si alguna vez había visto uno de verdad. Me dijo que por acá no hay tigres pero que él, a veces, ve un puma, que es parecido. Dijo que una noche estaba acostado y no se podía dormir, afuera había silencio, pero él escuchó unas pisadas. Se bajó de la cama, corrió apenitas las cortinas y ahí lo vio. El puma volvió a la noche siguiente y todas las otras noches. Si está la luna lo ve bien, si no, ve una sombra. Una noche, el puma se paró debajo de la ventana y se miraron: tenía los ojos como dos estrellas. Las estrellas se fueron acercando tanto que iluminaron la ventana, como si de golpe se hubiera hecho de día. Ugo gritó hasta que vinieron el papá y la mamá, pero ya no había nada. El papá dijo que estaría soñando, que ya no quedaban pumas por esta parte del mundo. Él le preguntó adónde se habían ido y el padre le dijo que siga durmiendo, que ya no estaban en ninguna parte. Ugo me dijo que él, al día siguiente, encontró unas marcas en el vidrio, del lado de afuera, pero que igual nadie le creyó. Le pregunté por qué. Dijo que porque dicen sus papás que él es un fantasioso. Me dio risa y después tos. Le pregunté a Ugo si se iba a volver solo a su casa.

No, me llevan en auto. Eso dijo tu mamá.

Le dije que no era mi mamá, que era mi abuela. Ah, bueno; dijo tu abuela que me va a llevar tu papá cuando termine de atender en el consultorio. No es mi papá, Ugo, es mi abuelo. Ah, dijo él. Con la mano hacía dar vueltas el mapamundi, que hacía ruido y los países pasaban rápido. Me preguntó dónde estaban mi papá y mi mamá. Yo me encogí de hombros. Me picaba la espalda por la varicela, pero no me rasqué, nada más me moví para que se me pasara. Ugo seguía haciendo dar vueltas el mapamundi, cada vez más rápido y más ruidoso. Me preguntó si ellos iban a volver enseguida. Yo puse las manos sobre el mapamundi y paró de dar vueltas. Él se quedó callado hasta que entró mi abuela y dijo ¿Vamos, Ugo?

Mi abuelo lo esperaba en el auto. Él agarró el portafolios y me dijo chau, mañana vengo. Yo me metí en la cama. Miré por la ventana: se estaba haciendo de noche. Mi abuela volvió y me acomodó las sábanas. Me preguntó qué habíamos estado haciendo con Ugo.

Hablamos.

¿De qué?

De pumas.

Puso una frazada a los pies de mi cama. Le pregunté si era cierto que por acá andaban pumas. Me dijo que no, que se habían ido hace años.

¿Muchos? Sí, desde que dejó de haber árboles para que haya sembrados. ¿Van a volver? Ella se sentó al lado mío. Difícil, dijo. Pero un día a lo mejor vuelven, le dije, por si se olvidaron algo. O a saludar. Quién sabe, dijo ella y me acarició la cabeza. Yo la miré. Ya sé, dije y le saqué la mano. No van a volver.

 

El pulóver

 

Tenete las mangas de la camiseta así no se te suben, dijo mi abuela mientras me ponía el pulóver. No tenía que soltarlas hasta que pasaran las otras mangas encima. Saqué la cabeza por el cuello y dije que la lana picaba. La tía Verónica dijo que me quedaba precioso. Ellas dos hablaban de tejido mientras me ponían el tapado y un gorro. Mi abuela dijo que nos apuráramos porque se hacía tarde. La tía Verónica se agachó para abrocharme el botón del zapato. Tenía una pollera azul y una blusa cortita que se subió y se le vio la espalda blanca. Cuando se paró estaba colorada. Se acomodó la ropa y el pelo y dijo vamos. La tía Verónica fue reina de las espigas. Ella me presta la corona dorada para que juegue. No es mi tía, es mi prima segunda. Me gusta ir a su casa porque no tiene hijos. Ella dice que porque es soltera. Se puso un abrigo con botones grandes y salimos. Mi abuela estaba sacando el auto, yo me subí atrás y la tía Verónica se sentó adelante.

Agarramos por un camino que nos llevaba a la ruta. Era la hora de la siesta. El sol que entraba por el vidrio me daba sueño. Íbamos de visita a la casa de la señora Doris que es una amiga de mi abuela. La tía Verónica nos acompañó porque mi abuelo se tuvo que quedar atendiendo el consultorio. Mi abuela miraba para todos lados; quería subir a la ruta y pasaban camiones. Yo conocía ese camino. Después del campo donde hay vacas vienen los campos de trigo, más lejos hay unos caballos rojos. Mi abuela por fin subió a la ruta. La tía Verónica se estaba mirando el peinado en el espejo de la visera; preguntó si con esa pollera estaba bien. Mi abuela le dijo que sí, que estaba muy linda y que la señora Doris se iba a poner contenta de verla. La tía Verónica dijo que había pasado el tiempo. Mi abuela tocó bocina y un tractor se corrió para el costado. Ella fue más rápido, lo pasó y puso la radio. Salió una canción que nos gusta, la tía Verónica la cantó hasta que terminó. Después bajó la ventanilla y el viento le dio en la cara; le preguntó a mi abuela si en la casa de la señora Doris iba a estar el hijo. Mi abuela le contestó que ojalá que sí, que sería una gran oportunidad. Yo no conozco al hijo de la señora Doris. Nunca lo vi. Mi abuela sacó el brazo afuera para avisar que iba a doblar. Entramos por un camino donde había casas con chimeneas. Estacionamos enfrente de una blanca, que tenía sillones en la galería. Se abrió la puerta y salió la señora Doris. Levantó los brazos, dijo pasen pasen y cuando abrazó a la tía Verónica, le dijo qué linda estás, siempre vas a ser la más linda de todas.

La sala era grande y hacía un poco de calor. La señora Doris dijo que era la hora de tomar el té. No me gusta el té. Me lo dan cuando estoy enferma, así que le dije no quiero. Entonces la señora Doris abrió una lata que adentro tenía bombones. La dejó arriba de la mesa y dijo Verónica, vamos a la cocina, ayudame a preparar una rica merienda. La tía dijo sí sí, se sacó el abrigo y lo colgó en un perchero. Mi abuela se puso a mirar los adornos de un aparador; en un estante había un álbum y ella lo abrió. Me quedé parada al lado de la mesa. Escuchaba unos ruidos de tazas y cucharas. Busqué en la lata todos los bombones de color dorado y me los guardé en el bolsillo. Mi abuela miraba fotos. Pasaba las hojas y fruncía la nariz. Parecía que no le gustaban pero las miraba igual. Yo estaba metiendo el dedo en un agujerito que tenía el mantel cuando volvieron de la cocina con una torta y una bandeja con tazas. La señora Doris me preguntó si me habían gustado los bombones mientras tapaba la lata y le contesté que sí, que me gustaban los que adentro tenían dulce de leche. Yo tenía calor y ella me ayudó a sacarme el tapado, dijo estás preciosa con ese pulóver y me agarró los cachetes. Mi abuela dijo que lo había tejido la tía Verónica. Entonces la señora Doris se puso los lentes, me hizo parar y levantó el borde del pulóver para ver del otro lado del tejido. La tía Verónica se acercó y le explicó no sé qué. La señora Doris me pidió que suba a la silla y después que me diera vuelta para ver la espalda. Di una vuelta despacio como una muñeca a cuerda. Levanté los brazos. Querían ver la sisa. No sé qué es la sisa. Yo miraba desde arriba la torta que estaba en la mesa. Había olor a anís. Por la ventana se veía el jardín y la calle. Al lado del auto estacionó una camioneta roja con troncos. Tuve que dar otra vuelta. La tía Verónica se había ido a buscar el té porque estaba chillando la pava en la cocina. Mi abuela tosió fuerte, puso el álbum donde estaba, y dijo Doris por qué no me dijiste que tu hijo Armín se casó. La señora Doris estaba contando los puntos de mi pulóver. Cuarenta, dijo. Se sacó los lentes y dijo que fue todo rápido, en la ciudad y que no hicieron ninguna fiesta. Mi abuela se puso una mano en la frente, movió la cabeza y dijo en voz bajita para cuándo nace. La señora Doris respiró fuerte y no escuché lo que dijo porque se abrió la puerta y apareció un señor que traía un tronco. Era alto y tenía unas botas de goma que le llegaban hasta las rodillas. El señor se quedó parado en la puerta, sonriendo. La señora Doris dijo no te esperaba, creí que estabas en el campo, cuántas sorpresas hoy. Pasá rápido hijo y cerrá la puerta que entra chiflete. Él dijo que se había dado cuenta de que estábamos en la casa porque vio el auto estacionado. Parecía contento de vernos. Mi abuela dijo Armín, cómo estás. Él se limpió las botas en el felpudo, le contestó que bien, que tenía cantidades de leña en el campo este año. Fue hasta la chimenea y acomodó el tronco en el fuego. Está haciendo frío, dijo, y se frotó las manos. Después se dio vuelta, nos dio un beso y preguntó por mi abuelo. Mi abuela le explicó lo del consultorio, después le agarró las manos y le dijo despacio me enteré que te casaste. Él miró para abajo y no dijo nada. Mi abuela lo soltó rápido porque la tía Verónica había vuelto con la tetera y estaba parada al lado de la mesa. El señor y ella se miraron. Un rato largo. Nadie hablaba. Me gustaba mirar desde arriba de la silla. Yo estaba alta como ellos y parecía que se habían olvidado de mí. Bueno, bueno, dijo la señora Doris, vamos a probar esta torta de manzanas. Entonces el señor se apuró a agarrar la tetera y dijo Vero tanto tiempo qué linda estás. Ella le dijo hola Armín y se quedó mirándolo mientras agarraba el plato con torta que le daba la señora Doris; lo agarró así nomás, por eso se le resbaló de la mano y se rompió. El señor se agachó rápido y la tía Verónica también. Empezaron a juntar los pedazos. A ella se le separó la blusa de la pollera y se le veía la espalda blanca. Él había dejado la tetera en el suelo. La señora Doris trajo una escoba, dijo no pasó nada y ellos se levantaron. Mi abuela miraba por la ventana, estaba oscureciendo y dijo que nos teníamos que ir. Se dio vuelta y me preguntó qué estaba haciendo arriba de la silla. Yo estiré los brazos, ella me agarró y bajé. Me puse sola el abrigo y el gorro. La señora Doris nos dijo ¿ya se van? Mi abuela dijo que no le gustaba manejar de noche y se puso el tapado. La tía Verónica me agarró de la mano. Salimos todos a la puerta. Hacía frío. La señora Doris nos saludó desde la galería. El señor se puso a bajar los troncos y a ponerlos en la vereda.

Mi abuela dio una vuelta y salimos para la ruta. Prendió las luces. Se veían las rayas blancas en el costado del camino. Mi abuela le acarició el pelo a la tía Verónica, después señaló el cielo y dijo esta noche va a helar. La tía Verónica dijo que iban a tener que cubrir los rosales. Metí las manos en los bolsillos del tapado y encontré los bombones que me había guardado cuando no me veían. Le saqué el papel dorado sin hacer ruido y me los fui comiendo despacio.

 

*Los dos cuentos fueron publicados en Mapamundi (Paisanita Editora, 2018)


 

Lila Gianelloni nació en Rosario, en 1959. En el año 2010 recibió la primera mención del Fondo Nacional de las Artes en el género “Cuentos” por su libro La madre oscuridad, y en el 2016 por Mapamundi.

mayo 2020 | Revista El Cocodrilo


CRÓNICAS


 

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