DOS MUERTES, DE ISMAEL GARCÍA

Ambrose Bierce imagina un espía yanqui que antes de morir fusilado a manos del enemigo filosofa en un contrapunto existencial con un general de las tropas del sur. La naturaleza, según dice, parece haber ordenado las cosas bastante a su favor, ya que mientras esté consciente, no ha de morir todavía; muerto, estará inconsciente. En una serie de proposiciones epicúreas afirma también que los sufrimientos sólo pueden sentirse en vida; vivimos hasta estar muertos. La Naturaleza, sin embargo, guarda otros misterios que complican su solemne aceptación de la muerte.

Así, otro personaje imaginado por Bierce, esta vez un esclavista del sur, está por ser ahorcado en el Puente de los Búhos por las tropas de la Federación. Está tranquilo, pero no por aceptación determinista, sino porque lo distrae un sonido regular que de a poco se va deteniendo, indicio de lo que sucederá después. Cuando dan la orden, cae, pero el dolor que siente estando aún vivo dura poco; la cuerda se rompe y cae al agua. Esquivando las balas llega a tierra firme, y luego camina como dormido hasta su casa, siguiendo estrellas que nunca ha visto en su vida. Al llegar, luego de un día entero, ve a su esposa y se acerca para abrazarla, pero sus cuerpos no se encuentran. Siente un dolor fuerte en la nuca. Está muerto, “colgando gentil” sobre el Puente de los Búhos. Mientras puede sentir aún penas y dolores, en lo que duran sólo algunos segundos, imagina un día entero. ¿Cuánto tiempo cabe en un segundo?

Podemos  imaginar a Borges leyendo este cuento y pensando que la duración es la potencia. En un segundo cabe un día, pero también mucho más tiempo, quizás un infinito o dos. Jaromir Hladík va a morir fusilado por la Gestapo en 1939, y de todas las muertes que le pudieran esperar, esa es la que más le aterra, pues es la que más detalles puede dejar abiertos a su imaginación. Ser ejecutado en la horca sería más fácil de imaginar, y no habría de morir tantas veces, una por cada vez que la repite en su cabeza. También el personaje de Bierce prefiere la horca al fusil (“No quiero que me fusilen; no, no han de dispararme, eso no es justo” piensa mientras las balas imaginarias penetran el agua a su alrededor). La madrugada antes de morir, el personaje de Borges se da cuenta de que todas esas noches no ha imaginado lo que quizás más le importaba. El final de su drama Los enemigos estaba inconcluso, y le ruega a Dios que le dé un año para terminarlo. Al otro día dan la orden de su fusilamiento. Comienza a llover, y la primera gota que choca contra su mejilla seguirá deslizándose, perdurando durante todo un año. Dios (¿la Naturaleza? Borges ha leído a Spinoza) le ha concedido el tiempo para que termine su tragicomedia, donde el tiempo también funciona a intervalos antintuitivos. Cuando termina su obra la gota de agua termina de caer por su cara, el grito que había ensayado al momento de la orden finalmente se oye y las balas tocan su cuerpo. Vivimos hasta estar muertos, nos dice Bierce, y, también creamos mientras estamos vivos. En ninguna de las dos historias la prolongación del estado anterior a la muerte se propone como una agonía. A ambos personajes se les permite, aún vivos, imaginar un relato antes de morir.

 

 

 

ismael garcía

 

Ismael García (Rosario, 1996) cursó Letras en la UNR. Escribió y publicó diversas reseñas, artículos críticos y traducciones. Es miembro fundador de la Cátedra Libre Spinoza y es integrante de la agrupación ALALetra, con la cual organiza eventos culturales y publica periódicamente el fanzine La Cosa Misma. Actualmente escribe breves ensayos narrativos.

 

Imágenes: Anaclara Pugliese

 

(actualización marzo 2020| Revista El Cocodrilo)

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