DOS POEMAS DE BERNARDO ORGE

 

Imagen: Martín Batallés

 

 

Titular, titular… no puedo ser titular y las caras de los alumnos se me empiezan a mezclar en la cabeza y en lo profundo de mi ánimo me hundo y no sé quiénes son ellos, quién soy yo…

Por un pasillo larguísimo voy, a un lado y al otro aulas, no veo el final y Claudia, una insomne preceptora, me llama y grita —ya es hora de que entregués las planillas!

¿O es la regente, Mimí, o es mi mente que habla sola y no una preceptora? No sé…

Mientras en el patio un ciempiés enorme termina de izar la bandera y, ay, sube las escaleras, viene al pasillo donde estoy y no sé quiénes son ellos, quién soy yo.

¿Qué mensaje el Ministerio con el burocrático misterio que lo caracteriza quiere darme? Con este salario de hambre y perdido en el escalafón, de escuela a escuela sin ton

ni son, o eso parece, me tienen y mi mente cuece pulsudo guiso de alumnos.

Es un hermoso monstruo de cuerpo andrógino y rostro variable lo que los cables de mi cabeza construyen, en el que las facciones se sustituyen unas a otras a gran velocidad recorriendo las listas y, ay: los quiero de verdad a todos.

Forman un golem y en ese lodo por ahí reconozco a alguno.

¡Veo a Romero, lo juro! que la receta de su sopa nacional secreta un día me reveló, y está Villalba también, que usó la palabra payé y el tímido, Juan, que sobre Dragon Ball me habló todo un año lectivo y al otro ya no era huraño sino cool y esmirriado —gafas negras y bordados de bandas en la mochila…

…Y creo ver a Melina, se me aparecen sus rasgos sumido en este letargo entre una escuela y la otra, en un colectivo que corta al medio toda la ciudad, la veo a Melina nomás, que después de hora se quedó en el aula sola a terminar la consigna de producción.

Diez renglones, 20, 30, un montón escribía… escribía… un texto sin fin… y yo que me tenía que ir no quería interrumpirla por miedo a cortarle la inspiración…

—Me falta mucho, profe— entre oración y oración decía… ¿Qué hada

le dictaba palabras de la nada para que escribiera en su carpeta?

Con curiosidad indiscreta yo intentaba espiar de qué iba ese relato, de qué iba y no podía… imaginaba alternativas a gran velocidad, igual, igualito, tal cual, ahora barajo las caras de ellos, mis alumnos, que tan bellos, me pasan por la cabeza.

Pero no había forma de tener certeza entonces de lo que Melina escribía, porque era algo inasible todavía imposible de corregir, tan puro que habitaba en el futuro y en la posibilidad… ahí está!

Ahora lo veo claro, capaz este adolescente sin cara que en mi mente tildada de reemplazante aparece no sea un castigo sino eso…

…pura posibilidad,

El alumnx del futuro que en el futuro
siempre va a estar.

¿Será ese el mensaje que el Ministerio
busca darme en su burocrático misterio?

 

.

 

Querido amigo y corredor inmobiliario Walter Gargarella:

supe que este no sería un día cualquiera ya cuando hablamos por celular.

No tuve más que escuchar tu voz calma, grave, sincera, para saber que a diferencia de lo que había esperado eras un hombre sensible, dado.

Pronto en el baldío de mi impaciencia y a pesar de la ansiedad que me gobernaba con gracia descriptiva lograste levantar, a fuerza de la especificidad de tu vocabulario, muros portantes, dinteles, vigas, aberturas y, como corolario, la luz que los cuartos inundaba: una vida

entera, en ese lugar, armaste para mí, Walter.

Así que cuando finalmente fui a ver el departamento y me extendiste la mano… ¡qué momento! No sabía si venía a conocer la propiedad o a conocerte a vos en realidad.

¿Vos sos Bernardo, no? —me dijiste.

Y yo por poco me tardo en responder más de la cuenta, mareado por el olor a menta que salía de tu boca, desconcertado por la prolijidad de tu ropa.

Erguido, limpio, perfectamente afeitado, tu estampa era la de un soldado del negocio inmobiliario parado en medio del calvario del déficit habitacional.

Eras algo nuevo para mí, original, serio, pero amable, copado, pero responsable… No conozco mucha gente así, entendeme.

Capaz por eso cuando me preguntaste

—Y vos por qué te mudás, nene?

Te conté toda la verdad.

Fue esa cordialidad tan tuya, tan genuina, lo que me ablandó. Y lo agradezco un montón, en serio, necesitaba ser sincero con alguien como vos.

Ruin oficio el tuyo Walter, lo sé, uno en el que se cobra por ofrecer lo que a alguien le sobra, a otro que le hace falta.

Y para peor impactan tus honorarios no sobre quien solicita el servicio, el locador, sino sobre quien lo realiza, el locatario.

Pero sé también que de este orden precario, injusto, abominable, Walter, vos no sos el culpable: locatario entre propietarios, locador entre inquilinos, vas, encontrando tu camino, me consta, abriendo y cerrando puertas, a donde te lleve el destino.

Y con cordialidad experta pero genuina a la vez, como dije, hacés tu trabajo: estirás y estirás el brazo, estrechas una mano y la otra, en una larguísima cadena que atraviesa barrios, centenas de cuadras y avenidas y que jamás se corta.

En eso se te va la vida, Walter, y ya a esta altura te es difícil diferenciar lo que es irse de lo que es llegar.

¿Quién es el que viene, quién se va? ¿Hay en eso alguna diferencia o es solamente una impertinencia del azar?

Desde el fondo de tu abismo, hola y chau significan lo mismo, Walter, y por un momento, Gargarella, gracias a la fría estela de tu amabilidad yo también pude sentirlo —y cómo lo necesitaba—

también estuve en ese limbo
donde hola y chau significan lo mismo

hola y chau significan lo mismo!

 

 

 

Bernardo Orge nació en Rosario en 1988.

 

 

(actualización enero 2020| Revista El Cocodrilo)

 

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