DOS POEMAS DE MARINA MAGGI

 

Canción al que no se sabe suicidar

 

Soy todo lo que no sé y he muerto
porque tu boca asustada reclamó
el fantasma que robé sin primavera,
tan cerca de tu tumba tan lejana
de la ciudad destructora de misterios.

A lo mejor un término implacable se retuerza
y te quite la amargura inevitable:
los estúpidos gusanos del recuerdo
tendrán los restos de esta tristeza.

He querido reír,
la mueca ha sido en mí tan despreciable
que hoy me duelen los labios y una estrella
que de la noche huyó en mí se repliega
sin luz y sin calor para esconderse
de su padre.

Estoy en guardia: aquella espera
que sembraste en mis manos
ya comenzó a nacer, me siento inquieta
y creo que tu nombre está cambiando
las sílabas de mi nombre.

El sueño rasga las luces de este claustro.
Estás ayer, hecho de piedra,
y el arrepentimiento hermoso no sospecha
que te deseo aún sin el placer, aún sin el tacto.
Porque tus ojos abrieron en mi cuerpo
un círculo universal y trágico de amante;
insomne se desprende tu canto desnudado
del invierno ancestral impenetrable.

Te adoraré, Adonis, aunque duelas:
la hiedra de tu encanto puede más que la fuerza
y la torpe conciencia de mi metal cansado.
Si no puedes matar, asesinado
regresarás a mí, hecho de niebla.

 

Del ocaso

Casi sucedió un milenio
desde que destruimos el amor;
las fosas inundadas de estrategias
inauguraron un prestigio de sombras.
Ciertos edificios fueron locos ataúdes
para la luz del mundo, sus estigmas de hierro,
sus maderas heridas en creación sin huella.
Las paredes sabían de profecías nocturnas,
de crímenes sin dígitos ni vasallos fantasmas.

Luego te apareciste, hermoso de ultratumba,
espíritu existido por un púrpura infierno;
tu voz apresuraba el morir de tu boca,
tus óvalos plateados ignoraban que el día
y su luz inconstante impedían el paso
al espectro ladrando detrás del negro encanto
de tus cuatro pupilas.

Un círculo de hielo ardía ciegamente
e inclinaba tu sombra mártir y violadora
hacia el infinito mediodía.

Sin haz no hubieras sido:
inútil fue la hora
en que la oscuridad succionó tu suicidio
y vomitó tu alma fetal y tu ausencia
y el grito desbocado de tu incendiada estrofa.

Un puñado de años evoca la demora
del desvirgado astro eterno descendiente
del verbo que explotó y nos dio la vida, ahora.

FOTO Julia Camilletti

 

(actualización noviembre 2017 | El Cocodrilo 4)

 

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