EL JARDÍN DE LOS VECINOS, DE IGNACIO ROMERO

Un fanático es alguien que no
puede cambiar de opinión y
no quiere cambiar de tema.
Winston Churchill

Mi vida era una ironía. Soñaba con ser Diógenes, que había callado a Alejandro Magno, pero no me animaba a hablarle a Marianela. Quería desprenderme del mundo, tener una capa de barniz que me aisle del exterior. Pero ella me gustaba tanto, que todas las noches, antes de acostarme, miraba su foto en mi celular. Recorría su Facebook tratando de saber algo más acerca de esa mujer que me volvía loco sin conocerla. Estaba pendiente de ella como si fuera un bebé primerizo. El muro era una columna de Página 12, repleto de comentarios en contra del gobierno de Macri. No me molestaba, pero me costaba imaginarme viviendo con una mujer que solo hable de estos temas. Consideraba a la política una pérdida de tiempo. Como la religión o la vida extraterrestre. Si querés salvar al mundo, la única forma de lograrlo es de una persona a la vez. Lo demás es algodón.Un domingo, de esos que se le siente el gusto a muerte, me empujó al vacío y quemé las naves. Le escribí un largo mensaje diciéndole que me gustaba a la distancia, sin conocerla. Que hacía tiempo que la buscaba en la calle, en las plazas, en los boliches. Que necesitaba verla. Que estaba enamorado.
Pasaron dos horas y no tuve ninguna respuesta. Me sentí un pelotudo. Era un cazador ansioso, que siempre apuraba el disparo, que se dejaba ver por la presa. A las once recibí un mensaje de ella.
–Uy, disculpa el cuelgue –me dijo–, me estaba relajando. Y agregó el icono de la hoja de marihuana.
–Todo bien –le respondí, aunque me parecía innecesaria la explicación.
–Enrique, me gustó tu mensaje.
–Bien.
–Me pareció sincero.
–Vino directo del corazón.
–Pero nunca salí con un cheto –dijo, y dejó de escribir.
Todos tenemos muros en la mente que nos tapan la realidad. Pero me parecía una boludez que un prejuicio llegase tan lejos. Odiaba las etiquetas. Odiaba a la gente que solo camina por lo certero, que necesita de los extremos porque el gris no se entiende. Come sushi, es puto. Lee libros, es inteligente. La mamá está en un asilo, es un hijo de puta. Yo era Enrique Bosco, y ni siquiera eso me definía. Tampoco el auto que manejaba, la ropa que usaba y menos la plata que tenía en la billetera o en la cuenta del banco. Ella era Marianela, me gustaba, y era lo único importante.
–Dicen que trae suerte –le respondí con ironía.
–Lo dudo –respondió cortante–. No los banco. A ustedes, lo único que les importa es garchar y enero en Punta del Este.
–No te olvide de Miami.
–Típico. Los chetos hablan mal de los chetos. Ni entre ustedes se bancan.
–¿Hace mucho que laburás en Tribunales? –le pregunté.
–¿Eh?… te confundiste de minita. Yo estudié Letras, flaquito.
–Digo… por todos los juicios que tenés en la cabeza.
No le causó gracia. Me acusó de estar cagando el país. Ustedes los chetos, con su mano invisible del mercado, nos van a dejar peor que Haíti. También me llamó gorila, facho.
Dejé que hable, que escupa todo el veneno. La imaginé sola a los 37, parecía de 37, viviendo con la mamá o en un lugar que no le gustaba. Aguantando los caprichos del jefe, en un trabajo que no quería. Entendí que el mundo le había fallado, y la única forma de atenuar ese dolor, era descargando su ira contra los otros. Los chetos. No entendía que todos somos rompecabezas con piezas incompletas. Y es imposible prescindir de esa ausencia. No sabía que el mundo nos había fallado a todos.
Por fin la conocía. Ahora veía sus imperfecciones, le salían las tachas del cuerpo. Atrás de esos tatuajes y todas esas fotos provocativas, había una nena que se moría de ganas de jugar en el jardín de los vecinos.
–Igual, tengo que confesar que te leo.
Le agradecí y lo tomé como un cumplido. Todavía había una posibilidad.
–Che, cambiando de tema –le dije–. ¿Viste la última de Tarantino?
–No, pero no me parece el mejor lugar para una primera salida. Tenemos que hablar, conocernos. Terminé aceptando ir al parque esa tarde.
El sol de julio estaba tan fuerte que te sacaba todo el frío de los huesos. Yo estaba encargado de llevar reposeras y algo para tomar. Compré dos botellas de agua con gas y agregué yogur y frutos secos. Nos sentamos cerca de un farol, ella puso la lona encima del césped. Me paso un sándwich de atún y yo le mostré todo lo que había llevado.
–Estos chetos –dijo entre carcajadas–. Lo único que les preocupa es verse bien, y no se dan cuenta que la mitad de la población tiene hambre.
Cuando intenté levantarme, ella descruzó las piernas. Eran flacas y largas. Yo era un hombre de piernas, pero ella tenía también unas tetas redondas y naturales. Decidí quedarme más tiempo.
Hablaba y yo asentía con la cabeza. Tenía un timbre de voz fuerte y agudo que hacía todavía más insoportable esa charla. No cerraba las ideas, no había remate. Era todo monótono, como los discursos de Fidel. De a ratos la miraba. Era tan hermosa, que uno aguantaba toda esa música funcional.
Más tarde refrescó, el parque estaba vacío como la peatonal en enero. Ella me hablaba de todas las marchas a las que había ido. Para despenalizar la marihuana, para legalizar el aborto. Solo hizo un alto para pedirme el sweater, y antes de ponérselo, se río de la marca.
Ambos quedamos tildados observando a un tipo que caminaba cansinamente mirando el piso. Parecía trasnochado, tenía el pelo largo, con rulos, y vestía un sobretodo que cubría su cuerpo largo y flaco. Los brazos en los bolsillo y lentes oscuros, que tapaban unos ojos con mucho sueño. Unos pasos atras lo seguía una nena de rulos y cachetes prominentes. En la mano derecha flotaba un globo de color rosa, gracias al helio. Papi, esperame, le gritaba.
–Es un rockero –me afirmó ella–, es amigo mío en Facebook.
Me contó además, que había sacado un disco ese año y hasta había actuado en una película. Lo vimos alejarse.
–Pobre nena –dijo–. No debe ser fácil ser la hija de un rockero.
No estaba equivocada. Había muchos hijos de músicos que cargaban con el peso de tener un papá famoso. Un papá superman.
–Lo peor es la ausencia paterna –continuó–. Debe ser duro tener un papi que no te lleve a la escuela.
La describió llorando a la salida del jardín, esperando que la pasen a buscar. La imaginó adolescente y descarrilada. Histérica. Sumida en las drogas. ¿Cómo se le ponen límites a un hijo, cuando uno no los tiene? –preguntó, y no supe que responder.

No pasó nada. Ni un solo beso. Le seguí escribiendo, pero nunca más respondió mis mensajes. Estaba obsesionado. ¿Por qué la indiferencia de cualquiera me fascina? Sabía que cuando me diera bola, Marianela y sus prejuicios se convertirían en piedra.
La habría olvidado, pero algo ocurrió en la semana previa al Día del Niño. Yo estaba trabajando, lidiando con la culpa de los padres. Son días de mucha ansiedad, la gente se amontona, te tratan mal. Se quejan de las publicidades de la televisión, de cómo el capitalismo fomenta el consumo de cosas innecesarias, de la espera en la caja. Atendía a tres personas a la vez, cargaba en los brazos dos muñecos y una pista de autos.
Entonces alguien cruzó la puerta. Era el mismo paso cansino que había visto en el parque. El mismo sobretodo y las gafas oscuras. La misma escena, salvo por la nena de cachetes como bola de boliche. Se paró frente a la góndola de muñecas y leyó cada una de las cajas. Se tomó su tiempo, como si sintiera que esa elección fuera muy importante, a la altura de un departamento, o la persona con quien te vas a casar. Quise tirar los juegos al piso, romper la ronda de madres desesperadas y atender a ese flaco que estaba vivo en un mundo que se caía a pedazos. Eligió la que estaba de moda, pagó y se fue con la misma tranquilidad con la que había entrado. Me acordé entonces de Marianela, de nuestra charla en el parque. Quise escribirle, comentarle la escena. Pero todavía me quedaba dignidad, así que antes de volver a casa, pasé por una disquería y me hice de los tres últimos discos del músico. Dejé apagadas las luces de mi cuarto, me acosté en la cama y puse uno en el equipo. El primer tema hablaba sobre cómo la gente busca la felicidad en cosas materiales. Un millón de dolares en este caso. Falsos. Las otras canciones también me gustaron, la melodía era original y las letras iban más allá de la rima. Venía cansado del trabajo, pero no podía dormir. Quería saber más acerca de ese músico. En un reportaje el entrevistador preguntaba si los discos eran como hijos y él respondía “El disco es un disco, yo tengo una sola hija”. Me gustaba lo que decía. Después contaba que era fanático de Lennon. El día que murió coincidió con el día de la Virgen en Cañada de Gómez. El venía de ahí. Hizo las tres horas de caminata, cargando un poster de John pegado a una madera. Muchos se quejaron ante ese acto, pero el con diez años no se dejó influenciar. Era honesto con lo que pensaba, creo que de ahí venía esa paz.
Me pasé los días mirando la foto de Marianela y escuchando la música del rockero. Me gustaba volver a casa, apagar las luces, prender el equipo y mirar ese pelo colorado.

Lo bueno de escuchar la música local es que los conciertos se repiten como el himno nacional en los colegios. En los galpones del CEC, en boliches y hasta en las escaleras del parque donde lo vi por primera vez. El que más me gustó fue un acústico en Berlín. Tenía la voz gastada, agrietada y lo acompañaban tres músicos cuya suma de edades era menor que la de él. Entre el público reconocí a la nena de rulos y cachetes prominentes. Imaginé a Marianela quejarse sobre el horario y la responsabilidad.
Empezó con el tema del millón de dolares. Siguió con una balada deforme entre un fantasma caníbal y una niña. Cuando terminó la canción, la nena gritó “papi te amo”. Eramos doscientos en el bar, algunos estaban aplaudiendo, pero se escuchó igual.
–Yo más, mi vida. Mucho más –dijo el músico con voz agrietada. Y sonrió.
Ella tenía alrededor de ocho años, y se la veía feliz. Ese momento fue el más aplaudido de la noche. Tal vez, el más aplaudido en la historia del bar.

Salí y me senté en la plaza que estaba en la esquina. Hacía frío, pero no quería manejar sin antes escribirle a la colorada. Por mis venas corría veneno. Empecé hablando de Diógenes.