EL VIRUS DE HUNO, DE AGUSTÍN ALZARI

 

 

Alberto Carlos Huno tiró el café y el cortado en jarrita que le pidió Claudio, el mozo. Los apoyó sobre sus respectivos platitos en la barra, al costado de la máquina, y encaró con decisión la cocina. Había dejado inconclusa la charla de su vida con el gordo Páez, jubilado y cocinero. Este lo esperaba parado bajo el ventilador de techo. Tenía la cara sudada y las palmas apoyadas de plano sobre la mesada de acero inoxidable.

–O te actualizás o estás frito, nene –le dijo el cocinero ni bien lo vio entrar–. El problema de este tiempo es que ya está: vos atrasás cien años.

Huno se lo quedó mirando. Páez levantó con lentitud la mano derecha y empezó a enumerar:

–No tuviste pibes, escuchás tango, fumás, tirás cafés, no te gusta el deporte, no viajás, y para colmo sos violento con las minas. Vivís en otro planeta, eso es la angustia que sentís. ¿Sesenta y cinco pirulos me decís que cumpliste? Al pedo te digo nene.

–Vos le decís nene a todo el mundo –dijo Huno.

–Yo lo único que te digo es que no va más la de morir en la tuya. Eso era antes. Vos sos un resentido, ahora se muere distinto. Se muere moderno.

Mientras Huno escuchaba a Páez contar las fabulosas ventajas de la vejez contemporánea, fue atando cabos: hacía unos cinco años se lo había cruzado por primera vez al gordo dando vueltas por la plaza Sarmiento, vestido con un conjunto deportivo. Primero fue una sorpresa, después una costumbre. Al poco tiempo los había impresionado, a Claudio y a él, con la novedad de que no leía los diarios del bar porque ya lo había hecho por internet más temprano. Y hacía tres veranos clavados que se iba de viaje a diferentes partes del país con un grupo de turismo para jubilados: Córdoba, Mar del Plata y Mendoza. Además, a Páez se lo veía cada vez más delgado, enérgico y vital. Y hablaba seguido de sus novias o amantes. «El Gordo se avivó hace rato», pensó Huno mientras lo escuchaba. Y se puso rojo de los celos.

Los interrumpió de nuevo el pedido del mozo Claudio. Esta vez, dos cortados en jarrita. Cuando volvió de la faena, fue Huno quién habló primero:

–¿Y qué decís que haga, Gordo?

Páez lo miró de pies a cabeza.

–Lo primero, afeitate. Lo segundo, te comprás una compu. Lo tercero, empezás un taller.

–¿Un taller? ¿Un taller de qué?

–Uno no. Dos talleres, nene. Uno de compu y el otro de horticultura. Yo te voy a decir cuál. Con el de compu te actualizás. Ni celular tenés. Y con el otro entrás en relaciones.

Huno lo miró desconfiado y en cuanto pudo huyó a la vereda a fumarse en silencio el penúltimo cigarrillo de su atado del día. El cielo de Rosario estaba gris. La calle San Luis hervía, bulliciosa. Huno empezó a registrar los signos de la modernidad: una nena escribía en su celular mientras caminaba; dos ancianas lo rozaron y cruzaron de vereda, sonrientes; el cartel de la obra de enfrente promocionaba un smartphone en doce cuotas; un flaco y una chica hermosa pasaron en bicis cantando a dúo un tema que nunca había escuchado. El gordo Páez le había abierto los ojos con su charla, y Huno creyó ver, en ese instante de marzo, el nuevo rostro del mundo. Un mundo saludable, alegre y despreocupado. Un mundo donde a los sesenta recién se empezaba.

A las pocas semanas, Huno se compró la PC. Cuando la tuvo instalada, puso internet. Después hizo el taller para navegar y otro más específico de redes sociales. Cuando llegó la primavera tenía ochenta y dos amigos en Facebook y se inscribió en el taller de horticultura orgánica. Era semanal y lo organizaba el grupo «Huerta por la vida». La profesora era una tal Diana Sorrente.

En la tercera clase del taller acontecieron dos cosas definitorias: la primera es que Huno descubrió que odiaba la tierra (estaba plantando una menta en un almácigo mientras miraba de reojo a Ceremonia Sánchez, una de sus compañeras, cuando sintió asco por eso que tenía entre las manos, y unas ganas locas de lavarse con agua); la segunda fue que recibió un mensaje de texto (a esa altura hacía dos meses que tenía celular) del mozo Claudio que lo informaba de la muerte del Gordo Páez. «Le dio un bobazo acá en el bar», leyó. Así había terminado sus días el mentor de su modernidad.

Apesadumbrado, Huno se fue directo al velorio. Tarde, ya cerca de las dos de la mañana, volvió a su departamento. No sabía qué hacer, así que encendió la PC. Al ratito abrió el navegador y se metió en el Facebook. Notó que lo habían etiquetado, cosa poco habitual. Encendió un cigarrillo y después de viciar el aire con la primera bocanada, se puso a mirar la foto. La había subido Diana Sorrente, la profesora de «Huerta por la vida». En la foto aparecían los asistentes del taller de la tarde rodeando un almácigo hecho en un cajón de madera, al que señalaban con el dedo. En el centro había un escuálido plantín de ciboullete. Todos sonreían, incluso él, Huno. «Todavía no sabía lo del Gordo», pensó.

Los comentarios debajo de la foto venían así: «Excelente clase!», Dora Sancas; «¿Para cuándo las verduras a la parrilla??? jajjaj», María Granados; a lo que Alberto Carlos Huno se sumó con una sola palabra: «pajera».

¿A quién iba dirigido el insulto? No sabía, no se sabía. A la mañana siguiente la chorrera de mensajes era considerable, y el tono, alarmante. La profesora Sorrente le exigía que se retracte de inmediato. Huno, sin comprender del todo lo que hacía, se justificó diciendo que fue un virus el que escribió la palabra. Nadie le respondió, con excepción de Ceremonia Sánchez: «Suerte con eso Alberto. Yo también tuve uno. Sludos!».

De allí en adelante, Huno no pudo dejar de hacerlo. Tarde, por la noche, solitario en su casa, mientras fumaba y escroleaba, sentía que algo lo subyugaba, lo acariciaba; allí nacía el agravio, el insulto gratuito, sexista, racista, grosero a más no poder. A la mañana siguiente operaba la fase dos; el falso arrepentimiento, la fingida retracción. La justificación fraudulenta de que no habían logrado todavía suprimir de su PC el célebre virus que insultaba solo.

 

 (actualización noviembre 2017 | El Cocodrilo 4)

 

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