EXAMINAR Y ORDENAR, DE THIAGO SUSÁN

El mundo deseado es, a partir de esta época, una isla.
Ernst Bloch

Algunos internos dicen que estar adentro o estar afuera es más o menos lo mismo. Creo que en algo aciertan. Me creció el pelo y la barba, se me doró la piel por la exposición al sol y comí las dos comidas del día. Casi igual que afuera. Al principio sentí una innegable rareza. Recorría los pasillos en la medida en que podía y trataba de encontrar partículas o rasgos del ambiente que me hicieran creer en algún sentido de la existencia, también en la medida en que podía. Igual que afuera. Determiné, el primer día, negarme a establecer todo tipo de comparación, incluso la más mínima, con el afuera, a fines de no sentir, si es que las condiciones se daban para que así lo sintiera, ninguna disrupción radical que pudiese hacerme caer en un angustioso estado reflexivo. El primer paso sería, deduje, abandonar la búsqueda del sentido de existencia, porque se trataría, llanamente, de una operación de contraste. La idea fue naturalizar el adentro, forzar la naturalidad del adentro, al menos por un tiempo, por unos días, para evitar todo tipo de comparación que me hiciera sucumbir bajo el contraste, todo en la medida en que podía. El primer día, el primerísimo, salí a recorrer los pasillos y encontré un hombre muerto, debajo de una ventana y bañado de sol. No era la primera vez que veía un cadáver. Sentí, como creí natural sentir, curiosidad por saber quién era, por acercarme, pero determiné no hacerlo puesto que eso, acercarme a reconocer un cadáver echado en el piso y disfrutando del sol, sería más bien del orden de lo disruptivo, de la contradicción entre los dos polos que apuntaba a entremezclar, a fines de no caer, y todo en la medida en que podía.

Imagen: Gianna Luppi

Me era evidente, teniendo en cuenta lo que había observado en los primeros momentos experimentados adentro, que debía mancharme lo más rápido posible del medio en que me movía. Establecer puntos de contacto y generar lazos, relaciones, aproximaciones. Muy pronto y en gran medida, haber tomado esa decisión comenzó a alegrarme, palabra que excluí inmediatamente de mi vocabulario mental al considerar que alegrarme por una decisión forzada no conduciría, de ninguna manera, a lograr el trayecto de ruta que había trazado para no recaer en el pozo, porque estaría aceptando, y eso no lo quería, un contraste entre mi estado inicial y mi estado reciente. Decidí que lo mejor sería naturalizarlo y transitar el cambio gradual que me conduciría, al menos por un tiempo, por unos días, y en la medida en que podía. Mi hábito era moverme de mi habitación en dirección al hall común, y del hall común por el pasillo en que recayera el sol, según el momento del día en que lo transite, a mi habitación, haciendo una parada en la ventana porque necesitaba, a veces más y a veces menos, una ventana. Claro que el primer, el primerísimo día determiné el hábito. Lo determiné apenas llegué porque determinar un hábito, en el común sentido en que la gente fija los hábitos, implicaría un lapso de tiempo, creo que de mínimo tres días, de repetición. Yo lo hice antes de empezar porque no tenía escapatoria, porque era necesario, porque mi condición básica de existencia no podría desarrollarse en una línea en ascenso, curva u ondulante, sino que tenía que moverme, única e ineludiblemente, así como naturalmente, en línea recta. Acomodé entonces la habitación y fue hábito, recorrí el primer pasillo y fue hábito, y todo cuanto hube de hacer ese primer día fue, quizá, el hábito más severo al que jamás me hubiese sometido. Lo duro, que no fue duro porque determiné, al momento de captar la particularidad (así comencé a llamar a los sucesos potencialmente disruptivos), que no podía ser duro debido al riesgo de la disrupción y del contraste, fue toparme con el cadáver. No me acerqué, pero temí que lo habitual de mi rutina terminara por coincidir con lo habitual del medio, y en consecuencia volver a toparme con el cuerpo. Sea como fuere, la determinación era obvia, y puede que también hábito; no caer en la premonición de una desgracia, so pena de alterar mi estado de ánimo y verme inundado por el miedo, que desembocaría frágilmente en la angustia, de la cual rehuía incansablemente, por unos días y en la medida en que podía.

El primer mediodía, el mediodía, comenzó mi dieta, que estrictamente no comenzó, sino que más bien continuó, y temí, o más bien encontré una particularidad en la posibilidad de verme rebasado por el estricto régimen alimenticio. Pero, para mi tranquilidad, confirmé de inmediato que el problema estaba resuelto de cuajo, porque me veía en la necesidad, en la natural necesidad de suprimir el concepto mismo de dieta, al menos en su sentido tradicional, porque de no hacerlo supondría una disrupción que recaería en una comparación, en un contraste y en la angustia. Lo que había sido mi dieta pasó entonces a ser parte del adentro, de la naturalidad del adentro, y en contra de mi entendimiento y mi razón, y de cualquier estado activo que pudiera sugerir mi presencia como interno, prosiguió.

Imagen: Gianna Luppi

La primera tarde, o más bien la tarde, transcurrió amena, o simplemente transcurrió, y ninguna inclinación interpretativa me hizo apreciar peculiarmente algún suceso. De mi habitación al hall común, y del hall común, por el pasillo en que recayera el sol, según el momento del día en que lo transite, a mi habitación, haciendo una parada en la ventana. Una, dos, tres veces, quizás más, lo que a partir de determinado momento no importaría, porque determiné que contar, el mismo hecho de enumerar la cantidad de idas y venidas, de recorridas y detenimientos, era en sí una operación contrastiva, porque tres veces no eran dos, cuatro no eran tres, tres no eran cuatro y las tres veces eran más próximas que las cuatro, en sentido temporal, al afuera, y las cuatro más próximas, también en sentido temporal, a la adaptación profunda en el adentro. Determiné entonces que las idas y venidas, simplemente, transcurrieron. Y como transcurrieron las idas y venidas, transcurrió también el día, de pronto fue de noche y determiné que, pese a la búsqueda, hasta ahora triunfante, de la neutralidad contrastiva, era tarea inútil y de persona desquiciada querer aplicar el mismo procedimiento a los fenómenos naturales, a las particularidades de los fenómenos naturales. Enlisté entonces esta serie de particularidades que no deberían ser sometidas a ningún tipo de vigilia y que podrían desenvolverse aun en sus variaciones: fenómenos orgánicos y la cambiante naturaleza del medio. Sucedió la noche, la particularidad de la noche, y acepté, habitualmente, que oscurecía, y creí natural aceptar, también, que el sueño sobrevendría y que, después de cenar, de continuar la dieta, debería acostarme, dormir, en la medida en que podía.

Desperté, como suelo despertar, temprano, dispuesto a proseguir el transcurso de la mañana, a mezclarme con él, en la medida en que podía. De mi habitación al hall, del hall a mi habitación, transcurriendo planamente en la plenitud de la mañana y plenamente en su planitud. Entre medio, el pasillo, la ventana, un hombre muerto bajo el sol. El sol brillaba.

 

Thiago Susán nació en Pergamino, Buenos Aires, en 1998. Estudia Letras en la UNR. Escribe poesía, a veces narrativa. Es músico.

 

octubre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

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