LA CHICA DE LA MÁQUINA DE ESCRIBIR, DE CARINA RADILOV CHIROV

Estamos esperando con la señorita Clavel, en el aula de séptimo, de donde sale una escalera hacia el escenario del salón. Crispada por esta tarea, el pelo se le parece más que otras veces al festoneado de los claveles o a los festoncitos que mi mamá borda con la máquina industrial. Somos cinco lectoras: la Chica de los Padres Divorciados, la Hija de la Maestra de Otra Escuela, la Chica del Fondo, la Hija del Dueño de la Curtiembre y yo. 

Hoy se jubila la señorita Dolly. Para ella preparamos nuestras lecturas de despedida, que han de ser emotivas y sentidas. Debemos leer con entonación pausada, levantando la vista luego de las comas y los puntos, tal como nos instruyó en la clase de Lengua la señorita René, que es la maestra que más quiero. Nos lleva a la plaza para escribir “Instantáneas”, que son descripciones cortas, por ejemplo, de un cantero de flores o sobre los sentimientos que nos afloran cuando contemplamos el Cañón de la ciudad. A mí, el frío del acero oscuro no me despierta sensaciones. En cambio, las flores que el placero renueva en cada estación me dan palpitaciones cuando las contemplo. Porque ese es el verbo que usé en la última instantánea y la señorita René me felicitó: “contemplar” significa mirar con atención, como desde un templo o un lugar sagrado. Así me explicó la maestra. Dudo que alguien contemple el cañón. 

A la señorita Dolly la aprecio también, porque me permite quedarme en la biblioteca durante los recreos y me presta libros que son para gente más grande. Aunque con otros chicos se muestra arisca y hasta chillona, eso se debe a que la molestan. Por ejemplo, los más altos de séptimo le dan vuelta el reloj de pared o le sacan de lugar el cuadro del Fortín. Por acciones como esas la señorita Dolly se enoja tanto que el guardapolvos le vibra electrificado. Se ve que le han hecho muchas jugadas así en todos los años de docencia (así dice mi discurso: “los años dedicados a la docencia”) y ella está cansada de esos burlones. Le toca llamar al mayordomo para acomodar el reloj y me imagino que eso la avergüenza. 

Yo sé lo que es sentir vergüenza, así que, cuando le sucede un mal rato mientras estoy en la sala, me deslizo hacia afuera como si fuera una fantasma, para que no tenga que mirar la cara de nadie. No somos nunca tantas personas las que pasamos el recreo en la Biblioteca. Más seguido estamos las Mellizas del Silencio y yo. No son hermanas de sangre, sino de callarse. Las maestras no logran hacerlas hablar en clase, y si las señalan para contestar, se les transparenta la piel, como si les bajara la presión. Como prefieren no provocar desmayos, las señoritas, entonces se olvidan de ellas. 

El Chico que Aspira el Humo de los Fósforos me burlaba cuando estábamos en segundo o tercero por las empanaditas de dulce que yo llevaba como merienda en vez de comprarme las carasucias o los chicharrones de la cantina. Todavía no entiendo por qué, si las empanaditas de dulce membrillo de mamá son muchísimo más ricas que esas facturas mazacotas. En fin, es suerte que no lo eligieron para leer, porque entonces debería estar este tiempo con él. Me asusta su mirada, como si siempre estuviera a punto de prender un fósforo para acercarlo a mi pelo. 

Como es propensa a los nervios, la señorita Clavel nos obligó a asistir media hora antes del Acto de Despedida. Quienes estamos en su aula sabemos de sus ataques, en especial el Dante, que se sienta en el último banco, bajo la ventana. A él le dice “Duraznito del Monte” y lo lleva casi arrastrando al pizarrón cuando no le salen las operaciones matemáticas. A mí nunca me arrastró, porque mi cabeza da para las ciencias y las otras áreas; la cabeza me da para todo, no así el cuerpo. Para jugar a pelota al cesto no sirvo, la señorita de gimnasia me lo dice seguido y me pide que le haga unas planillas con mi letra prolija. 

El acto de despedida tiene un cuadro vivo al comienzo: es una escena de la colonización, con inmigrantes de mirada esperanzada; luego, venimos nosotras, las lectoras, a continuación las palabras de la señorita Directora y cierra el coro infantil, que entonará una canción de despedida que haga llorar a la señorita Dolly, lo cual me parece horrible, porque quién quiere llorar delante de todo el alumnado, donde están aquellos bromistas de años, burlones de la estatura de la señorita. 

Hace unos días fui a cambiar un libro a la Biblioteca; cuando entré, vi a la señorita Dolly contemplando las estanterías, como despidiéndose creo. No estaba llorosa ni nada parecido, pero se le notaba una joroba más aguda en su espalda. Se dice que no tiene familia que la acompañe en el acto, solo una madre postrada, a la que cuida cuando no está en la Biblioteca. Postrada me gusta estar para leer todo el tiempo que desee, como cuando me dio hepatitis y pasé casi un mes en la cama. Lo que más disfruté, además de leer todo el día, fue que ese año estuve exceptuada de hacer gimnasia por el delicado hígado que me quedó de la enfermedad. 

La Chica de los Padres Divorciados y la Hija del Dueño de la Curtiembre no son amigas, pero ahora que estamos esperando se hablan en secreto; las dos llevan zapatos Kickers originales y relojes de Hello Kitty rosados. La Hija de la Maestra de Otra Escuela no habla con nadie, relee una y otra vez su parte y se come las uñas. La Chica del Fondo está con la señorita Clavel practicando en voz alta. No tiene lectura fluida, pero la madre fue a quejarse sobre por qué nunca la hacen participar y la incluyeron. Muy brava la madre, qué vergüenza, los gritos se escuchaban aunque la señorita Clavel cerró la puerta del aula. Ese día el Dante se llevó las orejas ardidas.  

Yo no repaso porque pienso en la señorita Dolly: ¿tendrá libros en su casa?, ¿se dedicará a la lectura en privado? O tal vez solo le tocó estar en la biblioteca como una tarea especial que le dan a las señoritas que están impedidas de dar clases. Ojalá tenga muchos libros que le gusten para estar postrada junto a su madre leyendo sin preocuparse por las burlas o porque le pidan un libro que está ubicado muy alto. Subida a la escalera parece una tacuarita perdida en la sala, me da impresión porque creo que se echará a volar entre los muebles. No quiso decir ninguna palabra de despedida, eso lo sé porque ensayamos el acto entero en el aula y la señorita Clavel lo remarcó, rabiosa. 

Ya nos formamos para subir al escenario, la Hija del Dueño de la Curtiembre está delante de mí y cada tanto me relojea con odio. La semana pasada nos eligieron para la bandera del año próximo y resulta que ella no es abanderada, como se ve que esperaba serlo. Yo no esperaba nada, me quedé muda cuando me dijeron que llevaría la Bandera de la Nación. Se lo conté a Mamá mientras limpiábamos en las oficinas de la curtiembre. Mamá me dijo que estaba orgullosa de mi cabeza y que siempre tenía que estudiar para no ser como ella que tuvo que ir al tambo en segundo grado. Después me dio un premio: me permitió usar la máquina de escribir de la oficina principal. El tac-tac de las teclas sobre el papel es uno de mis sonidos preferidos. Cuando pase a la secundaria, voy a hacer un curso de mecanografía como hizo mi tía Lina. ¡Espero que me salgan los dibujos a base de cruces y ceros!

Cuando nos va tocando el turno a las lectoras, la señorita Clavel nos retiene de los hombros y luego nos da un empujón para que salgamos al escenario. A mí me preocupa tener que bajar las escaleras, mirar hacia el público y hacer el saludo delante de la Directora y las autoridades. La Hija de la Maestra de Otra Escuela me hizo saber, cuando estábamos en quinto, lo torpe y bruta que yo era. Pasó que me choqué un banco en la feria de ciencias y se derramó el líquido de su experimento. Todavía no me animé a preguntarle a Mamá si hay alguna forma de que se me vaya esta brutalidad. 

Ya leyeron tres, faltamos La de la Curtiembre y yo. La señorita Clavel se ve más tranquila porque las lectoras estuvieron a la altura. La empuja a la de la mirada odiosa y me atrapa a mí con sus garras (me recuerdan a las patas escamosas de las gallinas de mi abuela). La de la Curtiembre empieza con voz baja y la señorita Clavel la reta desde atrás: “¡Hablá más fuerte!”, cacarea. No puedo ver al público, porque el telón está corrido, pero  se hace un silencio y a continuación llanto y pasos que corren por el escenario de madera. 

Me suelta los hombros para asomarse y cuando vuelve la corona de su pelo crespo brilla de furia. “Vas a leer lo que la otra tiró, juntá el papel y leé el de ella y el tuyo. ¡Y que salga excelente!” A pesar del empujón, no me siento nerviosa al asomarme, sino que busco con la mirada a la señorita Dolly, sentada entre el Presidente de la Cooperadora y la Presidenta del Club de Madres. Parece que la han puesto en penitencia. Leo como si estuviéramos ella y yo solas en un recreo, en la Biblioteca. Afuera el griterío de la galería y adentro la calma de los libros.

Mi lectura le alzó la mirada a la señorita bibliotecaria. Me equivoqué solo en el orden de la retirada, porque hice la reverencia sobre el escenario, bajé la escalera midiendo mis pasos, como lo haría Sissi, la emperatriz. A último momento fui hasta el asiento de la Señorita Dolly para dejarle los papeles de la lectura como regalo. Ella se prendió de mis ojos. Entendí que me rogaba ayuda, callada como si fuera una trilliza de silencio. 

Algo en mí tomó coraje. Con la cabeza, señalé la salida del salón. Ella se levantó medio encorvada, me agarró la mano y corrió. Por el pasillo, entre las filas de alumnos y docentes, corrimos. Era como si todos estuvieran jugando al “congelado”. El piso blanco y negro parecía infinito; pasamos delante de las gradas donde algunos chicos empezaban a levantarse para ver el espectáculo. Antes de salir a la galería, miré hacia el escenario donde la señorita Clavel gritaba un nombre. ¿El mío o el de la señorita? Nos deslizamos como patinadoras sobre los mosaicos encerados, recorrimos el hall de entrada con pasos más calmos por el miedo a desparramarnos sobre el mármol. ¡Al fin salimos de la escuela!

Continuamos la corrida sin fijarnos en la gente, cruzamos volando la avenida y allí estaba la plaza. Las dos llegamos sin aliento, de correr y de emoción. La señorita Dolly empezó a reírse a carcajadas, tanto que ya no parecía una maestra. Éramos dos niñas que habían hecho una travesura. Se despidió con una caricia en mis manos. Calmada la risa, se fue sin hablar. Caminó con pasos menudos, entre las sombras movedizas de los plátanos. Pensé que “sombras movedizas” sería una buena frase para usarla en la próxima instantánea. 

Resulta que las maestras se enojaron mucho con mi desobediencia, en particular la señorita Clavel, que no pudo nunca decirme “Duraznita del Monte”, pero tampoco me felicitó más delante del curso. Al final no me dieron la bandera de la Nación; quedó en manos de la Hija del Dueño de la Curtiembre. Lo que importa es que Mamá no se enojó, al contrario, los viernes cuando vamos a limpiar las oficinas, me libera de ayudarla para que yo practique en la máquina. Estoy escribiendo mi primera novela.

 

Carina Radilov Chirov (Sunchales, Santa Fe) es activista feminista y docente. Su primer libro, Flor del llano, fue editado por Nunca tengo razón y reeditado en Rosario por Espiral Calipso, en 2011. En 2014, por Editorial Nudista, vio la luz el libro de cuentos Donde empieza a moverse el mundo. Publicó poemas y cuentos en diversos medios digitales y antologías. Este año Editorial Nudista publicará su segundo libro de relatos, y Corteza Ediciones, de Santo Tomé, los poemas reunidos desde 2011.

 

octubre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

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