LA CHIRUSA, DE CAROLINA DIEZ (SEGUNDA ENTREGA)

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Trabajar de noche le decía la vieja. Puta y chorra le decía la vieja. Ahora vivía en zona norte. No se veían desde hacía seis años; hablaban por wasap cuando pegaba algún celu. Esa noche había perdido la cuenta. Muchas vueltas, cambió un par de compañeros al azar, antes y durante, entraron y salieron de boliches, barsuchos, bodegones, supermercados chinos que eran más fáciles de robar, ipeefes. Entraron y salieron la noche entera como si la noche se tratara de eso: de horas incansables de agotador esfuerzo por ganar, por ganar tiempo para gastar, por perder tiempo a lo grande, por conseguir lo que el día les privaba al margen de las actividades y de la realidad, pero, a la vez, inmersos en ellas, por haber nacido detrás de unas vías, de los férreos caprichos de una minoría que no lo era en absoluto. Marcados por la inferioridad, marchaban de antro en antro buscando, depredando, desesperando jirones de carne para masticar, un chicle de sangre que estire la palpitación, la dulce melodía del estertor, hasta donde no queden angustias. El lugar vacío, al final del espiral. La chirusa le decía yirar; no les quedaba otra, se decían, es la que va: manotear, aguijonear a los farsantes, a los disfraces, a los ridículos esqueletos desfilando en la peatonal, a los despreciables monigotes intocables al volante, a las cogotudas insolencias que cacarean entre vidrieras. Cómo les partiría el cráneo a todas ellas, el cráneo hueco y agusanado por los productos para el pelo que la pola decía que eran contraproducentes y se hacía baño con mayonesa, o con leche y aceite. Eso cuando la chirusa era mala, pensaba, cuando algo por dentro le gritaba que rompiera huesos… el veneno, el veneno que venía tragando desde chica por herencia de su abuela, por las memorias deformadas de los hijos y los hijos de los nietos y el incesto, y las deformaciones culturales y el abuso de su tía por su abuelo que vio cuando era aún muy chica para comprenderlo, frente al televisor que, a veces, en tardes de lluvia, la tía le invitaba a ver porque tenía ese canal de dibus y ella, su tía (esa forma de preparar el pan con un dulce de leche que no había en casa), lloró, y la chirusa la vio llorar; vio llorar a su tía y se echó hacia atrás, unos pasos, luego más, se fue alejando de aquel olor a pan caliente y de la sombra de su abuelo metiéndose debajo de la pollera y se alejó al tiempo que se hundía por dentro en un pozo inmenso de años de encierro, de entierro prematuro, de tiempo sin historia, la bruma odiosa de quien se ciega, por un rato, porque es necesario, por beldad. 

La medialuna se hunde en el líquido marrón de la taza amplia, barata, para aparecer de nuevo chorreando hasta entrar a su boca donde desaparece dejando afuera la cola y retorciéndose por efecto del mordisco. Los ojos de la chirusa buscan al interlocutor sin dejar de notar los anillos de sus manos y la sonrisa dislocada que soporta dignamente la falta de un diente. Esos dientes brillan, piensa la chirusa mientras sorbe el café con leche que le invitó este tipo que sabe bien quién es, pero como tenía hambre, tenía sed, tenía un poco de ganas de ver unos ojos cerca, ver cómo pestañean, ver cómo se encienden y se apagan las miradas en torno y, a raíz de ellas, la suya misma, desayunaba esta mañana con él. 

Anduvo yirando toda la noche, aunque dijo que no lo haría más. Iban bien, estuvieron un par de horas piolas pero se peleó con el chino y con el amigo porque se sacaron los cintos de nuevo, como hacen siempre, y corrieron a una pendejada que venía por la cortada, y sacudieron las hebillas de los cueros en los lomos de los otros, y les escupieron también los cuerpos tirados en el suelo y después, recién, les sacaron las zapatillas y encima eran unas mierdas y ella los puteó y ellos le dieron en la pierna, los dos en la misma pierna, los dos a la vez y ella los puteó de nuevo y corrió para atrás y agarró una piedra, y agarró dos, y siguió corriendo entre la maleza de la placita donde también había pañales sueltos y pateó uno mientras los pies iban para atrás y los ojos para el otro lado y ellos se acercaban con la baba hirviendo en la boca.

Era difícil mantenerse lejos de la oscuridad. Estuvo un tiempo limpia pero un tiempo es eso, un fragmento de tiempo, inmedible, un fragmento de tiempo en que pasó mucho de ese tiempo durmiendo. Un tiempo que pasó con la misma indiferencia con que pasa todo el tiempo.

La primera vez que reincidió no se la iba a olvidar nunca: estaba con Luis, que entró al pasillo, lo único abierto esa mañana del día del padre tipo nueve; era de mañana en un lugar donde siempre parecía de noche, anotó en algún lugar, recuerda, en sus memorias quizá, las que quemó, y ahora ve la imagen empañada: ella fumando un pucho porque ni le pintaba, se había pasado la noche jugando a las cartas, es cierto, reincidiendo temprano, la cosa llama a la cosa y así estaba, ahí, festejando un amanecer sin misterios, sin mucho para esperar. Luis desaparece en el agujero de ladrillos, la chirusa ve con la mente cómo buscaba el agujero correcto en la pared repleta de ellos, pero uno solo con los fantasmas detrás. Minuto y veinticuatro segundos: desde la esquina, a diez pasos, gritos de unos que pasan con los que ya estaban. Segundo minuto y trece segundos: las cosas se pudren y ella se pudo explicar más tarde el calambre que se le configuró en el estómago al desplazarse tres pasos para llegar a la conjunción de dos vehículos estacionados y agacharse. Segundo minuto y cuarenta y tres segundos: uno pega un tiro. Vienen los demás, su cuerpo bajo el auto pretende seguir respirando. Tres minutos veinte segundos, Luis sin aparecer, siempre tres minutos, siempre. Respirar. Tercer minuto cincuenta y tres, cierra los ojos. Esperar. Inhalar. Cuarto…

La chirusa irrumpió en el baño cierta tarde, su sombra la esperaba y divagaron unas pestañeadas en azulejos rosáceos hasta que se calmó y, concentrada, vomitó: parecía ya añejo lo que llevaba adentro, parecía viento y, tras culminar el posterior proceso, salió. Depositó un bulto sobre una repisa insolente que atravesaba su mirada. ¿Dónde estoy parada?, preguntó a nadie. En tácita y sabia respuesta se miró los pies roñosos, recónditos, y cuanto más lejos esté yo de ella, mejor, dijo, mejor, porque una vez dormida, una vez dormida la chirusa no soy yo. Salió riendo con un topcito color pastel entre el tumulto anestesiado, arrastraba la bolsa y en el camino casi no lloraba, casi porque a esa altura se trataba de un impulso que no controlaba, a veces ni cuenta se daba, hipnotizada por algún animal muerto en la vereda, se le nublaba la vista y no entendía hasta que se secaba. Si nobles o falsos somos, lo somos en cuerpo y alma; es entonces en cuerpo y alma donde nos dolemos de lo que somos aunque no hacemos.

La mejor parte era despertar, se decía alumbrando algún espectro que no encajaba en el rompecabezas de su infancia. La chirusa no teme a la madrugada excepto entre las cuatro y las cinco, horas en que prefiere andar abrazada. Aunque también supo ser papel picado disperso en el viento de un cumpleaños sin piñata, siempre el mismo, siempre un único recuerdo de cumpleaños sin piñata y mil historias que su imaginario nunca acaba de seguir inventando. Mil ficciones de perfecto cumpleaños, algunos muy pasados, algunos traspasados por otros y asimilados en una misma torta de velas intercambiables con las luces que desde la terraza de la Sole vio esa noche de su cumpleaños, del de la Sole, y no pudo parar de imaginar cumpleaños ajenos. Había festejado más años de los que alcanzaría a cumplir con seguridad desde entonces y le resultaba excelente terapia: había logrado unos festejos maravillosos que podría albergar para toda la eternidad y contarle a su futura descendencia con pasión; sí, tenía mucho más que la Soledad, que ahora ya tenía su novio y se pintaba las uñas sin ensuciarse, y la miraba desde el frente con la toca puesta porque hace poco la hermana le rompió la planchita y no se anima a salir con los rulos porque el Cristian siempre le dijo porra, porrita, desde chiquita y todo el mundo lo sabe porque acá todo el mundo sabe todo. 

Entendió una vez que las velas que soplamos en los cumpleaños son un ensayo para la experiencia estertórea, pero no lo pudo decir a nadie porque las palabras a veces no alcanzan.

 

Imagen: Lula Giacosa

*Leé también la primera entrega de La chirusa, de Carolina Diez.


Carolina Diez nació en Rosario en 1985. Es estudiante de la carrera de Letras en la UNR. Participó en diversas antologías de la ciudad de Rosario: Corte al bies (GatoGrillé Ediciones, 2016), Antología Poetas del Tercer Mundo (Editorial Ciudad Gótica, 2008), Florilegio (Editorial Independiente ESO, 2008). Participó en el fascículo de Políticas de Juventud 20 años (Editorial Municipal de Rosario, 2010), en revistas locales independientes como Femme Fetal (2017), El Corán y el Termotanque (2016), Tropofonía (2009), entre otras. En 2011 co-coordinó el ciclo literario-performático que llamaron Anticiclo del hueso y luego enterraron. Entre 2014 y 2016 realizó La Bola Literaria, un ciclo de micros radiales de lecturas de escritores locales por el que pasaron más de 25 autores. En 2015 se llevaron a escena sus diálogos titulados Hijas de Hipnos. En 2016 colaboró con la editorial Trópico Sur y gestionó eventos culturales y presentaciones de libros. Coordina laboratorios de escritura creativa y continúa produciendo micros literarios en formato sonoro. Escribe prosa y casi poesía. Sus textos virtuales pueden leerse en diariodeandromeda.wordpress.com y en atroposofia.wordpress.com. Terminó recientemente una novela inédita intitulada Aborto Masivo. También se dedica a la actuación, a la producción de contenido multimedia independiente y da clases de Hatha Yoga.

 

julio 2020 | Revista El Cocodrilo