LA CHIRUSA, DE CAROLINA DIEZ (PRIMERA ENTREGA)

1

La chirusa se cambió la blusa y volvió a salir. Había algo en la calle, en el asfalto, bajo las tapas de las cañerías que la incitaba a no dejar de traspasar, paso a paso, las huellas de la noche anterior que iban absorbiendo la humedad en su cuadra de tierra. Cuántas serían de ella se preguntaba y hasta reconocía alguna hundida en el suelo inmundo de plástico y latas. Los días grises pensaba en fundirse con la lluvia, como si así pudiese hacerse agua, toda salpicada y empapada la capuchita leve que ocupaba la misma ínfima espacialidad que su persona. La chirusa se levantó la falda y con tres uñas se rascó la nalga. Soberbia, infortunada, sin pausas, cruzó los barrotes torcidos, forjados en ausencia de esmero, no sin mirar atrás. Sobre la mesa había pétalos, tan secos, tan marchitando el tiempo; pudo oler todos los alientos que rozaron el néctar muerto de su inocencia alguna vez, tras alguna verja, buscando salir. Pudo bailar algunas miradas en torno, a través de las entradas y posibles salidas, y divisar fragmentos donde algún resplandor mínimo tal vez se hallase filtrando; medir los ángulos de aproximación más riesgosos y deshacerlos como en pleno partido de algo, de cualquier cosa. El ser humano siempre se las arregla para competir, ya había aprendido eso durante bastante tiempo.

La chirusa se subió la blusa y se miró la panza: algo habrá aquí adentro que tiene magia se dijo mientras disipaba las pelusas y costras de grasa que se le acumulaban en los pliegues del ombligo, casi con desdén se dibujó con el dedo una cara y siguió pensando qué comer. Hacía días no probaba más que los panes de chicharrón que habíanle regalado para soportar Semana Santa. Siempre odió las Pascuas. Miró en derredor y parecían sus ojos no ver la misma plaza, parecía una ilusión la que armó y jugó en su cabeza la princesa del cuento. Toda su espina dorsal se enderezó e incorporó al juego: ahora soy reina, decía, flameando la pollerita descosida, ahora soy dueña, mientras se ataba la remera como pupera. Ahora soy yo y estoy acá, en mi castillo, en mi reino, soy dueña del cielo y sonrió. Tres perros guachos se le dispusieron en torno a modo de séquito y su perorata continuó. Primera ley, no más comer del piso, y los perros se fueron, abandonándola al lado de la hamaca desprendida que colgaba sin gracia. Se abrazó al caño y ahí se quedó, pensando en antes, en la abuela, en las historias de princesas y en que no se la creía más. Todavía pétalos quietos destiñendo el tiempo.

Salió a buscarse una vida, independientemente de que no haya querido encontrarla. Alguna vez su infancia tuvo pétalos y se sintió flor. Todo pasa. Por la cortada los vio venirse encima del pibito de la vuelta. Le iban ajustando el cuchillo en la carne, en el vientre, al costado. La chirusa reprimió el espasmo y siguió andando como aprendió, de muy chica, con las anteojeras imaginarias de las que se usan para los caballos. Le decían puto, putito al oído.

Esa tarde la chirusa tomó, sumisa, la Naranpol temperatura ambiente morfándose los ensayos climáticos y las cortesías del caso. La polaca estaba inmutable y solo abría la boca para corroborar los títulos de pilas de lomos formados en un estante con tono dramático. No eran libros, esta vez se guardó su lengua y no pudo vanagloriarse de sabia entre los necios. Se trataba de ejemplares regrabados y revendidos entre las chapas de ese cementerio apasillado, paso previo a ningún lado, purgatorio amurado y satisfecho. Había películas de yanquilandia, de acción, más que nada porno. También había cumbia, bailable y algunos clásicos locales, la mayoría en mp3. La polaca se colgó perorando sobre Los redondos con uno de ahí, por lo que la chirusa estiró el trago de ferné no sin cierto escozor entre la marcha incesante de pala y aguja. 

Más tarde confirmó que allí no había causa suficiente para estar preocupada y que los tipos no iban a ese punto. Solo falopa se repetía para sí, con la voz en su mente emulando a la tía que en realidad era la abuela; la chirusa no entendía bien los vínculos de la parentela. 

En cambio, la rapada que se asomó en el fondo, cuando ellas se iban yendo, la morocha surgida del pliegue de cortina rota, mal cosida, de flores grotescas al borde del pasillo y la que vino como brava desde el frente, montando una yegua de chapa y pintura saltada que rugía, sin embargo, hasta pisarlas reverberando, querían bronca. Nada entendían estas mujeres del negocio, para ellas eran hembras frescas al acecho de sus machos; en eterno celo, solo podían percibir en una otra no más que la propia pulsión incansable. Dos millonésimas de segundo necesitaron la polaca y la chirusa para armarse en las mentes la peli de terror que les podía esperar en ese túnel de ladrillos desparejos si no fuera porque iban custodiadas hasta el final por sus huéspedes. Era el pibe del Tano el que venía doblando la esquina mientras una empezaba a cruzar el telón que les hacía de puerta con la moto de dimensiones extraordinarias que a la chirusa, en su trunca erudición personal, le pareció un caballo con armadura medieval. Había tenido oportunidad, ciertas pero no abundantes, de leer algunos ejemplares que, en su mayoría, le habilitaba la polaca adentro de una bolsa con polleras y remeritas para el finde. A veces agregaba alguna carta donde hacía un resumen de la última discusión con su madre o la descripción del último tipo que había visitado su casa, o el dibujo de la pibita que el hermano tenía en esa precisa semana que sería diferente a la de la siguiente; y la verdad que íbamos bien, dijo la polaca cuando tres horas más tarde se subían al bondi que por poco las abandona al destino. Voy a venderla a un lado, dijo acomodándose el corpiño y el elástico de la bombacha al unísono. Al cruzar algún pueblo intercambiaría trasporte, además, para no extrañar, se llevaba a la gata con ella, dijo. Fueron tiempos fríos los de la ida de la pola; nunca más, sabía, abrazaría con tanta intensidad a otra persona. Lloró esa tarde y muchas otras colgada del caño del tapialcito del fondo, mirando el rancherío boca abajo: las chapas sobre el cielo fritando lo de adentro, sus lágrimas nublándole el cuadro, los gritos de fondo, los otros llantos.

No pasó mucho tiempo hasta que la chirusa se dispuso de una vez a entrometerse así, de a de veras, en las cosas necias. La verdad era que la tentación no tenía nombre para ella, era un supuesto, por lo general, ya que ella bien sabía basarse en ellos dadas las coordenadas de existencia. Pasó que empezó a pensar en la existencia, aprendió el arte de la reflexión y sus consecuencias. No alcanza con nuestro baño, con la mierda de los hermanos, con el alcohol barato que cada noche madre se asegura de predestinarle a padre; los blísteres que madre y tía se pasan por las tardes cuando una busca melones de los de oferta y madre sale a hablar con el huevero que, justo, se hace el distraído porque, por atrás, viene un tipo, le da un billete (la chirusa sabe cómo la mano agarra un papel que no es un billete) y el huevero le vende secretamente algo que no es en absoluto un huevo (la chirusa sabe cómo sostienen los huevos los hombres que carecen de ellos); a menos que sea un huevo diminuto, como los que probablemente alguno de los dos lleve puesto. Ahí la chirusa ríe, insolente, ante sus ojos molestos, ante el espectáculo diario de los ritos urbanos de ese pedacito de tierra que alguien habrá querido que fuera habitado pero, ¿por qué? Por qué es que debe contentarse con el riendo nomás sin poder gritarles a todos lo sé, lo sé, los estoy viendo todo el tiempo, noto lo que hacen, desentraño sus mentiras que repiten y repiten como si fuera aire que respiran. Y se calla. Se calla mientras una voz de hombre la amenaza, mientras el cielo parece voltearse a verla caer en las tumbas de un silencio irreparable. 

Ya no recuerda ni lo que vio ayer, se miente la chirusa cada noche, se miente una y otra vez en su afán de querer formar parte. ¿Parte de qué? De un microcosmos ficcionado que ya dispuso su suerte, su rótulo y, si es que la identifica, también, su identidad. Le dice la vieja del forraje, a los gritos, cuando pasa, la que es poeta, la descarriada, la rebelde, morirá soltera, dice, la piba esa, morirá en el eco de la calle y los motores incansables, el estruendo infinito del taller de la esquina, los ruidos fungibles del vecindario, del techado, del suburbio completo le harán compañía mientras cruce las calles, sin parar, queriendo que nadie la toque por eso de sentirse humillada nomás. Pero no lo dice con poesía, no, ella lo dice con rabia, con la rabia que le bulle en el lugar donde murieron sus sueños. La chirusa puede sentir el olor a muerto. Y la vieja tose. Y la chirusa le muestra el culo y le dice buenas tardes y la vieja se atora. Y la chirusa ríe mientras la vieja corea un puteo eterno que se apaga hasta volverse un hilo de voz entrando al sueño. 

Al toque aparece la primera línea, dijo la pola que un poquito no estaba mal, que iban a empezar de a poco, recuerda, una vez, la primera de las primeras, pero ahora no, ahora de verdad, ahora en serio, las cosas en serio, así se metió. Eso no lo cuenta nunca.

 

Imagen: Lula Giacosa


Carolina Diez nació en Rosario en 1985. Es estudiante de la carrera de Letras en la UNR. Participó en diversas antologías de la ciudad de Rosario: Corte al bies (GatoGrillé Ediciones, 2016), Antología Poetas del Tercer Mundo (Editorial Ciudad Gótica, 2008), Florilegio (Editorial Independiente ESO, 2008). Participó en el fascículo de Políticas de Juventud 20 años (Editorial Municipal de Rosario, 2010), en revistas locales independientes como Femme Fetal (2017), El Corán y el Termotanque (2016), Tropofonía (2009), entre otras. En 2011 co-coordinó el ciclo literario-performático que llamaron Anticiclo del hueso y luego enterraron. Entre 2014 y 2016 realizó La Bola Literaria, un ciclo de micros radiales de lecturas de escritores locales por el que pasaron más de 25 autores. En 2015 se llevaron a escena sus diálogos titulados Hijas de Hipnos. En 2016 colaboró con la editorial Trópico Sur y gestionó eventos culturales y presentaciones de libros. Coordina laboratorios de escritura creativa y continúa produciendo micros literarios en formato sonoro. Escribe prosa y casi poesía. Sus textos virtuales pueden leerse en diariodeandromeda.wordpress.com y en atroposofia.wordpress.com. Terminó recientemente una novela inédita intitulada Aborto Masivo. También se dedica a la actuación, a la producción de contenido multimedia independiente y da clases de Hatha Yoga.

 

julio 2020 | Revista El Cocodrilo