LA CHIRUSA, UN RELATO DE CAROLINA DIEZ (ÚLTIMA ENTREGA)

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Le gustaba romper muñecas. La sensación de que no fueran perfectas la tranquilizaba. También le gustaba arreglarlas. El mejor cumpleaños de la pola fue cuando prendieron fuego las muñecas en el descampado y tuvo que venir la policía por el bardo que armaron las otras. Esa también fue la vez que entendió que las cenizas se barren.

Otra ronda, cartas, manos, licor, tetra, la pipa, la bolsa, la pasti y la bolsa otra vez, la mañana, la música al palo, el vecino elevando una queja en santo clamor; la pija de uno que le entra por la boca, la lengua de otro, la concha de su hermana repleta de otros pitos y otras lenguas sacudiéndose en ellas y en la polaca y en Macarena y también en la Virgen María y en Marilyn y en Susana y en la puta realidad. El país entero, piensa, es una gran pija que el habitante tiene que tragar. La chirusa traga su vómito junto con la tarde, el mareo, la pastilla, la bolsa, lo que queda de la bolsa, fumar, comer y fumar, fumar y fumar, no dormir, las cartas, la mesa, las lenguas. Despertar.

La noche en que conoció al Pollo, no; fue especial. Primero se compró un vestido con unos billetes que le chafó a la vieja y no se compró más que dos puchos sueltos a la vuelta donde también vendían la birra. Se sentía optimista. Del fondo del cajón sacó un rímel seco y se lo pasó, pestaña por pestaña, a pulso seco. Esa tarde la piba del barrio se maquilló y quedó atontada mirando al espejo esa cara, el cigarrillo colgando del labio, los ojos rojos delineados, las pestañas largas, tan largas ahora le parecían pintadas, y los labios. Se miró los labios aun con ojos cerrados poniéndose el vestido nuevo. Nunca había usado antes un vestido nuevo. Los viejos que no eran sus viejos discutían en el fondo y en la calle se agitaba la noche que los cernía. Salió.

La mano debajo de la falda, el vidrio del vaso, las pastillas, los chupones de la nuca hasta el pecho, el cacharro que no era un auto que podría ponerse en movimiento, la oscuridad, los grillos, los gritos, las cosquillas, las cucarachas, el miedo; la chirusa sintió miedo porque esta vez ella estaba presente, ella sentía sus dedos, el viento, los ruidos a lo lejos, la noche eterna en un recuerdo. La cerveza sobre los pechos, el rasgado del corpiño en su uña, el dolor, las luces dando vueltas, las manos, los rostros que se aparecían detrás, las risas, la pastilla una vez más, los vasos, las garras en el cuerpo, la multitud hundiéndose en ella, siendo ella, en el fondo del asiento. Los aullidos, el semen, las náuseas, los extranjeros; fue un tiempo inmenso y así lo recordaría: un bloque suelto en los compartimentos de otro ser, en otro espacio, otro cuento, porque la chirusa no quería ser eso, no quería su cuerpo marchitando sobre la mesa como esas flores atrapadas en racimos de otras flores que son de papel y no se pudren pero se manchan, acumulan mugre, pudren a la de al lado que nadie riega, que nadie recuerda. Se negaba con todas sus fuerzas a terminar en esa mesa, no arrastraría su tallo en el mantel de cualquiera a riesgo de romperse el culo intentando llegar a una silla sobre tierra que no esté muerta. No, la chirusa no podía recordar todo eso, ella de nuevo estaba muerta. 

Cuando resucitó hacía frío. Noche niebla quedó marcada, escribió más tarde en una servilleta de alguien. Pasó unas horas con Helena, en el departamento que le alquilaba hacía unos meses el Chacho que ahora la levantaba con pala y tenía más chicas que nunca. Helena se estaba poniendo vieja, en el fondo quería una amiga, una compañera, una discípula, esto la chirusa lo notó mucho después de los primeros tragos. Al principio, los días se sucedían con perfecto equilibrio, ella trabajaba de noche, dormía de día, la chirusa fumaba porro, limpiaba y hacía la comida. Una noche se fueron las uñas sobre la carne. Helena seguís siendo hermosa, le repetía mientras intentaba con las manos volver a sentarla en el sillón de pana verde botella, notando de golpe que la idea de sexo la impresionaba. Desde un tiempo a esa parte, se había ido incrementando ese rechazo y, ahora, ese sudor sobre la pana, Helena y sus uñas escarlata, el perfume a dama, a mujer que no era ella, que no era su madre, que no era su hermana ni su sangre ni sus miedos; se acordó de la polaca, pero era esa Helena de nuevo adelante, arrastrándole con esa uña los recuerdos de un goce enterrado en el relato del pasado que nunca terminó, que sigue escribiendo cuando la llama rata, Helena rata, siempre cogiste con tus machos adelante de tus hijos, yo me acuerdo, yo los cuidaba, y vos te dabas por el culo la tarde entera con el chongo de tu hermana y hacías que los pibes le dijeran tío a la mañana siguiente, y yo me iba llena de asco. Le gritó que si hubiera tenido pito le rompía el culo por jodida, por mala madre, por yegua y Helena se rio, se rio tanto que la chirusa le saltó los chocolates de un bife y la tiró contra la pana, y en la pana la baba y en la baba el fondo verde y escarlata, la uña inmóvil y una gota roja cayendo del labio que ahora babea sobre la pana, y la pana brillando más, ahora mojada por partes. Se oye decir puta con un eco entre los ojos y el techo y le lame llorando la pana, la gota de sangre, la baba, los labios y yacen un llanto prolongado, olvidado, un ovillo delgado y tembloroso. Las damas sin memoria se despiden al amanecer. Se cambia la blusa, la más joven, antes de salir, le queda grande.

Fue mucho más tarde cuando la vinieron a buscar, primero ideó una trampa y se emperró en irse lejos igual. Lo único que llevaba la chirusa en sus valijas prestadas como solo la gente de ese entorno sabe prestar era su propia libertad. Casi podía concretar diálogos en algunos bares del centro, porque pensaba pegar en algún momento algún rastro de la pola, que seguro por algún antro aledaño debía andar, aunque ya no creía del todo volver a verla. Entró de moza por caradura y duró menos de lo necesario pero más de lo esperado, casi logró disfrutar de algunos buenos momentos. Hizo un amigo que se delineaba los ojos y había logrado que creyera que tenía lindo pelo. Había dicho cabello. Eso hizo que lo quisiera desde un absurdo y caprichoso primer momento. No había luz más allá de esos momentos: eran la clave. El chico desviado la invitó un tiempo a vivir en su casa. 

Un tiempo que es un tiempo. No sabía, no podía o no quería querer saber, era una suerte de incapacidad, si es que se permite la expresión, ser tolerante. No hallaba manera de no percibir el ego, los egos, los egoísmos, los egotismos, los discursos repetidos, los monólogos y las manías; las historias, los dramas de familia, los asuntos, siempre los asuntos; los temas, las cuentas, la contaminación de todos y todas. Un morir partiendo. Una tragedia. Mejor sin querer dijo y pidió, de nuevo, perdón.

Cuando abrió la puerta tenía el pelo más largo, seguís siendo hermoso, pensó pero no dijo, no dijo más que Hola porque tampoco podía decir otra cosa, no dijo más que Hola y Vamos a dar una vueltita, te invito a fumar, y él la miró pero con suspenso y picardía más que con miedo. Permaneció ahí, rascándose la barbita que le venía saliendo hacía unos meses y se le notaba que ese acto de por sí lo enaltecía; se volteó, se caló la gorra y fueron por el caminito, el caminito de la primera vez, el caminito que por accidente los cruzó en un banco donde se sentaron a fumar. Pasaron años dijeron, hablando un poco al pedo, pero somos jóvenes igual, también, dijeron. Todavía, dijeron. No sintió dolor al recibir la herida caliente. La chirusa tampoco sintió, se limitó a sostener los ojos fijos en él, los ojos que por fin se le filtraban en el recuerdo, entre la cerveza, las pastillas, los gritos y luces girando, las manos, los ojos, cuántos ojos, cuántos dedos había en ese auto mutilado como su propio cuerpo, los ojos tan iguales y distintos de los del Pollo ahora, mojado, sudando, mientras la chirusa por debajo de la costilla le abre la herida. 

Se cambió la blusa en plena plaza, caminó hasta la avenida rasgando las telas en sus manos, como una piel usada de serpiente que dejaba atrás buscando la nueva cáscara, la nueva mascarita que debe sonreír. Esta que sonría, se dijo la chirusa y prendió el cigarrillo, hacía años no compraba sueltos. Lo terminó y se echó a correr. Corría como si petardos le quemaran los pies, como habría corrido antes alguna vez. Pero ahora no recordaba. Ahora se deslizaba como un minúsculo fantasma. Algo que llevaba le brillaba, era su alma. Al detenerse, los espasmos le gritaron y sus oídos se hicieron sordos y ella calló. 

Estropeada en el baño se duchó, se rascó las heridas, se deploró, se ahogó los poros y las discreciones todas hundidas en gotas, en jabón, en espuma, en capricho de disolver. Hay manchas que no salen, chirusita, se dijo para sí y fregó, y fregó su piel, su lomo, sus tetas, su inminente mayoría de edad, su blindada inexperiencia, su hiperrealidad corpórea salpicando las paredes mohosas, ni siquiera sabía de quién era el baño cuando terminó. Permaneció en silencio, estática, tras la cortina maltrecha cubierta de hongos, secándose con la atmósfera, fiel a su costumbre, y se enfundó un camisón rasgado, de otra época, que alguna vez quiso ser blanco. Salió al patio, un cordón de estrellas la contemplaba risueño, en su bolsita de nylon tenía dos cigarrillos, metidos en el estuche de los lentes de sol que perdió la víspera en El Rufián; se encendió uno sin dejar de mirar el cordón, la curva del cordón, los extremos titilantes, el nudo brillante del centro, anillando ese cielo, y sus ojos divisaron la nube bailando con el humo que desprendían sus entrañas. Qué estoy fumando, qué aspira mi cuerpo, qué lleva adentro, qué transporto. Esa noche la chirusa durmió pensando, nunca sobre dónde estaba sino sobre qué llevaba a cuestas en ese estar. 

Se cortó el pelo. Bien cortito, como varón, y empezó otro tiempo. Otro tiempo que de alguna manera se veía venir desde el vamos. Conoció gente de afuera, se mezcló, creció casi sana, salvo por el asma, salvo por las ganas de tener menos ganas, cada día, de estar viva. Salvo por los fantasmas. Salvo por la certeza de que la encontrarían. Quien fuera, alguien, algún día, la encontraría. 

 

Imagen: Lula Giacosa

*Leé también la primera  y segunda entrega de La chirusa, de Carolina Diez.


Carolina Diez nació en Rosario en 1985. Es estudiante de la carrera de Letras en la UNR. Participó en diversas antologías de la ciudad de Rosario: Corte al bies (GatoGrillé Ediciones, 2016), Antología Poetas del Tercer Mundo (Editorial Ciudad Gótica, 2008), Florilegio (Editorial Independiente ESO, 2008). Participó en el fascículo de Políticas de Juventud 20 años (Editorial Municipal de Rosario, 2010), en revistas locales independientes como Femme Fetal (2017), El Corán y el Termotanque (2016), Tropofonía (2009), entre otras. En 2011 co-coordinó el ciclo literario-performático que llamaron Anticiclo del hueso y luego enterraron. Entre 2014 y 2016 realizó La Bola Literaria, un ciclo de micros radiales de lecturas de escritores locales por el que pasaron más de 25 autores. En 2015 se llevaron a escena sus diálogos titulados Hijas de Hipnos. En 2016 colaboró con la editorial Trópico Sur y gestionó eventos culturales y presentaciones de libros. Coordina laboratorios de escritura creativa y continúa produciendo micros literarios en formato sonoro. Escribe prosa y casi poesía. Sus textos virtuales pueden leerse en diariodeandromeda.wordpress.com y en atroposofia.wordpress.com. Terminó recientemente una novela inédita intitulada Aborto Masivo. También se dedica a la actuación, a la producción de contenido multimedia independiente y da clases de Hatha Yoga.

 

julio 2020 | Revista El Cocodrilo