LA GUERRA DE MENTIRITA, DE ROCÍO MUÑOZ VERGARA

 

Aquello consistía en tirarnos, las unas a las otras y con el máximo posible de salvajidad, todos los juguetes que hubiera en la pieza. La mamá de Luisa inventó el juego y jugaba con nosotras. Para los demás adultos jugar no importaba, no les importaba, era cosa de niñas. Pero la mamá de Luisa sí que jugaba con nosotras, y todas nos divertíamos, y todos los juguetes de la casa estaban rotos. Los rompíamos nosotras en la guerra de mentirita.

Recuerdo que antes de empezar jurábamos solemnemente:

1: Que el juego paraba a primera sangre (traduzco para las no iniciadas), en cuanto alguna de nosotras sangrara.

2: Que nadie podía molestarse con nadie, una vez empezada la guerra, por más que, por ejemplo, le partieran a una el brazo con algún juguete que pesara.

3: Que no valía ensañarse con alguna en particular. Aquello era todas contra todas. Nadie perdía ni ganaba y por eso era la guerra de mentirita.

El juego consistía en tirarse cosas, sin importar qué cosas, ni a quién. Las cobardes no venían. Las valientes estábamos todas. Si algún juguete era indultado se lo sacaba de mutuo acuerdo del cuarto antes de empezar, para que no sufriera daños. Después quedaban todo piezas sueltas por ahí, y con ellas confeccionábamos otros juguetes. Teníamos muchos tipos de monstruos, con cabezas minúsculas y cuerpos gigantes, o con cuerpos minúsculos y cabezas gigantes, o sin cuerpo y con muchas cabezas, o sin cabeza y con muchos cuerpos, o… Bueno había de todo, fundamentalmente una gran cantidad de seres extraños y de medios de transporte y de objetos imposibles de clasificar o definir. Cuando una pieza no se insertaba bien en su nueva ubicación usábamos pegamento o cinta adhesiva, o la dejábamos suelta no más, o buscábamos otra cosa donde pudiera insertarse, con lo que ahora que lo pienso la guerra de mentirita era en verdad una fase de un juego mucho más amplio y creativo.

Aquella casa definitivamente era la más divertida, fue la más divertida hasta que a alguien se le ocurrió que no era justo jugar sólo con las cosas de Luisa. Luisa y su madre protestaron: a ellas no les importaba nada porque igual no les gustaban o les parecían aburridos los juguetes enteros. Es más, dijo Luisa, ella cuando quería jugar con juguetes enteros se iba a la casa de cualquiera de nosotras. Pero de todas formas no le hicimos caso, quizá porque nos empezó a todas a parecer que era un honor que nuestras pertenencias fueran también desmembradas y recompuestas en la guerra de mentirita.

Foto: Gabriel Lovera

Y cuando empezamos a llevar nuestros propios juguetes, entonces y sólo entonces, fue que nuestros padres empezaron a preguntarse y a preguntarnos qué pasaba que volvían todos rotos o directamente no volvían. Fue curioso porque los chichones, los labios rajados, las narices echando sangre o los hematomas en brazos y piernas con los que solíamos regresar de la casa de Luisa no molestaban a ningún adulto: “cosas de chicas”, decían, “son unas brutas”, pero cuando empezamos a traer los juguetes rotos o sencillamente a no traerlos y a dejarlos en la casa de Luisa, ahí sí que todos los mayores se indignaron. Nos preguntaron, y les contamos. Obvio, si preguntaban, contábamos, nadie tenía nada que esconder, y si no lo habíamos contado antes era porque al volver a nuestras casas, a ningún padre se le había ocurrido preguntar ¿a qué jugaron hoy? Sólo ¿cómo te hiciste eso? Jugando, contestábamos, y ahí terminaba el interrogatorio. Pero cuando salió por fin a la luz paternal generalizada aquel asunto, lo que más los escandalizó fue precisamente que el genio creador de la idea fuera “una mina grande”. Ahí después dijeron que había sido cosa del divorcio, que el divorcio la había trastornado,

que definitivamente ella no estaba sabiendo hacerse cargo sola de la nena.

Y sí, nosotras éramos nenas, pero escuchábamos lo que decían y entendíamos perfectamente, porque no éramos sordas.

Mis viejos me prohibieron volver a casa de Luisa. A todas nos prohibieron y ninguna hizo caso. Entonces optaron por denunciar a la mamá, y cuando Luisa vino a contarnos que se iba de la ciudad, recuerdo que llegó a la plaza con un montón de bolsas para que nosotras nos lo quedáramos todo. Entonces fue que nos dijo que se iba a Buenos Aires con el papá. Lo dijo triste, y también se fue triste, pero nuestros padres se quedaron tranquilos.

Y cuando en señal de protesta comenzamos a tirar nuestros juguetes por las ventanas, quizá nadie todavía sospechó que fuera como fuera, y aun en nombre de la compañera caída, Luisa Guzmán, y de su madre, también compañera y todavía más caída, Antonia Guzmán, nosotras íbamos a se

guir jugando a la guerra de mentirita, aunque fuera en la plaza.

La vieja de Luisa también se fue del barrio y nunca más volvimos a saber de ella.

(actualización noviembre 2018)