UNA MESA CON FOTOS VIEJAS (MINIATURA 1), DE TOMÁS SUFOTINSKY

En un comedor hay una mesita de madera cuya superficie está llena de portarretratos con fotos viejas que se superponen unos a otros ante la mirada del espectador: hay una de una pareja de mediana edad, bien vestida, que firma en una oficina un libro muy grande y a su alrededor hay otras personas que sonríen observando la escena; algunas sentados a los lados de los firmantes y otras, puede adivinarse al resto de las familias, paradas detrás. Hay otra en la que la misma pareja está bailando. Hay otra en la que la mujer está junto a quien parece ser su padre, que ya no vive y lleva puesto un traje ancho –antiguo, visto desde hoy– y gris oscuro que contrasta con el vestido rojo de la hija. Hay otros portarretratos con fotos de los hijos de hace varios años, vestidos y peinados a la moda de la transición de los 80 a los 90. Una foto de la hija, que sonríe junto a su abuela. Una foto de un niño de unos tres años vestido con un enterito de tela de vaquero, enmarcado por unos sillones petisos, de un material seguramente espumoso enfundado en cuero negro, que dan la idea de ser ya definitivamente los primeros años de los 90. Hay otra foto de una vieja, muy vieja, que tiene en brazos a un bebé de no más de un año o un año y medio que de casualidad enfocó su mirada a la cámara; la vieja, en cambio, ya no logra hacerlo. En verdad, esta foto enmarcada es una foto de otra foto, y quien la sacó, tal vez sin prestar mucha atención (o tal vez a propósito), no evitó que el marco del portarretratos de la foto original entre en la foto en cuestión; incluso hasta se ve un pequeño florero de cuya boca apenas asoma un pimpollo de una rosa que estaba junto al portarretratos original al momento en que se le sacó la foto. La calidad de la imagen, la vestimenta del bebé, permiten pensar ya en estos últimos diez años. Hay una foto vieja, en blanco y negro, de cinco o seis chicas de unos 17 o 18 años, tomadas de los brazos a lo alto de la escalera de –sin lugar a dudas– la escuela Normal. Hay otra foto, también en blanco y negro, de cuatro o cinco muchachos de entre veinte y veinticinco años, de frente, vestidos con camisa adentro del vaquero y, algunos, con gruesas camperas de cuero abiertas, de rostros tensos, solo bigotes, sin barba, y pelo por los hombros. Otra, más vieja aun, de un grupo de varones adolescentes con herramientas y baldes de mezcla en lo que podría imaginarse que es una escuela. Etcétera.

La mesita está en una esquina de una habitación, de un comedor, casi como dejada al olvido. Abarrotada de instantáneas separadas por gruesos marcos, ya un poco tal vez anticuados, y por el breve espacio que separa a uno del otro. Sin embargo, aunque tan fragmentarias y recortadas y superpuestas, dejan construir, incluso al espectador que no conozca a una sola de las personas retratadas en ellas, una narración. Tan anacrónicas están y llenas de temporalidad. 

Podría imaginarse el espectador la recursividad que supondría una foto de esa mesa llena de fotos (foto que incluiría la foto de la foto). Podría pensar en si eso no acentuaría, acaso, la facultad de armarse lazos entre una y otra cada vez que se las observe. 

La mesita pasa desapercibida de tanto vista, y sin embargo, mana de ella una especie de magnetismo. Lo que cuenta es de un lenguaje despojado, simple, casi mítico. Tal vez, lo que ahí se cuenta sea como un plinto todo adornado de arabescos que irradian cada uno hacia todos los demás, tocándolos con sus rayos y completando el sentido del dibujo. Y el comedor está oscurecido por la luz mortecina de la tarde. El espectador respira su aire frío y húmedo. Si emitiera una palabra, probablemente esta se desprendería de su boca como un fantasma espeso y lívido que apenas se mantendría a flote, apenas fosforeciendo por la habitación. Afuera, la noche nace tranquilamente y proyecta sombras entre los huecos de las figuras rotas de un friso. El aire es tibio y se escucha la charla animada de gente a lo lejos. Un último resplandor recorre los vidrios de los portarretratos antes de que la habitación quede a oscuras, apenas con un fantasma que trasguea entre las patas de los muebles. Hasta que la luz sea encendida, la mesita se retire del proscenio a su rincón alejado, la habitación se pueble nuevamente de personas, y se sirva la cena.

 

 

Tomás Sufotinsky nació en Paraná en 1989. Vive desde 2008 en Rosario donde estudió Letras y, en la actualidad, realiza un doctorado en Literatura. Publicó El otoño circular (poesía, Baltasara Editora, 2015) y tuvo diversas participaciones en festivales como el FIPR y la juntada anual de APOA, en Buenos Aires. Forma parte de Ediciones Abend, sello editorial rosarino, y edita la revista El Cocodrilo.

 

Imagen: Sara Degaetano

junio 2020 | Revista El Cocodrilo