UNOS PÁJAROS (FRAGMENTOS DE DIARIO), DE CAROLINA MUSA

 

Febrero 2014

Una niña ha muerto. Pienso en todas las cosas que compartí con su mamá, mi prima hermana, en la última vez que la vi, en los mensajes que nos intercambiamos en navidad. Pienso en el futuro que esa niña nunca tendrá. Los prejuicios que no tendrá, el cuerpo que no tendrá. La siempre niña en los ojos de los que la recuerden. ¿Quién le habrá puesto hoy su último vestido? La inconcebible magnitud de ese dolor. Parar. Pará mierda pará. No hacer literatura con este desgarro en el corazón del otro. No hacer literatura con este desgarro en el corazón del otro. No hacer literatura con este desgarro en el corazón del otro.

8 de diciembre 2015

Lo que te hace levantar de la cama. Un aire, una energía recorriendo los brazos, la espalda, los oídos. No una visión sino algo en el cuerpo dispuesto a recibir. El cuerpo todo ojos, todo oídos. El poema que se demora, el gesto autista sobre el teclado, adelante, atrás, adelante atrás adelante atrás. El canto de los pajaritos que se desprende del fondo sonoro y pasa a primer plano. Separar las pistas sonoras, algo así, subir el volumen de los canales y mezclar. Ahora sube el ventilador del súper, un bramido de mar. Ahora el reloj del palacio Fuentes, siete campanadas, es temprano, entra un viento fresco por la ventana, se bambolea la cortina. Algo en el reposo de los objetos acá adentro genera cierta crispación. Qué es qué es. Esos sonidos guturales de paloma no deberían llamarse canto. En el reposo de los objetos está la acción casual que los dejó ahí. ¿Cómo? Digo: que al ver un objeto en un sitio es posible imaginar la serie de acciones que lo llevó hasta ahí; que los objetos tienen una fuerza centrípeta, que su inmovilidad de algún modo succiona, atrapa la mano y la empuja al movimiento. Lo que está en reposo llama, se abre. El poema se abre. Ya lo sabía Millán.

25 de diciembre 2015

Rumiando el poema como una vaca con el pasto en la boca siento el jugo, la presión de los maxilares y los dientes, rumio, rumio el poema que no viene, que se amolda al movimiento de la cortina con ese aire que apenas, que cae en el agua limpia sobre el mate, chupo, rumio, mastico el poema y no es una metáfora, ya viene, es la disposición del cuerpo sobre el teclado, esa cosa en los poros que se abre, que bucea en los fondos de sí misma hasta encontrar una visión, veo veo, buceo, rumio, acá vengo volviendo de la escuela a las ocho de la mañana, tengo treinta años y acabo de dejar a mi hijo un día cualquiera de su tercer grado, me concentro en esa imagen que es, por supuesto, falsa, o por lo menos no rigurosamente cierta, es una sola imagen que condensa días, horas, años enteros de ir y venir, cierro los ojos, rumio, chupo el mate, me recojo el pelo para que el airecito me llegue hasta la nuca, la imagen que se dispone claramente es la de mis pies, me veo mirándome los pies, cerrando los ojos queriéndome morir, es que no comprendo todavía, no llego a comprender por qué me duele el mundo así, la cara que debo tener para que el hombre ése me regale una flor, saca una flor de una canasta llena de flores y me la da, Pichincha, Rosario, cuadra de las florerías, ocho de la mañana, el sol se asoma espléndido, paro, paro acá, recorto el gesto sin palabras del hombre, el agua que me asoma por los ojos, el olor a flor que inunda el aire, las risas de los vendedores son un montón, con sus canastas y flores por el suelo, parece que es una prenda que paga el hombre tiene que decirme algo y no lo hace, la cara que debo tener, gracias le digo y da media vuelta, yo me quedo ahí un segundo, como archivista etiqueto la escena una más en mi lista urondiana “algo que me devuelva/para valer la pena” y sigo, guardo el frasco hasta hoy, no me quiero mandar la parte pero tengo en el cuerpo montón de frascos que se abren cuando se les da la gana, una tiranía ahí dentro o una dictadura de la evocación, can you hear me now? can you hear my heart? es porque late.

Enero 2016

En el patio los adolescentes juegan al ping pong, hijo y sobrino. Mi hermano da vueltas por la casa de la mano de su hija más pequeña, buscando insistentemente no sabemos qué. Yo lleno un formulario de una aplicación que me ayude a perder peso. Lo hago con la desconfianza plena del que no toma una decisión. Rumio otra vez el texto a mitad íntimo. Me hablo como si fuera otra que me observa de lejos. Es probable que parte de la sanidad mental venga de ahí, es decir…nada, nada… que rescato de la madrugada una sucesión de imágenes sin continuidad sin sentido y sin embargo, esos elementos sueltos pescados durante la noche encuentran su disposición y su lógica en el poema. Entonces me pregunto: ¿es anterior el poema, al hecho fortuito de la escritura?

Enero 2016

Si cada vez que dice la palabra “guita” dijera por ejemplo “amapola”, se llenaría el patio de florcitas blancas como mariposas saliendo de su boca. Podría decir también “galaxia” o “submarino”. Y entonces hasta podríamos tocar la mutación de ese horrible sonido que son dos dientes royendo una mandíbula mordiendo unos charcos de agua sucia una asquerosidad viscosa y maloliente.

23 de julio 2016

Ahora que soy la hija pródiga del trópico no me pregunto nada, me veo desde afuera viéndome no encajar, a los quince años, con cierta displicencia me observo mirando unos yuyitos del jardín a la hora de la siesta, guitarra en mano, preguntándome porqué, callándome siempre siempre, hasta hacer del silencio una suerte de acto de resistencia, una fundación. “Mi reino es un hato de zánganos y margaritas” escribí por ahí y ahora esa desolación, atroz, aunque amarilla, vuelve. De lo que me ofrecen no quiero nada. No lo he querido nunca y acá está, haciendo pito catalán, hija del trópico, ¿qué te creés? ¿que vos decís que pagaste ya la deuda con la que fuiste? ¿eh? Si esta farsa me provoca en algún punto gracia, no menos cierto es que soy también la que fui; y lo debo todo, todo.

24 de abril 2017

Otra escena para la colección del colectivo: una señora lee en voz alta, para el marido, todos los mensajes de texto que le llegan al celular. Para el marido y para el resto de los pasajeros, que oímos indefectiblemente y expectantes. Es una vieja densa insoportable, que antes de Oroño y Arijón ya se ha quejado del café, del aire acondicionado, del asiento que no se reclina lo suficiente y de la poca atención que le presta el hombre. Lee como si fueran letanías. Cómo explicar la inflexión de la voz, cómo, cada mensaje es una cápsula cerrada, un pequeño universo. “Buen viaje. Pablo.” “Genial ma, los esperamos. Mariana.”

Abril 2017

Y vos cómo estás, pregunta el espectro que acabás de saludar en la vereda, encanecido, detrás de los ojos más azules que hayas tenido nunca tan cerca. Aunque no es una pregunta en realidad es una oración neutra, sin interrogación. Estar de algún modo. Bajás la mirada, una victoria más del espectro, sonreís por eso, o quizás por eso otro blanco que se te aparece donde debería haber una idea o una sucesión de palabras hay un desierto tan blanco blanco. Quisieras extender tu mano hasta su cuello hasta su hombro y quizás debieras hacerlo, pero la respuesta es un disparate. “Anoche soñé con unos pájaros” le decís, y el espectro se esfuma. En el lugar donde estuvo parado no queda un vaho ni una mínima constancia.

Agosto 2017

La poderosa militante feminista por la causa lésbica pierde la cabeza por un pibe diez años menor. Estás espiando en las redes sociales cómo se besan, cómo se abrazan y una alegría te recorre entera. Parecen salidos de una película romántica. Y aunque no lo vas a confesar nunca, se te han emocionado hasta los últimos huesitos de los pies. Esta gente que traspasa las fronteras de los prejuicios de ida y de vuelta te hace bien. El mundo es mejor con ellos.

Octubre 2017

Es imposible adivinar o prever cuándo será, en esa esquina cruzada ida y vuelta miles de veces, que un pibe te corte el paso diciendo “señora me compra un pancho” y vos que venís con la rosca en la mano –tiene pasas y nueces, dijo la mujer que te la vendió en una feria de la economía solidaria, unas cuadras más atrás– pensando en el mate y en compartir eso tan rico con tu hijo que debe estar llegando de la escuela, no sabés, no podés intuir lo que es el hambre del pibe, adolescente, la misma edad que tu hijo, “no” decís, y caminás veinte pasos y no te podés mover es un imán que hay entre tu pecho y el suelo, girás la cabeza y ves los huesos del pibe, los pantalones que se le caen, hasta la gorra le queda grande y varios más detrás tuyo dicen “no” “no” “no”, no podés mover un pie, ya sentís el paredón de agua que va subiendo hasta los ojos, por favor no llorés, no tenés vergüenza, te das la vuelta, veinte pasos, te queman la boca del estómago esos kilos de más, “hola” decís “¿hoy no comiste nada?” decís y el pibe te sostiene la mirada, te responde con un gesto, “no tengo plata para comprarte un pancho” decís y es la verdad, usaste lo último de la billetera para comprar esa rosca pero ¿qué explicás? ¿algo de esto merece una explicación?, “compré esto recién” decís “tiene nueces” decís ¡tiene nueces! le das la rosca como un tesoro ¿dijiste que tenía nueces? y te vas, haciendo lo que hay que hacer dice el eslogan sorete de la esquina, ¿haciendo lo qué?, abrís la puerta de tu casa, cerrás la puerta de tu casa y llorás amargamente sobre un monitor.

Noviembre 2017

Como si la poesía se tratara de hemistiquios y cesuras, como si hubiera domesticado a un cavernícola, habla de sí misma con el autocontrol de una estatua. Yo. Mi obra, Yo. Mi proyecto, Yo Yo Yo.

Diciembre 2017

“Estudia periodismo y es modelo”, dice el viejo docente universitario que te invitó a participar de una jornada literaria, mientras señala a una rubia de exagerados 21 años.

El sarcasmo te debe aflorar por todos los músculos del rostro.

“Una chica con mucho futuro” pensás, y acto seguido mirás al viejo que supiste admirar, convertido en esa bola deseante verde.

Si de algo me jacto en esta vida es de haber desarrollado impecablemente el sentido del humor.

Necochea, Enero 2018

Me marca una imagen para conservar: es un payaso triste sentado en el cordón de la vereda, contando plata. Va separando los billetes de 2 y de 5, y las monedas por sus tamaños. Es verdad. Es una imagen para la memoria y seguramente para la ficción, pero también está lo otro, el pequeño detalle de que él lo haya detectado en la avenida llena de turistas, en la fría tarde necochense, mientras caminamos hacia ningún lugar comiendo unas facturas, viendo alrededor como si fuera la actividad más original del universo. El ojo entrenado es el que te sorprende, el ojo del hijo tuyo casi adulto, el secreto deseo indecible de la maternidad así cumplido, leve, inesperado.

 

(actualización noviembre 2018 | El Cocodrilo 5)

 

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