«PARANOIA, UN CANTO» DE STEPHEN KING

Traducción de Marcela Alemandi

Ya no puedo salir.

Hay un hombre de impermeable
en la puerta
fumando un cigarrillo.

Pero

escribí sobre él en mi diario

y los sobres están todos listos,
alineados en la cama,
ensangrentados por el resplandor
del cartel del bar de al lado.

Él sabe que si me muero
(o incluso si desaparezco)
ese diario se difunde y todo el mundo se entera
de que la CIA está en Virginia.

500 sobres comprados en
500 mostradores diferentes
y 500 cuadernos
con 500 páginas cada uno.

Estoy preparado.

Puedo verlo desde aquí.
Su cigarrillo parpadea
por encima del cuello del abrigo
y en algún lugar hay otro hombre en el metro
sentado bajo una publicidad y pensando en mi nombre.

Hay hombres que han hablado de mí en las trastiendas.

Si suena el teléfono, solo escucho un susurro muerto.
En el bar de enfrente, en el baño de hombres
un pequeño revólver ha cambiado de manos.
Cada bala tiene mi nombre.
Mi nombre está escrito en viejos ficheros
y se busca en los diarios de los archivos.

Mi madre ha sido investigada;
gracias a Dios está muerta.

Tienen muestras de mi escritura
y examinan los bucles de las pes
y las cruces de las tes.

Hasta mi hermano está de su lado, ¿te conté?
Su esposa es rusa y él
me insiste con que complete más y más formularios.
Lo tengo todo anotado en mi diario.
Escuchá,
escuchá,
escuchame, por favor:
tenés que escucharme.

Bajo la lluvia, en la parada del colectivo,
cuervos negros con negros paraguas
simulan mirar sus relojes, pero
no está lloviendo. Sus ojos parecen monedas de plata
Algunos son becarios a sueldo del FBI
la mayoría son extranjeros que inundan
nuestras calles. Los engañé,
me bajé del colectivo en la esquina de 25 y Lex
donde un taxista levantó la vista de su periódico y me miró.

En la habitación de arriba, una vieja
puso una ventosa eléctrica en el suelo.
Envía rayos a través de mi cableado
y ahora tengo que escribir en la oscuridad
iluminado por el cartel del bar.
Yo me doy cuenta de todo.

Me mandaron un perro con manchas marrones
y una antenita de radio en la nariz.
Lo ahogué en la bañera y escribí todo
en mi carpeta GAMMA.

Ya no miro el buzón.
Las tarjetas de felicitación son cartas-bomba.

(¡Salí! ¡Por Dios!
No te me acerques. ¡Conozco gente importante!
¡Conozco gente muy importante, te digo!)
El restaurante donde almuerzo tiene micrófonos en el piso,
y la moza me dice que es sal, pero yo conozco el arsénico
cuando lo veo. Y el sabor amarillo de la mostaza
que tapa el olor a almendras amargas.

He visto luces extrañas en el cielo.
Anoche un hombre oscuro sin rostro se arrastró por catorce kilómetros
de alcantarillas hasta asomarse en mi baño, tratando de escuchar
llamadas telefónicas a través de la madera barata, con
auriculares de cromo.
Yo escucho todo, te digo.

Vi las huellas de sus manos embarradas
sobre la porcelana.

¿Te dije que ya no contesto más el teléfono?

Planean inundar la tierra de mierda.
Están planeando invadir las casas.

Tienen médicos
que proponen posiciones sexuales extrañas.
Están haciendo laxantes adictivos
y supositorios que arden.

Saben apagar el sol
con cerbatanas.

Yo me envuelvo en hielo, ¿te conté?
Así evito el alcance de sus rayos infrarrojos.

Conozco cánticos y uso amuletos.
Podés pensar que me agarraste, pero si quiero te destruyo
en cualquier momento.

En cualquier momento.

En cualquier momento.

¿Querés un café, mi amor?

¿Te conté que ya no puedo salir?

Hay un hombre de impermeable
en la puerta.

 

septiembre 2020 | Revista El Cocodrilo   

 

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