Galerías

DESINTEGRACIÓN INDUCIDA, DE FRANCO BEDETTI

 

Disculpe, señor. ¿Me podría decir la hora?
Son las 00:99…
¿Las qué?
Las 00:99, joven.
Pero esa hora no existe…
¿Cómo que no existe? ¿Qué está diciendo, joven?preguntó casi indignado el señor y se fue caminando sin mirar a Juan, que intentó explicar la inexistencia de ese horario. Seguramente el señor había mirado el cronómetro de su reloj digital Casio de los primeros y por eso había leído 00:99. Estaba claro para Juan que los relojes consignaban del 0 al 11 y que dividían las horas del día en a. m. y p. m. Además era imposible que fuera la medianoche o pasada la medianoche porque había un sol que rajaba el pavimento y estaban cerca de la hora de la siesta, calculaba. Había ido al cine temprano porque tenía franco y media hora más tarde se había comprometido con un amigo para ayudarlo a pintar el departamento que debía dejar porque se iba a vivir a Francia. Era miércoles, no había nadie en el shopping. Vio una película de acción, conspiraciones, autos que chocan y explotan, un beso en alguna cornisa de un edificio, el tipo siempre peinado. Juan se durmió a los quince minutos mientras miraba una escena característica de este tipo de películas: la gran mesa del Pentágono llena de militares, altos funcionarios y hombres de frac sin determinar. Cuando se despertó, la película ya estaba en su cuarto final, pero de todos modos en esos minutos Juan pudo entender la conspiración, ver los choques de autos que explotaban, el beso en la cornisa de un edificio, y al tipo siempre peinado. Cuando salió, veía manchas negras y circulares como burbujas gigantes, el sol estaba muy fuerte y el estacionamiento casi vacío duplicaba la temperatura del ambiente. Juan había dejado el teléfono en la casa: se iba a tomar el día como le correspondía porque tenía franco y no iba a responder ningún mensaje ni atender ninguna llamada. Por ese motivo le preguntó la hora al señor que estaba cerca suyo en la salida del shopping. Nunca esperó esa respuesta ni lo que sucedería después. 

Decidió volver caminando, se dijo que por la altura del sol no podían ser más de las tres y media de la tarde. Había quedado con Gastón que iba a ir a las 17 y calculaba que en media hora, o cuarenta minutos, llegaría a su casa. Una vez ahí sí se tomaría un colectivo o agarraría la moto para ir a lo de Gastón. Caminó durante veinte minutos y no cruzó un solo auto, tampoco vio personas caminando, ni los perros ni los gatos que suelen estar cerca de las vías que había cruzado poco después de salir del shopping. Tampoco vio pájaros en los cables del tendido eléctrico. Notó que no había viento. Llegó a la cuadra de su casa y vio la verdulería abierta, así que primero pasó a comprar ensalada para acompañar las milanesas de pollo que pensaba cocinar cuando terminara de ayudar a Gastón. Entró a la verdulería, esperó un rato a que Martita apareciera pero pasaron cinco minutos, después diez, y no apareció ni ella ni su empleado. Era raro. En ese rato tampoco nadie había entrado al negocio ni nadie había pasado por la calle. Juan gritó el nombre de Martita porque ya se había preocupado, si no estaba ella siempre estaba Juanjo, que no faltaba nunca y la ayudaba a mantener la verdulería impecable. Se resignó, cruzó la calle y subió a su departamento. No se cruzó a ningún vecino. Prendió la tele, puso el noticiero: la noticia urgente era que estaba teniendo lugar un fenómeno que el graph enunciaba como “crisis de desintegración inducida”. Un escalofrío le recorrió la espalda hasta erizarle los pelos de la nuca. Recordó la trama conspirativa de la película que hacía un rato había visto en el cine del shopping. Hizo unos pasos en dirección al balcón. Puso sus manos frente a sus ojos y vio cómo empezaban a desintegrarse en pequeñas partículas que desaparecían como si fueran cenizas. No sentía dolor. No sentía nada. Hizo unos pasos para acercarse a la calle. Ya no tenía tres cuartos de sus brazos: la desintegración era rápida, pero sorprendentemente no dolorosa. Saltó. 

 

 

Franco Andrés Bedetti nació en Casilda, Santa Fe, en 1993. En 2018 publicó su primer poemario La era del fármaco. Algunos de sus textos fueron publicados en Revista Camalote (Rosario), El Corán y el Termotanque (Rosario), Buenos Aires Poetry (Buenos Aires), La Experiencia de la Libertad (México), Lenguaje Perú (Perú), Cine y Literatura (Chile), Revista Carcaj (Chile).

    

octubre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

TEXTOS

CINCO POEMAS DE LEANDRO DIEGO

#50

quizás
si la tierra no hubiera hecho sus pliegues naturales
si el clima no hubiese sido como el de Corrientes
si no existiera un establecimiento llamado Las Marías…

usted sabe:
Taragüi
es el sabor
que no cambia

 

#2

si le fuera posible desear
desearía ser el pibe
que está abajo de la Panamericana
en medio de la noche
y del frío

calentándose las manos
en un tacho de lata:

brasas de cartón, ramas
un cajón de verduras
húmedo
y la hojarasca que
todavía
crepita

la campera azul,
el zumbido de las moscas que
–depende del viento–
a veces se escucha
y a veces no;
como el aliento
entrecortado
de dos o tres boludos
que pintan una frase
en la pared de la concesionaria

no la frase
la pana es del cole
porque esa ya estaba escrita de antes
días, meses: años
no
los boludos –dos, tres–
pintan una frase en la pared de la concesionaria
mientras el pibe arrima las manos al tacho de lata
y las frota
hasta sentir el repliegue de los pelitos de los brazos
el olor a pelo quemado que,
atrás de la ventana,
se linkea con otro que está allá
en un antes de la cocina,
cuando la madre quemaba el pelo del cuero
de las alitas en la hornalla
antes de meterlas a la olla
para cocerlas con arroz, cebolla y,
cuando había,
morrón

 

Imagen: Gianna Luppi

#3

el blend que emerge del tacho le trae
de pronto
la ansiedad de una nada que no tuvo:
porque siempre tuvo
algo,
por lo menos arroz con alitas
como le decía la madre
al guiso menemista
algo, siempre
y no nada
nunca

nunca una nada como la que allá,
abajo,
le toca la nuca al pibe,
asediado
por el futuro breve que le imponen otros
los dolientes
los que en pocos años
sitiaron –no, ya,
la cuadra, el ghetto,
el barrio
sino– la ciudad toda
entera
cercándola en corro para no dejar salir al tiempo

pero hoy van a querer empujarlo
al tiempo
van a querer empujarlo
para que pase más rápido
y traiga las cosas que perdieron;
para que pase más rápido
y se lleve, otra vez, las cosas de los otros
o mejor
van a empujarlo para que
directamente
–si el contexto ayuda–
se lleve a los otros

y quién pudiera
entonces
aferrarse
–no a las cosas, no al fuego
ni al tacho
de lata–
sino al humo contenido
de un cigarrillo
fumado precisamente para verlo
al humo
para sentirlo
al humo
para largarlo, despacito, por la nariz
y mirar cómo se lleva
y cómo trae
una frase que –todavía–
los boludos –dos, tres–
no escribieron

para largarlo, fuerte, por la boca
y mirar cómo se lleva
y cómo trae, también,
al pibe que se quema los pelitos en el tacho de lata

para tragarlo y ya no ver
ni sentir
nada

para dejarse llevar, dejarse traer

para irse
y en la fuga de la nada
hacerse uno con las cosas

para irse
y en el saba de la especie
volverse parte de la roña

 

Imagen: Gianna Luppi

#41

negro
negro, negro
blanco
blanco, blanco

piano tatuado en pierna desnuda de mujer blanca

golosinas emergiendo de tablero baldosal

y chocolate,
solidificándose
en galleta interracial

el alfajor… es Bagley

 

#70

en el departamento tercermundista,
cosas:
un cenicero
un colchón
papeles sueltos con frases rotas
y él
pensando que el gordo,
abajo, pidiendo,
doliendo con los que se aferran a las ausencias
para extraerles un culpable,
la está pifiando feo

cualquiera que pida una cabeza

escribe en su cuaderno Moleskine®
no es más que un restaurador
escribe
alguien que exige la vuelta del orden
y la tradición
como vendetta racial
escribe
pero no, gordo:
ya no hay pampa, ni vino
escribe
ni, mucho menos,
flan

 

*Los cinco poemas forman parte del libro Monoimi, que próximamente publicará añosluz editora

 

Leandro Diego nació en 1984 en la Ciudad de Buenos Aires, donde vive y trabaja. Es periodista –licenciado por el Instituto Grafotécnico– y escritor de narrativa y poesía. Publicó Restos Nocturnos (cuentos, Editorial Galmort, 2011), Trece (poesía, autoedición, 2016) y Monoimi (añosluz Editora, 2020). Escribe sobre literatura argentina en Zigurat, y sobre arte y cultura en Centro Hausa y otros medios.

 

octubre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

POEMAS

LA CHICA DE LA MÁQUINA DE ESCRIBIR, DE CARINA RADILOV CHIROV

Estamos esperando con la señorita Clavel, en el aula de séptimo, de donde sale una escalera hacia el escenario del salón. Crispada por esta tarea, el pelo se le parece más que otras veces al festoneado de los claveles o a los festoncitos que mi mamá borda con la máquina industrial. Somos cinco lectoras: la Chica de los Padres Divorciados, la Hija de la Maestra de Otra Escuela, la Chica del Fondo, la Hija del Dueño de la Curtiembre y yo. 

Hoy se jubila la señorita Dolly. Para ella preparamos nuestras lecturas de despedida, que han de ser emotivas y sentidas. Debemos leer con entonación pausada, levantando la vista luego de las comas y los puntos, tal como nos instruyó en la clase de Lengua la señorita René, que es la maestra que más quiero. Nos lleva a la plaza para escribir “Instantáneas”, que son descripciones cortas, por ejemplo, de un cantero de flores o sobre los sentimientos que nos afloran cuando contemplamos el Cañón de la ciudad. A mí, el frío del acero oscuro no me despierta sensaciones. En cambio, las flores que el placero renueva en cada estación me dan palpitaciones cuando las contemplo. Porque ese es el verbo que usé en la última instantánea y la señorita René me felicitó: “contemplar” significa mirar con atención, como desde un templo o un lugar sagrado. Así me explicó la maestra. Dudo que alguien contemple el cañón. 

A la señorita Dolly la aprecio también, porque me permite quedarme en la biblioteca durante los recreos y me presta libros que son para gente más grande. Aunque con otros chicos se muestra arisca y hasta chillona, eso se debe a que la molestan. Por ejemplo, los más altos de séptimo le dan vuelta el reloj de pared o le sacan de lugar el cuadro del Fortín. Por acciones como esas la señorita Dolly se enoja tanto que el guardapolvos le vibra electrificado. Se ve que le han hecho muchas jugadas así en todos los años de docencia (así dice mi discurso: “los años dedicados a la docencia”) y ella está cansada de esos burlones. Le toca llamar al mayordomo para acomodar el reloj y me imagino que eso la avergüenza. 

Yo sé lo que es sentir vergüenza, así que, cuando le sucede un mal rato mientras estoy en la sala, me deslizo hacia afuera como si fuera una fantasma, para que no tenga que mirar la cara de nadie. No somos nunca tantas personas las que pasamos el recreo en la Biblioteca. Más seguido estamos las Mellizas del Silencio y yo. No son hermanas de sangre, sino de callarse. Las maestras no logran hacerlas hablar en clase, y si las señalan para contestar, se les transparenta la piel, como si les bajara la presión. Como prefieren no provocar desmayos, las señoritas, entonces se olvidan de ellas. 

El Chico que Aspira el Humo de los Fósforos me burlaba cuando estábamos en segundo o tercero por las empanaditas de dulce que yo llevaba como merienda en vez de comprarme las carasucias o los chicharrones de la cantina. Todavía no entiendo por qué, si las empanaditas de dulce membrillo de mamá son muchísimo más ricas que esas facturas mazacotas. En fin, es suerte que no lo eligieron para leer, porque entonces debería estar este tiempo con él. Me asusta su mirada, como si siempre estuviera a punto de prender un fósforo para acercarlo a mi pelo. 

Como es propensa a los nervios, la señorita Clavel nos obligó a asistir media hora antes del Acto de Despedida. Quienes estamos en su aula sabemos de sus ataques, en especial el Dante, que se sienta en el último banco, bajo la ventana. A él le dice “Duraznito del Monte” y lo lleva casi arrastrando al pizarrón cuando no le salen las operaciones matemáticas. A mí nunca me arrastró, porque mi cabeza da para las ciencias y las otras áreas; la cabeza me da para todo, no así el cuerpo. Para jugar a pelota al cesto no sirvo, la señorita de gimnasia me lo dice seguido y me pide que le haga unas planillas con mi letra prolija. 

El acto de despedida tiene un cuadro vivo al comienzo: es una escena de la colonización, con inmigrantes de mirada esperanzada; luego, venimos nosotras, las lectoras, a continuación las palabras de la señorita Directora y cierra el coro infantil, que entonará una canción de despedida que haga llorar a la señorita Dolly, lo cual me parece horrible, porque quién quiere llorar delante de todo el alumnado, donde están aquellos bromistas de años, burlones de la estatura de la señorita. 

Hace unos días fui a cambiar un libro a la Biblioteca; cuando entré, vi a la señorita Dolly contemplando las estanterías, como despidiéndose creo. No estaba llorosa ni nada parecido, pero se le notaba una joroba más aguda en su espalda. Se dice que no tiene familia que la acompañe en el acto, solo una madre postrada, a la que cuida cuando no está en la Biblioteca. Postrada me gusta estar para leer todo el tiempo que desee, como cuando me dio hepatitis y pasé casi un mes en la cama. Lo que más disfruté, además de leer todo el día, fue que ese año estuve exceptuada de hacer gimnasia por el delicado hígado que me quedó de la enfermedad. 

La Chica de los Padres Divorciados y la Hija del Dueño de la Curtiembre no son amigas, pero ahora que estamos esperando se hablan en secreto; las dos llevan zapatos Kickers originales y relojes de Hello Kitty rosados. La Hija de la Maestra de Otra Escuela no habla con nadie, relee una y otra vez su parte y se come las uñas. La Chica del Fondo está con la señorita Clavel practicando en voz alta. No tiene lectura fluida, pero la madre fue a quejarse sobre por qué nunca la hacen participar y la incluyeron. Muy brava la madre, qué vergüenza, los gritos se escuchaban aunque la señorita Clavel cerró la puerta del aula. Ese día el Dante se llevó las orejas ardidas.  

Yo no repaso porque pienso en la señorita Dolly: ¿tendrá libros en su casa?, ¿se dedicará a la lectura en privado? O tal vez solo le tocó estar en la biblioteca como una tarea especial que le dan a las señoritas que están impedidas de dar clases. Ojalá tenga muchos libros que le gusten para estar postrada junto a su madre leyendo sin preocuparse por las burlas o porque le pidan un libro que está ubicado muy alto. Subida a la escalera parece una tacuarita perdida en la sala, me da impresión porque creo que se echará a volar entre los muebles. No quiso decir ninguna palabra de despedida, eso lo sé porque ensayamos el acto entero en el aula y la señorita Clavel lo remarcó, rabiosa. 

Ya nos formamos para subir al escenario, la Hija del Dueño de la Curtiembre está delante de mí y cada tanto me relojea con odio. La semana pasada nos eligieron para la bandera del año próximo y resulta que ella no es abanderada, como se ve que esperaba serlo. Yo no esperaba nada, me quedé muda cuando me dijeron que llevaría la Bandera de la Nación. Se lo conté a Mamá mientras limpiábamos en las oficinas de la curtiembre. Mamá me dijo que estaba orgullosa de mi cabeza y que siempre tenía que estudiar para no ser como ella que tuvo que ir al tambo en segundo grado. Después me dio un premio: me permitió usar la máquina de escribir de la oficina principal. El tac-tac de las teclas sobre el papel es uno de mis sonidos preferidos. Cuando pase a la secundaria, voy a hacer un curso de mecanografía como hizo mi tía Lina. ¡Espero que me salgan los dibujos a base de cruces y ceros!

Cuando nos va tocando el turno a las lectoras, la señorita Clavel nos retiene de los hombros y luego nos da un empujón para que salgamos al escenario. A mí me preocupa tener que bajar las escaleras, mirar hacia el público y hacer el saludo delante de la Directora y las autoridades. La Hija de la Maestra de Otra Escuela me hizo saber, cuando estábamos en quinto, lo torpe y bruta que yo era. Pasó que me choqué un banco en la feria de ciencias y se derramó el líquido de su experimento. Todavía no me animé a preguntarle a Mamá si hay alguna forma de que se me vaya esta brutalidad. 

Ya leyeron tres, faltamos La de la Curtiembre y yo. La señorita Clavel se ve más tranquila porque las lectoras estuvieron a la altura. La empuja a la de la mirada odiosa y me atrapa a mí con sus garras (me recuerdan a las patas escamosas de las gallinas de mi abuela). La de la Curtiembre empieza con voz baja y la señorita Clavel la reta desde atrás: “¡Hablá más fuerte!”, cacarea. No puedo ver al público, porque el telón está corrido, pero  se hace un silencio y a continuación llanto y pasos que corren por el escenario de madera. 

Me suelta los hombros para asomarse y cuando vuelve la corona de su pelo crespo brilla de furia. “Vas a leer lo que la otra tiró, juntá el papel y leé el de ella y el tuyo. ¡Y que salga excelente!” A pesar del empujón, no me siento nerviosa al asomarme, sino que busco con la mirada a la señorita Dolly, sentada entre el Presidente de la Cooperadora y la Presidenta del Club de Madres. Parece que la han puesto en penitencia. Leo como si estuviéramos ella y yo solas en un recreo, en la Biblioteca. Afuera el griterío de la galería y adentro la calma de los libros.

Mi lectura le alzó la mirada a la señorita bibliotecaria. Me equivoqué solo en el orden de la retirada, porque hice la reverencia sobre el escenario, bajé la escalera midiendo mis pasos, como lo haría Sissi, la emperatriz. A último momento fui hasta el asiento de la Señorita Dolly para dejarle los papeles de la lectura como regalo. Ella se prendió de mis ojos. Entendí que me rogaba ayuda, callada como si fuera una trilliza de silencio. 

Algo en mí tomó coraje. Con la cabeza, señalé la salida del salón. Ella se levantó medio encorvada, me agarró la mano y corrió. Por el pasillo, entre las filas de alumnos y docentes, corrimos. Era como si todos estuvieran jugando al “congelado”. El piso blanco y negro parecía infinito; pasamos delante de las gradas donde algunos chicos empezaban a levantarse para ver el espectáculo. Antes de salir a la galería, miré hacia el escenario donde la señorita Clavel gritaba un nombre. ¿El mío o el de la señorita? Nos deslizamos como patinadoras sobre los mosaicos encerados, recorrimos el hall de entrada con pasos más calmos por el miedo a desparramarnos sobre el mármol. ¡Al fin salimos de la escuela!

Continuamos la corrida sin fijarnos en la gente, cruzamos volando la avenida y allí estaba la plaza. Las dos llegamos sin aliento, de correr y de emoción. La señorita Dolly empezó a reírse a carcajadas, tanto que ya no parecía una maestra. Éramos dos niñas que habían hecho una travesura. Se despidió con una caricia en mis manos. Calmada la risa, se fue sin hablar. Caminó con pasos menudos, entre las sombras movedizas de los plátanos. Pensé que “sombras movedizas” sería una buena frase para usarla en la próxima instantánea. 

Resulta que las maestras se enojaron mucho con mi desobediencia, en particular la señorita Clavel, que no pudo nunca decirme “Duraznita del Monte”, pero tampoco me felicitó más delante del curso. Al final no me dieron la bandera de la Nación; quedó en manos de la Hija del Dueño de la Curtiembre. Lo que importa es que Mamá no se enojó, al contrario, los viernes cuando vamos a limpiar las oficinas, me libera de ayudarla para que yo practique en la máquina. Estoy escribiendo mi primera novela.

 

Carina Radilov Chirov (Sunchales, Santa Fe) es activista feminista y docente. Su primer libro, Flor del llano, fue editado por Nunca tengo razón y reeditado en Rosario por Espiral Calipso, en 2011. En 2014, por Editorial Nudista, vio la luz el libro de cuentos Donde empieza a moverse el mundo. Publicó poemas y cuentos en diversos medios digitales y antologías. Este año Editorial Nudista publicará su segundo libro de relatos, y Corteza Ediciones, de Santo Tomé, los poemas reunidos desde 2011.

 

octubre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

TEXTOS

NO ES UN RÍO, POR MARCELA ALEMANDI

 

No es un río
Selva Almada
Literatura Random House
2020
137 páginas

El agua tiene códigos, reglas no escritas que no deben romperse. Cualquier marinero, cualquier pescador lo sabe. Quien ha crecido al arrullo de la corriente del río, o quien navega los mares, lo sabe. Sabe que al agua se la respeta, porque puede ser amiga y compañera, pero también puede ser una maldición y una tumba.

En La balada del viejo marinero, Samuel Taylor Coleridge narra las desventuras del marinero que no respetó ese código y que cometió un crimen innecesario: matar porque sí, matar un albatros, el ave que es señal de buenos augurios en el mar. Ese pecado desata una serie de desgracias naturales y sobrenaturales sobre la tripulación, la cual obliga al marinero a colgar al albatros muerto de su cuello, como castigo. A lo largo del poema, los marineros no solo deben enfrentarse con la tempestad sino también con la muerte, que se gana el alma del marinero en una partida de dados. Finalmente, el marinero que cometió el crimen logra liberarse de la maldición, pero le queda la penitencia de tener que contar su historia allí adonde vaya.

En No es un río, la última novela de la escritora entrerriana Selva Almada, que cierra su llamada “trilogía de varones” (inaugurada con El viento que arrasa en 2012 y seguida inmediatamente por Ladrilleros en 2013) hay también una muerte innecesaria: Enero y el Negro, los amigos, se van de pesca con Tilo, hijo de Eusebio, el amigo muerto, y pescan (matan) una raya, una magnífica raya con la que luchan durante horas hasta arrancársela al río y liquidarla de tres tiros. No uno, tres. 

“Me engolosiné”, dirá Enero un rato más tarde ante la pregunta de Aguirre, habitante de la isla, sobre el porqué de los tres tiros. “Hay que tener cuidado… con engolosinarse” será la respuesta del isleño, con sorna aparente pero bronca soterrada por esa brutalidad, por esa ruptura de las reglas del agua que cometen ellos, los foráneos, los que llegaron con el bote nuevo y no pertenecen a la isla, ni al monte, ni al río. 

La balada del viejo marinero tiene los escarceos con la muerte y la presencia de la naturaleza que caracterizaron a los románticos ingleses: lo sobrenatural, lo extraño, el coqueteo con el más allá. Incluso, años después, Mary Shelley la retoma y menciona en su Frankenstein, donde también el ir en contra de las reglas naturales y en contra de la misma muerte se paga caro. En el ambiente de la isla, en la novela de Almada, flota, definido, indudable, el mismo aire ominoso que en los poemas románticos y en las novelas góticas. Los escenarios son otros, las personas, el lenguaje, el clima, todo es otra cosa, pero ahí está lo inquietante, con su presencia pegajosa, signando el destino de los personajes.

Quien haya crecido, dijimos, cerca del río conoce de sus vaivenes. Quien haya crecido cerca del monte, cerca de la isla, sabe de sus bienvenidas y sus expulsiones. En la novela, los árboles, la arena, los pequeños animales e insectos tienen una presencia tan rotunda como los personajes y sus historias, sus pequeñas alegrías, sus anhelos, sus miedos y sus inconfesables remordimientos. Las descripciones son exquisitas, minuciosas, precisas. Podemos escuchar el crepitar de los grillos y las ranitas a la noche, el zumbido torturante de los miles de mosquitos al caer la tarde, sentir el pegote de la humedad que persiste aunque caiga el sol, el vaivén del agua marrón bajo el bote, la frescura de la cerveza suave y ligera que aplaca el calor de la siesta. Hasta el olor del enorme bicho muerto, que empieza a apestar, colgado de un árbol, donde lo han dejado después de matarlo: “El cuero está seco y tirante. La carne del animal está tibia. La huele. Tiene olor a barro. A río. Cierra los ojos y sigue olfateando. Más atrás de esos olores empieza otro que no le gusta”.

En la Antigua Grecia, la desmesura, la hybris, consistía en la transgresión, por parte de los hombres, de los límites impuestos por los dioses. La medida, la mesura, el “no ser ni más ni menos que el hombre”, era un concepto moral de la máxima importancia. No existía el pecado, pero sí la falta. El hombre no podía ser menos (un animal) pero, sobre todo, tampoco más (un dios). La vida, la gratuita muerte, la venganza, eran asuntos de los dioses. La desmesura humana, contra los de su especie pero también contra la naturaleza, es castigada de diversas maneras en las tragedias griegas así como en la poesía romántica o en la novela gótica. El marinero es castigado, Frankenstein es castigado. Desafiar las leyes naturales, o la muerte sin un porqué, la muerte innecesaria, desata tempestades vengativas o maldades sutiles, situaciones inquietantes, susurros humanos, animales o vegetales que no auguran nada bueno para los transgresores, los desmesurados.

“¡Quién les dio permiso!
No era una raya. Era esa raya. Una bicha hermosa, toda desplegada en el barro del fondo, habrá brillado blanca como una novia en la profundidad sin luz. Echada en el limo o planeando con sus tules, magnolia del agua, buscando comida, persiguiendo la transparencia de las larvas, las esqueléticas raíces. Los anzuelos enganchados en sus bordes, el tironeo de toda la tarde hasta darse por vencida. Los tiros. Arrancada al río para devolvérsela después.
Muerta.”

En la niebla ominosa del amanecer isleño, en la cerrazón susurradora del monte, del barro, de las muertes que no debieron ocurrir, está enhebrada la desmesura, la hybris, la muerte inútil del animal del agua. Almada nos hace girar y girar en torno a esa inquietud, a esas personas, a ese monte y a ese río. El cauce de la historia nos lleva, el monte nos recibe, inquietante, la isla, sus habitantes y también quienes la visitan (¿la usurpan?), todos dejan ver algo de su alma en la narración. No siempre son bellos, no siempre son buenos, pero, así como el viejo marinero, tal vez puedan, al final, pagar, penar y hasta redimirse.

 

octubre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

RESEÑAS

CINCO POEMAS DE SANTIAGO HERNÁNDEZ APARICIO

Ingrid Thulin

Callamos para fingir que el silencio esconde algo, pero no esconde nada, y por eso hablamos para fingir que el sonido tapa voces, pero no tapa nada, y por eso…
La lengua que llevamos en la boca es intraducible.

 

Ahora sin sueños

I
Vino nuevo en odres viejos,
la danza de tu vida cede.

Un solo camino cada vez es distinto
y a lo continuo lo tapa la sombra que el tiempo no mira.
La perspectiva para mirar aleja de ahí tus manos
que hacen tu suerte mientras duermen.

El alma por caminos blancos de luna,
espejás lo que no sentís para reforzarlo,
anidás en la intimidad del pájaro que no sos.

¿Es cómoda la habitación del viento?
¿Y la evidencia extrema de la luz
es visible?

II
La estrechez de la herida
abriga un eco a la salida.

El silencio en el cuarto
pinta la casa de blanco.

La lira de los demonios
infunde rojo en el odio.

El asado de San Lorenzo
reza con humo en el viento.

El pájaro en el retiro
olvida un ojo en el nido
que el león comenzó a segar
hacia una heráldica musical.

Triunfa la vida, cincha la rima
porque bailar.

 

Apatía y síndrome de Stendhal

Que la quietud es la madre del movimiento
es algo que aguantabas pensando en las ganas
de patear la pelota con los demás una tarde definida.
Advino el Juicio en el sueño donde tu cuerpo oculto
de las miradas con peluca en el cubículo de un baño
supo que los átomos son pesados y muy sensuales.

La tarde que no fuiste ciego, cuando ganaste la pelota
y la profesora de educación física muy fuerte gritó que aparecías,
sentiste vergüenza para cultivar el ojo de la mente.

La poesía te acompaña
desde entonces a cualquier lado,
pero se queda mirando.

La antigüedad llena de polvo en un estante,
¿quién responde por un destrozo de alas imaginadas?

 

Matthias & Maxime

Carta sin destinatario
ni dirección ni destino,
es signo enloquecido
que aprisiona en los labios
del jeroglifo el glosario.
Cara y cruz desasidas
asilan llama unitiva:
si el interior se conocen
los amigos en el goce,
sutura será la herida.

 

Viaje a la semilla 

Voy a mudarme a la zona sur de la ciudad donde vivo, decisión que aparentemente tomé sin mucho detenerme, pues apenas comienzo a divagar observando las escenas que pasan a través de la ventanilla del auto que me lleva a destino, se apodera de mí una sensación creciente de incomodidad. El barrio queda lejos y no voy a poder ir en bicicleta o a pie a visitar a mis amigos. Voy a tener que tomarme un colectivo o dos —ni siquiera calculé distancias—  para hacer trámites en el centro y le temo a la soledad. Advierto que el piloto es Cecilia, una amiga de mi vieja, que además era nuestra vecina en Limache. A su lado, en el asiento del copiloto, mi madre. Atravesamos la avenida de lo que ahora reconozco como el barrio de mi infancia, pasamos un colectivo y comenzamos a internarnos en una región pantanosa por un camino de tierra. Hay niebla. Tengo frío. Alguna vez escuché que las calles no pavimentadas del barrio estaban llenas de pequeñas piedras porque los ríos de la prehistoria habían erosionado el suelo durante mucho tiempo. A estas alturas ya estoy hecho una bolita abrazándome las rodillas bajo una manta. Mi madre da vuelta la cabeza y me dice: “A estas alturas tu papá ya debe andar por Berlín”. Entonces pienso que mi padre murió hace tres años, pienso que en Berlín fui feliz, pero que lamentablemente no hay llamada ni carta ni conexión que ese hombre del pasado, en una ciudad lejana, pueda establecer conmigo aquí y ahora, y lloro desconsoladamente mientras manos dulces me suben el cuello del abrigo para que hiele.

 

Santiago Hernández Aparicio nació en Salta en 1990. Escribe y trabaja en Rosario, donde estudió Letras en la UNR. Publicó Sermón del tiempo (Baltasara, 2017).

 

septiembre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

POEMAS

CINCO POEMAS DE OLIVIA MILBERG

unos ojos soñadores,
además otros primores
que producen sensación.

Ivo Pelay y Tita Merello


Gato por liebre

De a poco pierdo la vista y no creo
que esté aumentando mi intuición.
Si una mancha marrón se mueve
en Buenos Aires es un gato
y en Hudson, una liebre.
Pero dudo.
Ese es el mayor beneficio
que obtengo de la miopía.


Amor a primera vista

A través de los cristales
el mundo se vuelve filoso.
Una vez me enamoré
de una mujer que caminaba
sobre la superficie
del agua, como un fantasma
o una virgen aparecida
en el Carapachay.
Los anteojos convirtieron
a la mujer en piedras,
al amor en nada.



La miopía es una voz humilde

Tienen voz y no palabras
los perros, el tabaco, los ríos.
Los ojos hablan con voz clara.
Los míos no están interesados
en grandes extensiones de tierra,
dicen que el infinito se guarda
en un perro, en el tabaco, en el río.

 

Invierno

No le queda ni una hoja
al palo borracho.
Bien miradas, las ramas
parecen rajaduras
del cielo.


Nocturno sin anteojos

Tiemblan la luna y su fantasma.
Las letras en los carteles
engordan como hongos del pan,
no dicen nada, descansan.
Me doy cuenta de mi altura
porque no llego a ver nítidos mis pies.
Las zapatillas continúan en las baldosas
que continúan en el cantero
donde crece el palo borracho.
Si un perro me atacara, no podría
distinguir su boca de mi cuerpo.

 

 

Olivia Milberg nació en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en 1992. Realizó estudios de música y canto. Estudia Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes. Sus poemas fueron publicados en LADO TIERRA (No es como una rubia en el avión, 2018), Celofán 2, antología de poetas jóvenes (La carretilla roja, 2019), Les poetas, Premio Poesía Bienal Arte Joven 2019 (Gog & Magog, 2019), Hablar de Poesía #39 (Audisea, 2019) y varias revistas digitales y blogs literarios. En 2019 publicó el poemario Lobo de mar (añosluz editora). Produce el ciclo No es como una rubia en el avión, del cual realiza el diseño editorial.

septiembre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

POEMAS

«PARANOIA, UN CANTO» DE STEPHEN KING

Traducción de Marcela Alemandi

Ya no puedo salir.

Hay un hombre de impermeable
en la puerta
fumando un cigarrillo.

Pero

escribí sobre él en mi diario

y los sobres están todos listos,
alineados en la cama,
ensangrentados por el resplandor
del cartel del bar de al lado.

Él sabe que si me muero
(o incluso si desaparezco)
ese diario se difunde y todo el mundo se entera
de que la CIA está en Virginia.

500 sobres comprados en
500 mostradores diferentes
y 500 cuadernos
con 500 páginas cada uno.

Estoy preparado.

Puedo verlo desde aquí.
Su cigarrillo parpadea
por encima del cuello del abrigo
y en algún lugar hay otro hombre en el metro
sentado bajo una publicidad y pensando en mi nombre.

Hay hombres que han hablado de mí en las trastiendas.

Si suena el teléfono, solo escucho un susurro muerto.
En el bar de enfrente, en el baño de hombres
un pequeño revólver ha cambiado de manos.
Cada bala tiene mi nombre.
Mi nombre está escrito en viejos ficheros
y se busca en los diarios de los archivos.

Mi madre ha sido investigada;
gracias a Dios está muerta.

Tienen muestras de mi escritura
y examinan los bucles de las pes
y las cruces de las tes.

Hasta mi hermano está de su lado, ¿te conté?
Su esposa es rusa y él
me insiste con que complete más y más formularios.
Lo tengo todo anotado en mi diario.
Escuchá,
escuchá,
escuchame, por favor:
tenés que escucharme.

Bajo la lluvia, en la parada del colectivo,
cuervos negros con negros paraguas
simulan mirar sus relojes, pero
no está lloviendo. Sus ojos parecen monedas de plata
Algunos son becarios a sueldo del FBI
la mayoría son extranjeros que inundan
nuestras calles. Los engañé,
me bajé del colectivo en la esquina de 25 y Lex
donde un taxista levantó la vista de su periódico y me miró.

En la habitación de arriba, una vieja
puso una ventosa eléctrica en el suelo.
Envía rayos a través de mi cableado
y ahora tengo que escribir en la oscuridad
iluminado por el cartel del bar.
Yo me doy cuenta de todo.

Me mandaron un perro con manchas marrones
y una antenita de radio en la nariz.
Lo ahogué en la bañera y escribí todo
en mi carpeta GAMMA.

Ya no miro el buzón.
Las tarjetas de felicitación son cartas-bomba.

(¡Salí! ¡Por Dios!
No te me acerques. ¡Conozco gente importante!
¡Conozco gente muy importante, te digo!)
El restaurante donde almuerzo tiene micrófonos en el piso,
y la moza me dice que es sal, pero yo conozco el arsénico
cuando lo veo. Y el sabor amarillo de la mostaza
que tapa el olor a almendras amargas.

He visto luces extrañas en el cielo.
Anoche un hombre oscuro sin rostro se arrastró por catorce kilómetros
de alcantarillas hasta asomarse en mi baño, tratando de escuchar
llamadas telefónicas a través de la madera barata, con
auriculares de cromo.
Yo escucho todo, te digo.

Vi las huellas de sus manos embarradas
sobre la porcelana.

¿Te dije que ya no contesto más el teléfono?

Planean inundar la tierra de mierda.
Están planeando invadir las casas.

Tienen médicos
que proponen posiciones sexuales extrañas.
Están haciendo laxantes adictivos
y supositorios que arden.

Saben apagar el sol
con cerbatanas.

Yo me envuelvo en hielo, ¿te conté?
Así evito el alcance de sus rayos infrarrojos.

Conozco cánticos y uso amuletos.
Podés pensar que me agarraste, pero si quiero te destruyo
en cualquier momento.

En cualquier momento.

En cualquier momento.

¿Querés un café, mi amor?

¿Te conté que ya no puedo salir?

Hay un hombre de impermeable
en la puerta.

 

septiembre 2020 | Revista El Cocodrilo   

 

TRADUCCIONES

DOS CUENTOS DE HUGO DÍAZ

 

Autobiografía del silencio*

 

No soy un hombre locuaz. El silencio ha sido, hasta ahora, el mejor aliado para completar a las personas. Las determino con algunas frases que ellas repiten quizá sin darse cuenta. Entonces las completo, las identifico. Y de esa manera las nombro, sin decírselo, por supuesto. En la caja de mi memoria tienen un lugar con una palabra establecida. Se transforman en sujetos. De esta manera reconozco a algunas de las personas que viven en mi edificio. Por ejemplo: Evangélica, mujer enjuta, siempre con el cabello atado y con sus canas montadas en mechones oscuros parecidos a alambres, que forman la estructura ósea de la parte de atrás de su cabeza; vive en el octavo C y los días martes a la mañana la cruzo en el ascensor; la mayoría de las veces termina sus frases con un “si Dios quiere” o “es un buen día, gracias a Dios”. Loro: hombre que siempre conserva su cara lisa, bien rasurada, y el entrecejo junto como tratando de observar algo a la distancia; militar jubilado; del séptimo A; repite dos veces la primera y última palabra de sus oraciones, a entender, “Buen día, buen día. Hoy va a ser un día de mucho calor, sí, sí”. Guasón: muchacho de cerca de los treinta años; trabaja en una inmobiliaria; sexto B; comienza su socialización con bromas de mal gusto e incómodas “¿Se te pegó la almohada? ¿Le estuviste dando duro a la masturba anoche?”, “¡Mire esa, qué culo para los latigazos!”. Cosmética: mujer joven, pelo castaño claro, ojos color almendra, de cadera fuerte que sube despiadadamente hasta formar una delgada cintura; consigo tiene siempre el celular con el cual habla de que está llegando de un centro de estética o yendo; su departamento es el quinto A. También se encuentran los mellizos del cuarto C: Rutinas, me cuesta identificarlos; musculosos, altos, ambos llevan el mismo tatuaje en el hombro derecho, un tribal con forma de león; hablan casi a los gritos como si llevaran auriculares puestos; sus conversaciones giran en torno a los ejercicios que hicieron en el gimnasio y, también, a las rutinas futuras. Yo me encuentro en el noveno A. En el mismo piso, en el C, vive Coger: muchacho joven, delgado, estudiante de enfermería, de aspecto desalineado; su vocablo gira en torno a lo sexual.

A los nombrados los cruzo diariamente en el ascensor.

La última mañana desperté antes de que sonara la alarma de mi teléfono celular. La desactivé y me quedé unos minutos más en la cama. Contemplé los débiles rayos solares que entraban por las rendijas de la persiana, deduje que estaba nublado. Abrí la ventana y comprobé el movimiento de abultadas nubes bajas y grisáceas. Cuando bajé la mirada, vi un manto marrón que cubría todas las calles de la ciudad. El río se había desbordado inundándolo todo. Posiblemente durante la madrugada las sirenas de los bomberos y policías habrían estallado recorriendo cada calle afectada. Yo nada había escuchado. Llamé al trabajo, pero nadie contestó. Solo quedaba esperar.

Rayos enfurecidos atravesaban las espesas nubes, y llegaban a mi ventana con intervalos de diez minutos, luego desaparecían, parecían ser tragados por esas gigantes pompas grises. El tiempo no se sucedía; volvía como esos rayos de sol, al mismo lugar. Entonces escuché fuertes golpes en mi puerta. Imaginé bomberos con rimbombantes cascos amarillos, viniendo a mi rescate. No fue así. Al abrir me sorprendió Loro con su mirada cejijunta. Lo acompañaban como guardaespaldas, los hermanos Rutinas.

—Buenas tardes —mascullé trabajosamente.

Loro explicó con tono grave y cortas pausas, cada tres palabas, que la chica del quinto A había sido víctima de robo e intento de violación.

—Nos reunimos todos en la terraza ahora. ¿Entendió, entendió? —dijo concluyendo.

Busqué un abrigo y los acompañé. En el lugar encontré a todos los que conocía. Evangélica abrazaba y trataba de consolar a Cosmética. Loro esta vez habló para todos los que formábamos un desprolijo círculo.

—A la chica aquí presente, como ya les adelanté a cada uno de ustedes, le violentaron su puerta, extrajeron cosas de valor, y el timador, mal parido, tocó sus partes íntimas. Los gritos de la joven hicieron que huyera. El edificio está aislado por esta podrida inundación, entonces lo único que nos cabe pensar es que fue uno de nosotros el mísero ratero—. Luego de apagar el renaciente murmullo subiendo y bajando las palmas de las manos, continuó: —Sabemos aquí, los hermanos y yo, que el ladrón llevaba un pasamontaña, abrigo negro con capucha y jean también oscuro.

En ese momento todas las miradas cayeron en mí. Mencioné que soy un hombre callado, silencioso, pero lo que no dije fue que también tengo mala suerte. Nací en febrero de año bisiesto, tuve un accidente automovilístico en mi primera cita sexual, jamás gané algo, y en ese momento llevaba puesto un abrigo negro con capucha como la descripción que había hecho Loro repitiendo la última palabra de la oración.

—Qué hiciste al mediodía —interrogó uno de los hermanos con ojos de perro guardián enfurecido.

—Nada —contesté vacilante.

Los Rutinas inflaron el pecho adelantándose a Loro, que miraba impávido, como si este fuera el amo cruel que liberaba a sus bestias asesinas.

—Entregate, lagarto —vociferó Guasón para estímulo de los hermanos que se acercaban rabiosos.

—¿Han perdido el juicio? ¿Porque el hombre lleve un abrigo negro es el culpable? ¿Qué clase de animales los criaron? ¡Están completamente locos! —argumentó Coger con voz firme y llena de cordura.

—¡Claro, Coger! —grité, y un silencio mortuorio se introdujo en esa escena delirante.

En dos segundos estaba cabeza abajo en la cornisa, mi cuerpo se aflojaba mansamente, entregándose al manto marrón que corría por las calles como si fuera un poderoso imán. Pero todavía en ese momento era sostenido por las fuerzas hercúleas de los Rutinas, que me tomaban de las piernas.

Loro se acercó y ordenó que confesara. Mi garganta era oprimida por la sangre y el terror. Entonces sentí la liberación de mis extremos. Todo quedó en un silencio absoluto. Miré sin reservas el sosiego del agua marrón. En el trayecto intenté imaginar los dibujos del espanto en la cara de Cosmética viéndome caer.

 

Biología marina

 

Fue una noche de invierno cuando escuché a mis padres hablar en la habitación sobre mí. Una noche fría, el cielo tenía un trasfondo verde en el cual parecían pegarse las estrellas que eran chiquitas y demasiado aisladas entre sí. Lo recuerdo bien porque después de escucharlos abrí la puerta y salí descalza envuelta con una manta gris. Volví al calor de la casa en el momento en el que empecé a sentir en los pies una especie de picor que se consumía en dolor, llegando hasta mis rodillas. Decían mi nombre como si contemplaran un jardín en plena primavera, pero luego surgía el de mi hermano: Joaquín, arrollando con su silla de ruedas todo lo que encontraba en el espléndido vergel.

Mi hermano, tres años mayor que yo, sufrió una lesión en la médula espinal al poco tiempo de haber nacido. Algo raro, inexplicable, decían los médicos. Tiempo después lo colocaron en una silla de ruedas que manejó perfectamente. Cuando estábamos todos juntos, Joaquín se divertía agitando sus brazos y sonriendo; pero quedando nosotros dos, o él solo en su habitación, podía verlo mugir pensamientos que le llenaban los ojos de una neblina oscura. Puede que estuviera memorizando un futuro quieto en esta casa ya desvencijada y solitaria. Estaba condenado a moverse solo por un suelo firme.

Muchas veces mi madre me preguntó qué deseaba ser de grande, yo declaraba fervientemente que quería estudiar Biología marina; me interesaba todo tipo de vida cerca del mar y sus profundidades. Entonces todos los gestos de su cara se volcaban hacia el entusiasmo y se perdía en una larga sonrisa. Era fácil pedirle su teléfono celular a la hora de siesta y mirar videos sobre diferentes animales que convivían en el mar. En una de los largos documentales descubrí que existían balsas de algas que viajan miles de kilómetros en el mar y servían como refugio y ayuda a la supervivencia de varias especies de animales. Uno de estos animales es la tortuga recién nacida que se enreda en el vegetal para descansar y dejarse llevar por la corriente.

Había días en los que ella me entregaba su celular antes de pedirme que entretuviera a Joaquín dentro de la casa. Los días en los cuales el frío era paulatinamente vencido por el sol de la tarde, y veía a otros chicos en sus bicicletas o caminando en grupo hacía el parque. Le mostraba desde YouTube distintos videos sobre las tortugas marinas. Veíamos cómo una tortuga gigante salía del mar para depositar sus huevos en el hoyo que hacía en la arena. Luego eran más de cien tortugas que parecían brotar de lo más profundo del color cobrizo de la arena al sol. Emergían y trataban de llegar al mar sorteando todos los obstáculos. Después de las complicaciones de salir de las arenas debían esquivar las atemorizantes tenazas de cangrejos y, por aire, a distintas aves que se proyectaban sobre ellas atrapándolas deliberadamente. Y si llegaban al mar puede que las olas las expulsaran quedando boca bajo siendo presa fácil. Antes de que esos animalitos tocaran el agua del mar, veía a mi hermano, con sus ojos bien abiertos levantando levemente sus cejas y sacando la lengua en punta hacia una de sus comisuras como quien está realizando una tarea difícil. Y cuando por fin una de las tantas tortuguitas sobrevivía y nadaba alejándose de la costa, Joaquín imitaba la sonrisa de mi madre por algunos segundos.

A finales de la primavera, un domingo, el cielo se topó con nubarrones que se engrosaban amenazantes. Busqué a mi hermano en su habitación y lo encontré contra la ventana abierta, haciendo gestos ampulosos en cada ráfaga de viento; enseguida entendí que las enfrentaba braceando como un nadador. Igualmente pregunté qué estaba haciendo. Me respondió que había visto algunos nadadores en competencia por televisión y quería ser un nadador profesional o de mar abierto.

Fue fácil entretenerlo los días siguientes con el celular de mi madre. Buscábamos todo lo relacionado con la natación. En estilos le interesaba el crol y mariposa. Al principio veíamos natación para principiantes en piscina y luego videos de nadadores en mar abierto. En esos momentos se concentraba abriendo y dejando sus ojos fijos en la pantalla del teléfono. Parecía comprender su género de vida.

Estoy segura de que mis padres sabían sobre la inquietud de Joaquín, las ganas de estar en contacto con el agua, o de aprender a nadar, porque durante un almuerzo nos anticiparon que iríamos a vacacionar al mar durante el verano.

Recuerdo lo sentido junto a mi hermano con solo mirarnos a los ojos. Esa noticia hizo un efecto de licuación repentina en los días venideros más que una ansiedad del porvenir en nosotros, porque el tiempo pasaba velozmente y no de una manera de horas exactas con promisión de dicha.

Los días terminaban sofocados por el sol. Una de esas noches que enfrentábamos laxas y sin un horario obligatorio para ir a dormir, mi padre nos ordenó que eligiéramos alguna cosa que quisiéramos llevarnos al mar y a acostarnos temprano, al amanecer partiríamos hacia la costa. Lo vi a Joaquín poner en su mochila una gorra de silicona color blanca, unas antiparras y tapones para los oídos.

Después de un largo viaje llegamos al hotel. En una habitación dormiríamos mi hermano y yo y en otra, mis padres. Mi madre entró al cuarto cuando Joaquín no estaba y me dijo qué ponerme para bajar a la playa. Yo no esperaba que hubiera tanta gente con sus reposeras, sombrillas y carpas. Mi padre llevaba en brazos a mi hermano y una sombrilla y mi madre, la silla de ruedas y una conservadora con comida y bebidas. Caminamos hasta encontrar un espacio a casi dos metros de las olas que se arrimaban mansas.

Mi padre dejó a Joaquín en la arena y junto a mi madre empezaron la tarea de desplegar la enorme sombrilla. Desde su lugar, mi hermano hizo señas para que le alcanzara su mochila. Rápidamente lo hice. De ella sacó sus elementos de natación y se los puso. Comenzó a reptar hacia las olas. Lo observé sentada en su silla de ruedas. Esquivó trabajosamente a una pareja que se sacaba selfies. Se detuvo miró el cielo, se secó el sudor de la frente y continuó. Con firmeza venció las primeras olas, llegó hasta la rompiente y se alejó. Entonces mi madre lo vio y reaccionó gritando su nombre. Pero él con los tapones puestos seguramente no la oía. Mientras mi padre corría hacia el guardavida, él con cada braceada, avanzaba más abriendo su boca.

 

*Los dos cuentos pertenecen al libro Lazos brutales, que publicará próximamente Editorial Reloj de Arena, Entre Ríos.

 

Hugo Díaz (Santa Isabel) reside en la ciudad de Rosario. Es profesor de Lengua y Literatura. En el campo literario sus cuentos han obtenido: primer puesto en el concurso anual ICES, Venado Tuerto (2015); primera mención en el concurso nacional “La hora del cuento”, Córdoba; mención especial en el Certamen Nacional Municipal Azul, Buenos Aires; segundo puesto en el concurso de la revista literaria Gambito de Papel, La Plata; finalista del concurso “Un Homenaje, Fabricio Simeoni”, Rosario (2019). En el corriente año sus textos forman parte de las antologías Relatos del mañana (Emporio Ediciones, Córdoba) y Grandes microrrelatos (Editorial Equinoxio, Mendoza); participó en la edición de mayo de la Revista Temporales editada por la MFA de Escritura Creativa en Español de New York University, y recibió tercera mención en el certamen literario nacional “La hora del cuento”, Córdoba. Uno de sus cuentos fue citado en “La escritura santafesina en tiempos de pandemia, virus y cuarentena”, nota del diario Mirador Provincial.

 

Imagen: Eloy Santillán

agosto 2020 | Revista El Cocodrilo


TEXTOS

TRES POEMAS DE DIEGO COLOMBA

En el fondo una metáfora no es una analogía

Nadie más que yo
veía
caer
esos copos
invisibles
de nieve
que tornasolaban
en la tarde

—si papá
los hubiera visto
los habría
señalado
con un dedo—

pero
lo cierto
es
que caían:

fríos
y pesados.

Llevábamos
esa nieve
triste
sobre los hombros.

Esa nieve
era
lo único
sagrado
que podríamos
compartir.

 

Más allá de cualquier inventario

Los habitantes de la casa se han ido a descansar. Nadie, felizmente, te reclama. Podés seguir recostado en el techo de la galería, entre marañas de cables y ramas. Entrever desde allí la lejanía del cielo. Una chispa de vida. Pero hay sombras o pájaros como dioses que hacen crujir las chapas. Y se niegan a dejarte solo.

 

Tanatología

Como quien cuenta a las apuradas la última anécdota
antes de despedirse una compañera de trabajo se refiere
sin ambages al estado terminal de su madre
a la prontitud con que su médico de cabecera se ha sacado
un problema de encima —después de repasar imágenes
incomprensibles con los anteojos de aumento— telefoneando
ante sus mismas narices a una verdadera eminencia en la materia
el responsable de la biopsia que le practican poco después
tras un diagnóstico que explique los repetidos ahogos
y la creciente inapetencia de estos días:
se trata de una perfecta pieza de orfebrería en manos
de una naturaleza hostil que ha sabido urdir tumores
como cuentas de un collar alrededor del estómago.
El cirujano aclara que se ha limitado a limpiar
los intersticios entre una y otra pieza
para hacer de la agonía de su madre un padecimiento
relativamente más humano.
Mi compañera advierte que —contra lo que uno cree—
la intervención ha resultado exitosa
si se considera la falta de dolores o molestias
como un modo razonable de vivir.

 

*Los tres poemas forman parte del nuevo libro de Diego Colomba, El lado de la sombra (Barnacle, Buenos Aires, 2020).

 

Diego Colomba nació en San Nicolás (provincia de Buenos Aires) en 1972 y vive en Rosario desde 1990. Es profesor y licenciado en Letras y doctor en Humanidades. Ha colaborado con reseñas, notas y entrevistas en numerosos medios locales y nacionales. Publicó su tesis doctoral Letras de Rock Argentino (2011) y Mesa de novedades. Poesía y narrativa del presente (2013, premio obra inédita del Concurso Provincial de Ensayo Juan Álvarez 2012), en crítica; Baja tensión (2012, mención en el Premio Municipal de Poesía Felipe Aldana 2011), Desaire (2014), Inmemorial (2015), Chispero (2016), El largo aliento (2016), La hospitalidad del mundo (2017), Papá trajo a casa un Cuatro Ele (2018; Mención Honorífica Premio Provincial de Poesía José Pedroni. Obra Editada, 2019; Mención Honorífica Premios Nacionales en Categoría Poesía 2019, Ministerio de Cultura), Blanco a la cal (2019; Mención Honorífica Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen 2019) y El lado de la sombra (2020) en poesía; y el cuento Platillos volantes (Rosario, Libros Silvestres, 2019). Tiene más de diez libros inéditos de poesía, narrativa y crítica.

 

agosto 2020 | Revista El Cocodrilo

DOS POEMAS DE FLOR INFLOWERLAND

Sin título II

No hace falta que hable de puentes
para que yo los vea. Hace falta
que diga madera, que no diga nada más que madera
y puedo poner la imaginación los clavos
para ver los puentes uniendo oídos y ojos
y el resto de las ciudades intermedias. No hace falta
que hable de las puertas y las ventanas siempre cerradas
o de los festejos quietos, congelados en las fotos,
para que yo sepa de la soledad. Con decir diciembre
sé que está triste. No hace falta que diga.
No hace falta que esté.
No hace falta que nombre. Cuando no dice nada,
todas las palabras son mundos en espera
que se detienen en el borde de su labio.

 

Sin título IV

Y si esta plegaria se cumple,
pero antes chocan tus palabras
con las mías, en algún lugar
entre el cielo
y la mayoría de los infiernos.
¿De quién sería la culpa?
Y entonces, también,
decime: ¿qué tengo que pensar
cuando miro a todos lados y veo
blanco y negro, al mismo tiempo
dentro del giro de trompo que hace
la misma sustancia?
Porque no sé.
¿Vos sabés?
Entonces, decime:
Estas horas inmensas, esta noche perfecta,
esta receta contra la aridez que tienen todas las certezas,
¿es el premio que pedí a mis dioses
o el castigo que mandaron los tuyos?

 

Flor Inflowerland nació en Capitán Bermúdez. De profesión docente, actualmente vive en Rosario. En el año 2014 fue seleccionada para integrar las antologías 150 relatos de Novela Negra (Artgerust, Madrid) y Desde el pago Hernandiano (Márgenes azules, Pehuajó).  Desde el 2014 ha participado con sus textos en las revistas Sapo (Chile), Ciudad Gótica y El Corán y el Termotanque (Rosario). En 2017 fue seleccionada para formar parte de la Antología de la Calle Inclinada (Los Libros de la Calle Inclinada, Rosario). Recibió una Mención Especial en la 1ra y 2da edición del concurso de cuentos “Alma en el aire” (2016 y 2018), organizado por el Honorable Concejo Municipal de Rosario y participó en dichas antologías. En el 2018 fue convocada para ser parte del proyecto “Rosario se lee”, llevado adelante con el apoyo de Espacio Santafesino (Casagrande, Rosario).

agosto 2020 | Revista El Cocodrilo