ELEGÍAS ROMANAS, POR JOHANN W. GOETHE (SELECCIÓN Y TRAD. FRANCISCO SALARIS)

por El Cocodrilo

PRIMERA ELEGÍA

¡Díganme algo, piedras! ¡Oh, hablen, altos palacios!
¡Calles, pronuncien una palabra! Genio, ¿no te inspiras?
Sí, todo está animado en tus santos muros,
eterna Roma; solo ante mí calla todo aún. 
Oh, ¿quién me susurra al oído, en qué ventana veré
algún día la dulce criatura que me queme y me reanime? 
¿No intuyo todavía los caminos por los que, una y otra vez,
al ir hacia ella y volver, sacrificaré el precioso tiempo?
Aún contemplo palacios e iglesias, ruinas y columnas,
como un hombre que sabe comportarse durante un viaje. 
Pero pronto pasará y habrá un único templo,
el templo del Amor, que acoge al iniciado. 
Un mundo eres tú, oh Roma, pero sin el amor
ni el mundo sería el mundo, ni Roma sería Roma.

QUINTA ELEGÍA

Feliz, ahora me siento inspirado en el suelo clásico,
más fuerte y encantador me hablan el mundo de ayer y el de hoy.
Sigo el consejo: hojeo las obras de los antiguos
todos los días con mano ágil y placer renovado.
Pero Amor en las noches de otro modo me ocupa,
seré así la mitad de sabio, pero el doble de feliz.
¿No aprendo acaso cuando veo las dulces formas
del pecho, cuando deslizo mi mano por las caderas?
Recién entonces comprendo bien el mármol; pienso y comparo;
miro con ojo que siente, siento con mano que mira.
Si la amada me roba algunas horas del día,
me compensa dándome horas de la noche. 
Pero no todo es siempre besos, también conversamos en serio,
y cuando ella se duerme, pienso mucho acostado.
Muchas veces incluso compuse poemas en sus brazos,
contando suavemente los hexámetros, con los dedos,
sobre su espalda. Ella respiraba en un dulce sueño
y su aliento me quemaba hasta lo más profundo del pecho.
Amor mientras tanto avivaba la llama de la vela y pensaba 
en los tiempos en que el mismo servicio prestaba a sus triunviros. 

DECIMOCUARTA ELEGÍA

¡Prende la luz, muchacho! «Todavía es de día, desperdiciará
aceite y vela en vano. ¡No corra aún las cortinas!
El sol se escondió por detrás de las casas, pero no de las montañas.
Todavía falta una media horita para las campanadas nocturnas.»
¡Desgraciado! ¡Ve y obedece! Espero a mi chica.
Consuélame mientras tanto, lamparita, dulce mensajera de la noche.

DECIMOCTAVA ELEGÍA

Una cosa me desagrada más que todas las cosas; otra
me repugna, indigna a cada una de mis fibras
con solo pensarlo. Quiero confesarlo, amigos:
mucho me desagrada el lecho solitario por la noche.
Pero por completo me repugna temer serpientes
en las sendas del amor y veneno bajo las rosas del placer,
cuando en el más hermoso momento del gozo entregado
la inquietud susurrante se acerca a tu cabeza gacha.
Por eso me hace Faustina tan feliz: comparte su lecho
gustosa conmigo y al fiel es siempre fiel.
Obstáculos tentadores quiere la presurosa juventud;
yo prefiero en cambio gozar largo y tendido del bien seguro.
¡Qué felicidad! Nosotros intercambiamos besos seguros,
aspiramos e inspiramos sin miedo aliento y vida.
Así disfrutamos de las largas noches, escuchamos,
pecho contra pecho, tormentas y lluvias y chaparrones.
Y la mañana se nos aparece de nuevo, las horas traen
nuevas flores, nos adornan de fiesta el día.
Concédanme, oh quirites, esta dicha, y que dios dé
a cada uno el primero y el último de los bienes del mundo.

***

Francisco Salaris es doctor en Letras por la Universidad Nacional de Córdoba. Se desempeña como profesor adjunto en las cátedras de Literatura europea comparada y Literatura alemana de la misma universidad. Dirige un equipo de investigación sobre el concepto de estilo en la literatura contemporánea. Traduce del alemán y del francés.

junio 2026 | Revista El Cocodrilo

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