Archivo de la categoría: poemas

CINCO POEMAS DE LEANDRO DIEGO

#50

quizás
si la tierra no hubiera hecho sus pliegues naturales
si el clima no hubiese sido como el de Corrientes
si no existiera un establecimiento llamado Las Marías…

usted sabe:
Taragüi
es el sabor
que no cambia

 

#2

si le fuera posible desear
desearía ser el pibe
que está abajo de la Panamericana
en medio de la noche
y del frío

calentándose las manos
en un tacho de lata:

brasas de cartón, ramas
un cajón de verduras
húmedo
y la hojarasca que
todavía
crepita

la campera azul,
el zumbido de las moscas que
–depende del viento–
a veces se escucha
y a veces no;
como el aliento
entrecortado
de dos o tres boludos
que pintan una frase
en la pared de la concesionaria

no la frase
la pana es del cole
porque esa ya estaba escrita de antes
días, meses: años
no
los boludos –dos, tres–
pintan una frase en la pared de la concesionaria
mientras el pibe arrima las manos al tacho de lata
y las frota
hasta sentir el repliegue de los pelitos de los brazos
el olor a pelo quemado que,
atrás de la ventana,
se linkea con otro que está allá
en un antes de la cocina,
cuando la madre quemaba el pelo del cuero
de las alitas en la hornalla
antes de meterlas a la olla
para cocerlas con arroz, cebolla y,
cuando había,
morrón

 

Imagen: Gianna Luppi

#3

el blend que emerge del tacho le trae
de pronto
la ansiedad de una nada que no tuvo:
porque siempre tuvo
algo,
por lo menos arroz con alitas
como le decía la madre
al guiso menemista
algo, siempre
y no nada
nunca

nunca una nada como la que allá,
abajo,
le toca la nuca al pibe,
asediado
por el futuro breve que le imponen otros
los dolientes
los que en pocos años
sitiaron –no, ya,
la cuadra, el ghetto,
el barrio
sino– la ciudad toda
entera
cercándola en corro para no dejar salir al tiempo

pero hoy van a querer empujarlo
al tiempo
van a querer empujarlo
para que pase más rápido
y traiga las cosas que perdieron;
para que pase más rápido
y se lleve, otra vez, las cosas de los otros
o mejor
van a empujarlo para que
directamente
–si el contexto ayuda–
se lleve a los otros

y quién pudiera
entonces
aferrarse
–no a las cosas, no al fuego
ni al tacho
de lata–
sino al humo contenido
de un cigarrillo
fumado precisamente para verlo
al humo
para sentirlo
al humo
para largarlo, despacito, por la nariz
y mirar cómo se lleva
y cómo trae
una frase que –todavía–
los boludos –dos, tres–
no escribieron

para largarlo, fuerte, por la boca
y mirar cómo se lleva
y cómo trae, también,
al pibe que se quema los pelitos en el tacho de lata

para tragarlo y ya no ver
ni sentir
nada

para dejarse llevar, dejarse traer

para irse
y en la fuga de la nada
hacerse uno con las cosas

para irse
y en el saba de la especie
volverse parte de la roña

 

Imagen: Gianna Luppi

#41

negro
negro, negro
blanco
blanco, blanco

piano tatuado en pierna desnuda de mujer blanca

golosinas emergiendo de tablero baldosal

y chocolate,
solidificándose
en galleta interracial

el alfajor… es Bagley

 

#70

en el departamento tercermundista,
cosas:
un cenicero
un colchón
papeles sueltos con frases rotas
y él
pensando que el gordo,
abajo, pidiendo,
doliendo con los que se aferran a las ausencias
para extraerles un culpable,
la está pifiando feo

cualquiera que pida una cabeza

escribe en su cuaderno Moleskine®
no es más que un restaurador
escribe
alguien que exige la vuelta del orden
y la tradición
como vendetta racial
escribe
pero no, gordo:
ya no hay pampa, ni vino
escribe
ni, mucho menos,
flan

 

*Los cinco poemas forman parte del libro Monoimi, que próximamente publicará añosluz editora

 

Leandro Diego nació en 1984 en la Ciudad de Buenos Aires, donde vive y trabaja. Es periodista –licenciado por el Instituto Grafotécnico– y escritor de narrativa y poesía. Publicó Restos Nocturnos (cuentos, Editorial Galmort, 2011), Trece (poesía, autoedición, 2016) y Monoimi (añosluz Editora, 2020). Escribe sobre literatura argentina en Zigurat, y sobre arte y cultura en Centro Hausa y otros medios.

 

octubre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

POEMAS

CINCO POEMAS DE SANTIAGO HERNÁNDEZ APARICIO

Ingrid Thulin

Callamos para fingir que el silencio esconde algo, pero no esconde nada, y por eso hablamos para fingir que el sonido tapa voces, pero no tapa nada, y por eso…
La lengua que llevamos en la boca es intraducible.

 

Ahora sin sueños

I
Vino nuevo en odres viejos,
la danza de tu vida cede.

Un solo camino cada vez es distinto
y a lo continuo lo tapa la sombra que el tiempo no mira.
La perspectiva para mirar aleja de ahí tus manos
que hacen tu suerte mientras duermen.

El alma por caminos blancos de luna,
espejás lo que no sentís para reforzarlo,
anidás en la intimidad del pájaro que no sos.

¿Es cómoda la habitación del viento?
¿Y la evidencia extrema de la luz
es visible?

II
La estrechez de la herida
abriga un eco a la salida.

El silencio en el cuarto
pinta la casa de blanco.

La lira de los demonios
infunde rojo en el odio.

El asado de San Lorenzo
reza con humo en el viento.

El pájaro en el retiro
olvida un ojo en el nido
que el león comenzó a segar
hacia una heráldica musical.

Triunfa la vida, cincha la rima
porque bailar.

 

Apatía y síndrome de Stendhal

Que la quietud es la madre del movimiento
es algo que aguantabas pensando en las ganas
de patear la pelota con los demás una tarde definida.
Advino el Juicio en el sueño donde tu cuerpo oculto
de las miradas con peluca en el cubículo de un baño
supo que los átomos son pesados y muy sensuales.

La tarde que no fuiste ciego, cuando ganaste la pelota
y la profesora de educación física muy fuerte gritó que aparecías,
sentiste vergüenza para cultivar el ojo de la mente.

La poesía te acompaña
desde entonces a cualquier lado,
pero se queda mirando.

La antigüedad llena de polvo en un estante,
¿quién responde por un destrozo de alas imaginadas?

 

Matthias & Maxime

Carta sin destinatario
ni dirección ni destino,
es signo enloquecido
que aprisiona en los labios
del jeroglifo el glosario.
Cara y cruz desasidas
asilan llama unitiva:
si el interior se conocen
los amigos en el goce,
sutura será la herida.

 

Viaje a la semilla 

Voy a mudarme a la zona sur de la ciudad donde vivo, decisión que aparentemente tomé sin mucho detenerme, pues apenas comienzo a divagar observando las escenas que pasan a través de la ventanilla del auto que me lleva a destino, se apodera de mí una sensación creciente de incomodidad. El barrio queda lejos y no voy a poder ir en bicicleta o a pie a visitar a mis amigos. Voy a tener que tomarme un colectivo o dos —ni siquiera calculé distancias—  para hacer trámites en el centro y le temo a la soledad. Advierto que el piloto es Cecilia, una amiga de mi vieja, que además era nuestra vecina en Limache. A su lado, en el asiento del copiloto, mi madre. Atravesamos la avenida de lo que ahora reconozco como el barrio de mi infancia, pasamos un colectivo y comenzamos a internarnos en una región pantanosa por un camino de tierra. Hay niebla. Tengo frío. Alguna vez escuché que las calles no pavimentadas del barrio estaban llenas de pequeñas piedras porque los ríos de la prehistoria habían erosionado el suelo durante mucho tiempo. A estas alturas ya estoy hecho una bolita abrazándome las rodillas bajo una manta. Mi madre da vuelta la cabeza y me dice: “A estas alturas tu papá ya debe andar por Berlín”. Entonces pienso que mi padre murió hace tres años, pienso que en Berlín fui feliz, pero que lamentablemente no hay llamada ni carta ni conexión que ese hombre del pasado, en una ciudad lejana, pueda establecer conmigo aquí y ahora, y lloro desconsoladamente mientras manos dulces me suben el cuello del abrigo para que hiele.

 

Santiago Hernández Aparicio nació en Salta en 1990. Escribe y trabaja en Rosario, donde estudió Letras en la UNR. Publicó Sermón del tiempo (Baltasara, 2017).

 

septiembre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

POEMAS

CINCO POEMAS DE OLIVIA MILBERG

unos ojos soñadores,
además otros primores
que producen sensación.

Ivo Pelay y Tita Merello


Gato por liebre

De a poco pierdo la vista y no creo
que esté aumentando mi intuición.
Si una mancha marrón se mueve
en Buenos Aires es un gato
y en Hudson, una liebre.
Pero dudo.
Ese es el mayor beneficio
que obtengo de la miopía.


Amor a primera vista

A través de los cristales
el mundo se vuelve filoso.
Una vez me enamoré
de una mujer que caminaba
sobre la superficie
del agua, como un fantasma
o una virgen aparecida
en el Carapachay.
Los anteojos convirtieron
a la mujer en piedras,
al amor en nada.



La miopía es una voz humilde

Tienen voz y no palabras
los perros, el tabaco, los ríos.
Los ojos hablan con voz clara.
Los míos no están interesados
en grandes extensiones de tierra,
dicen que el infinito se guarda
en un perro, en el tabaco, en el río.

 

Invierno

No le queda ni una hoja
al palo borracho.
Bien miradas, las ramas
parecen rajaduras
del cielo.


Nocturno sin anteojos

Tiemblan la luna y su fantasma.
Las letras en los carteles
engordan como hongos del pan,
no dicen nada, descansan.
Me doy cuenta de mi altura
porque no llego a ver nítidos mis pies.
Las zapatillas continúan en las baldosas
que continúan en el cantero
donde crece el palo borracho.
Si un perro me atacara, no podría
distinguir su boca de mi cuerpo.

 

 

Olivia Milberg nació en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en 1992. Realizó estudios de música y canto. Estudia Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes. Sus poemas fueron publicados en LADO TIERRA (No es como una rubia en el avión, 2018), Celofán 2, antología de poetas jóvenes (La carretilla roja, 2019), Les poetas, Premio Poesía Bienal Arte Joven 2019 (Gog & Magog, 2019), Hablar de Poesía #39 (Audisea, 2019) y varias revistas digitales y blogs literarios. En 2019 publicó el poemario Lobo de mar (añosluz editora). Produce el ciclo No es como una rubia en el avión, del cual realiza el diseño editorial.

septiembre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

POEMAS

TRES POEMAS DE DIEGO COLOMBA

En el fondo una metáfora no es una analogía

Nadie más que yo
veía
caer
esos copos
invisibles
de nieve
que tornasolaban
en la tarde

—si papá
los hubiera visto
los habría
señalado
con un dedo—

pero
lo cierto
es
que caían:

fríos
y pesados.

Llevábamos
esa nieve
triste
sobre los hombros.

Esa nieve
era
lo único
sagrado
que podríamos
compartir.

 

Más allá de cualquier inventario

Los habitantes de la casa se han ido a descansar. Nadie, felizmente, te reclama. Podés seguir recostado en el techo de la galería, entre marañas de cables y ramas. Entrever desde allí la lejanía del cielo. Una chispa de vida. Pero hay sombras o pájaros como dioses que hacen crujir las chapas. Y se niegan a dejarte solo.

 

Tanatología

Como quien cuenta a las apuradas la última anécdota
antes de despedirse una compañera de trabajo se refiere
sin ambages al estado terminal de su madre
a la prontitud con que su médico de cabecera se ha sacado
un problema de encima —después de repasar imágenes
incomprensibles con los anteojos de aumento— telefoneando
ante sus mismas narices a una verdadera eminencia en la materia
el responsable de la biopsia que le practican poco después
tras un diagnóstico que explique los repetidos ahogos
y la creciente inapetencia de estos días:
se trata de una perfecta pieza de orfebrería en manos
de una naturaleza hostil que ha sabido urdir tumores
como cuentas de un collar alrededor del estómago.
El cirujano aclara que se ha limitado a limpiar
los intersticios entre una y otra pieza
para hacer de la agonía de su madre un padecimiento
relativamente más humano.
Mi compañera advierte que —contra lo que uno cree—
la intervención ha resultado exitosa
si se considera la falta de dolores o molestias
como un modo razonable de vivir.

 

*Los tres poemas forman parte del nuevo libro de Diego Colomba, El lado de la sombra (Barnacle, Buenos Aires, 2020).

 

Diego Colomba nació en San Nicolás (provincia de Buenos Aires) en 1972 y vive en Rosario desde 1990. Es profesor y licenciado en Letras y doctor en Humanidades. Ha colaborado con reseñas, notas y entrevistas en numerosos medios locales y nacionales. Publicó su tesis doctoral Letras de Rock Argentino (2011) y Mesa de novedades. Poesía y narrativa del presente (2013, premio obra inédita del Concurso Provincial de Ensayo Juan Álvarez 2012), en crítica; Baja tensión (2012, mención en el Premio Municipal de Poesía Felipe Aldana 2011), Desaire (2014), Inmemorial (2015), Chispero (2016), El largo aliento (2016), La hospitalidad del mundo (2017), Papá trajo a casa un Cuatro Ele (2018; Mención Honorífica Premio Provincial de Poesía José Pedroni. Obra Editada, 2019; Mención Honorífica Premios Nacionales en Categoría Poesía 2019, Ministerio de Cultura), Blanco a la cal (2019; Mención Honorífica Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen 2019) y El lado de la sombra (2020) en poesía; y el cuento Platillos volantes (Rosario, Libros Silvestres, 2019). Tiene más de diez libros inéditos de poesía, narrativa y crítica.

 

agosto 2020 | Revista El Cocodrilo

DOS POEMAS DE FLOR INFLOWERLAND

Sin título II

No hace falta que hable de puentes
para que yo los vea. Hace falta
que diga madera, que no diga nada más que madera
y puedo poner la imaginación los clavos
para ver los puentes uniendo oídos y ojos
y el resto de las ciudades intermedias. No hace falta
que hable de las puertas y las ventanas siempre cerradas
o de los festejos quietos, congelados en las fotos,
para que yo sepa de la soledad. Con decir diciembre
sé que está triste. No hace falta que diga.
No hace falta que esté.
No hace falta que nombre. Cuando no dice nada,
todas las palabras son mundos en espera
que se detienen en el borde de su labio.

 

Sin título IV

Y si esta plegaria se cumple,
pero antes chocan tus palabras
con las mías, en algún lugar
entre el cielo
y la mayoría de los infiernos.
¿De quién sería la culpa?
Y entonces, también,
decime: ¿qué tengo que pensar
cuando miro a todos lados y veo
blanco y negro, al mismo tiempo
dentro del giro de trompo que hace
la misma sustancia?
Porque no sé.
¿Vos sabés?
Entonces, decime:
Estas horas inmensas, esta noche perfecta,
esta receta contra la aridez que tienen todas las certezas,
¿es el premio que pedí a mis dioses
o el castigo que mandaron los tuyos?

 

Flor Inflowerland nació en Capitán Bermúdez. De profesión docente, actualmente vive en Rosario. En el año 2014 fue seleccionada para integrar las antologías 150 relatos de Novela Negra (Artgerust, Madrid) y Desde el pago Hernandiano (Márgenes azules, Pehuajó).  Desde el 2014 ha participado con sus textos en las revistas Sapo (Chile), Ciudad Gótica y El Corán y el Termotanque (Rosario). En 2017 fue seleccionada para formar parte de la Antología de la Calle Inclinada (Los Libros de la Calle Inclinada, Rosario). Recibió una Mención Especial en la 1ra y 2da edición del concurso de cuentos “Alma en el aire” (2016 y 2018), organizado por el Honorable Concejo Municipal de Rosario y participó en dichas antologías. En el 2018 fue convocada para ser parte del proyecto “Rosario se lee”, llevado adelante con el apoyo de Espacio Santafesino (Casagrande, Rosario).

agosto 2020 | Revista El Cocodrilo

UN POEMA DE PABLO BILSKY

El Alto, Bolivia

El ladrillo y su color,
corridos velos,
hálitos de luz enfurecida.
Como el bramido seco, sordo,
de todas las cosas.
Las fotos como ojos
en las marquesinas.
Marquesinas: una fluencia de mañanas sonoras.
Animalillo de falsas brumas, absorto
en la fragancia feraz del maderamen.
Las marquesinas quietas en su fijeza.
Como infinitas cintas que abolieron, acaso,
por exceso de furor de las sierpes,
lo inasible.
Y serpean el brillo
y el haz de lo sin nombre.
Todo lo que se mueve bajo el sol
en la fúlgida desnudez
de sonidos-colores.
Trepa al cielo el silencio.
La color con tanto brío danza,
polleras que giran
más allá de las nubes
pasmo de abarrotada luz.
La risa del ladrillo
en el furor y el tole-tole
de lo inasible.
……………………………

 

Imagen: Gabriel Lovera

Pablo Bilsky es Profesor de Literatura Española en la Facultad de Humanidades y Artes de la UNR. Trabaja como periodista de política internacional en el semanario El Eslabón, en el diario digital Redacción Rosario (de la Cooperativa La Masa) y en las radios Universidad y Rebelde. Publicó la novela Herodes (Yo soy Gilda Editora, 2015), el libro de crónicas de viaje China (Baltasara Editora, 2018), el libro de poemas Sfruttatori (EMR, 2018), la novela Taxi (Le Pecore Nere, 2019) y el libro de poemas Vietnam (Baltasara Editora, 2020).

 

junio 2020 | Revista El Cocodrilo   

DOS POEMAS DE BERNARDO ORGE

 

Imagen: Martín Batallés

 

 

Titular, titular… no puedo ser titular y las caras de los alumnos se me empiezan a mezclar en la cabeza y en lo profundo de mi ánimo me hundo y no sé quiénes son ellos, quién soy yo…

Por un pasillo larguísimo voy, a un lado y al otro aulas, no veo el final y Claudia, una insomne preceptora, me llama y grita —ya es hora de que entregués las planillas!

¿O es la regente, Mimí, o es mi mente que habla sola y no una preceptora? No sé…

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