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LA CHICA DE LA MÁQUINA DE ESCRIBIR, DE CARINA RADILOV CHIROV

Estamos esperando con la señorita Clavel, en el aula de séptimo, de donde sale una escalera hacia el escenario del salón. Crispada por esta tarea, el pelo se le parece más que otras veces al festoneado de los claveles o a los festoncitos que mi mamá borda con la máquina industrial. Somos cinco lectoras: la Chica de los Padres Divorciados, la Hija de la Maestra de Otra Escuela, la Chica del Fondo, la Hija del Dueño de la Curtiembre y yo. 

Hoy se jubila la señorita Dolly. Para ella preparamos nuestras lecturas de despedida, que han de ser emotivas y sentidas. Debemos leer con entonación pausada, levantando la vista luego de las comas y los puntos, tal como nos instruyó en la clase de Lengua la señorita René, que es la maestra que más quiero. Nos lleva a la plaza para escribir “Instantáneas”, que son descripciones cortas, por ejemplo, de un cantero de flores o sobre los sentimientos que nos afloran cuando contemplamos el Cañón de la ciudad. A mí, el frío del acero oscuro no me despierta sensaciones. En cambio, las flores que el placero renueva en cada estación me dan palpitaciones cuando las contemplo. Porque ese es el verbo que usé en la última instantánea y la señorita René me felicitó: “contemplar” significa mirar con atención, como desde un templo o un lugar sagrado. Así me explicó la maestra. Dudo que alguien contemple el cañón. 

A la señorita Dolly la aprecio también, porque me permite quedarme en la biblioteca durante los recreos y me presta libros que son para gente más grande. Aunque con otros chicos se muestra arisca y hasta chillona, eso se debe a que la molestan. Por ejemplo, los más altos de séptimo le dan vuelta el reloj de pared o le sacan de lugar el cuadro del Fortín. Por acciones como esas la señorita Dolly se enoja tanto que el guardapolvos le vibra electrificado. Se ve que le han hecho muchas jugadas así en todos los años de docencia (así dice mi discurso: “los años dedicados a la docencia”) y ella está cansada de esos burlones. Le toca llamar al mayordomo para acomodar el reloj y me imagino que eso la avergüenza. 

Yo sé lo que es sentir vergüenza, así que, cuando le sucede un mal rato mientras estoy en la sala, me deslizo hacia afuera como si fuera una fantasma, para que no tenga que mirar la cara de nadie. No somos nunca tantas personas las que pasamos el recreo en la Biblioteca. Más seguido estamos las Mellizas del Silencio y yo. No son hermanas de sangre, sino de callarse. Las maestras no logran hacerlas hablar en clase, y si las señalan para contestar, se les transparenta la piel, como si les bajara la presión. Como prefieren no provocar desmayos, las señoritas, entonces se olvidan de ellas. 

El Chico que Aspira el Humo de los Fósforos me burlaba cuando estábamos en segundo o tercero por las empanaditas de dulce que yo llevaba como merienda en vez de comprarme las carasucias o los chicharrones de la cantina. Todavía no entiendo por qué, si las empanaditas de dulce membrillo de mamá son muchísimo más ricas que esas facturas mazacotas. En fin, es suerte que no lo eligieron para leer, porque entonces debería estar este tiempo con él. Me asusta su mirada, como si siempre estuviera a punto de prender un fósforo para acercarlo a mi pelo. 

Como es propensa a los nervios, la señorita Clavel nos obligó a asistir media hora antes del Acto de Despedida. Quienes estamos en su aula sabemos de sus ataques, en especial el Dante, que se sienta en el último banco, bajo la ventana. A él le dice “Duraznito del Monte” y lo lleva casi arrastrando al pizarrón cuando no le salen las operaciones matemáticas. A mí nunca me arrastró, porque mi cabeza da para las ciencias y las otras áreas; la cabeza me da para todo, no así el cuerpo. Para jugar a pelota al cesto no sirvo, la señorita de gimnasia me lo dice seguido y me pide que le haga unas planillas con mi letra prolija. 

El acto de despedida tiene un cuadro vivo al comienzo: es una escena de la colonización, con inmigrantes de mirada esperanzada; luego, venimos nosotras, las lectoras, a continuación las palabras de la señorita Directora y cierra el coro infantil, que entonará una canción de despedida que haga llorar a la señorita Dolly, lo cual me parece horrible, porque quién quiere llorar delante de todo el alumnado, donde están aquellos bromistas de años, burlones de la estatura de la señorita. 

Hace unos días fui a cambiar un libro a la Biblioteca; cuando entré, vi a la señorita Dolly contemplando las estanterías, como despidiéndose creo. No estaba llorosa ni nada parecido, pero se le notaba una joroba más aguda en su espalda. Se dice que no tiene familia que la acompañe en el acto, solo una madre postrada, a la que cuida cuando no está en la Biblioteca. Postrada me gusta estar para leer todo el tiempo que desee, como cuando me dio hepatitis y pasé casi un mes en la cama. Lo que más disfruté, además de leer todo el día, fue que ese año estuve exceptuada de hacer gimnasia por el delicado hígado que me quedó de la enfermedad. 

La Chica de los Padres Divorciados y la Hija del Dueño de la Curtiembre no son amigas, pero ahora que estamos esperando se hablan en secreto; las dos llevan zapatos Kickers originales y relojes de Hello Kitty rosados. La Hija de la Maestra de Otra Escuela no habla con nadie, relee una y otra vez su parte y se come las uñas. La Chica del Fondo está con la señorita Clavel practicando en voz alta. No tiene lectura fluida, pero la madre fue a quejarse sobre por qué nunca la hacen participar y la incluyeron. Muy brava la madre, qué vergüenza, los gritos se escuchaban aunque la señorita Clavel cerró la puerta del aula. Ese día el Dante se llevó las orejas ardidas.  

Yo no repaso porque pienso en la señorita Dolly: ¿tendrá libros en su casa?, ¿se dedicará a la lectura en privado? O tal vez solo le tocó estar en la biblioteca como una tarea especial que le dan a las señoritas que están impedidas de dar clases. Ojalá tenga muchos libros que le gusten para estar postrada junto a su madre leyendo sin preocuparse por las burlas o porque le pidan un libro que está ubicado muy alto. Subida a la escalera parece una tacuarita perdida en la sala, me da impresión porque creo que se echará a volar entre los muebles. No quiso decir ninguna palabra de despedida, eso lo sé porque ensayamos el acto entero en el aula y la señorita Clavel lo remarcó, rabiosa. 

Ya nos formamos para subir al escenario, la Hija del Dueño de la Curtiembre está delante de mí y cada tanto me relojea con odio. La semana pasada nos eligieron para la bandera del año próximo y resulta que ella no es abanderada, como se ve que esperaba serlo. Yo no esperaba nada, me quedé muda cuando me dijeron que llevaría la Bandera de la Nación. Se lo conté a Mamá mientras limpiábamos en las oficinas de la curtiembre. Mamá me dijo que estaba orgullosa de mi cabeza y que siempre tenía que estudiar para no ser como ella que tuvo que ir al tambo en segundo grado. Después me dio un premio: me permitió usar la máquina de escribir de la oficina principal. El tac-tac de las teclas sobre el papel es uno de mis sonidos preferidos. Cuando pase a la secundaria, voy a hacer un curso de mecanografía como hizo mi tía Lina. ¡Espero que me salgan los dibujos a base de cruces y ceros!

Cuando nos va tocando el turno a las lectoras, la señorita Clavel nos retiene de los hombros y luego nos da un empujón para que salgamos al escenario. A mí me preocupa tener que bajar las escaleras, mirar hacia el público y hacer el saludo delante de la Directora y las autoridades. La Hija de la Maestra de Otra Escuela me hizo saber, cuando estábamos en quinto, lo torpe y bruta que yo era. Pasó que me choqué un banco en la feria de ciencias y se derramó el líquido de su experimento. Todavía no me animé a preguntarle a Mamá si hay alguna forma de que se me vaya esta brutalidad. 

Ya leyeron tres, faltamos La de la Curtiembre y yo. La señorita Clavel se ve más tranquila porque las lectoras estuvieron a la altura. La empuja a la de la mirada odiosa y me atrapa a mí con sus garras (me recuerdan a las patas escamosas de las gallinas de mi abuela). La de la Curtiembre empieza con voz baja y la señorita Clavel la reta desde atrás: “¡Hablá más fuerte!”, cacarea. No puedo ver al público, porque el telón está corrido, pero  se hace un silencio y a continuación llanto y pasos que corren por el escenario de madera. 

Me suelta los hombros para asomarse y cuando vuelve la corona de su pelo crespo brilla de furia. “Vas a leer lo que la otra tiró, juntá el papel y leé el de ella y el tuyo. ¡Y que salga excelente!” A pesar del empujón, no me siento nerviosa al asomarme, sino que busco con la mirada a la señorita Dolly, sentada entre el Presidente de la Cooperadora y la Presidenta del Club de Madres. Parece que la han puesto en penitencia. Leo como si estuviéramos ella y yo solas en un recreo, en la Biblioteca. Afuera el griterío de la galería y adentro la calma de los libros.

Mi lectura le alzó la mirada a la señorita bibliotecaria. Me equivoqué solo en el orden de la retirada, porque hice la reverencia sobre el escenario, bajé la escalera midiendo mis pasos, como lo haría Sissi, la emperatriz. A último momento fui hasta el asiento de la Señorita Dolly para dejarle los papeles de la lectura como regalo. Ella se prendió de mis ojos. Entendí que me rogaba ayuda, callada como si fuera una trilliza de silencio. 

Algo en mí tomó coraje. Con la cabeza, señalé la salida del salón. Ella se levantó medio encorvada, me agarró la mano y corrió. Por el pasillo, entre las filas de alumnos y docentes, corrimos. Era como si todos estuvieran jugando al “congelado”. El piso blanco y negro parecía infinito; pasamos delante de las gradas donde algunos chicos empezaban a levantarse para ver el espectáculo. Antes de salir a la galería, miré hacia el escenario donde la señorita Clavel gritaba un nombre. ¿El mío o el de la señorita? Nos deslizamos como patinadoras sobre los mosaicos encerados, recorrimos el hall de entrada con pasos más calmos por el miedo a desparramarnos sobre el mármol. ¡Al fin salimos de la escuela!

Continuamos la corrida sin fijarnos en la gente, cruzamos volando la avenida y allí estaba la plaza. Las dos llegamos sin aliento, de correr y de emoción. La señorita Dolly empezó a reírse a carcajadas, tanto que ya no parecía una maestra. Éramos dos niñas que habían hecho una travesura. Se despidió con una caricia en mis manos. Calmada la risa, se fue sin hablar. Caminó con pasos menudos, entre las sombras movedizas de los plátanos. Pensé que “sombras movedizas” sería una buena frase para usarla en la próxima instantánea. 

Resulta que las maestras se enojaron mucho con mi desobediencia, en particular la señorita Clavel, que no pudo nunca decirme “Duraznita del Monte”, pero tampoco me felicitó más delante del curso. Al final no me dieron la bandera de la Nación; quedó en manos de la Hija del Dueño de la Curtiembre. Lo que importa es que Mamá no se enojó, al contrario, los viernes cuando vamos a limpiar las oficinas, me libera de ayudarla para que yo practique en la máquina. Estoy escribiendo mi primera novela.

 

Carina Radilov Chirov (Sunchales, Santa Fe) es activista feminista y docente. Su primer libro, Flor del llano, fue editado por Nunca tengo razón y reeditado en Rosario por Espiral Calipso, en 2011. En 2014, por Editorial Nudista, vio la luz el libro de cuentos Donde empieza a moverse el mundo. Publicó poemas y cuentos en diversos medios digitales y antologías. Este año Editorial Nudista publicará su segundo libro de relatos, y Corteza Ediciones, de Santo Tomé, los poemas reunidos desde 2011.

 

octubre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

TEXTOS

NADIE LE DEJA FLORES A KALASHNIKOV, POR ÉRICA BRASCA

Un fragmento de un álbum-diario de Moscú

 

 

Érica Brasca nació en Cañada de Gómez en 1990. Desde 2009 vive en la ciudad de Rosario, donde estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Publicó la traducción de No sé por qué todos piensan que soy un genio… de Daniil Jarms (Ivan Rosado, 2019) y, en colaboración con Ernesto Inouye y Bernardo Orge, Archivo Mikielievich. Obras y colecciones (EMR, 2019).

 

octubre 2020 | Revista El Cocodrilo

TEXTOS

DOS CUENTOS DE HUGO DÍAZ

 

Autobiografía del silencio*

 

No soy un hombre locuaz. El silencio ha sido, hasta ahora, el mejor aliado para completar a las personas. Las determino con algunas frases que ellas repiten quizá sin darse cuenta. Entonces las completo, las identifico. Y de esa manera las nombro, sin decírselo, por supuesto. En la caja de mi memoria tienen un lugar con una palabra establecida. Se transforman en sujetos. De esta manera reconozco a algunas de las personas que viven en mi edificio. Por ejemplo: Evangélica, mujer enjuta, siempre con el cabello atado y con sus canas montadas en mechones oscuros parecidos a alambres, que forman la estructura ósea de la parte de atrás de su cabeza; vive en el octavo C y los días martes a la mañana la cruzo en el ascensor; la mayoría de las veces termina sus frases con un “si Dios quiere” o “es un buen día, gracias a Dios”. Loro: hombre que siempre conserva su cara lisa, bien rasurada, y el entrecejo junto como tratando de observar algo a la distancia; militar jubilado; del séptimo A; repite dos veces la primera y última palabra de sus oraciones, a entender, “Buen día, buen día. Hoy va a ser un día de mucho calor, sí, sí”. Guasón: muchacho de cerca de los treinta años; trabaja en una inmobiliaria; sexto B; comienza su socialización con bromas de mal gusto e incómodas “¿Se te pegó la almohada? ¿Le estuviste dando duro a la masturba anoche?”, “¡Mire esa, qué culo para los latigazos!”. Cosmética: mujer joven, pelo castaño claro, ojos color almendra, de cadera fuerte que sube despiadadamente hasta formar una delgada cintura; consigo tiene siempre el celular con el cual habla de que está llegando de un centro de estética o yendo; su departamento es el quinto A. También se encuentran los mellizos del cuarto C: Rutinas, me cuesta identificarlos; musculosos, altos, ambos llevan el mismo tatuaje en el hombro derecho, un tribal con forma de león; hablan casi a los gritos como si llevaran auriculares puestos; sus conversaciones giran en torno a los ejercicios que hicieron en el gimnasio y, también, a las rutinas futuras. Yo me encuentro en el noveno A. En el mismo piso, en el C, vive Coger: muchacho joven, delgado, estudiante de enfermería, de aspecto desalineado; su vocablo gira en torno a lo sexual.

A los nombrados los cruzo diariamente en el ascensor.

La última mañana desperté antes de que sonara la alarma de mi teléfono celular. La desactivé y me quedé unos minutos más en la cama. Contemplé los débiles rayos solares que entraban por las rendijas de la persiana, deduje que estaba nublado. Abrí la ventana y comprobé el movimiento de abultadas nubes bajas y grisáceas. Cuando bajé la mirada, vi un manto marrón que cubría todas las calles de la ciudad. El río se había desbordado inundándolo todo. Posiblemente durante la madrugada las sirenas de los bomberos y policías habrían estallado recorriendo cada calle afectada. Yo nada había escuchado. Llamé al trabajo, pero nadie contestó. Solo quedaba esperar.

Rayos enfurecidos atravesaban las espesas nubes, y llegaban a mi ventana con intervalos de diez minutos, luego desaparecían, parecían ser tragados por esas gigantes pompas grises. El tiempo no se sucedía; volvía como esos rayos de sol, al mismo lugar. Entonces escuché fuertes golpes en mi puerta. Imaginé bomberos con rimbombantes cascos amarillos, viniendo a mi rescate. No fue así. Al abrir me sorprendió Loro con su mirada cejijunta. Lo acompañaban como guardaespaldas, los hermanos Rutinas.

—Buenas tardes —mascullé trabajosamente.

Loro explicó con tono grave y cortas pausas, cada tres palabas, que la chica del quinto A había sido víctima de robo e intento de violación.

—Nos reunimos todos en la terraza ahora. ¿Entendió, entendió? —dijo concluyendo.

Busqué un abrigo y los acompañé. En el lugar encontré a todos los que conocía. Evangélica abrazaba y trataba de consolar a Cosmética. Loro esta vez habló para todos los que formábamos un desprolijo círculo.

—A la chica aquí presente, como ya les adelanté a cada uno de ustedes, le violentaron su puerta, extrajeron cosas de valor, y el timador, mal parido, tocó sus partes íntimas. Los gritos de la joven hicieron que huyera. El edificio está aislado por esta podrida inundación, entonces lo único que nos cabe pensar es que fue uno de nosotros el mísero ratero—. Luego de apagar el renaciente murmullo subiendo y bajando las palmas de las manos, continuó: —Sabemos aquí, los hermanos y yo, que el ladrón llevaba un pasamontaña, abrigo negro con capucha y jean también oscuro.

En ese momento todas las miradas cayeron en mí. Mencioné que soy un hombre callado, silencioso, pero lo que no dije fue que también tengo mala suerte. Nací en febrero de año bisiesto, tuve un accidente automovilístico en mi primera cita sexual, jamás gané algo, y en ese momento llevaba puesto un abrigo negro con capucha como la descripción que había hecho Loro repitiendo la última palabra de la oración.

—Qué hiciste al mediodía —interrogó uno de los hermanos con ojos de perro guardián enfurecido.

—Nada —contesté vacilante.

Los Rutinas inflaron el pecho adelantándose a Loro, que miraba impávido, como si este fuera el amo cruel que liberaba a sus bestias asesinas.

—Entregate, lagarto —vociferó Guasón para estímulo de los hermanos que se acercaban rabiosos.

—¿Han perdido el juicio? ¿Porque el hombre lleve un abrigo negro es el culpable? ¿Qué clase de animales los criaron? ¡Están completamente locos! —argumentó Coger con voz firme y llena de cordura.

—¡Claro, Coger! —grité, y un silencio mortuorio se introdujo en esa escena delirante.

En dos segundos estaba cabeza abajo en la cornisa, mi cuerpo se aflojaba mansamente, entregándose al manto marrón que corría por las calles como si fuera un poderoso imán. Pero todavía en ese momento era sostenido por las fuerzas hercúleas de los Rutinas, que me tomaban de las piernas.

Loro se acercó y ordenó que confesara. Mi garganta era oprimida por la sangre y el terror. Entonces sentí la liberación de mis extremos. Todo quedó en un silencio absoluto. Miré sin reservas el sosiego del agua marrón. En el trayecto intenté imaginar los dibujos del espanto en la cara de Cosmética viéndome caer.

 

Biología marina

 

Fue una noche de invierno cuando escuché a mis padres hablar en la habitación sobre mí. Una noche fría, el cielo tenía un trasfondo verde en el cual parecían pegarse las estrellas que eran chiquitas y demasiado aisladas entre sí. Lo recuerdo bien porque después de escucharlos abrí la puerta y salí descalza envuelta con una manta gris. Volví al calor de la casa en el momento en el que empecé a sentir en los pies una especie de picor que se consumía en dolor, llegando hasta mis rodillas. Decían mi nombre como si contemplaran un jardín en plena primavera, pero luego surgía el de mi hermano: Joaquín, arrollando con su silla de ruedas todo lo que encontraba en el espléndido vergel.

Mi hermano, tres años mayor que yo, sufrió una lesión en la médula espinal al poco tiempo de haber nacido. Algo raro, inexplicable, decían los médicos. Tiempo después lo colocaron en una silla de ruedas que manejó perfectamente. Cuando estábamos todos juntos, Joaquín se divertía agitando sus brazos y sonriendo; pero quedando nosotros dos, o él solo en su habitación, podía verlo mugir pensamientos que le llenaban los ojos de una neblina oscura. Puede que estuviera memorizando un futuro quieto en esta casa ya desvencijada y solitaria. Estaba condenado a moverse solo por un suelo firme.

Muchas veces mi madre me preguntó qué deseaba ser de grande, yo declaraba fervientemente que quería estudiar Biología marina; me interesaba todo tipo de vida cerca del mar y sus profundidades. Entonces todos los gestos de su cara se volcaban hacia el entusiasmo y se perdía en una larga sonrisa. Era fácil pedirle su teléfono celular a la hora de siesta y mirar videos sobre diferentes animales que convivían en el mar. En una de los largos documentales descubrí que existían balsas de algas que viajan miles de kilómetros en el mar y servían como refugio y ayuda a la supervivencia de varias especies de animales. Uno de estos animales es la tortuga recién nacida que se enreda en el vegetal para descansar y dejarse llevar por la corriente.

Había días en los que ella me entregaba su celular antes de pedirme que entretuviera a Joaquín dentro de la casa. Los días en los cuales el frío era paulatinamente vencido por el sol de la tarde, y veía a otros chicos en sus bicicletas o caminando en grupo hacía el parque. Le mostraba desde YouTube distintos videos sobre las tortugas marinas. Veíamos cómo una tortuga gigante salía del mar para depositar sus huevos en el hoyo que hacía en la arena. Luego eran más de cien tortugas que parecían brotar de lo más profundo del color cobrizo de la arena al sol. Emergían y trataban de llegar al mar sorteando todos los obstáculos. Después de las complicaciones de salir de las arenas debían esquivar las atemorizantes tenazas de cangrejos y, por aire, a distintas aves que se proyectaban sobre ellas atrapándolas deliberadamente. Y si llegaban al mar puede que las olas las expulsaran quedando boca bajo siendo presa fácil. Antes de que esos animalitos tocaran el agua del mar, veía a mi hermano, con sus ojos bien abiertos levantando levemente sus cejas y sacando la lengua en punta hacia una de sus comisuras como quien está realizando una tarea difícil. Y cuando por fin una de las tantas tortuguitas sobrevivía y nadaba alejándose de la costa, Joaquín imitaba la sonrisa de mi madre por algunos segundos.

A finales de la primavera, un domingo, el cielo se topó con nubarrones que se engrosaban amenazantes. Busqué a mi hermano en su habitación y lo encontré contra la ventana abierta, haciendo gestos ampulosos en cada ráfaga de viento; enseguida entendí que las enfrentaba braceando como un nadador. Igualmente pregunté qué estaba haciendo. Me respondió que había visto algunos nadadores en competencia por televisión y quería ser un nadador profesional o de mar abierto.

Fue fácil entretenerlo los días siguientes con el celular de mi madre. Buscábamos todo lo relacionado con la natación. En estilos le interesaba el crol y mariposa. Al principio veíamos natación para principiantes en piscina y luego videos de nadadores en mar abierto. En esos momentos se concentraba abriendo y dejando sus ojos fijos en la pantalla del teléfono. Parecía comprender su género de vida.

Estoy segura de que mis padres sabían sobre la inquietud de Joaquín, las ganas de estar en contacto con el agua, o de aprender a nadar, porque durante un almuerzo nos anticiparon que iríamos a vacacionar al mar durante el verano.

Recuerdo lo sentido junto a mi hermano con solo mirarnos a los ojos. Esa noticia hizo un efecto de licuación repentina en los días venideros más que una ansiedad del porvenir en nosotros, porque el tiempo pasaba velozmente y no de una manera de horas exactas con promisión de dicha.

Los días terminaban sofocados por el sol. Una de esas noches que enfrentábamos laxas y sin un horario obligatorio para ir a dormir, mi padre nos ordenó que eligiéramos alguna cosa que quisiéramos llevarnos al mar y a acostarnos temprano, al amanecer partiríamos hacia la costa. Lo vi a Joaquín poner en su mochila una gorra de silicona color blanca, unas antiparras y tapones para los oídos.

Después de un largo viaje llegamos al hotel. En una habitación dormiríamos mi hermano y yo y en otra, mis padres. Mi madre entró al cuarto cuando Joaquín no estaba y me dijo qué ponerme para bajar a la playa. Yo no esperaba que hubiera tanta gente con sus reposeras, sombrillas y carpas. Mi padre llevaba en brazos a mi hermano y una sombrilla y mi madre, la silla de ruedas y una conservadora con comida y bebidas. Caminamos hasta encontrar un espacio a casi dos metros de las olas que se arrimaban mansas.

Mi padre dejó a Joaquín en la arena y junto a mi madre empezaron la tarea de desplegar la enorme sombrilla. Desde su lugar, mi hermano hizo señas para que le alcanzara su mochila. Rápidamente lo hice. De ella sacó sus elementos de natación y se los puso. Comenzó a reptar hacia las olas. Lo observé sentada en su silla de ruedas. Esquivó trabajosamente a una pareja que se sacaba selfies. Se detuvo miró el cielo, se secó el sudor de la frente y continuó. Con firmeza venció las primeras olas, llegó hasta la rompiente y se alejó. Entonces mi madre lo vio y reaccionó gritando su nombre. Pero él con los tapones puestos seguramente no la oía. Mientras mi padre corría hacia el guardavida, él con cada braceada, avanzaba más abriendo su boca.

 

*Los dos cuentos pertenecen al libro Lazos brutales, que publicará próximamente Editorial Reloj de Arena, Entre Ríos.

 

Hugo Díaz (Santa Isabel) reside en la ciudad de Rosario. Es profesor de Lengua y Literatura. En el campo literario sus cuentos han obtenido: primer puesto en el concurso anual ICES, Venado Tuerto (2015); primera mención en el concurso nacional “La hora del cuento”, Córdoba; mención especial en el Certamen Nacional Municipal Azul, Buenos Aires; segundo puesto en el concurso de la revista literaria Gambito de Papel, La Plata; finalista del concurso “Un Homenaje, Fabricio Simeoni”, Rosario (2019). En el corriente año sus textos forman parte de las antologías Relatos del mañana (Emporio Ediciones, Córdoba) y Grandes microrrelatos (Editorial Equinoxio, Mendoza); participó en la edición de mayo de la Revista Temporales editada por la MFA de Escritura Creativa en Español de New York University, y recibió tercera mención en el certamen literario nacional “La hora del cuento”, Córdoba. Uno de sus cuentos fue citado en “La escritura santafesina en tiempos de pandemia, virus y cuarentena”, nota del diario Mirador Provincial.

 

Imagen: Eloy Santillán

agosto 2020 | Revista El Cocodrilo


TEXTOS

LA CHIRUSA, DE CAROLINA DIEZ

1

La chirusa se cambió la blusa y volvió a salir. Había algo en la calle, en el asfalto, bajo las tapas de las cañerías que la incitaba a no dejar de traspasar, paso a paso, las huellas de la noche anterior que iban absorbiendo la humedad en su cuadra de tierra. Cuántas serían de ella se preguntaba y hasta reconocía alguna hundida en el suelo inmundo de plástico y latas. Los días grises pensaba en fundirse con la lluvia, como si así pudiese hacerse agua, toda salpicada y empapada la capuchita leve que ocupaba la misma ínfima espacialidad que su persona. La chirusa se levantó la falda y con tres uñas se rascó la nalga. Soberbia, infortunada, sin pausas, cruzó los barrotes torcidos, forjados en ausencia de esmero, no sin mirar atrás. Sobre la mesa había pétalos, tan secos, tan marchitando el tiempo; pudo oler todos los alientos que rozaron el néctar muerto de su inocencia alguna vez, tras alguna verja, buscando salir. Pudo bailar algunas miradas en torno, a través de las entradas y posibles salidas, y divisar fragmentos donde algún resplandor mínimo tal vez se hallase filtrando; medir los ángulos de aproximación más riesgosos y deshacerlos como en pleno partido de algo, de cualquier cosa. El ser humano siempre se las arregla para competir, ya había aprendido eso durante bastante tiempo.

La chirusa se subió la blusa y se miró la panza: algo habrá aquí adentro que tiene magia se dijo mientras disipaba las pelusas y costras de grasa que se le acumulaban en los pliegues del ombligo, casi con desdén se dibujó con el dedo una cara y siguió pensando qué comer. Hacía días no probaba más que los panes de chicharrón que habíanle regalado para soportar Semana Santa. Siempre odió las Pascuas. Miró en derredor y parecían sus ojos no ver la misma plaza, parecía una ilusión la que armó y jugó en su cabeza la princesa del cuento. Toda su espina dorsal se enderezó e incorporó al juego: ahora soy reina, decía, flameando la pollerita descosida, ahora soy dueña, mientras se ataba la remera como pupera. Ahora soy yo y estoy acá, en mi castillo, en mi reino, soy dueña del cielo y sonrió. Tres perros guachos se le dispusieron en torno a modo de séquito y su perorata continuó. Primera ley, no más comer del piso, y los perros se fueron, abandonándola al lado de la hamaca desprendida que colgaba sin gracia. Se abrazó al caño y ahí se quedó, pensando en antes, en la abuela, en las historias de princesas y en que no se la creía más. Todavía pétalos quietos destiñendo el tiempo.

Salió a buscarse una vida, independientemente de que no haya querido encontrarla. Alguna vez su infancia tuvo pétalos y se sintió flor. Todo pasa. Por la cortada los vio venirse encima del pibito de la vuelta. Le iban ajustando el cuchillo en la carne, en el vientre, al costado. La chirusa reprimió el espasmo y siguió andando como aprendió, de muy chica, con las anteojeras imaginarias de las que se usan para los caballos. Le decían puto, putito al oído.

Esa tarde la chirusa tomó, sumisa, la Naranpol temperatura ambiente morfándose los ensayos climáticos y las cortesías del caso. La polaca estaba inmutable y solo abría la boca para corroborar los títulos de pilas de lomos formados en un estante con tono dramático. No eran libros, esta vez se guardó su lengua y no pudo vanagloriarse de sabia entre los necios. Se trataba de ejemplares regrabados y revendidos entre las chapas de ese cementerio apasillado, paso previo a ningún lado, purgatorio amurado y satisfecho. Había películas de yanquilandia, de acción, más que nada porno. También había cumbia, bailable y algunos clásicos locales, la mayoría en mp3. La polaca se colgó perorando sobre Los redondos con uno de ahí, por lo que la chirusa estiró el trago de ferné no sin cierto escozor entre la marcha incesante de pala y aguja.

Más tarde confirmó que allí no había causa suficiente para estar preocupada y que los tipos no iban a ese punto. Solo falopa se repetía para sí, con la voz en su mente emulando a la tía que en realidad era la abuela; la chirusa no entendía bien los vínculos de la parentela.

En cambio, la rapada que se asomó en el fondo, cuando ellas se iban yendo, la morocha surgida del pliegue de cortina rota, mal cosida, de flores grotescas al borde del pasillo y la que vino como brava desde el frente, montando una yegua de chapa y pintura saltada que rugía, sin embargo, hasta pisarlas reverberando, querían bronca. Nada entendían estas mujeres del negocio, para ellas eran hembras frescas al acecho de sus machos; en eterno celo, solo podían percibir en una otra no más que la propia pulsión incansable. Dos millonésimas de segundo necesitaron la polaca y la chirusa para armarse en las mentes la peli de terror que les podía esperar en ese túnel de ladrillos desparejos si no fuera porque iban custodiadas hasta el final por sus huéspedes. Era el pibe del Tano el que venía doblando la esquina mientras una empezaba a cruzar el telón que les hacía de puerta con la moto de dimensiones extraordinarias que a la chirusa, en su trunca erudición personal, le pareció un caballo con armadura medieval. Había tenido oportunidad, ciertas pero no abundantes, de leer algunos ejemplares que, en su mayoría, le habilitaba la polaca adentro de una bolsa con polleras y remeritas para el finde. A veces agregaba alguna carta donde hacía un resumen de la última discusión con su madre o la descripción del último tipo que había visitado su casa, o el dibujo de la pibita que el hermano tenía en esa precisa semana que sería diferente a la de la siguiente; y la verdad que íbamos bien, dijo la polaca cuando tres horas más tarde se subían al bondi que por poco las abandona al destino. Voy a venderla a un lado, dijo acomodándose el corpiño y el elástico de la bombacha al unísono. Al cruzar algún pueblo intercambiaría trasporte, además, para no extrañar, se llevaba a la gata con ella, dijo. Fueron tiempos fríos los de la ida de la pola; nunca más, sabía, abrazaría con tanta intensidad a otra persona. Lloró esa tarde y muchas otras colgada del caño del tapialcito del fondo, mirando el rancherío boca abajo: las chapas sobre el cielo fritando lo de adentro, sus lágrimas nublándole el cuadro, los gritos de fondo, los otros llantos.

No pasó mucho tiempo hasta que la chirusa se dispuso de una vez a entrometerse así, de a de veras, en las cosas necias. La verdad era que la tentación no tenía nombre para ella, era un supuesto, por lo general, ya que ella bien sabía basarse en ellos dadas las coordenadas de existencia. Pasó que empezó a pensar en la existencia, aprendió el arte de la reflexión y sus consecuencias. No alcanza con nuestro baño, con la mierda de los hermanos, con el alcohol barato que cada noche madre se asegura de predestinarle a padre; los blísteres que madre y tía se pasan por las tardes cuando una busca melones de los de oferta y madre sale a hablar con el huevero que, justo, se hace el distraído porque, por atrás, viene un tipo, le da un billete (la chirusa sabe cómo la mano agarra un papel que no es un billete) y el huevero le vende secretamente algo que no es en absoluto un huevo (la chirusa sabe cómo sostienen los huevos los hombres que carecen de ellos); a menos que sea un huevo diminuto, como los que probablemente alguno de los dos lleve puesto. Ahí la chirusa ríe, insolente, ante sus ojos molestos, ante el espectáculo diario de los ritos urbanos de ese pedacito de tierra que alguien habrá querido que fuera habitado pero, ¿por qué? Por qué es que debe contentarse con el riendo nomás sin poder gritarles a todos lo sé, lo sé, los estoy viendo todo el tiempo, noto lo que hacen, desentraño sus mentiras que repiten y repiten como si fuera aire que respiran. Y se calla. Se calla mientras una voz de hombre la amenaza, mientras el cielo parece voltearse a verla caer en las tumbas de un silencio irreparable.

Ya no recuerda ni lo que vio ayer, se miente la chirusa cada noche, se miente una y otra vez en su afán de querer formar parte. ¿Parte de qué? De un microcosmos ficcionado que ya dispuso su suerte, su rótulo y, si es que la identifica, también, su identidad. Le dice la vieja del forraje, a los gritos, cuando pasa, la que es poeta, la descarriada, la rebelde, morirá soltera, dice, la piba esa, morirá en el eco de la calle y los motores incansables, el estruendo infinito del taller de la esquina, los ruidos fungibles del vecindario, del techado, del suburbio completo le harán compañía mientras cruce las calles, sin parar, queriendo que nadie la toque por eso de sentirse humillada nomás. Pero no lo dice con poesía, no, ella lo dice con rabia, con la rabia que le bulle en el lugar donde murieron sus sueños. La chirusa puede sentir el olor a muerto. Y la vieja tose. Y la chirusa le muestra el culo y le dice buenas tardes y la vieja se atora. Y la chirusa ríe mientras la vieja corea un puteo eterno que se apaga hasta volverse un hilo de voz entrando al sueño.

Al toque aparece la primera línea, dijo la pola que un poquito no estaba mal, que iban a empezar de a poco, recuerda, una vez, la primera de las primeras, pero ahora no, ahora de verdad, ahora en serio, las cosas en serio, así se metió. Eso no lo cuenta nunca.

Imagen: Lula Giacosa

2

Trabajar de noche le decía la vieja. Puta y chorra le decía la vieja. Ahora vivía en zona norte. No se veían desde hacía seis años; hablaban por wasap cuando pegaba algún celu. Esa noche había perdido la cuenta. Muchas vueltas, cambió un par de compañeros al azar, antes y durante, entraron y salieron de boliches, barsuchos, bodegones, supermercados chinos que eran más fáciles de robar, ipeefes. Entraron y salieron la noche entera como si la noche se tratara de eso: de horas incansables de agotador esfuerzo por ganar, por ganar tiempo para gastar, por perder tiempo a lo grande, por conseguir lo que el día les privaba al margen de las actividades y de la realidad, pero, a la vez, inmersos en ellas, por haber nacido detrás de unas vías, de los férreos caprichos de una minoría que no lo era en absoluto. Marcados por la inferioridad, marchaban de antro en antro buscando, depredando, desesperando jirones de carne para masticar, un chicle de sangre que estire la palpitación, la dulce melodía del estertor, hasta donde no queden angustias. El lugar vacío, al final del espiral. La chirusa le decía yirar; no les quedaba otra, se decían, es la que va: manotear, aguijonear a los farsantes, a los disfraces, a los ridículos esqueletos desfilando en la peatonal, a los despreciables monigotes intocables al volante, a las cogotudas insolencias que cacarean entre vidrieras. Cómo les partiría el cráneo a todas ellas, el cráneo hueco y agusanado por los productos para el pelo que la pola decía que eran contraproducentes y se hacía baño con mayonesa, o con leche y aceite. Eso cuando la chirusa era mala, pensaba, cuando algo por dentro le gritaba que rompiera huesos… el veneno, el veneno que venía tragando desde chica por herencia de su abuela, por las memorias deformadas de los hijos y los hijos de los nietos y el incesto, y las deformaciones culturales y el abuso de su tía por su abuelo que vio cuando era aún muy chica para comprenderlo, frente al televisor que, a veces, en tardes de lluvia, la tía le invitaba a ver porque tenía ese canal de dibus y ella, su tía (esa forma de preparar el pan con un dulce de leche que no había en casa), lloró, y la chirusa la vio llorar; vio llorar a su tía y se echó hacia atrás, unos pasos, luego más, se fue alejando de aquel olor a pan caliente y de la sombra de su abuelo metiéndose debajo de la pollera y se alejó al tiempo que se hundía por dentro en un pozo inmenso de años de encierro, de entierro prematuro, de tiempo sin historia, la bruma odiosa de quien se ciega, por un rato, porque es necesario, por beldad.

La medialuna se hunde en el líquido marrón de la taza amplia, barata, para aparecer de nuevo chorreando hasta entrar a su boca donde desaparece dejando afuera la cola y retorciéndose por efecto del mordisco. Los ojos de la chirusa buscan al interlocutor sin dejar de notar los anillos de sus manos y la sonrisa dislocada que soporta dignamente la falta de un diente. Esos dientes brillan, piensa la chirusa mientras sorbe el café con leche que le invitó este tipo que sabe bien quién es, pero como tenía hambre, tenía sed, tenía un poco de ganas de ver unos ojos cerca, ver cómo pestañean, ver cómo se encienden y se apagan las miradas en torno y, a raíz de ellas, la suya misma, desayunaba esta mañana con él.

Anduvo yirando toda la noche, aunque dijo que no lo haría más. Iban bien, estuvieron un par de horas piolas pero se peleó con el chino y con el amigo porque se sacaron los cintos de nuevo, como hacen siempre, y corrieron a una pendejada que venía por la cortada, y sacudieron las hebillas de los cueros en los lomos de los otros, y les escupieron también los cuerpos tirados en el suelo y después, recién, les sacaron las zapatillas y encima eran unas mierdas y ella los puteó y ellos le dieron en la pierna, los dos en la misma pierna, los dos a la vez y ella los puteó de nuevo y corrió para atrás y agarró una piedra, y agarró dos, y siguió corriendo entre la maleza de la placita donde también había pañales sueltos y pateó uno mientras los pies iban para atrás y los ojos para el otro lado y ellos se acercaban con la baba hirviendo en la boca.

Era difícil mantenerse lejos de la oscuridad. Estuvo un tiempo limpia pero un tiempo es eso, un fragmento de tiempo, inmedible, un fragmento de tiempo en que pasó mucho de ese tiempo durmiendo. Un tiempo que pasó con la misma indiferencia con que pasa todo el tiempo.

La primera vez que reincidió no se la iba a olvidar nunca: estaba con Luis, que entró al pasillo, lo único abierto esa mañana del día del padre tipo nueve; era de mañana en un lugar donde siempre parecía de noche, anotó en algún lugar, recuerda, en sus memorias quizá, las que quemó, y ahora ve la imagen empañada: ella fumando un pucho porque ni le pintaba, se había pasado la noche jugando a las cartas, es cierto, reincidiendo temprano, la cosa llama a la cosa y así estaba, ahí, festejando un amanecer sin misterios, sin mucho para esperar. Luis desaparece en el agujero de ladrillos, la chirusa ve con la mente cómo buscaba el agujero correcto en la pared repleta de ellos, pero uno solo con los fantasmas detrás. Minuto y veinticuatro segundos: desde la esquina, a diez pasos, gritos de unos que pasan con los que ya estaban. Segundo minuto y trece segundos: las cosas se pudren y ella se pudo explicar más tarde el calambre que se le configuró en el estómago al desplazarse tres pasos para llegar a la conjunción de dos vehículos estacionados y agacharse. Segundo minuto y cuarenta y tres segundos: uno pega un tiro. Vienen los demás, su cuerpo bajo el auto pretende seguir respirando. Tres minutos veinte segundos, Luis sin aparecer, siempre tres minutos, siempre. Respirar. Tercer minuto cincuenta y tres, cierra los ojos. Esperar. Inhalar. Cuarto…

La chirusa irrumpió en el baño cierta tarde, su sombra la esperaba y divagaron unas pestañeadas en azulejos rosáceos hasta que se calmó y, concentrada, vomitó: parecía ya añejo lo que llevaba adentro, parecía viento y, tras culminar el posterior proceso, salió. Depositó un bulto sobre una repisa insolente que atravesaba su mirada. ¿Dónde estoy parada?, preguntó a nadie. En tácita y sabia respuesta se miró los pies roñosos, recónditos, y cuanto más lejos esté yo de ella, mejor, dijo, mejor, porque una vez dormida, una vez dormida la chirusa no soy yo. Salió riendo con un topcito color pastel entre el tumulto anestesiado, arrastraba la bolsa y en el camino casi no lloraba, casi porque a esa altura se trataba de un impulso que no controlaba, a veces ni cuenta se daba, hipnotizada por algún animal muerto en la vereda, se le nublaba la vista y no entendía hasta que se secaba. Si nobles o falsos somos, lo somos en cuerpo y alma; es entonces en cuerpo y alma donde nos dolemos de lo que somos aunque no hacemos.

La mejor parte era despertar, se decía alumbrando algún espectro que no encajaba en el rompecabezas de su infancia. La chirusa no teme a la madrugada excepto entre las cuatro y las cinco, horas en que prefiere andar abrazada. Aunque también supo ser papel picado disperso en el viento de un cumpleaños sin piñata, siempre el mismo, siempre un único recuerdo de cumpleaños sin piñata y mil historias que su imaginario nunca acaba de seguir inventando. Mil ficciones de perfecto cumpleaños, algunos muy pasados, algunos traspasados por otros y asimilados en una misma torta de velas intercambiables con las luces que desde la terraza de la Sole vio esa noche de su cumpleaños, del de la Sole, y no pudo parar de imaginar cumpleaños ajenos. Había festejado más años de los que alcanzaría a cumplir con seguridad desde entonces y le resultaba excelente terapia: había logrado unos festejos maravillosos que podría albergar para toda la eternidad y contarle a su futura descendencia con pasión; sí, tenía mucho más que la Soledad, que ahora ya tenía su novio y se pintaba las uñas sin ensuciarse, y la miraba desde el frente con la toca puesta porque hace poco la hermana le rompió la planchita y no se anima a salir con los rulos porque el Cristian siempre le dijo porra, porrita, desde chiquita y todo el mundo lo sabe porque acá todo el mundo sabe todo.

Entendió una vez que las velas que soplamos en los cumpleaños son un ensayo para la experiencia estertórea, pero no lo pudo decir a nadie porque las palabras a veces no alcanzan.

Imagen: Lula Giacosa

3

Le gustaba romper muñecas. La sensación de que no fueran perfectas la tranquilizaba. También le gustaba arreglarlas. El mejor cumpleaños de la pola fue cuando prendieron fuego las muñecas en el descampado y tuvo que venir la policía por el bardo que armaron las otras. Esa también fue la vez que entendió que las cenizas se barren.

Otra ronda, cartas, manos, licor, tetra, la pipa, la bolsa, la pasti y la bolsa otra vez, la mañana, la música al palo, el vecino elevando una queja en santo clamor; la pija de uno que le entra por la boca, la lengua de otro, la concha de su hermana repleta de otros pitos y otras lenguas sacudiéndose en ellas y en la polaca y en Macarena y también en la Virgen María y en Marilyn y en Susana y en la puta realidad. El país entero, piensa, es una gran pija que el habitante tiene que tragar. La chirusa traga su vómito junto con la tarde, el mareo, la pastilla, la bolsa, lo que queda de la bolsa, fumar, comer y fumar, fumar y fumar, no dormir, las cartas, la mesa, las lenguas. Despertar.

La noche en que conoció al Pollo, no; fue especial. Primero se compró un vestido con unos billetes que le chafó a la vieja y no se compró más que dos puchos sueltos a la vuelta donde también vendían la birra. Se sentía optimista. Del fondo del cajón sacó un rímel seco y se lo pasó, pestaña por pestaña, a pulso seco. Esa tarde la piba del barrio se maquilló y quedó atontada mirando al espejo esa cara, el cigarrillo colgando del labio, los ojos rojos delineados, las pestañas largas, tan largas ahora le parecían pintadas, y los labios. Se miró los labios aun con ojos cerrados poniéndose el vestido nuevo. Nunca había usado antes un vestido nuevo. Los viejos que no eran sus viejos discutían en el fondo y en la calle se agitaba la noche que los cernía. Salió.

La mano debajo de la falda, el vidrio del vaso, las pastillas, los chupones de la nuca hasta el pecho, el cacharro que no era un auto que podría ponerse en movimiento, la oscuridad, los grillos, los gritos, las cosquillas, las cucarachas, el miedo; la chirusa sintió miedo porque esta vez ella estaba presente, ella sentía sus dedos, el viento, los ruidos a lo lejos, la noche eterna en un recuerdo. La cerveza sobre los pechos, el rasgado del corpiño en su uña, el dolor, las luces dando vueltas, las manos, los rostros que se aparecían detrás, las risas, la pastilla una vez más, los vasos, las garras en el cuerpo, la multitud hundiéndose en ella, siendo ella, en el fondo del asiento. Los aullidos, el semen, las náuseas, los extranjeros; fue un tiempo inmenso y así lo recordaría: un bloque suelto en los compartimentos de otro ser, en otro espacio, otro cuento, porque la chirusa no quería ser eso, no quería su cuerpo marchitando sobre la mesa como esas flores atrapadas en racimos de otras flores que son de papel y no se pudren pero se manchan, acumulan mugre, pudren a la de al lado que nadie riega, que nadie recuerda. Se negaba con todas sus fuerzas a terminar en esa mesa, no arrastraría su tallo en el mantel de cualquiera a riesgo de romperse el culo intentando llegar a una silla sobre tierra que no esté muerta. No, la chirusa no podía recordar todo eso, ella de nuevo estaba muerta.

Cuando resucitó hacía frío. Noche niebla quedó marcada, escribió más tarde en una servilleta de alguien. Pasó unas horas con Helena, en el departamento que le alquilaba hacía unos meses el Chacho que ahora la levantaba con pala y tenía más chicas que nunca. Helena se estaba poniendo vieja, en el fondo quería una amiga, una compañera, una discípula, esto la chirusa lo notó mucho después de los primeros tragos. Al principio, los días se sucedían con perfecto equilibrio, ella trabajaba de noche, dormía de día, la chirusa fumaba porro, limpiaba y hacía la comida. Una noche se fueron las uñas sobre la carne. Helena seguís siendo hermosa, le repetía mientras intentaba con las manos volver a sentarla en el sillón de pana verde botella, notando de golpe que la idea de sexo la impresionaba. Desde un tiempo a esa parte, se había ido incrementando ese rechazo y, ahora, ese sudor sobre la pana, Helena y sus uñas escarlata, el perfume a dama, a mujer que no era ella, que no era su madre, que no era su hermana ni su sangre ni sus miedos; se acordó de la polaca, pero era esa Helena de nuevo adelante, arrastrándole con esa uña los recuerdos de un goce enterrado en el relato del pasado que nunca terminó, que sigue escribiendo cuando la llama rata, Helena rata, siempre cogiste con tus machos adelante de tus hijos, yo me acuerdo, yo los cuidaba, y vos te dabas por el culo la tarde entera con el chongo de tu hermana y hacías que los pibes le dijeran tío a la mañana siguiente, y yo me iba llena de asco. Le gritó que si hubiera tenido pito le rompía el culo por jodida, por mala madre, por yegua y Helena se rio, se rio tanto que la chirusa le saltó los chocolates de un bife y la tiró contra la pana, y en la pana la baba y en la baba el fondo verde y escarlata, la uña inmóvil y una gota roja cayendo del labio que ahora babea sobre la pana, y la pana brillando más, ahora mojada por partes. Se oye decir puta con un eco entre los ojos y el techo y le lame llorando la pana, la gota de sangre, la baba, los labios y yacen un llanto prolongado, olvidado, un ovillo delgado y tembloroso. Las damas sin memoria se despiden al amanecer. Se cambia la blusa, la más joven, antes de salir, le queda grande.

Fue mucho más tarde cuando la vinieron a buscar, primero ideó una trampa y se emperró en irse lejos igual. Lo único que llevaba la chirusa en sus valijas prestadas –como solo la gente de ese entorno sabe prestar– era su propia libertad. Casi podía concretar diálogos en algunos bares del centro, porque pensaba pegar en algún momento algún rastro de la pola, que seguro por algún antro aledaño debía andar, aunque ya no creía del todo volver a verla. Entró de moza por caradura y duró menos de lo necesario pero más de lo esperado, casi logró disfrutar de algunos buenos momentos. Hizo un amigo que se delineaba los ojos y había logrado que creyera que tenía lindo pelo. Había dicho cabello. Eso hizo que lo quisiera desde un absurdo y caprichoso primer momento. No había luz más allá de esos momentos: eran la clave. El chico desviado la invitó un tiempo a vivir en su casa.

Un tiempo que es un tiempo. No sabía, no podía o no quería querer saber, era una suerte de incapacidad, si es que se permite la expresión, ser tolerante. No hallaba manera de no percibir el ego, los egos, los egoísmos, los egotismos, los discursos repetidos, los monólogos y las manías; las historias, los dramas de familia, los asuntos, siempre los asuntos; los temas, las cuentas, la contaminación de todos y todas. Un morir partiendo. Una tragedia. Mejor sin querer dijo y pidió, de nuevo, perdón.

Cuando abrió la puerta tenía el pelo más largo, seguís siendo hermoso, pensó pero no dijo, no dijo más que Hola porque tampoco podía decir otra cosa, no dijo más que Hola y Vamos a dar una vueltita, te invito a fumar, y él la miró pero con suspenso y picardía más que con miedo. Permaneció ahí, rascándose la barbita que le venía saliendo hacía unos meses y se le notaba que ese acto de por sí lo enaltecía; se volteó, se caló la gorra y fueron por el caminito, el caminito de la primera vez, el caminito que por accidente los cruzó en un banco donde se sentaron a fumar. Pasaron años dijeron, hablando un poco al pedo, pero somos jóvenes igual, también, dijeron. Todavía, dijeron. No sintió dolor al recibir la herida caliente. La chirusa tampoco sintió, se limitó a sostener los ojos fijos en él, los ojos que por fin se le filtraban en el recuerdo, entre la cerveza, las pastillas, los gritos y luces girando, las manos, los ojos, cuántos ojos, cuántos dedos había en ese auto mutilado como su propio cuerpo, los ojos tan iguales y distintos de los del Pollo ahora, mojado, sudando, mientras la chirusa por debajo de la costilla le abre la herida.

Se cambió la blusa en plena plaza, caminó hasta la avenida rasgando las telas en sus manos, como una piel usada de serpiente que dejaba atrás buscando la nueva cáscara, la nueva mascarita que debe sonreír. Esta que sonría, se dijo la chirusa y prendió el cigarrillo, hacía años no compraba sueltos. Lo terminó y se echó a correr. Corría como si petardos le quemaran los pies, como habría corrido antes alguna vez. Pero ahora no recordaba. Ahora se deslizaba como un minúsculo fantasma. Algo que llevaba le brillaba, era su alma. Al detenerse, los espasmos le gritaron y sus oídos se hicieron sordos y ella calló.

Estropeada en el baño se duchó, se rascó las heridas, se deploró, se ahogó los poros y las discreciones todas hundidas en gotas, en jabón, en espuma, en capricho de disolver. Hay manchas que no salen, chirusita, se dijo para sí y fregó, y fregó su piel, su lomo, sus tetas, su inminente mayoría de edad, su blindada inexperiencia, su hiperrealidad corpórea salpicando las paredes mohosas, ni siquiera sabía de quién era el baño cuando terminó. Permaneció en silencio, estática, tras la cortina maltrecha cubierta de hongos, secándose con la atmósfera, fiel a su costumbre, y se enfundó un camisón rasgado, de otra época, que alguna vez quiso ser blanco. Salió al patio, un cordón de estrellas la contemplaba risueño, en su bolsita de nylon tenía dos cigarrillos, metidos en el estuche de los lentes de sol que perdió la víspera en El Rufián; se encendió uno sin dejar de mirar el cordón, la curva del cordón, los extremos titilantes, el nudo brillante del centro, anillando ese cielo, y sus ojos divisaron la nube bailando con el humo que desprendían sus entrañas. Qué estoy fumando, qué aspira mi cuerpo, qué lleva adentro, qué transporto. Esa noche la chirusa durmió pensando, nunca sobre dónde estaba sino sobre qué llevaba a cuestas en ese estar.

Se cortó el pelo. Bien cortito, como varón, y empezó otro tiempo. Otro tiempo que de alguna manera se veía venir desde el vamos. Conoció gente de afuera, se mezcló, creció casi sana, salvo por el asma, salvo por las ganas de tener menos ganas, cada día, de estar viva. Salvo por los fantasmas. Salvo por la certeza de que la encontrarían. Quien fuera, alguien, algún día, la encontraría.

 


Carolina Diez nació en Rosario en 1985. Es estudiante de la carrera de Letras en la UNR. Participó en diversas antologías de la ciudad de Rosario: Corte al bies (GatoGrillé Ediciones, 2016), Antología Poetas del Tercer Mundo (Editorial Ciudad Gótica, 2008), Florilegio (Editorial Independiente ESO, 2008). Participó en el fascículo de Políticas de Juventud 20 años (Editorial Municipal de Rosario, 2010), en revistas locales independientes como Femme Fetal (2017), El Corán y el Termotanque (2016), Tropofonía (2009), entre otras. En 2011 co-coordinó el ciclo literario-performático que llamaron Anticiclo del hueso y luego enterraron. Entre 2014 y 2016 realizó La Bola Literaria, un ciclo de micros radiales de lecturas de escritores locales por el que pasaron más de 25 autores. En 2015 se llevaron a escena sus diálogos titulados Hijas de Hipnos. En 2016 colaboró con la editorial Trópico Sur y gestionó eventos culturales y presentaciones de libros. Coordina laboratorios de escritura creativa y continúa produciendo micros literarios en formato sonoro. Escribe prosa y casi poesía. Sus textos virtuales pueden leerse en diariodeandromeda.wordpress.com y en atroposofia.wordpress.com. Terminó recientemente una novela inédita intitulada Aborto Masivo. También se dedica a la actuación, a la producción de contenido multimedia independiente y da clases de Hatha Yoga.

 

julio/agosto 2020 | Revista El Cocodrilo

UNA MESA CON FOTOS VIEJAS (MINIATURA 1), DE TOMÁS SUFOTINSKY

En un comedor hay una mesita de madera cuya superficie está llena de portarretratos con fotos viejas que se superponen unos a otros ante la mirada del espectador: hay una de una pareja de mediana edad, bien vestida, que firma en una oficina un libro muy grande y a su alrededor hay otras personas que sonríen observando la escena; algunas sentados a los lados de los firmantes y otras, puede adivinarse al resto de las familias, paradas detrás. Hay otra en la que la misma pareja está bailando. Hay otra en la que la mujer está junto a quien parece ser su padre, que ya no vive y lleva puesto un traje ancho –antiguo, visto desde hoy– y gris oscuro que contrasta con el vestido rojo de la hija. Hay otros portarretratos con fotos de los hijos de hace varios años, vestidos y peinados a la moda de la transición de los 80 a los 90. Una foto de la hija, que sonríe junto a su abuela. Una foto de un niño de unos tres años vestido con un enterito de tela de vaquero, enmarcado por unos sillones petisos, de un material seguramente espumoso enfundado en cuero negro, que dan la idea de ser ya definitivamente los primeros años de los 90. Hay otra foto de una vieja, muy vieja, que tiene en brazos a un bebé de no más de un año o un año y medio que de casualidad enfocó su mirada a la cámara; la vieja, en cambio, ya no logra hacerlo. En verdad, esta foto enmarcada es una foto de otra foto, y quien la sacó, tal vez sin prestar mucha atención (o tal vez a propósito), no evitó que el marco del portarretratos de la foto original entre en la foto en cuestión; incluso hasta se ve un pequeño florero de cuya boca apenas asoma un pimpollo de una rosa que estaba junto al portarretratos original al momento en que se le sacó la foto. La calidad de la imagen, la vestimenta del bebé, permiten pensar ya en estos últimos diez años. Hay una foto vieja, en blanco y negro, de cinco o seis chicas de unos 17 o 18 años, tomadas de los brazos a lo alto de la escalera de –sin lugar a dudas– la escuela Normal. Hay otra foto, también en blanco y negro, de cuatro o cinco muchachos de entre veinte y veinticinco años, de frente, vestidos con camisa adentro del vaquero y, algunos, con gruesas camperas de cuero abiertas, de rostros tensos, solo bigotes, sin barba, y pelo por los hombros. Otra, más vieja aun, de un grupo de varones adolescentes con herramientas y baldes de mezcla en lo que podría imaginarse que es una escuela. Etcétera.

La mesita está en una esquina de una habitación, de un comedor, casi como dejada al olvido. Abarrotada de instantáneas separadas por gruesos marcos, ya un poco tal vez anticuados, y por el breve espacio que separa a uno del otro. Sin embargo, aunque tan fragmentarias y recortadas y superpuestas, dejan construir, incluso al espectador que no conozca a una sola de las personas retratadas en ellas, una narración. Tan anacrónicas están y llenas de temporalidad. 

Podría imaginarse el espectador la recursividad que supondría una foto de esa mesa llena de fotos (foto que incluiría la foto de la foto). Podría pensar en si eso no acentuaría, acaso, la facultad de armarse lazos entre una y otra cada vez que se las observe. 

La mesita pasa desapercibida de tanto vista, y sin embargo, mana de ella una especie de magnetismo. Lo que cuenta es de un lenguaje despojado, simple, casi mítico. Tal vez, lo que ahí se cuenta sea como un plinto todo adornado de arabescos que irradian cada uno hacia todos los demás, tocándolos con sus rayos y completando el sentido del dibujo. Y el comedor está oscurecido por la luz mortecina de la tarde. El espectador respira su aire frío y húmedo. Si emitiera una palabra, probablemente esta se desprendería de su boca como un fantasma espeso y lívido que apenas se mantendría a flote, apenas fosforeciendo por la habitación. Afuera, la noche nace tranquilamente y proyecta sombras entre los huecos de las figuras rotas de un friso. El aire es tibio y se escucha la charla animada de gente a lo lejos. Un último resplandor recorre los vidrios de los portarretratos antes de que la habitación quede a oscuras, apenas con un fantasma que trasguea entre las patas de los muebles. Hasta que la luz sea encendida, la mesita se retire del proscenio a su rincón alejado, la habitación se pueble nuevamente de personas, y se sirva la cena.

 

 

Tomás Sufotinsky nació en Paraná en 1989. Vive desde 2008 en Rosario donde estudió Letras y, en la actualidad, realiza un doctorado en Literatura. Publicó El otoño circular (poesía, Baltasara Editora, 2015) y tuvo diversas participaciones en festivales como el FIPR y la juntada anual de APOA, en Buenos Aires. Forma parte de Ediciones Abend, sello editorial rosarino, y edita la revista El Cocodrilo.

 

Imagen: Sara Degaetano

junio 2020 | Revista El Cocodrilo

DOS CUENTOS DE LILA GIANELLONI

 

El mapamundi*

 

Mi abuela se sentó en el borde de mi cama, se puso los lentes y me miró los cachetes; después me levantó el camisón para mirarme la panza y dijo no te toques que ya te estás curando. Le dije que estaba aburrida de estar enferma, que quería ir a jugar afuera. Ella dijo que la varicela es contagiosa, pero que mi abuelo había dicho que pronto iba a poder ir a la escuela. Se sacó los lentes, acomodó las almohadas y me dio un beso en el pelo. ¿Querés un té? ¿Cuándo voy a poder tomar otra cosa? No me contestó porque tocaron el timbre y se fue a atender. Yo quería escuchar quién había venido, podía ser el cartero con una carta, o con una encomienda. Ojalá. Una vez me mandaron una encomienda; es una caja con otras cajas adentro y mucho papel para que no se golpee lo que te mandan; atan el paquete con un hilo que se llama sisal y en el medio le ponen un pegote rojo. Eso es una encomienda. La que a mí me mandaron tenía adentro un mapamundi que es el que está arriba de mi escritorio. Es redondo como el mundo de verdad y también se lo puede hacer dar vueltas. Es igual al de mi escuela. Mi abuelo había llamado a la ciudad para encargarlo y el cartero lo había traído en la bicicleta; cuando abrí la caja, ellos dos dijeron que era un globo terráqueo, pero yo le digo mapamundi. Mi abuela volvió de atender la puerta y dijo tengo una sorpresa. Me senté en la cama. Atrás de ella había alguien. Era Ugo, que se quedó parado; traía un libro bastante gordo color azul y lo agarraba con las dos manos. Ugo nunca había venido a mi casa, nada más jugamos en los recreos. Mi abuela le tenía el portafolios; dijo que se sentara en el sillón. Ugo le hizo caso; tenía puesto el guardapolvo y estaba peinado con agua. Vine yo porque soy el único del grado que ya tuvo la varicela, dijo y señaló el libro. La maestra te manda esto.

Le pregunté de qué era. Me dijo que no sabía porque no lo había mirado. Lo puso arriba de la cama y lo abrimos. Era un libro de animales del mundo, eso dijo mi abuela y le preguntó a Ugo si quería tomar la leche. Él dijo que sí.

Un rinoceronte ocupaba dos hojas, tenía un cuerno y la piel arrugada. Ugo dijo que esos animales viven lejos, que por acá no hay, que mejor buscáramos pájaros. Pasamos las hojas y encontramos cantidad de pájaros. Él los conocía a todos. Yo me rasqué la nariz y dijo que me iba a quedar una marca. Se arremangó el guardapolvo y me mostró el brazo: tenía dos redondelitos. Ugo se había bajado del sillón y se había agachado al lado de mi cama para ver mejor el libro. Me mostró un pájaro que le gustaba. Era un pájaro blanco, que tenía el pico abierto, dijo que se llamaba campana. Le pregunté por qué y él se puso a hacer ruidos con la boca y a cantar con voz finita. Nos dio mucha risa pero nos callamos cuando entró mi abuela con una bandeja y la puso arriba del escritorio. Me preguntó si quería levantarme para tomar la leche. Le dije que sí. Nos sentamos frente a las dos tazas, uno al lado del otro. Ella nos dijo que el té estaba caliente, que tuviéramos cuidado. Había traído tostadas, manteca y miel. Cuando se fue, Ugo señaló el mapamundi con un dedo porque tenía la boca llena. Lo traje cerca y él puso el dedo arriba de un país anaranjado. Ahí hay tigres, dijo y siguió comiendo. Yo le pregunté si alguna vez había visto uno de verdad. Me dijo que por acá no hay tigres pero que él, a veces, ve un puma, que es parecido. Dijo que una noche estaba acostado y no se podía dormir, afuera había silencio, pero él escuchó unas pisadas. Se bajó de la cama, corrió apenitas las cortinas y ahí lo vio. El puma volvió a la noche siguiente y todas las otras noches. Si está la luna lo ve bien, si no, ve una sombra. Una noche, el puma se paró debajo de la ventana y se miraron: tenía los ojos como dos estrellas. Las estrellas se fueron acercando tanto que iluminaron la ventana, como si de golpe se hubiera hecho de día. Ugo gritó hasta que vinieron el papá y la mamá, pero ya no había nada. El papá dijo que estaría soñando, que ya no quedaban pumas por esta parte del mundo. Él le preguntó adónde se habían ido y el padre le dijo que siga durmiendo, que ya no estaban en ninguna parte. Ugo me dijo que él, al día siguiente, encontró unas marcas en el vidrio, del lado de afuera, pero que igual nadie le creyó. Le pregunté por qué. Dijo que porque dicen sus papás que él es un fantasioso. Me dio risa y después tos. Le pregunté a Ugo si se iba a volver solo a su casa.

No, me llevan en auto. Eso dijo tu mamá.

Le dije que no era mi mamá, que era mi abuela. Ah, bueno; dijo tu abuela que me va a llevar tu papá cuando termine de atender en el consultorio. No es mi papá, Ugo, es mi abuelo. Ah, dijo él. Con la mano hacía dar vueltas el mapamundi, que hacía ruido y los países pasaban rápido. Me preguntó dónde estaban mi papá y mi mamá. Yo me encogí de hombros. Me picaba la espalda por la varicela, pero no me rasqué, nada más me moví para que se me pasara. Ugo seguía haciendo dar vueltas el mapamundi, cada vez más rápido y más ruidoso. Me preguntó si ellos iban a volver enseguida. Yo puse las manos sobre el mapamundi y paró de dar vueltas. Él se quedó callado hasta que entró mi abuela y dijo ¿Vamos, Ugo?

Mi abuelo lo esperaba en el auto. Él agarró el portafolios y me dijo chau, mañana vengo. Yo me metí en la cama. Miré por la ventana: se estaba haciendo de noche. Mi abuela volvió y me acomodó las sábanas. Me preguntó qué habíamos estado haciendo con Ugo.

Hablamos.

¿De qué?

De pumas.

Puso una frazada a los pies de mi cama. Le pregunté si era cierto que por acá andaban pumas. Me dijo que no, que se habían ido hace años.

¿Muchos? Sí, desde que dejó de haber árboles para que haya sembrados. ¿Van a volver? Ella se sentó al lado mío. Difícil, dijo. Pero un día a lo mejor vuelven, le dije, por si se olvidaron algo. O a saludar. Quién sabe, dijo ella y me acarició la cabeza. Yo la miré. Ya sé, dije y le saqué la mano. No van a volver.

 

El pulóver

 

Tenete las mangas de la camiseta así no se te suben, dijo mi abuela mientras me ponía el pulóver. No tenía que soltarlas hasta que pasaran las otras mangas encima. Saqué la cabeza por el cuello y dije que la lana picaba. La tía Verónica dijo que me quedaba precioso. Ellas dos hablaban de tejido mientras me ponían el tapado y un gorro. Mi abuela dijo que nos apuráramos porque se hacía tarde. La tía Verónica se agachó para abrocharme el botón del zapato. Tenía una pollera azul y una blusa cortita que se subió y se le vio la espalda blanca. Cuando se paró estaba colorada. Se acomodó la ropa y el pelo y dijo vamos. La tía Verónica fue reina de las espigas. Ella me presta la corona dorada para que juegue. No es mi tía, es mi prima segunda. Me gusta ir a su casa porque no tiene hijos. Ella dice que porque es soltera. Se puso un abrigo con botones grandes y salimos. Mi abuela estaba sacando el auto, yo me subí atrás y la tía Verónica se sentó adelante.

Agarramos por un camino que nos llevaba a la ruta. Era la hora de la siesta. El sol que entraba por el vidrio me daba sueño. Íbamos de visita a la casa de la señora Doris que es una amiga de mi abuela. La tía Verónica nos acompañó porque mi abuelo se tuvo que quedar atendiendo el consultorio. Mi abuela miraba para todos lados; quería subir a la ruta y pasaban camiones. Yo conocía ese camino. Después del campo donde hay vacas vienen los campos de trigo, más lejos hay unos caballos rojos. Mi abuela por fin subió a la ruta. La tía Verónica se estaba mirando el peinado en el espejo de la visera; preguntó si con esa pollera estaba bien. Mi abuela le dijo que sí, que estaba muy linda y que la señora Doris se iba a poner contenta de verla. La tía Verónica dijo que había pasado el tiempo. Mi abuela tocó bocina y un tractor se corrió para el costado. Ella fue más rápido, lo pasó y puso la radio. Salió una canción que nos gusta, la tía Verónica la cantó hasta que terminó. Después bajó la ventanilla y el viento le dio en la cara; le preguntó a mi abuela si en la casa de la señora Doris iba a estar el hijo. Mi abuela le contestó que ojalá que sí, que sería una gran oportunidad. Yo no conozco al hijo de la señora Doris. Nunca lo vi. Mi abuela sacó el brazo afuera para avisar que iba a doblar. Entramos por un camino donde había casas con chimeneas. Estacionamos enfrente de una blanca, que tenía sillones en la galería. Se abrió la puerta y salió la señora Doris. Levantó los brazos, dijo pasen pasen y cuando abrazó a la tía Verónica, le dijo qué linda estás, siempre vas a ser la más linda de todas.

La sala era grande y hacía un poco de calor. La señora Doris dijo que era la hora de tomar el té. No me gusta el té. Me lo dan cuando estoy enferma, así que le dije no quiero. Entonces la señora Doris abrió una lata que adentro tenía bombones. La dejó arriba de la mesa y dijo Verónica, vamos a la cocina, ayudame a preparar una rica merienda. La tía dijo sí sí, se sacó el abrigo y lo colgó en un perchero. Mi abuela se puso a mirar los adornos de un aparador; en un estante había un álbum y ella lo abrió. Me quedé parada al lado de la mesa. Escuchaba unos ruidos de tazas y cucharas. Busqué en la lata todos los bombones de color dorado y me los guardé en el bolsillo. Mi abuela miraba fotos. Pasaba las hojas y fruncía la nariz. Parecía que no le gustaban pero las miraba igual. Yo estaba metiendo el dedo en un agujerito que tenía el mantel cuando volvieron de la cocina con una torta y una bandeja con tazas. La señora Doris me preguntó si me habían gustado los bombones mientras tapaba la lata y le contesté que sí, que me gustaban los que adentro tenían dulce de leche. Yo tenía calor y ella me ayudó a sacarme el tapado, dijo estás preciosa con ese pulóver y me agarró los cachetes. Mi abuela dijo que lo había tejido la tía Verónica. Entonces la señora Doris se puso los lentes, me hizo parar y levantó el borde del pulóver para ver del otro lado del tejido. La tía Verónica se acercó y le explicó no sé qué. La señora Doris me pidió que suba a la silla y después que me diera vuelta para ver la espalda. Di una vuelta despacio como una muñeca a cuerda. Levanté los brazos. Querían ver la sisa. No sé qué es la sisa. Yo miraba desde arriba la torta que estaba en la mesa. Había olor a anís. Por la ventana se veía el jardín y la calle. Al lado del auto estacionó una camioneta roja con troncos. Tuve que dar otra vuelta. La tía Verónica se había ido a buscar el té porque estaba chillando la pava en la cocina. Mi abuela tosió fuerte, puso el álbum donde estaba, y dijo Doris por qué no me dijiste que tu hijo Armín se casó. La señora Doris estaba contando los puntos de mi pulóver. Cuarenta, dijo. Se sacó los lentes y dijo que fue todo rápido, en la ciudad y que no hicieron ninguna fiesta. Mi abuela se puso una mano en la frente, movió la cabeza y dijo en voz bajita para cuándo nace. La señora Doris respiró fuerte y no escuché lo que dijo porque se abrió la puerta y apareció un señor que traía un tronco. Era alto y tenía unas botas de goma que le llegaban hasta las rodillas. El señor se quedó parado en la puerta, sonriendo. La señora Doris dijo no te esperaba, creí que estabas en el campo, cuántas sorpresas hoy. Pasá rápido hijo y cerrá la puerta que entra chiflete. Él dijo que se había dado cuenta de que estábamos en la casa porque vio el auto estacionado. Parecía contento de vernos. Mi abuela dijo Armín, cómo estás. Él se limpió las botas en el felpudo, le contestó que bien, que tenía cantidades de leña en el campo este año. Fue hasta la chimenea y acomodó el tronco en el fuego. Está haciendo frío, dijo, y se frotó las manos. Después se dio vuelta, nos dio un beso y preguntó por mi abuelo. Mi abuela le explicó lo del consultorio, después le agarró las manos y le dijo despacio me enteré que te casaste. Él miró para abajo y no dijo nada. Mi abuela lo soltó rápido porque la tía Verónica había vuelto con la tetera y estaba parada al lado de la mesa. El señor y ella se miraron. Un rato largo. Nadie hablaba. Me gustaba mirar desde arriba de la silla. Yo estaba alta como ellos y parecía que se habían olvidado de mí. Bueno, bueno, dijo la señora Doris, vamos a probar esta torta de manzanas. Entonces el señor se apuró a agarrar la tetera y dijo Vero tanto tiempo qué linda estás. Ella le dijo hola Armín y se quedó mirándolo mientras agarraba el plato con torta que le daba la señora Doris; lo agarró así nomás, por eso se le resbaló de la mano y se rompió. El señor se agachó rápido y la tía Verónica también. Empezaron a juntar los pedazos. A ella se le separó la blusa de la pollera y se le veía la espalda blanca. Él había dejado la tetera en el suelo. La señora Doris trajo una escoba, dijo no pasó nada y ellos se levantaron. Mi abuela miraba por la ventana, estaba oscureciendo y dijo que nos teníamos que ir. Se dio vuelta y me preguntó qué estaba haciendo arriba de la silla. Yo estiré los brazos, ella me agarró y bajé. Me puse sola el abrigo y el gorro. La señora Doris nos dijo ¿ya se van? Mi abuela dijo que no le gustaba manejar de noche y se puso el tapado. La tía Verónica me agarró de la mano. Salimos todos a la puerta. Hacía frío. La señora Doris nos saludó desde la galería. El señor se puso a bajar los troncos y a ponerlos en la vereda.

Mi abuela dio una vuelta y salimos para la ruta. Prendió las luces. Se veían las rayas blancas en el costado del camino. Mi abuela le acarició el pelo a la tía Verónica, después señaló el cielo y dijo esta noche va a helar. La tía Verónica dijo que iban a tener que cubrir los rosales. Metí las manos en los bolsillos del tapado y encontré los bombones que me había guardado cuando no me veían. Le saqué el papel dorado sin hacer ruido y me los fui comiendo despacio.

 

*Los dos cuentos fueron publicados en Mapamundi (Paisanita Editora, 2018)


 

Lila Gianelloni nació en Rosario, en 1959. En el año 2010 recibió la primera mención del Fondo Nacional de las Artes en el género “Cuentos” por su libro La madre oscuridad, y en el 2016 por Mapamundi.

mayo 2020 | Revista El Cocodrilo


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UN CAPÍTULO DE LA NUEVA NOVELA DE MARCOS APOLO BENÍTEZ

VII

Comerse la cabeza de lechón tenía sus consecuencias. Papá quedaba descompuesto por varios días. La mayor desgracia era entrar al baño después de papá (perforación nasal de la que costaba recuperarse) o durante (colapso del que ya no te recuperabas nunca). Papá tenía la maldita costumbre de meterse al baño a cagar con la luz apagada y la puerta arrimada. Entonces, a veces entrabas casi haciéndote encima y te llevabas la sorpresa de encontrártelo sentado desnudo en el inodoro, encorvado a cara de perro con la cabeza apoyada sobre el puño derecho como pensando. ¡Oh, papá, que maldita costumbre! ¡Emboscarnos de prepo en tu guarida hedionda! ¡Mostrar tu impudicia como una gran virtud! ¡Otra vez entregado y convidándonos el culo, haciéndonos partícipes en el arte inmundo de prolongar tu especulación esfinteriana como un niño en la pelela!

Había que esperar una hora hasta que papá por fin saliera. ¿Tanto iba a pensar? Luego el baño era una hecatombe. Y para colmo se tapaba el inodoro hasta rebalsar. He visto el inodoro desbordar de soretes. He pisado descalza caca humana y familiar. Hasta he sentido en mis nalgas el roce de la cagada parental. ¡Oh, madre! ¡Oh, padre! Haber visto, olido y rozado sus inmundicias. Haberlas comido de alguna manera, ya sea por la vista, el olfato o el tacto, y, a la vez, haber sido comida por ellas. Resto de restos. ¿Cómo se quita una esas imágenes incrustadas hasta la hondura trémula de lo más superficial? Después de aquello, es imposible acendrar la mente pletórica de mierda.

Lo que no se osaba decir en la mesa se terminaba por decir en el baño, que hacía de confesionario y también de intercomunicador filial. Allí la carne, las tripas y los restos podían hablar. El agujero del inodoro, los desagües y las rejillas eran como sitios de pasaje, umbrales de traducción a una lengua inconfesable. También la esponja, el jabón, el peine, el cepillo, la toalla y el canasto de mimbre de la ropa sucia. Todos lenguajes tabús. Especialmente el tacho de los residuos, mediante el cual nos poníamos al tanto el uno del otro, nos dejábamos la correspondencia, el agradecimiento, la inquina, el perdón, el amor y la venganza.

Revisando la basura, no necesariamente con la dedicación pormenorizada de un depravado sino apenas con el roce de ojo clínico que brindan los años de experiencia en lo fecal, sabíamos quién estaba enfermo, constreñido, empachado, cursando una colitis, quién sangraba o bien quién se había hecho una paja.

Pero, de todos nosotros, mamá tenía más suspicacia y podía deletrear la lengua subterránea. Su habilidad para detectar las anomalías del cuerpo era infalible. Fue así que supo de inmediato cuándo menstrué por primera vez, cuándo tuve mi primera relación, y también supo de mi embarazo.

Fue ella la que decidió que yo abortara. En realidad fue un acuerdo entre mi madre y la tía, la madre de mi querido y atroz primo. Los padres jamás se enteraron. Ellas hablaron con el médico de cabecera, convinieron un presupuesto y concertaron el turno.

No recuerdo mucho de aquella vez, solo que salí dopada por la anestesia y que en los días siguientes continuaron los dolores y el sangrado.

—Borrón y cuenta nueva —dijo mamá.

 

(fragmento de una novela inédita)

 


 

Marcos Apolo Benítez nació en 1983 en J. J. Castelli, Chaco, y desde 2001 vive en Rosario. Es psicoanalista. Publicó Chaco. Odio en El Impenetrable (Santiago Arcos editor, 2015) y La paliza (Paradiso, 2017).

mayo 2020 | Revista El Cocodrilo


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