Mi marido se enamoró de Anne Hathaway es un libro que dialoga quizá con la disolución de los géneros en estos últimos años. Hay un registro por momentos que bordea el discurso científico, si se quiere, y pareciera ser que una mirada de la ciencia y de la literatura dialogan. ¿Cómo se relacionan para vos como autor la ciencia y la literatura? Más si tenemos todos tus aportes en el ámbito de la investigación por fuera de las letras.
Hay cuentos de ese libro que presentan personajes rutinarios y meticulosos, que efectivamente sistematizan (o intentan sistematizar) su cotidianeidad como si se tratara de una receta de cocina o de una descripción metodológica en un experimento científico. En general, sin embargo, eso los lleva a resultados desastrosos. Diría que ciencia y literatura se enlazan de dos maneras en mí como autor. En primer lugar, como una especie de tesis subterránea general en mi narrativa: la aproximación racional a la vida siempre es desbordada por la irrupción de lo irracional o de lo imprevisible. Como si la vida se volviera vital o interesante cuando la mirada lógica se interrumpe. Pero también en mi aproximación al lenguaje. Aunque el lenguaje científico muchas veces puede ser pensado como seco, árido, o frío, personalmente creo que tiene gran potencial poético y gran potencial de extrañamiento.
En relación con lo anterior: los animales, las maquinarías, las personas, parecieran convivir en un mismo plano. ¿Podríamos hablar de un nuevo pos humanismo? ¿De nuevas reglas y contratos para convivir entre nosotros? ¿Qué se puede ganar en estos casos y/o perder?
Tengo esperanza, creo que al menos ciertas dimensiones del pos humanismo pueden presentar posibilidades positivas. Por ejemplo, si bien hay mucha filosofía que se ha basado en la idea de la excepcionalidad del ser humano, esa es una mirada (algo peyorativa) sobre lo no humano que me parece que hoy está cuestionada. Por ejemplo, para Heidegger el hombre se diferencia de otros entes porque existe hacia el futuro, se proyecta, lo anticipa. Sin embargo, yo observo a mis gatos y ellos también se proyectan hacia el futuro. Cuando llego a casa me están esperando, cuando voy a la cocina vienen y piden su comida, cuando sale el sol saben que comienza la rutina diaria. Alguien podría decir: la proyección al futuro de esos gatos es precaria, es corta, se basa en el pasado y sobre todo en el pasado que se repite, pero ¿no pasa lo mismo con la nuestra? ¿No anticipamos el futuro en función de nuestra experiencia pasada? ¿No colapsa nuestra posibilidad de anticipar el futuro ante la singularidad, ante lo disruptivo? Del mismo modo, la gente que se dedica a estudiar el juego como comportamiento biológico ha demostrado ya hace tiempo que los animales norman, regulan sus juegos, aunque hace algunos siglos atrás la filosofía sostenía que solo el ser humano es capaz de actividades normadas.
Ahora, que nos estamos “integrando” a las máquinas, ahora, por ejemplo, que las máquinas pueden sostener una “conversación” con nosotros, hay científicos que dicen que al entender cómo conseguimos que una máquina “hable” entenderemos mejor cómo se produce en nosotros esa materia oscura y misteriosa que es el lenguaje. ¿Somos, tal vez, más maquinales de lo que nos gustaría admitir? En cualquier caso, el poshumanismo ya aconteció, para bien y para mal, estamos dialogando cada vez más y mejor con entidades no humanas. Todas las monedas tienen dos caras, se ganarán y perderán cosas, pero en fin, tengo esperanza. Al fin y al cabo, centrar tanto la atención en lo humano no nos ha llevado, parece, a un mundo muy feliz ni muy justo que digamos. Quizás necesitemos aprender de otras entidades.
En tiempos que parecen distópicos ¿para qué recomendarías escribir, Alan?
Parte de la distopía que vivimos tiene que ver, me parece, con que es un mundo descreído. Un mundo que no cree. No cree en fenómenos trascendentes. No cree en la política. No cree en el futuro. ¿Qué pasa cuando ese ser que existe hacia el futuro no vislumbra futuro? Recuerdo que durante la pandemia Trump decidió aflojar las regulaciones ambientales argumentando que, como se estaba contaminando menos, había vía libre para contaminar más. Eso dice mucho de esta desintegración del tiempo en la que solo parece quedarnos el presente.
Personalmente, encuentro en la escritura momentos de fluidez, de conexión con algo misterioso que, por lo menos, no puedo identificar con mi yo consciente. De a ratos, con suerte, algo me dicta las palabras, bailo, mal o bien, con el lenguaje. Al vivenciarlo recuerdo la idea del daimon griego, esa divinidad menor o, para algunos, fuerza interior que mediaba entre el plano de los dioses y el de los mortales. La escritura es una, entre muchas otras vías, para creer, para conectar con algo que nos excede y trasciende.
En sintonía: ¿Hay un diálogo entre la cultura digital y la letrada? ¿Cómo te imaginás la relación entre la letra, la caligrafía, escribir a mano y esta realidad que tipeamos? ¿Cómo escribir desde allí? Y otro tema: ¿Cómo se modifican las relaciones entre nosotros?
Mmm. Mi espantosa caligrafía la reservo solo para dos cosas: lo urgente o lo afectivo. Un pensamiento o una palabra que no quiero perder u olvidar. Escribirle a alguien querido algo que no sea excesivamente frío, que tenga un rastro del cuerpo. Sin embargo, hay algo del tipear que me encanta. La música, la marcación del ritmo y del ánimo. Una vez alguien en el trabajo me dijo: estás tipeando enojado. Puede escucharse el ánimo de alguien que tipea.
Sí, claro que hay un diálogo entre la cultura digital y la letrada. Me imagino a alguien escribiendo a mano una novela. Sería una forma de escribir muy distinta, ¿no? Si uno tachaba algo, recuperarlo era más difícil. Probablemente habría mayor preciosismo al elegir las palabras: corregir era más difícil, más laborioso. Nada más para hacer más legible uno estaba obligado a una revisión del texto. Toda moneda tiene dos caras, se ganan y se pierden cosas. Disfruto probando las posibilidades de lo nuevo, mi capacidad de adaptación. ¿Cómo se modifican las relaciones entre nosotros? Supongo que con cada vez menos presencia del cuerpo, o presencia del cuerpo sin compromiso. Aislamiento, una vida privada que se exhibe públicamente como en una vidriera y que, por lo tanto, o nos desdobla aún más (vida pública, vida privada digital, vida privada) o nos deja sin intimidad. El terror de Borges a la multiplicación de los espejos, concretado.
¿Cómo podemos pensar los vínculos afectivos en una época así?
Tiendo a pensar que como muchos vínculos afectivos se digitalizan, aquellos que retengan cuerpo, compromiso, entrega, van a ser muy muy valorados. Algo así como que el grado de autenticidad de los vínculos va a diluirse en general y a concentrarse en aquellos vínculos que persistan carnales.
¿Cuál sería el límite entre nuestra identidad para los que nacimos antes del siglo XXI y las nuevas tecnologías?
Una parte significativa de la identidad se construye en soledad. En el tiempo vacío, incluso en el aburrimiento. La etimología de “aburrimiento” es espléndida. Significa “alejarse de lo que nos eriza la piel”. ¿Por qué alguien querría alejarse de lo que le eriza la piel? En fin, se ha interpretado como “alejarse de lo que produce horror”. Tal vez para alejarse del horror haya que aburrirse. O tal vez haya que aburrirse para encontrar lo que nos eriza la piel.
Las nuevas tecnologías nos dan “compañía” y distracción permanentes, a la carta. Ya ni hay que elegir qué música llevar en el walkman. Permanentemente musicalizados, permanentemente cinematizados, y ahora podemos además hacer conversación con una inteligencia artificial que vive en nuestros celulares. Pero todo ello quizás, accidentalmente, nos haga encontrar o valorar la verdadera conversación.
¿Y qué de tu experiencia de investigador de Conicet se recupera aquí? ¿Cómo dialogan esas dos tramas de la escritura?
Antes las disociaba un poco. Ahora en el texto científico encuentro gran potencial poético y literario. Si uno indaga un poco, hay teorías científicas, no sé, la retrocausalidad cuántica, o la teoría del universo en bloque, por poner ejemplos, que son como una caja de maravillas para pensar e incluso para interpretar el mundo de otra forma. Vinciane Despret hace algo así en Autobiografía de un pulpo, toma papers científicos de revistas muy prestigiosas del campo de la biología y nos abre, a través de su ficción especulativa, un nuevo universo posible, bien pos humanista, bellamente pos humanista. Nada más explorando el lado B de la ciencia, lo que queda, por algún motivo que se me escapa, fuera de campo, fuera del foco de la ciencia mainstream.
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Alan Talevi nació en Buenos Aires en 1980. Es Licenciado en Artes de la Escritura (UNA). Obtuvo los Primeros Premios del Concurso Itaú y del Concurso de cuentos del Círculo de Estudiantes de Artes de la Escritura de la UNA. Publicó los libros de cuentos Pero ninguna palabra sobrevive (Malisia, 2019), Anomalía (Editorial Municipal de Córdoba, 2020), por el que obtuvo el Segundo Premio del Concurso Municipal Luis José de Tejada, y Mi marido se enamoró de Anne Hathaway (Cuero, 2023). En poesía, público Histéresis (HD Ediciones, 2022) y En un pozo de marea (Cuero, 2022). Es uno de los fundadores de Editorial Salta el Pez.
junio 2026 | Revista El Cocodrilo
