Rayos
mi viejo armó una bicicleta doble
con pedazos de otras
la soldó en el patio
con olor a metal caliente
me subió adelante
a mi hermana atrás
éramos un animal torpe
de tres cabezas
que no sabía doblar
al principio fue risa
viento
sol
el ruido de los pedales
como si todo tuviera sentido
pero en una curva
la rueda chilló
sentí algo
que no era ruido
mi pierna se metió entre los rayos
no sé cómo
no sé por qué
solo sé que el pie no era mío
era carne colgando
rojo
hueso
grito
mi viejo frenó
me bajó en brazos
lloraba
o temblaba
no me acuerdo
yo miraba el cielo
el mismo de siempre
pero roto
Carne picada
Fue ahí
tambor azul
lleno de agua estancada
lleno de cielo enfermo
lleno
flotaba el perro
panza al sol
hinchado
ojos opacos
el cuerpo no se movía
solo estaba
como silencio espeso
metí la mano
el agua me subió hasta el codo
toqué la piel
flotó su olor
abrió un hueco de carne
sentí el perro deshacerse en los dedos
Anales de un perro romántico
Lo encontré en un bar que olía a trementina y sudor de boxeador derrotado,
sus labios, dos líneas de cocaína mal cortadas,
su mirada, un atajo hacia las cloacas donde se cuecen los hijos bastardos de Lautréamont.
Me dijo: te voy a hacer mío,
y en la penumbra su voz era una cicatriz con acento.
Nos fuimos,
como dos poetas real visceralistas
sin antología,
sin patria,
sin palabras.
Lo amé esa noche con la furia de las palabras prohibidas,
le mordí el cuello hasta dejarle signos de puntuación,
una coma, un punto y aparte,
un paréntesis que encerraba su gemido.
Entre los dedos,
su piel se hizo barroco sudado,
el fiord se abría en su espalda como un mapa de insurrecciones olvidadas.
Me dijo su nombre,
Sebregondi o Arturo B., da igual,
eran todos los nombres y ninguno.
Yo era su perro romántico,
su teatro proletario en carne viva.
Cuando acabó,
me dejó en la cama un poema obsceno escrito con su esperma
y en la ventana,
la luna jadeaba como actriz porno.
La foca de encaje
el mar me lamió los tobillos
como una vaca tierna de espuma
me dijo: vení,
traje un caracol con tu nombre
yo fui,
desnudo de médula,
con las costillas abiertas
y los dientes llenos de higos
me metí por su lengua
hecha de médanos,
y al fondo
crecía un bosque submarino
donde las hortensias gritaban
una estrella de mar
se subió a mi pecho
y empezó a rezar en voz muy baja
yo lloré
porque entendí
todo lo que no sé decir en tierra
más allá,
una foca vestida de encaje
me ofrecía una semilla
—“si la tragás,
verás con los dedos”—
yo la tragué
y de mis uñas
brotaron tentáculos
con olor a menta salvaje
el mar me besó
como besan las hienas dulces
y después me echó
con un zarpazo de alga
me dormí
sobre la piel de un pez muerto
que murmuraba en un idioma vegetal
y exhalaba perfume de iglesia rota
cuando desperté,
tenía un alga en el ombligo
y un pezón nuevo
en la espalda
nadie me creyó
pero el mar
a veces me guiña
cuando paso cerca
***
Stefano Branca (Tablada, 2002) es estudiante de Bibliotecología en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Dictó talleres de literatura queer latinoamericana y de poesía argentina. Fue alumno del taller de Fabián Casas, experiencia que influyó en su escritura. Forma parte de grupos de investigación sobre editoriales independientes y coordina el ciclo de entrevistas Voces independientes como proyecto de investigación. En 2025 fue seleccionado para participar del III Festival Americano de Poesía en Hurlingham y del ciclo Poesía en el Fondo, en homenaje a Gabriela Franco. Su primer libro de poemas, Este lugar era un cuerpo, será publicado en 2025. Fue seleccionado para participar en la residencia de poesía del 33° FIPR.
diciembre 2025 | Revista El Cocodrilo
