Traducción y presentación de Julieta Videla Martínez
Giovanni Boine (1887-1917) fue un pensador y escritor italiano de la Liguria que, bajo la influencia de la mística de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila, pero también a partir de reflexiones filosóficas de Schopenhauer, Nietzsche y Kierkegaard, construyó una estética y una crítica literaria que excede toda ley, al discutir fuertemente con las narrativas positivistas de comienzos del siglo XX. Su única obra literaria traducida al español, El pecado, da cuenta de una prosa reflexiva que se revela contra las leyes del verismo. Frantumi (1915) es la obra de la que tomamos el siguiente texto.
Frantumi significa,en castellano, “Fragmentos”, pero de los más irregulares y minúsculos, como astillas. Los fragmentos de este libro, en su lengua original, están compuestos a partir de la irregularidad misma de la lengua puesta en acto como búsqueda del desmoronamiento de toda ley. Es por ello que la prosa lírica de Boine está repleta, intencionalmente, de asonancias, palabras inventadas o arcaicas, sintaxis dislocada e ilógica y fusión de epítetos o sustantivos.
Quienes lo estudian hablan de los Frantumi como la época expresionista de Boine, ya que allí construye una prosa lírica fuertemente visual que linda con efectos de delirio o distorsión. El fragmento que presentamos a continuación propone imágenes sensoriales y oníricas de los arbustos y la naturaleza de la Liguria convertida en una masa tenebrosa que crece y se desfigura.
Los arbustos, es extraño…
– ¡Los arbustos, es extraño cómo crecen de negro a la hora grisácea de los octubres! El mar sombrío ondea en el crepúsculo como un fantasma: apenas un fantasma…
Entonces, en el hueco de las rocas borbotea en la orilla un aterrador ventrílocuo de silencio.
– Va con pies de fieltro y voces de secreto la multitud de los que vuelven: toda de sombra. Salen de los huecos, silenciosas las sombras; los sueños de las cosas, despacio, humean y adquieren estatura. Entonces, finalmente abro el alma desde dentro, y “mirar” es tolerable.
– Abro los ojos de maceración a este amanecer-de-la-tarde, a este amanecer nocturno, que por fin el mundo deshiela y todo se puebla del alma: es mudo y ciego, pero de indescifrable mitología.
– Se arrastran desde el remolino de la brillante oscuridad, acá están los pesados dragones, rezumantes como cocodrilos, donde el puente está invertido.
– Multitudes cargadas de misterio experimentado al límite de los bosques se amontonan, hacen ondas como los monstruos detrás de los cristales de acuarios marinos.
– Digo hágase: el aire espeso se moldea de fiebre pero, ¿con qué? Es con fugas, con sobresaltos de alas. ¿Hacia dónde? Es con ojos de espectrales lejanías.
– Se deforman las formas de la opacidad, las levaduras se exaltan de los imposibles; ¡y por ejemplo! Aquel dorso idílico de lo habitual, ¡oh, oh, cómo brotan los enormes brotes de la apocalíptica verdura! Ascienden a porfía como borbotones superpuestos, ascienden, se arquean con silenciosos estruendos. Son erupciones de volcánico follaje, niágaras vastos vegetales. Son aguaceros a plomo de negro follaje. Éufrates de claros como lavas verdes que desbordan.
– Y ahora, dentro dentro, ahora adentro, ¡lo denso e impenetrable! Nadie más sabrá (¡nadie!) qué monstruo se esconde allí, ni en qué cueva. El soplo de la caverna, respiración muda, exhala; hará en torno un abandono secular. El prudente vuelo de los pájaros pasará lejos, raudo, como un árbol tropical de venenos: –el graznido triangular de las grullas espectrales, las flechas negras-estridentes de las fugas de los vencejos, como el somnífero zumbido de las mil abejas cuando salen a buscar el verano elemental. ¡Qué desierto y qué desierto! ¡No se verá un ser vivo ni un insecto a trescientas millas de desolación! En torno allí, la tierra será gélida y pedregosa. Pero erguida, la babel verdeciente con las danzas de las lianas medusinas, las cascadas de las sombrías hiedras y las pitones retorcidas en los inmensos troncos por las alturas, el extraviado león, con fulva postura de pávido estupor, con ojos de espanto, un instante volviéndose hasta los cielos, la verá agitarse sombría hasta los cielos del inmóvil diamante, sin rumor, sin viento, sin susurro, en la estática expectación, ocultando subterráneamente el frío de un secreto incomprensible.
– Todo el mundo se deshiela en primigenio atavío; despacio, lentamente se desenredan las potencias de la oscuridad. Entonces el alma revolotea por su caos con ambiguo vuelo de hechicería, como el flácido escalofrío de los murciélagos. Libidinosamente, entonces, el alma agita los nenúfares de los fabulosos fantasmas, ictiosaurio sin muerte de antes de todo tiempo. Fuera de todo tiempo “mirar” es tolerable, un espejo más fiel de esta ceguera ultrahumana.
– Pero, pero, lentos, ¿no es suficiente andar por la tarde? De repente las esclusas del valle son profundos golfos de tinieblas. ¡Cómo se deshace en los sombríos vapores la insostenible solemnidad!
– En la profunda hora de las confesiones, estos raros transeúntes son larvas. ¿Dónde, dónde están las audacias de las luces? ¡El valle de delicias cómo gime furtivo en la opacidad! ¡Cómo, cómo gime susurrando en la profunda hora de la verdad!
–¿Y qué hay del camino? ¿Dónde está el camino? Es apenas un blancor, ahora mismo no conduce a ninguna parte. ¿Por aquí o por allá? Ahora, la meta es la nada.
– Son regiones de fosforescencia, no tienen solidez. Pero dentro del agua, aquel farol verde que resplandece se extiende abajo hasta mí, hace una estela de sueño por su fluidez. Y que este sea mi camino en la profunda hora de la verdad.
***
Julieta Videla Martínez ha terminado recientemente su tesis de doctorado sobre Joris-Karl Huysmans y Marcel Proust (UNC). Es profesora de Literatura Española y Literatura Europea Comparada en la Universidad Nacional de Córdoba. En su nuevo proyecto de investigación aborda la recuperación de la mística española en escritores franceses e italianos de principios del siglo XX. Traduce del francés y del italiano.

Obra de Stefano Parolari
Octubre, 2026 | Revista El Cocodrilo
