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2020: GRAFOLOGÍA LITERARIA

Por Anaclara Pugliese y Ernesto Inouye

 

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Si una investigadora del futuro encontrara este grafo, como una red sumergida en las profundidades oscuras de internet, reconocería en él, prendidas, algunas obras, pero la inmensa mayoría de los títulos le resultarían extraños. ¿Qué publicaciones serían para ella familiares? ¿Se encontrarían en el centro de la red o en los márgenes? La investigadora podrá preguntarse, mientras navega por el grafo como si recorriera los callejones abandonados de un viejo barrio por Street View, ¿qué son todas esas obras olvidadas al sol?

Pilas y pilas de libros pasan de las novedades a las librerías de usados y los actuales PDF pasarán de repost azules en infinidad de sitios webs a las primeras capas geológicas de una futura arqueología de internet. ¿Cómo es posible abordar la inmensa cantidad de libros que se editan año a año? La crítica literaria resolvió el problema a través de la elaboración de un canon, es decir, de la selección de una serie reducida de obras destacadas. Mediante este recurso y con algo de dedicación, ahora sí, un lector puede abordar una totalidad, incluso leer las obras que la componen con cierta profundidad. Pero, ¿no es una ilusión creer que se puede entender una época de la mano de una breve lista de obras que capturarían el pulso vital de un momento específico en un lugar determinado?

Convocamos a 76 escritorxs, editorxs, librerxs, periodistas, docentes y graduadxs de Letras de la ciudad de Rosario para que nos recomienden hasta tres títulos publicados en 2020. Con los datos, al igual que el año pasado, armamos un grafo que incluye desde los libros más votados hasta los que tuvieron una sola recomendación. ¿Con qué fin? Alejar la mirada: ya no detenerse en unos pocos libros, sino en las relaciones que se establecen entre ellos y lxs lectorxs. Mucho más provechoso que elaborar una lista con los diez títulos más votados nos parecía armar una red que evidenciara cómo lectores dispares se reúnen alrededor de un mismo libro o cómo algunos libros quedan unidos por lxs mismxs lectorxs. Ante la pregunta: ¿por qué en esta encuesta se mencionaron tan pocos libros extranjeros y tantos rosarinos?, nos gusta pensar esta respuesta: el grafo no representa solo criterios estrictamente literarios sino también relaciones profesionales y afectivas, como un gran mapa de sociabilidades literarias.

¿No sería interesante para nosotrxs, al igual que para la investigadora del futuro, encontrar una grafología literaria de Rosario de los años cincuenta? ¿Quiénes serían lxs lectorxs encuestadxs? ¿Qué libros hubiesen estado en el centro que hoy no perviven? ¿Qué revistas inconseguibles, ediciones mimeografiadas, hermosas novelitas sin reediciones o folletines se hubiesen podido encontrar nombradas? ¿Qué circuitos de lectura o conexiones inesperadas nos hubiese develado ese grafo?

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Antirranking: intermediación y centralidad

Con diez recomendaciones, No es un río (10), es el título más mencionado en esta encuesta. La novela de Selva Almada completa una trilogía de varones, inaugurada con El viento que arrasa y seguida inmediatamente por Ladrilleros. En No es un río tres hombres van a pescar; pica algo pesado: una enorme raya, que se resiste, y luego es asesinada a los tiros. La novela puede ser leída desde el dominio violento, cargado de excesos, del varón sobre la naturaleza, exigido por el mandato de masculinidad.

Si bien el libro de Almada es el más recomendado, no tiene mucha centralidad en el grafo. ¿Cómo llegamos a esta conclusión? Este año decidimos aplicar las herramientas de análisis de redes de datos que nos brinda la plataforma Onodo. Dentro de estas funciones tomamos dos: centralidad e intermediación. La centralidad de un nodo se calcula a partir del número de conexiones que establece con otros nodos, pero también en base al tamaño de los nodos a los que está conectado. La centralidad de No es un río, según el análisis de Onodo, es baja (0,17 sobre el máximo, que es 1), es decir, no tiene muchxs lectorxs en común con el resto de los títulos más mencionados. En este sentido, la novela de Almada, aunque con muchas recomendaciones, es un libro periférico en la red.

La intermediación, por otro lado, calcula cuántas veces un nodo está en el camino más corto entre dos nodos. Esto es, como su término lo expresa, la capacidad que tiene de articular lo que de otro modo estaría disperso. La novela de Selva Almada tiene un altísimo nivel de intermediación (el máximo: 4646) porque nuclea lectorxs dispersxs, que no forman una comunidad de lectura sólida, y que posiblemente de otro modo, si no coincidieran alrededor de ese único libro, estarían desconectados de la inmensa red central, flotando en el espacio sin coincidencias de títulos con lxs demás lectorxs, como navegantes solitarixs: esto se puede ver de manera clara explorando el grafo, donde se evidencia cómo el nodo de No es un río conecta en el margen izquierdo dos brazos largos que casi flotan desprendidos, además de nuclear bracitos mucho más cortos, de dos dedos, sin otras conexiones al cuerpo principal de la red.

Los títulos con mayor centralidad, es decir, que están rodeados de lectores que leyeron también otros libros centrales, son: Sumisión (8), de Oscar Taborda (centralidad: 1 sobre 1); Amor total (8), de Fernanda Laguna (c: 0,87); Diario del dinero (6), de Rosario Bléfari (c: 0,59); Inventario (6) de Paula Galansky (c: 0,51); y Poesía molotov (7), de Wachi Molina (c: 0,32). La cantidad de conexiones que se establecen entre estos títulos permite inferir que existe en esa región del grafo una comunidad de lectores en la que fluyen información y lecturas.

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Como agua que corre: narrativa rosarina

Puede armarse empezando por dos títulos ya nombrados –Sumisión e Inventario– una pequeña biblioteca de narrativa rosarina. La novela de Oscar Taborda está compuesta por 101 párrafos que forman la trama fragmentaria de las peripecias de U, su protagonista. En un mundo barrial y decadente, U decide gastar el poco dinero que tiene para comprar en el shopping un económico casco para viajar en el tiempo que vio promocionado en carteles por la calle.

Por otro lado, el libro de relatos Inventario, de Paula Galansky, relata la vida de Sofía, su protagonista, a partir de una serie de nueve objetos –un relato por objeto– con un lenguaje delicado y sintético. La publicación tiene apenas veintiocho páginas pero logra encerrar con sutileza una vida entera. En el grafo, Inventario se encuentra rodeado y forma parte de una gran constelación de títulos de poesía: cuatro de sus seis lectores recomendaron también poesía. Pero además la publicación es la primera de narrativa de la colección de plaquetas Bitte, de la editorial rosarina Danke, en la que todos sus títulos, excepto Inventario, son de poesía.

Lejos de la centralidad del grafo, flotando en una pequeña isla, arriba a la izquierda, se encuentra Perversidad (2), de Marco Mizzi, editado por Eloísa Cartonera. Su carácter insular hace que su centralidad sea 0. La trama de la novela podría ser una crónica periodística de la sección policiales de nuestros días: una adolescente es violada y asesinada por un grupo de narcos. El hecho es filmado con un celular y el video empieza a circular entre los vecinos del barrio. El protagonista de la novela es un periodista desempleado que intenta reconstruir los hechos. Encontramos también en un sector periférico del grafo, en el extremo de un brazo que se despliega hacia la izquierda, el libro de relatos Tan lejos (2), del escritor y psicoanalista Ricardo Guiamet, editado por el sello rosarino Casagrande. Lleva como subtítulo “Diez naufragios”. En una entrevista el autor observó: “Son personajes que atraviesan una escena crítica y el naufragio les permite cambiar el derrotero de sus vidas.”

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Imágenes: flechazo al corazón                

Además de literatura, en la red hay toda una biblioteca de pintura, dibujo e ilustración, en parte resultado de la gran cantidad de títulos editados por el sello rosarino Iván Rosado en su serie Maravillosa Energía Universal: tres publicaciones de esa colección fueron mencionadas. De hecho, el segundo libro más recomendado por nuestrxs encuestadxs fue Amor total. Los 90 y el camino del corazón (8), de Fernanda Laguna, quien en los noventa también publicó sus más famosos poemas. Amor total reúne su arte de esa década. El segundo título de la serie Maravillosa Energía Universal es La Tablada (2), una selección de dibujos y pinturas de Orlando Belloni realizados entre 1958 y 2020. Belloni vive en el barrio rosarino que da nombre al libro y desde allí observa y retrata desde hace décadas a sus propios vecinos sobre motos, charlando en una esquina o tomando una cerveza en un kiosco, aunque deja ver siempre, en sus caras, en sus gestos, un marcado sentido proletario. El tercer título de la serie de Iván Rosado es Algunas flores (1), de Gilda di Crosta y Daniel García. Ella, poeta; él, artista plástico: juntxs, estudiaron el encanto silvestre de las flores y lo registraron en textos, pensamientos, pinturas y dibujos.

Lejos de la tersura de las flores, Enciclopedia mundial del coso (1), de Podeti. El humorista y dibujante catalogó doscientos cosos, los dibujó y les dio un nombre y una definición para desplazarlos al universo más decente y femenino de las cosas. Un objeto extraño –que podría haber sido catalogado por Podeti, por lo difícil de definir– es Fábrica de escalofríos (1), con textos de Horacio Carvallo e ilustraciones de Tati Babini. Los poemas, editados por Libros Silvestres, están troquelados verso por verso, por lo que este artefacto permite armar poemas casi al infinito: “Diez millones de poemas para combinar temblando” es su subtítulo.

Destaca como rareza la revista alemana de comic Strapazin (1), que dedicó su número 138 a historietistas argentinos. Otro recomendado fue Pintura montada primicia (1), de Juan del Prete, una selección de obras inéditas de las décadas del setenta y ochenta del pintor, dibujante, escultor y fotógrafo ítalo-argentino. El último de esta biblioteca de arte es La aventura de lo real (1), que reúne escritos del artista Alberto Greco.

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No te vayas de mí: poesía rosarina

Los poemas de Poesía molotov (7), de Wachi Molina, surgieron de un intercambio, de un aprendizaje que iba de la puesta en voz o performance a la escritura. Publicado por Le Pecore Nere, el libro tiene como motor de búsqueda el deseo, entendiendo a la poesía como la expresión de un cuerpo en concreto y a la vez del cuerpo que late en la materialidad misma del poema. El libro tiene altísima intermediación (3283) al ser un nexo directo entre el libro de Almada y la constelación central del grafo, formada por publicaciones en su mayoría rosarinas y de poesía. Compartiendo dos lectores con Poesía molotov y otros dos más con Inventario, aparece Fiesta (4), el primer libro de poesía de Anabel Martín, publicado por el colectivo editorial Cedro, del que la autora forma parte. Rodeado de puntos de color amarillo claro –que en nuestro grafo representa a las publicaciones de arte– Tres puentes, seguido de Poesía doméstica (3). Su autora, Virginia Negri, es, además de poeta, artista. La colección de plaquetas de la editorial Danke de la que forma parte Tres puentes tiene dos nodos más en el grafo: La belleza contenida (1), de la rafaelina Rita Chiabo, e Inventario.

Conectado por un lector a Poesía molotov y por otro a Inventario, El entrenamiento de la mente (3), de Irina Garbatsky (Iván Rosado). Con tres recomendaciones, al igual que el libro de Garbatsky –aunque no tan en el centro de la constelación de puntos celestes que, en el grafo, representan a los títulos de poesía–, Vietnam (3), del docente, poeta, narrador y periodista Pablo Bilsky. El libro que editó Baltasara puede leerse como una crónica en verso que describe escenas, personajes, sueños, fantasmas y anécdotas que tuvieron lugar durante una visita a ese país en 2018. Dentro de la gran constelación interconectada de poesía también fueron mencionados La soberana idiotez (2), de Carolina Musa; Te quiero abrazar mucho (1), de Lila Siegrist; y Larga distancia (1), de Verónica Laurino.

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Diarios y textos autobiográficos o “no dejes que la realidad destruya tus papeles”

Uno de los libros más mencionados, con mayor centralidad e intermediación, es Diario del dinero (6), de la música, actriz y escritora Rosario Bléfari, publicado por la editorial Mansalva. Se aferra a Sumisión –con el que comparte tres lectores–, a Amor total y a dos títulos de la constelación de poesía. Una novela, un libro de arte y dos de poesía. Diario del dinero fue compuesto como un registro contable donde las cifras no aparecen dispuestas en asépticas columnas verticales, sino insertas en la horizontalidad de la prosa, acompañadas por el relato de las circunstancias, causas y consecuencias, de gastos e ingresos. «Un registro para que los chismosos revisen o para quien pueda llegar a preguntarse de qué modo sobrevive en este mundo alguien como yo» escribe Bléfari en la contratapa.

En los bordes de la zona central del grafo encontramos Tiempo de más (3), editado por Ivan Rosado, la tercera entrega que compila las notas autobiográficas publicadas en Facebook del ensayista y docente Alberto Giordano. Pocos meses después de la publicación de Tiempo de más, Bulk Editores lanzó otro título del mismo autor: Volver a donde nunca estuve (2). Se trata también de notas autobiográficas pero que tienen como eje la relación con su padre. Giordano escribió, además, la contratapa de otro título que coincide en el carácter de su origen con los dos suyos: reúne una serie de posteos de Facebook, en este caso notas en torno a la danza y la expresión corporal. El libro, Apuntes de clases (2), de la bailarina y docente especializada en contact Natalia Pérez, fue editado por Río Belbo.

Dentro de la serie de textos autobiográficos podemos mencionar por último el diario que escribió el novelista, crítico y traductor Matías Serra Bradford en un viaje a Japón durante el año 1999 resultado de una beca para estudiar fotografía. El libro, editado por Sigilo, se titula Diario de un invierno en Tokio (1).

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¿Genios o escenios?

En este grafo, como en un fractal, hay nodos que representan libros que a su vez hablan sobre otros libros o escritores. Ese es el caso de 2020. Veinte episodios de la historia de la literatura argentina del siglo XX (3), publicado como e-book por la Editorial Municipal de Rosario. Se trata de una compilación –realizada por el docente, crítico y poeta Martín Prieto– de veinte artículos, ensayos y estudios críticos escritos por docentes y egresados de la carrera de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes de Rosario. Como se lee en la página de la editorial: “El libro propone un doble recorrido: uno sobre la literatura argentina –el conjunto de temas, libros y autores tratados abarca casi un siglo de la historia literaria– y otro sobre las distintas direcciones que tomaron los estudios críticos en la Facultad de Humanidades y Artes desde los años 60 hasta hoy.”

Cuatro ensayos (4), de César Aira, editado por Beatriz Viterbo, reúne ensayos publicados con anterioridad: uno sobre Copi (1991), otro sobre Alejandra Pizarnik (1998), uno sobre Edward Lear (2004) y el titulado “Tres fechas” (2001), que toma en consideración tres escritores no muy transitados –Denton Welch, Paul Léautaud, J. R. Ackerley– bajo una premisa que podría funcionar como fundamento para una visión no canónica de la literatura: “para ser representativo de una época es preciso ser menor”. Del libro de Aira se desprende una columna vertebral de ensayos que se alejan progresivamente del núcleo del grafo y van perdiendo por lo tanto centralidad e intermediación. Los títulos son Pasado mañana. Diagramas, críticas, imposturas (2), de Luis Chitarroni; Contramarcha (2), de María Moreno; y Libros chiquitos (1), de Tamara Kamenzsain.

De César Aira fue recomendado también Lugones (4), editado por Blatt & Ríos. En este caso no se trata de un ensayo sino de una novela pero que toma como punto de partida el último día de vida del escritor Leopoldo Lugones –el momento de su suicidio con cianuro y whisky en el recreo “El Tropezón”, ubicado en el delta del Paraná– pero que deriva rápidamente hacia el terreno de la ficción y el delirio.

 

Las series de títulos que mencionamos son solo posibles aproximaciones y recorridos por el vasto grafo compuesto por un total de 124 recomendaciones. Para finalizar les compartimos: 1) una interesante y diversa biblioteca que reúne todos los títulos digitales de descarga gratuita que fueron mencionados; 2) una guía de exploración del grafo.

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Link, clic, free: biblioteca digital gratuita $$

Muchas de las recomendaciones fueron editadas en formato físico, impresas, pero otras tantas fueron leídas en PDF que circularon libres. Libres. Libres!!! En esta sección dejamos una breve reseña de todas esas publicaciones y los links para descargarlas.

Dinero (2), de Julián Bejarano: en el sitio slimbook.org (o haciendo clic en esta nota, sobre el nombre del libro) se puede descargar el slimbook del poeta que actualmente vive en Entre Ríos. ¿Qué es un slimbook? En la sección quiénes somos de la web se lee: “Un slimbook es una chuchería cultural. Ni libro, ni disco, ni película, es un soporte físico para cualquier contenido digital. Al adquirir un slimbook usted adquiere una obra personal a la vez que una pieza artística impresa en nuestro taller con tipografía móvil en máquinas de letterpress, hotstamping y láser, sobre cartones y papeles especiales que despliegan una pequeña muestra del contenido digital al que redirecciona. Podría decirse que un slimbook es un opúsculo con continuidad en el mundo digital”.

Paquete de fe (1), de I Acevedo: reúne los últimos ocho cuentos inéditos de I Acevedo. En medio de un debate en torno a la propiedad y a los derechos en el ámbito editorial surgido de la proliferación de PDF durante la pandemia, el mensaje que subyace a estos cuentos es que la literatura es de todes.

El amor es un arte del tiempo (1), de Kenneth Rexroth: publicado por el proyecto editorial de la poeta y traductora Laura Crespi, Cuadernos de Traducción.

2020. Veinte episodios de la historia de la literatura argentina del siglo XX (3), la recopilación ya mencionada, editada por la EMR, puede descargarse desde su web.

De la A a la Z de la cocina santafesina (1), de Paula Caldo: el conjunto de recetas que se pueden consultar haciendo clic en el link es el producto de un viaje por las rutas de la provincia a la búsqueda de platos especiales. Se lograron reunir 500 recetas pensadas, escritas y seleccionadas por vecinas y vecinos de 100 localidades. Es posible entrar al mapa de la provincia, cliquear en un departamento e imaginar sus historias y su geografía a partir de los aromas, texturas, temperaturas y sabores de las recetas que ahí surgieron.

Pintura montada primicia (1), de Juan del Prete: el catálogo-libro ya mencionado entre las publicaciones de arte se encuentra disponible en el sitio web de la galería Roldán Moderno.

Poesía molotov (7), de Wachi Molina (audiolibro): Adolfo Corts grabó para su proyecto de registro sonoro llamado Sonidos de Rosario a Cristian Molina leyendo los poemas de su último libro.

Fratelli tutti (1), de Francisco I: en esta tercera encíclica Francisco reflexiona sobre lo que nos ha mostrado de nosotrxs mismxs el COVID-19, sobre el derecho a la propiedad privada y sobre el cuidado de la Tierra, entre muchos otros temas.

Ornament 8, Organismic Sequencer. User Manual (1): manual de usuario del secuenciador ruso Ornament 8, desarrollado por la empresa Soma.

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Guía para explorar el grafo

Lxs LECTORXS encuestadxs se encuentran representadxs por pequeños nodos color verde y de igual tamaño.

Los TÍTULOS recomendados están representados por nodos de diferentes tamaños (según la cantidad de recomendaciones) y colores (según el género). Al clickear en alguno de ellos se despliega una ficha con los datos Type (género), Autor, Editorial, Tamaño (cantidad de recomendaciones), Centralidad e Intermediación.

La plataforma Onodo cuenta además con tres herramientas de exploración:

. PANTALLA COMPLETA. Botón para maximizar el grafo a pantalla completa, ubicado arriba a la izquierda.

. ZOOM. Botones de acercamiento y alejamiento, ubicados arriba a la izquierda.

. LEYENDA. Pestaña desplegable con las referencias de cada color de los nodos según los géneros, ubicada abajo a la izquierda.

. BÚSQUEDA. Una casilla para la búsqueda de un título o lector particular, ubicada arriba a la derecha.

 

Grafología literaria 2020 anaclara pugliese ernesto inouye

 

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Agradecemos a Aníbal Rossi por su asesoramiento en plataformas para elaborar grafos, a Paola Piacenza por recomendarnos algunas lecturas en relación al análisis cuantitativo de la literatura, y a todxs los lectorxs que participaron de la encuesta:

Agustín Alzari, Agustín González, Aimé Peira, Alberto Giordano, Alejandra Benz, Alicia Salinas, Alito Reinaldi, Analía Capdevila, Ana Wandzik, Bernardo Maison, Bernardo Orge, Cristhian Monti, Cristian Molina, Daiana Henderson, Daiana Lattini, Delfina Stortini, Diana Gerscovich, Diego Colomba, Érica Brasca, Eugenio Previgliano, Federico Ferroggiario, Florencia Giusti, Gabby de Cicco, Georgina Grasso, Germán Armando, Inti Juárez, Irina Garbatzky, Javier Nuñez, Judith Podlubne, Julia Enriquez, Julia Musitano, Leonardo Berneri, Lila Gianelloni, Lila Siegrist, Luciana Fernández, Lucía Rodriguez, Maia Bernardi, Maia Morosano, Manu Díaz, Marcela Alemandi, Marcelo Bonini, Marco Mizzi, María Cecilia Micetich, María Fernanda Alle, María Inés Laboranti, Mariana Catalin, Mariela Herrero, Marina Maggi, Mario Castells, Martín Prieto, Maximiliano Masuelli, Mercedes Gómez de la Cruz, Molly Moon, Mónica Bernabé, Nicolás Manzi, Nieves Battistoni, Nora Avaro, Osvaldo Aguirre, Pablo Bilsky, Pablo Makovsky, Pablo Serr, Paola Piacenza, Paula Galansky, Pauline Fondevila, Pau Turina, Pedro Cantini, Regina Cellino, Roberto Retamoso, Rocío Ahmad, Sandra Mendizaba, Santiago Hernández Aparicio, Sergio Cueto, Vanesa Condito, Verónica Laurino, Virginia Giacosa y Virginia Negri.


 

Anaclara Pugliese nació en Arroyo Seco en 1989. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Publicó La sombra de las nubes (Editorial Municipal de Rosario, 2017), Dos poemas (Ediciones Arroyo, 2019), Dos arcoíris & un desierto (La Vieja Sapa Cartonera, Santiago de Chile, 2019) y Megafauna (Mentazines, Rosario, 2019). Desde 2018 coordina un taller de poesía en la Unidad Penitenciaria Nº 5 de mujeres.

Ernesto Inouye nació en Rosario en 1984. Es profesor en Letras por la UNR. Prologó el libro Facundo Marull. Poesía reunida y formó parte del equipo de investigación y redacción de Archivo Mikielievich. Obras y colecciones, ambos títulos editados por la Editorial Municipal de Rosario. Tradujo y edito Las pampas, del viajero inglés E. F. Knight. Es coautor del libro de crónicas urbanas 40 esquinas de Rosario. Además de sus trabajos relacionados con las letras dicta clases de acordeón.

enero 2021 | Revista El Cocodrilo

 

VIGILIA, POR MARA LUQUE

Nos reímos a carcajadas mientras masticamos algo de tierra. Son las 3:30 am y parece que se avecina tormenta. Acostada, observo cómo se agolpan nubes rojizas en el cielo.
Las copas de los árboles de calle Santa Fe nunca me parecieron tan imponentes como hoy. No es solamente por el juego de luces y sombras producto de la iluminación de la plaza, es por la sonoridad con la que responden a tanto viento.
Las imágenes de la pantalla nos llegan de costado, un poco deformadas, pero escuchamos perfectamente el audio del debate mixturado con el rugido de las hojas. Una y otra vez, con brevísimos intervalos de algo superador, reiteran las mismas frases hechas, regresan a los mismos lugares comunes. Atrasan siglos.
Mi cabeza por momentos entra en pausa, por efecto del cansancio y de la posición del cuerpo. Pero entonces me despabilan los aplausos ante alguna intervención que tuvo la enorme gentileza de no comparar nuestros cuerpos con electrodomésticos, que no mencionó a Dios o que, excepcionalmente, entendió que lo único realmente válido es el deseo. Nuestro deseo.
Quedan unas horas para la votación. Una amiga responde pacientemente cada vez que le pregunto cuánto falta. Estaba con ella en 2018 cuando conseguimos la media sanción en diputades, pero no encuentro ninguna otra coincidencia.
En esta ocasión, a muches docentes de la provincia de Santa Fe el debate nos encuentra acompañades, organizades. En agosto conformamos nuestra regional de la Red de Docentes por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Pocos meses después, estamos acampando en esta vigilia. Cuelgan pañuelos, remeras pintadas, nuestra bandera, y tengo por un momento la sensación de que estamos viviendo en comunidad en esta plaza desde siempre.
Nos nucleó un curso que dictó esta Red a nivel nacional por el canal de YouTube de la Campaña, pero también la necesidad de una docencia más militante. Mucho se ha dicho siempre sobre la tarea docente, en especial por parte de quienes jamás han ejercido la profesión. Ya sea en los medios de comunicación, en la cola del supermercado o desde el Ministerio de Educación, les licenciades en casi todo saben cómo tenemos que hacer nuestro trabajo y no se cansan de darnos indicaciones anodinas al respecto. Pero nadie me explicó jamás qué hacer cuando menores de edad tuvieran sus derechos vulnerados, su integridad física en riesgo. A eso me enfrenté sola, actuando con algunas certezas y un poco de improvisación. Afortunadamente pude dar con otres profesionales más organizades, pero siempre en un marco de informalidad que genera mucha inseguridad: el temor de recrudecer la vulneración de las personas involucradas nunca desaparece. 

Escucho a alguien asegurar que hasta las 9 am no va a llover. Pese a mis deseos, me obstino en descreer del servicio meteorológico. El viento alterna furia y calma. Furia, calma y tierra. Mi amiga me pregunta cuál es el plan si llueve. Le respondo que no hay plan, pero comienzo a diagramar en mi cabeza estrategias para resguardar las remeras que pintamos por la tarde.
Pienso en que nunca más me voy a encontrar sola en el rol docente. Que la ausencia e inoperancia del Estado recaigan en el tercer sector “es una trampa”, dirían les pibes; pero mientras la ausencia y la inoperancia sean la regla, la salida es colectiva y nuestra respuesta es la articulación federal. Por eso exigimos el tratamiento de la Ley Vanesa, por eso nos unimos hace un mes a la Red Regional por la ESI en Santa Fe, por eso exigimos el tratamiento de la Ley provincial de ESI en el Senado en sesiones extraordinarias, por eso exigimos Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Por eso ponemos el cuerpo en esta vigilia.
Una ráfaga repentina nos sacude y decido incorporarme. Miro alrededor y veo compas de todas las edades en la plaza. Me movilizan especialmente quienes están en la adolescencia.
Repongo las acciones que efectuamos en estos meses y reafirmo que es por acá. Queremos infancias y adolescencias libres. Queremos sacar al aborto de la clandestinidad pedagógica. Como agentes del Estado, tenemos la obligación de ser garantes de derechos. Como feministas, tenemos la convicción de que debemos luchar por todos aquellos derechos que nos fueron históricamente vedados a las mujeres y disidencias.
Vuelvo a acostarme. Sé que va a ser imposible que duerma algo, pero me aferro a la idea de que al menos así descanso un poco.
Al abrigo de los cuerpos en la plaza, se hace presente la compañera Vanesa Castillo, asesinada tras denunciar el abuso sexual de una estudiante embarazada.
Mi amiga me actualiza la hora estimada de finalización. Recuerdo una escena de la mañana del 10, cuando estaba llegando a la plaza, y me parece imposible que haya sido ayer. Han pasado tantas horas que se hace cada vez más difícil manejar la ansiedad. Nuevamente un discurso de odio. La plaza se enciende en chiflidos de indignación y abucheos.
Las copas de los árboles de calle Santa Fe nunca me parecieron tan imponentes como hoy. No es solamente una cuestión de perspectiva, es la resistencia con la que responden a tanto viento.
Compañera Vanesa Castillo, presente.

 

Mara Luque nació en Rosario en 1989. Es Profesora en Letras por la UNR y ejerce la docencia en nivel medio. Forma parte de la Regional Santa Fe de la Red Nacional de Docentes por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito.

 

diciembre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

CRÓNICAS

POEMAS DE TATJANA GROMAČA

¿Querés invertir tu tiempo en mí?
(DA LI ŽELIŠ UTROŠITI SVOJE VRIJEME NA MENE?)

Por ejemplo, nos encontramos en alguna parte de la ciudad
por pura casualidad
(yo comprando medias y vos haciendo trámites),
apurados, tan apurados que en el momento en que nos
vimos en la calle
olvidamos que vivimos bajo el mismo techo
y nos acostamos en la misma cama desvencijada
ya por miles de noches
juntos.

Después seguro nos vamos, dejando
nuestras ocupaciones,
a tomar café o vino caliente, si es otoño,
sentados uno frente al otro en algún antro
lleno de humo
con tabiques de madera
y alcohólicos de jornada completa
observándonos como si fuésemos otros
y no nosotros,
más que conocidos.

 

Detrás del vidrio
(IZA STAKLA)

El día está lindo y vos salís de la peluquería
con el pelo recién cortado.
Te agarró uno de esos
post síndromes
cuando uno no puede estar 100% seguro
de que haber ido al peluquero
haya sido una sabia decisión.

Es la última hora de la tarde
y el barrio está lleno de mamás jóvenes
que empujando cochecitos con bebés
intercambian consejos sobre alimentación
y digestión regular.

Cruzás por el parque entre los edificios.
Quizás más tarde entres en este almacén, “La bombonería”,
y a las señoras con delantal rosa
que huelen a caramelo y chocolate
les pidas una barra de mazapán.

Ahora te parás al lado de una combi
en cuyo espejo retrovisor querés
ver tu peinado
y cuando ya pegaste la cara contra la ventanilla
tu mirada se encuentra
con la mirada de un hombre
que está sentado adentro
y que te ve como lo que sos en ese instante:
una persona que no sabe exactamente qué está haciendo
ni qué será lo próximo que hará.

 

Vos estás ahí en la orilla del río helado
(TI STOJIŠ NA OBALI HLADNE RIJEKE)

Acordate de ciertos momentos de tu vida
que se parecen más o menos a esto:
afuera hace un frío terrible y vos estás ahí
en la orilla del río helado
al que hay que saltar enseguida
si querés que algo cambie en cualquier sentido.

 

Tatjana Gromača nació en 1971 en Sisak. Se licenció en Literaturas Comparadas y Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de Zagreb. Escribe poesía, prosa y artículos periodísticos. Vivió y trabajó en Zagreb hasta el año 2000, cuando se mudó a Istria. Trabajó para el semanario Feral Tribune de Split hasta su cierre en 2009, haciendo reportajes, escribiendo reseñas y textos sobre arte, cultura y sociedad. Publicó una selección de sus reportajes en el libro Bijele vrane – Priče iz Istre (Los cuervos blancos – Relatos de Istria). Tras el cierre de Feral colaboró en el periódico Novi list de Rijeka como reportera y columnista. Su primer libro, el poemario Nešto nije u redu? (¿Algo no está bien?) se publicó en el 2000, convirtiéndose en referente de la generación de “poetas realistas” (stvarnosni pjesnici) que se formó en Croacia a finales del milenio. En el 2004 publicó la novela breve Crnac (El negro). En el año 2012 publicó la novela Božanska dječica (Los niños celestiales), la cual recibió el premio anual “Vladimir Nazor” de literatura y el premio “Jutarnji list” a la novela del año. En 2014 se publicó su libro de cuentos y ensayos Ushiti, zamjeranja, opčinjenosti (Éxtasis, resentimientos, fascinaciones); en el 2016, la novela Bolest svijeta (La enfermedad del mundo), y en el 2017, Carstvo nemoći (El imperio de la impotencia), hasta ahora su última novela. Sus obras han sido traducidas a varias lenguas (alemán, checo, polaco, esloveno, búlgaro y macedonio). Vive en Pula con su esposo Radenko Vadanjel, también escritor, y su hija Marta.

 

Sobre las traducciones

Las traducciones que se presentan aquí surgieron de un trabajo colectivo en el marco del taller de lectura y traducción “Razumijem što čitam, el cual se desarrolló vía Zoom entre los meses de octubre y noviembre últimos por iniciativa del Lectorado de Croata de la FHyA (UNR) y el Centro Cultural Croata de Rosario. La coordinación y organización general del mismo estuvo a cargo de Martina Kalamari (CRO) y Pablo Serr (ARG). Participaron de la experiencia estudiantes avanzados de Rosario y la región.

 

Sobre los coordinadores

Martina Kalamari nació en 1985 en Čakovec, Croacia. Después de graduarse como profesora de Lengua y literatura croata y Lengua y literatura española en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zagreb, trabajó como traductora y profesora de español en escuelas secundarias y centros de idiomas extranjeros en Croacia. Durante tres años dictó clases de idioma y cultura croata en Punta Arenas, Chile, organizadas por el Ministerio de Ciencia y Educación de Croacia. Desde agosto de 2019 ejerce como docente de croata en el Departamento de Idiomas Modernos de la Escuela de Lenguas de la FHyA de la UNR.

Pablo Serr nació en 1984 en Rosario. Estudió Letras en la FHyA (UNR). Publicó varios libros, entre ellos El tiempo visible (Editorial El Imperio y la Libélula, 2013), De esta ceniza, bajo este sol (Editorial Serapis, 2015), Los puntos fatales (Baltasara Editora, 2016) y La venganza de mi padre (Editorial Búnker, 2019). Becado por el Ministerio de Ciencia y Educación de Croacia, vivió en Zagreb un año. En 2014 obtuvo una beca de investigación del Fondo Nacional de las Artes. Tradujo del croata el poemario Preobraženja (Las metamorfosis), de Antun Branko Šimić (Iris Illyrica, Zagreb, 2015). Actualmente dicta los cursos de idioma croata en el Centro Cultural Croata de Rosario.

Foto: Goran Šebelić / HANZA MEDIA

diciembre 2020 | Revista El Cocodrilo   

 

TRADUCCIONES

POR QUÉ EL MIEDO, POR CHECHU MUÑOZ

En la literatura, la idea del miedo está más relacionada con lo sobrenatural, por eso generalmente se lo vincula al género fantástico. En este sentido, el escritor Guy de Maupassant señalaba este sentimiento como condición del relato fantástico: se refería al temor que deviene de la inseguridad del lector frente al hecho sobrenatural. Tzvetan Todorov, en su libro Introducción a la literatura fantástica, expresa que, si bien el miedo se relaciona a menudo con lo fantástico, no es una condición necesaria del género.

Por otro lado, suele diferenciarse el terror del horror: el terror es algo que asusta pero que tiene una explicación racional mientras que el horror es el sentimiento de angustia ante lo inexplicable o lo sobrenatural. Por eso, yo prefiero hablar de “miedo”, sensación que puede estar en cualquier género. La literatura, como la vida misma, está llena de relatos horrorosos que provocan miedo.

El verano pasado volví definitivamente al género de terror, un género que sin dudas marcó mi formación como lectora y consecuentemente mi modo de mirar-pensar el mundo. Recuerdo el fervor con el que leía durante mi infancia Socorro o Queridos Monstruos, libros de la escritora Elsa Bornemann (Buenos Aires, 1952-2013), donde conocí los misterios de la muerte, la locura, la crueldad humana que no tiene límites.

Mi vuelta al género, casi tres décadas después, fue de la mano de dos escritores que ya me venían seduciendo con sus relatos desde hacía unos años: Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973) y Luciano Lamberti (San Francisco, Córdoba, 1978). Primero leí La masacre de Kruguer (Lamberti, 2019) y hasta el día de hoy me cuesta sacarme algunas imágenes de la cabeza, sobre todo cuando me quedo sola en la oscuridad y pienso en la locura y en todo el horror que puede desatar. Inmediatamente después, me adentré en el oscuro universo de Nuestra parte de noche (Enríquez, premio Herralde de novela 2019) donde estuve sumergida, con algunos altibajos, durante dos intensas semanas. Ambas novelas reanimaron, desde diferentes lugares, esa sensación tan placentera para mí: el miedo. Era enero del 2020 y estábamos con mi compañero en un pueblo costero ubicado al sur del partido de Villa Gesell, en una cabaña en el medio del bosque, con el sonido del mar de fondo permanente. No teníamos idea de que nos adentrábamos en un año terrorífico.

Ya en Rosario, a casi dos meses de esas lecturas, presenté mi primer libro de poemas,  Sola en el bosque (Ed. Azul Francia, 2020), e inmediatamente después la pandemia llegó para quedarse y con ella la virtualidad y el “tsunami” de vivos de Instagram, Facebook y YouTube. En mi entorno, la mayoría de las lecturas eran de poesía, género que afortunadamente comenzó a invadir las redes sociales, a la par que el coronavirus el mundo, y que para muchos actuó como tranquilizante durante esos primeros meses ante la incertidumbre y el miedo a ese virus desconocido. Entusiasmada con mi flamante libro y embelesada con las amables invitaciones a leer mis poemas, un domingo lluvioso de junio se me atravesó la idea del ciclo de lecturas de terror.

Quizá motivada por el debate generado por el concurso del Fondo Nacional de las Artes, que este año convocó a los géneros de Ciencia Ficción, Fantástico y Terror como protagonistas; quizá porque recordé el programa de televisión Cuentos de terror conducido por Alberto Laiseca (Rosario, 1941 – Buenos Aires, 2016), que yo miraba fascinada por el canal I.Sat cuando era adolescente y que ahora miro con mis estudiantes por YouTube luego de leer cuentos como “El corazón delator” de E. A. Poe o “La pata de mono” de W. W. Jacobs; o quizá simplemente porque creí necesario un espacio exclusivo para la lectura de relatos de terror que nos distrajeran por un rato del horror del mundo y del Covid-19, el jueves inmediatamente posterior a ese domingo de lluvia comencé con el ciclo “Vivos de miedo”, en Instagram.

A partir de esta necesidad de buscar otros miedos, ajenos o ficcionales, y de disfrutar de esa sensación de adrenalina, surgió ese ciclo de lectura de relatos de terror, aunque no estrictamente del género de terror. En un primer momento, las personas invitadas fueron amigas o conocidas del ámbito literario de la ciudad de Rosario, quienes no dudaron en participar de mis sesiones, como me gusta llamar a cada “vivo”. Luego, con la colaboración del director de teatro, escritor y periodista Mauro Yakimiuk, descubrí un mundo de personas también muy creativas y generosas que a su vez me fueron nombrando a otras y así hacia el infinito. Desde junio hasta ahora han pasado doce invitados e invitadas que leyeron cuentos propios o de otros autores y autoras y que abordaron diversas temáticas bajo una única consigna: que den miedo. Las sesiones tienen una frecuencia quincenal, son los jueves a las 22 h por Instagram y la dinámica de cada una consiste en una primera parte, en donde leo un texto elegido por mí, y una segunda parte, en donde lee el invitado o invitada. Luego, conversamos sobre las lecturas y también con el público.

Hay un famoso refrán que dice: “Hay que temerles más a los vivos que a los muertos”. En nuestra realidad cotidiana, el miedo suele estar más vinculado a temas como la violencia, la enfermedad, la soledad, la muerte, y parece tranquilizarnos la idea de que lo sobrenatural solo sucede en los libros o en las películas. Por eso, creo que algunos relatos de terror vienen a calmarnos, a distraernos de esos otros miedos más reales o tangibles. Sobre esto reflexiona el narrador de la novela Los pichiciegos (Fogwill, 1983): “Hay dos miedos: el miedo a algo, y el miedo al miedo, ese que siempre llevás y que nunca vas a poder sacarte desde el momento en que empezó”.

 

Cecilia “Chechu” Muñoz nació en la ciudad de Rosario el 23 de enero de 1983.  En 2010 se graduó de Profesora en Letras en la Universidad Nacional de Rosario. Desde entonces, se dedica a la docencia, tanto formal como no formal. Coordina talleres literarios para personas de todas las edades. En marzo de 2020 publicó Sola en el bosque (poesía), por la editorial Azul Francia. Desde junio, coordina el ciclo de lectura “Vivos de miedo”, jueves de por medio a las 22 h por Instagram.

 

noviembre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

ENSAYOS

 

 

LAS PAMPAS, DE E. F. KNIGHT

Traducción de Ernesto Inouye

Antes de dedicarse de lleno a su oficio de corresponsal de guerra, el joven Edward Frederick Knight (1852-1925) zarpó en su yate Falcon desde el puerto de Southampton rumbo a Sudamérica junto a dos amigos y un grumete. Era la tarde del 20 de agosto de 1880. Una multitud se había reunido para despedirlos. Sobre el muelle se había organizado un almuerzo en el que se brindó repetidas veces. Varias embarcaciones escoltaron el Falcon hasta que se alejó de la costa.

El objetivo del viaje era explorar el Río de Plata y remontar sus caudalosos afluentes Paraná y Paraguay. Antes de llegar a destino hicieron escala en las islas Cabo Verde, frente a la costa africana, cruzaron el Atlántico, se detuvieron en Salvador de Bahía, Río de Janeiro y Montevideo.

E. F. Knight relató su travesía de veinte meses por Latinoamérica en su libro The Cruise of the Falcon —puede traducirse como La expedición del Falcon—. La narración sigue un orden cronológico y por momentos adopta la forma de un diario de viaje.

Mapa de la sexta edición de The Cruise of the Falcon

Hace unos meses mi amigo Martín Perisset me pasó The Cruise of the Falcon en un PDF. Lo había encontrado el abogado Diego Torresi de Cañada de Gómez, en sus derivas por internet en busca de libros raros. Esta desconocida obra en inglés les llamó la atención a ambos porque se nombraba ahí a Carcarañá ­—la ciudad donde vive Martín y donde yo me crie—, Cañada de Gómez, y otras de la región como Campana, Rosario, y las actuales Las Rosas y Bell Ville. Solo que cuando pasó E. F. Knight por ahí la ciudad de Las Rosas no existía, sino que había en su lugar solamente una estancia con ese mismo nombre donde se criaban los mejores caballos de carreras de Sudamérica; Bell Ville no se llamaba así sino Fraile Muerto; y la llanura, que el viajero recorrió en sulky, en vapor y en los flamantes vagones del Ferrocarril Central Argentino, no se parecía a lo que puede verse hoy cuando se la atraviesa en auto por la autopista —una seguidilla de campos de soja, trigo o maíz, dependiendo de la época del año— sino que eran tierras vírgenes, de pastizales altos y florecitas, poblada por diversos animales salvajes.

Muchas veces me había preguntado cómo había sido ese paisaje antes de que la labranza y los cultivos se extiendan por toda la superficie sin dejar prácticamente sectores sin tocar. ¿Qué plantas y animales habría? E. F. Knight, un tipo muy observador y curioso, dejó testimonio de ese lugar, no solamente de los aspectos naturales sino también de los sociales: un viaje en vapor por el río Paraná con música de piano, las pulperías de los pueblos frecuentadas por criollos y colonos, los carnavales en Rosario, un brutal método para apagar incendios rurales, una tormenta furiosa en medio del campo, una fiesta de casamiento en la posada de Carcarañá, un paseo en sulky entre las flores silvestres del campo…

En este tiempo de encierro en casa me puse a traducir los dos capítulos de The Cruise of the Falcon donde E. F. Knight relata su paso por las pampas. La primera edición fue publicada en 1884 en Londres y aunque tuvo varias reediciones en su lengua original —algunas actuales— la obra nunca fue traducida al español. Imprimí y encuaderné estos dos capítulos traducidos y les puse de título el nombre del segundo: Las pampas.

Comparto tres fragmentos que aparecen en este librito —les agregué para esta nota unos títulos ilustrativos— y una breve biografía de E. F. Knight que escribí para la publicación.

Portada de Las pampas, de E. F. Knight.

 

TRES ESTRELLAS

Era muy agradable estar en el Paraná esa hermosa noche de verano. Después de la cena tomamos nuestro café y fumamos unos cigarrillos en la cubierta, mientras el buque ascendía echando vapor bajo las maravillosas estrellas del hemisferio sur. Por momentos los costados de la embarcación casi acariciaban la selva, que ahora se encontraba iluminada por luciérnagas que emulaban a los mismos astros. De hecho, con las estrellas sobre nosotros, sus reflejos bailando en las suaves ondulaciones del agua, y las luciérnagas arremolinándose todo alrededor, parecía (dado que la noche era oscura y no podíamos ver otra cosa) que nosotros mismos éramos un planeta navegando a través del espacio infinito repleto de estrellas. Era un curioso y espléndido efecto, pero que no estimuló con tanta intensidad a mi mente tan poco imaginativa como lo hizo uno de nuestros compañeros de viaje. Este era un señor inglés, lamento decir, que tenía toda la apariencia de estar desde hacía más o menos una semana empinando el codo. A este caballero de repente se le ocurrió subir corriendo desde el caluroso y bien iluminado camarote en cubierta para que el refrescante aire nocturno le alivie un poco su frente afiebrada. Apenas hizo su aparición, una mirada perpleja se apoderó de su rostro, se restregó los ojos y miró a su alrededor, después se le cayó la mandíbula, y sus ojos y su boca abiertos expresaron el terror más abyecto. Miró enloquecidamente la miríada de luces arremolinándose arriba, abajo y alrededor suyo, se llevó las manos a la cabeza, cerró los ojos para apartar esas aterradoras visiones, y con un dramático susurro, lleno de horror, “¡Got’em again! ¡Got’em again!”[1], se lanzó una vez más hacia abajo; finalmente le gritó al mozo que le lleve una botella de Tres estrellas, con la cual apaciguar los otros tres millones de espeluznantes estrellas de afuera.

 

ROSARIO EN LOS VIEJOS ATLAS

Si usted estudia cualquier viejo atlas, e incluso uno no tan viejo, no va a poder encontrar en el mapa de Sudamérica un lugar llamado Rosario, pero podrá ver seguramente Santa Fe, ciudad vecina, señalada en letras destacadas, aunque no sea más que una pequeña localidad en relación a la extensa y rica ciudad que mencionamos en primer lugar. Esto se debe a que Rosario es una de esas prósperas ciudades que crecen vertiginosamente en este nuevo mundo. Su progreso data de ayer; es una ciudad flamante—desde el punto de vista de las artes, desagradablemente joven; repleta de oportunidades, conectada por tramways, un lugar próspero que duplicó su población en diez años y que, muy probablemente, la duplique nuevamente en otros diez; no puede sino convertirse en un lugar cada vez más importante siendo, como es, la terminal de esas extensas vías férreas que a su tiempo se abrirán hacia todas aquellas regiones repletas de riquezas, entre las selvas bolivianas y las pampas, entre el Pacífico y el Atlántico. Hoy en día el influjo de extranjeros en la República Argentina está aumentando asombrosamente y las revueltas están menguando cada vez más, ¿quién es capaz de prever los límites del crecimiento de las empresas comerciales y la opulencia de estas maravillosas regiones? La producción que hoy se encuentra en los muelles de Rosario lista para ser cargada en los barcos puede darnos una perspectiva del futuro que le depara. Ahí está el azúcar—la valiosa madera para mueblería de Tucumán—el cuero y carne de vaca de las pampas—los vinos provenientes de la ladera este de los Andes, las vendimias de Mendoza y San Juan; minerales, también de la cordillera y de las sierras de Córdoba, donde el oro, la plata y el cobre abundan, y esperan por algún intrépido minero.

 

PAISAJE PAMPEANO

Las pasturas que atravesamos ese día son de las más ricas de la provincia. Aquí les presento una típica vista de la campiña como la vimos cuando desatamos nuestros caballos y los dejamos descansar y vagar durante el mediodía. Primero, ante nosotros, se extendía la fangosa huella de las tropillas, una línea oscura a través de las hierbas relucientes. Atravesada, yacía una enorme y tosca rueda de nogal de algún carro desvencijado; eran frecuentes las osamentas de ganado y, un poco más allá, podíamos ver una multitud de buitres sarnosos alimentándose de los restos de un caballo. En las entradas de las innumerables cuevas de vizcacha, entre calabazas silvestres, sentados, pestañeando solemnemente, los búhos grises, generalmente de a pares, sociables. ¿Por qué, a propósito de esto, las vizcachas siempre ponen calabazas y búhos en las puertas de sus casas?

Mirando un poco más allá distinguimos a un costado la franja plateada de una laguna a más o menos una legua, con muchas vacas y caballos—también numerosos chorlitos; la hierba en sus alrededores no era amarilla y quemada como en otros lugares, sino verde intenso. Más allá, muy a lo lejos, se extendía el continuo horizonte de la llanura, una larga línea de humo brotando de un punto, evidencia que algunas leguas de campo estaban en llamas.

Volteando hacia la otra dirección podíamos percibir algunas tímidas gamas, el ciervo de las pampas, jugando bajo la sombra de un ombú solitario; más allá, sobre el horizonte, el mar ondulante de los espejismos y dos altas columnas que parecían unas oscuras trombas marinas contra el brillo del cielo—dos remolinos de polvo que se desvanecieron tan repentinamente como aparecieron. Una extraña solemnidad, estas pampas solitarias; silenciosa, también, excepto por el sonido del viento seco del norte que susurra en el pasto.

*

Edward Frederick Knight nació en Inglaterra el 23 de abril de 1852. Estudió abogacía en Cambridge. Se lo conoce principalmente por sus trabajos como corresponsal de guerra para los periódicos Morning Post y The Times.

A los 26 años recorrió a pie, junto a tres amigos, Albania y Montenegro. Dos años después emprendió su viaje, a bordo de su yate Falcon, en dirección al Río de la Plata y sus afluentes. La crónica de ese viaje dio como resultado el libro The Cruise of the Falcon.

En 1889 realizó un segundo viaje a Sudamérica en busca de tesoros, puntualmente a las islas brasileras Trinidad y Martín Vaz. Esta experiencia se encuentra recogida en su libro The Cruise of the Alerte.

Al año siguiente se encontraba explorando el Himalaya con el fin de recabar material para su obra Where Three Empires Meet, cuando se vio involucrado en la campaña británica contra los Estados de Hunza y Nagar, en la actual Pakistán. Fue nombrado oficial a cargo de tropas nativas y actuó al mismo tiempo como reportero para The Times.

Durante de la década de 1890 su actividad como corresponsal de guerra fue permanente. Estuvo presente en muchos de los numerosos conflictos bélicos que se dieron durante el cambio de siglo entre potencias imperialistas y sus colonias, como el ataque francés a Madagascar (1895), la Campaña del Sudán (1896-1898), la Guerra greco-turca (1897) y la Guerra hispano-estadounidense (1898).

A los 48 años, mientras cubría la Segunda Guerra de los Bóer en Sudáfrica, fue gravemente herido en un brazo y poco tiempo después se le tuvo que amputar a la altura del hombro. Sus últimos reportes, después de recuperarse, fueron los de la Guerra ruso-japonesa (1905) —durante la cual el New York Times, habiéndolo dado por muerto, publicó un prematuro obituario— y el conflicto turco de 1908.

Luego de un largo retiro, falleció en Inglaterra el 3 de julio de 1925

 

Retrato de E. F. Knight, sin su brazo derecho, perdido como consecuencia de una herida en la Segunda Guerra de los Bóer.

 

Para conseguir un ejemplar de Las pampas, de E. F. Knight, pueden escribir a ernoino@gmail.com.

En los siguientes links pueden descargar de forma gratuita los dos tomos en inglés de The Cruise of the Falcon:

Tomo 1: https://archive.org/details/cruisefalconavo01kniggoog

Tomo 2: https://archive.org/details/cruisefalconavo00kniggoog

 

[1] “¡Me agarró otra vez!”, refiriéndose probablemente a las alucinaciones del delirium tremens.

 

Imagen: Ernesto Inouye

 

noviembre 2020 | Revista El Cocodrilo   

 

TRADUCCIONES

MONOIMI, POR MARCELO BONINI

Monoimi
Leandro Diego
añosluz editora
Buenos Aires
2020
114 páginas

¿Qué se puede decir de este poema? ¿Qué se puede decir de un poema? Antes de hacer una afirmación, conviene evitar la tiranía del verbo “ser” (“Serás lo que debas ser…”). Por supuesto que un poema puede ser “lírico”, “romántico”, “vanguardista” o cualquier otra coloratura que elijamos, siempre y cuando estemos al tanto de que esa coloratura exterior le roba en parte, si no toda, la voz al poema y a quien lo escribió. Entonces, cabe preguntarse qué hay en este poema.

A lo largo de 114 páginas y 93 secciones (vamos a llamarlas así por comodidad), Leandro Diego —Buenos Aires, 1984, periodista recibido y en ejercicio— despliega un pequeño mundo que contiene un léxico, un tono, y varios espacios y personajes dotados de voces. Las recurrencias de estos componentes hacen de las 93 secciones un único poema largo, cuya historia tiene no poca ascendencia en la Argentina, desde Martín Fierro (José Hernández, 1872,1879), pasando por Las brigadas de choque (Raúl González Tuñón, 1933), El solicitante descolocado (Leónidas Lamborghini, 1971) y Cadáveres (Néstor Perlongher, 1984) hasta los poemas largos de Silvio Mattoni y Fogwill.

Monoimi, a diferencia de los poemas de la breve e incompleta lista recién enumerada, dista de ser narrativo. Sí: hay un ambiente (el ghetto), un acontecimiento (la elipsis), un tiempo (la noche retórica) y algunos personajes, como Don Yatel, el chino Araki, Shino, el Garlic, Tabunco, la gorda Cultura (hija de Tabunco), el tipo que escribe sobre el piso en su libreta Moleskine® o Harry Popper. Pero sería imposible reducir a un contenido lógico o hacer una sinopsis de lo que sucede. En algún lugar, Jorge Luis Borges anotó que en Absalom, Absalom! (William Faulkner, 1936) ocurren hechos terribles pero no sabemos qué ocurre. Si se quisiera dar cuenta de los pormenores del argumento virtual de Monoimi, solo queda la opción de acusar al poema de alguna coloratura: “urbano”, “social”, etc.

Un curioso epígrafe de Héctor Libertella nos advierte del tono del poema mediante una interrogación: “¿Por qué la Forma convoca/ cuando este cardo ruso/ trota al viento como un ñandú?”. Así, el azar —el cardo ruso al viento— le ofrece una posibilidad a la estrategia —la Forma—. El azar, además, brinda un punto de concentración, de condensación. Como dice un verso de la sección 16: “los poetas cantan lo que miran”. Es decir, mirar —fijar la atención— y cantar —escoger las palabras y dejarse escoger por ellas— suponen un recorte de aquello que se manifiesta solo por el capricho de la fortuna.

Como tanteando, el poema avanza mediante algunas escenas, algunos diálogos (Don Yatel y Tabunco por momentos discurren en un remedo de payada con intensidad conceptual) y algunas “interrupciones” que detienen el flujo de personajes y escenas: unas se dejan llevar por la reflexión (“la industria de la novedad:/ el artero engaño de los dolientes/ para atenuar su ímpetu restaurador/ lo nuevo nunca es industria:/ lo nuevo se muere con el muerto/ que está siempre solo/ sin tiempo ni cura”, sección 34) y otras traen al poema la cháchara cotidiana (“ritmo de maraca, de bongó/ y un susurro edulcorado:/ nueve de cada diez vidrieras/ prefieren Argencard”, sección 29).

Por otra parte, el poema toma una posición deliberada, al menos en lo que respecta a las referencias que lo recorren de modo más o menos explícito: el mencionado Libertella, Fogwill, César Aira, Osvaldo Lamborghini, ¿Charly García?, ¿Soda Stereo?, Alberto Laiseca, Juan Manuel de Rosas, Luis XIV, Roberto Arlt, entre otros. En síntesis: figuras políticas autoritarias, escritores “de izquierda” en el sentido de Damián Tabarovsky (2004) y, quizás, rock de las postrimerías de la última dictadura en nuestro país. De esta forma, invención literaria y conciencia de la ignominia se dan la mano o, al menos, se registran entre sí. El lugar de este reconocimiento mutuo es la lengua, una lengua balbuceante que dice a regañadientes —una coloratura sin daño: Leónidas Lamborghini—.

El poema “Como las comparaciones” (Fogwill, Últimos movimientos, 2004) comienza de este modo: “Son odiosas, ociosas./ Es el ocio, es el odio/ a pensar lo que compara.” Como el registro de influencias no reenvía a la mera comparación, que en Fogwill casi siempre significa rivalidad, se pueden coronar los nombres propios dados hasta ahora con un poema y un poeta: Punctum y Martín Gambarotta. La atmósfera, cierto desvío en la sintaxis —los comienzos abruptos, la yuxtaposición—, el elenco de personajes, el modo de sugerir las relaciones políticas y de consumo del poema ganador del Premio Hispanoamericano de Diario de Poesía en 1995, publicado al año siguiente por Tierra Firme, son influjos que Monoimi y Leandro Diego asumen de manera voluntaria.

Finalmente: ¿qué significa “monoimi”? No el poema (el sentido corre por cuenta de la lectura y del tiempo) sino esta palabra. Google apenas nos reenvía a un antiguo concepto y costumbre sintoísta: se trata de una práctica ligada a la abstinencia. En el curso del poema están expuestos diversos males (la ciudad constituye su centro) y, tal vez, posibles formas de evitarlos. En definitiva, Monoimi tiene dentro suyo una ascesis, pero una que sabe que “en la canícula del ciclo prosaico/ nadie puede salpicar/ con el cieno de lo callado, con el regüeldo de lo no dicho,/ tanto vómito tragado” (sección 35).

 

noviembre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

RESEÑAS

EL ETERNO SILENCIO, POR MARCELA ALEMANDI

El eterno silencio
Eduardo Blaustein
Obloshka
2020
157 páginas

Cuando todo era nada, era nada el principio
Él era el Principio, y de la noche hizo luz.
Y fue el Cielo, y esto que está aquí.
(Vox Dei. “Génesis”)

Los primeros versos de “Génesis”, la canción que da inicio a esa obra conceptual sin par que es el disco La Biblia, de Vox Dei, bien pueden ser un intertexto, de los muchos que brotan, para leer la última novela de Eduardo Blaustein, El eterno silencio, publicada el pasado septiembre por la jovencísima pero ya excelente editorial Obloshka. Los versos de la Biblia, en especial del Génesis y del Apocalipsis, campean a lo largo de la lectura de una historia inquietante, cíclica y cruda. En la novela hay también un génesis, pero uno maldito: desde el principio sabemos (o mejor, sentimos) que nada luminoso vendrá de ese momento de creación.

La historia se abre con una escena ominosa: el protagonista, “el tipo”, está sentado afuera de su rancho, en un escenario fácilmente identificable como la gran llanura pampeana, pero deformada, oscura, siniestra. La niebla, omnipresente a lo largo de toda la novela, es un signo del malestar permanente que acompaña al personaje, pero también de algo más: hay algo en esa niebla que se mueve, que avanza. Algo que no sabemos qué es. Una maldad sin nombre que se cierne cada vez más cercana, asfixiante, y que tal vez emane incluso del propio personaje, de sus acciones pasadas, de sus crueldades inexplicables, de su imposible redención.

El tipo tiene sus acompañantes en ese rancho medio espectral: el carancho, los perros Dogo, Dogo y Hiena, las hormigas, la incalculable cantidad de trastos y cosas viejas que acumula en “el galpón de las demasías”. Los otros escenarios no son más tranquilizadores: la visita periódica al hospital psiquiátrico prácticamente abandonado, donde su madre agoniza, es agridulce. Percibimos buenas intenciones en las revistas con fotonovelas que lleva para entretener a la madre ciega, en los caramelos Media Hora que regala a Luisito, el mogo, y a los otros internos, en las frases que cruza con el húngaro, en los favores e intercambios con los estatales; pero esos gestos, que van configurando escenas y personajes, no alcanzan jamás para borrar la sensación de angustia, la niebla del malestar, la “inquietante extrañeza”, como escribió Freud, que impregna toda palabra y todo movimiento en la novela. No se trata solamente de la presencia de la locura (¿hay, acaso, algo que nos espante más que la locura?) sino de esa crueldad que ya viene sucediendo pero que, percibimos, no ha terminado de desatarse. Horrores futuros aún más terribles parecen insinuarse a medida que la historia avanza aunque, y esto es lo peor, no sabemos, no podemos saber, de dónde vendrán. El mal más terrible, parece decirnos el narrador, es el que se encuentra, junto con la bondad, en la misma persona:

(…) contra lo que sabe que va a hacer y ya sucede: el mal que se expande. Lo perciben en él o en el aire Dogo, Dogo y Hiena, que se sientan en sus patas traseras, levantan sus cuellos, aúllan y se lamentan por el inminente destino desgraciado de todas las cosas. El tipo se baja media botella de caña esperando que él mismo venga y lo mate, se mate, o un tercero, por todas las cagadas que hizo y hará.

Ese ambiente y esos personajes ominosos consiguen su efecto a la perfección gracias a un estilo narrativo que abunda en descripciones pormenorizadas pero nunca excesivas. Las imágenes que nos propone el narrador son, citando a Borges, “increíbles, precisas”. Y es en Borges en quien tenemos que pensar al discurrir por esas descripciones, ya que la adjetivación inesperada que florece en el relato no nos dejará pensar en nadie más: “higuera crapulosa”, “octubre dudoso”, tienen un sello inconfundible. Es incluso imposible no rememorar a “Las ruinas circulares” y esa creación de alguien donde no había nada, si transitamos las líneas de ese génesis neblinoso: “Era la nada, comenzaron las eras, se sucedieron. Hasta que algo al fin se dispuso. Fueron tinieblas. Luego hubo una noche. En la noche, un corazón. Luego un golpe del corazón. Entonces, una chispa de conciencia despertó en el espacio ciego. Una chispa y luego mil”. (…) “Sonaron los corazones al despertar y están latiendo”.

A medida que la historia avanza, que el mal se expande, que la niebla crece y la corrupción, la podredumbre y la muerte se adueñan de humanos y animales, avanza también, como no puede ser de otra manera, como está escrito, el Apocalipsis. Espectros chirriantes, seres cuya única finalidad es terminar con toda vida, música y retumbos en las alturas, “ruido de pasos en el cielo”, la oscuridad rodea al tipo, a la casa y a los pocos que quedan (a duras penas) en pie. Los intentos de redención han sido infructuosos, al tipo solo le queda descargar su bronca en la persecución y caza de unos jabalíes a través de esa llanura infernal, a través del mundo que se acaba.

Mucho se ha escrito sobre la literatura gótica y sobre cómo surgió en un momento en que el racionalismo, la idea del progreso indefinido y la confianza absoluta en la ciencia parecían haber conquistado, de las más horribles maneras muchas veces, el espíritu de una época. Los relatos góticos surgieron para llamar la atención sobre esos monstruos que se escondían detrás de la fe absoluta en el imperio de la razón, sobre ese horror que nunca deja de convivir con nosotros porque de alguna manera es nosotros. La Pampa gótica que nos presenta Blaustein, la llanura apocalíptica, nos interpela también sobre nuestra propia época: ¿qué horrores estamos viviendo, qué mal avanza en esa niebla imparable, que sospechamos, que percibimos pero que aún no podemos ver con absoluta claridad?

La novela, en un vaivén que va del génesis al apocalipsis y vuelve, hace honor, con creces, al gótico de la literatura y, por qué no, al gótico de las catedrales medievales: donde hay tinieblas habrá, inevitablemente, también luz.

Este es el final
es el Apocalipsis
no puedo hablar
apenas puedo decir lo que veo.

Hay melodías en el aire
esto es maravilloso,
no puede ser el final.

Aquí no termina…
¡Aquí empieza!

(Vox Dei. “Apocalipsis”)

 

noviembre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

RESEÑAS

EXAMINAR Y ORDENAR, DE THIAGO SUSÁN

El mundo deseado es, a partir de esta época, una isla.
Ernst Bloch

Algunos internos dicen que estar adentro o estar afuera es más o menos lo mismo. Creo que en algo aciertan. Me creció el pelo y la barba, se me doró la piel por la exposición al sol y comí las dos comidas del día. Casi igual que afuera. Al principio sentí una innegable rareza. Recorría los pasillos en la medida en que podía y trataba de encontrar partículas o rasgos del ambiente que me hicieran creer en algún sentido de la existencia, también en la medida en que podía. Igual que afuera. Determiné, el primer día, negarme a establecer todo tipo de comparación, incluso la más mínima, con el afuera, a fines de no sentir, si es que las condiciones se daban para que así lo sintiera, ninguna disrupción radical que pudiese hacerme caer en un angustioso estado reflexivo. El primer paso sería, deduje, abandonar la búsqueda del sentido de existencia, porque se trataría, llanamente, de una operación de contraste. La idea fue naturalizar el adentro, forzar la naturalidad del adentro, al menos por un tiempo, por unos días, para evitar todo tipo de comparación que me hiciera sucumbir bajo el contraste, todo en la medida en que podía. El primer día, el primerísimo, salí a recorrer los pasillos y encontré un hombre muerto, debajo de una ventana y bañado de sol. No era la primera vez que veía un cadáver. Sentí, como creí natural sentir, curiosidad por saber quién era, por acercarme, pero determiné no hacerlo puesto que eso, acercarme a reconocer un cadáver echado en el piso y disfrutando del sol, sería más bien del orden de lo disruptivo, de la contradicción entre los dos polos que apuntaba a entremezclar, a fines de no caer, y todo en la medida en que podía.

Imagen: Gianna Luppi

Me era evidente, teniendo en cuenta lo que había observado en los primeros momentos experimentados adentro, que debía mancharme lo más rápido posible del medio en que me movía. Establecer puntos de contacto y generar lazos, relaciones, aproximaciones. Muy pronto y en gran medida, haber tomado esa decisión comenzó a alegrarme, palabra que excluí inmediatamente de mi vocabulario mental al considerar que alegrarme por una decisión forzada no conduciría, de ninguna manera, a lograr el trayecto de ruta que había trazado para no recaer en el pozo, porque estaría aceptando, y eso no lo quería, un contraste entre mi estado inicial y mi estado reciente. Decidí que lo mejor sería naturalizarlo y transitar el cambio gradual que me conduciría, al menos por un tiempo, por unos días, y en la medida en que podía. Mi hábito era moverme de mi habitación en dirección al hall común, y del hall común por el pasillo en que recayera el sol, según el momento del día en que lo transite, a mi habitación, haciendo una parada en la ventana porque necesitaba, a veces más y a veces menos, una ventana. Claro que el primer, el primerísimo día determiné el hábito. Lo determiné apenas llegué porque determinar un hábito, en el común sentido en que la gente fija los hábitos, implicaría un lapso de tiempo, creo que de mínimo tres días, de repetición. Yo lo hice antes de empezar porque no tenía escapatoria, porque era necesario, porque mi condición básica de existencia no podría desarrollarse en una línea en ascenso, curva u ondulante, sino que tenía que moverme, única e ineludiblemente, así como naturalmente, en línea recta. Acomodé entonces la habitación y fue hábito, recorrí el primer pasillo y fue hábito, y todo cuanto hube de hacer ese primer día fue, quizá, el hábito más severo al que jamás me hubiese sometido. Lo duro, que no fue duro porque determiné, al momento de captar la particularidad (así comencé a llamar a los sucesos potencialmente disruptivos), que no podía ser duro debido al riesgo de la disrupción y del contraste, fue toparme con el cadáver. No me acerqué, pero temí que lo habitual de mi rutina terminara por coincidir con lo habitual del medio, y en consecuencia volver a toparme con el cuerpo. Sea como fuere, la determinación era obvia, y puede que también hábito; no caer en la premonición de una desgracia, so pena de alterar mi estado de ánimo y verme inundado por el miedo, que desembocaría frágilmente en la angustia, de la cual rehuía incansablemente, por unos días y en la medida en que podía.

El primer mediodía, el mediodía, comenzó mi dieta, que estrictamente no comenzó, sino que más bien continuó, y temí, o más bien encontré una particularidad en la posibilidad de verme rebasado por el estricto régimen alimenticio. Pero, para mi tranquilidad, confirmé de inmediato que el problema estaba resuelto de cuajo, porque me veía en la necesidad, en la natural necesidad de suprimir el concepto mismo de dieta, al menos en su sentido tradicional, porque de no hacerlo supondría una disrupción que recaería en una comparación, en un contraste y en la angustia. Lo que había sido mi dieta pasó entonces a ser parte del adentro, de la naturalidad del adentro, y en contra de mi entendimiento y mi razón, y de cualquier estado activo que pudiera sugerir mi presencia como interno, prosiguió.

Imagen: Gianna Luppi

La primera tarde, o más bien la tarde, transcurrió amena, o simplemente transcurrió, y ninguna inclinación interpretativa me hizo apreciar peculiarmente algún suceso. De mi habitación al hall común, y del hall común, por el pasillo en que recayera el sol, según el momento del día en que lo transite, a mi habitación, haciendo una parada en la ventana. Una, dos, tres veces, quizás más, lo que a partir de determinado momento no importaría, porque determiné que contar, el mismo hecho de enumerar la cantidad de idas y venidas, de recorridas y detenimientos, era en sí una operación contrastiva, porque tres veces no eran dos, cuatro no eran tres, tres no eran cuatro y las tres veces eran más próximas que las cuatro, en sentido temporal, al afuera, y las cuatro más próximas, también en sentido temporal, a la adaptación profunda en el adentro. Determiné entonces que las idas y venidas, simplemente, transcurrieron. Y como transcurrieron las idas y venidas, transcurrió también el día, de pronto fue de noche y determiné que, pese a la búsqueda, hasta ahora triunfante, de la neutralidad contrastiva, era tarea inútil y de persona desquiciada querer aplicar el mismo procedimiento a los fenómenos naturales, a las particularidades de los fenómenos naturales. Enlisté entonces esta serie de particularidades que no deberían ser sometidas a ningún tipo de vigilia y que podrían desenvolverse aun en sus variaciones: fenómenos orgánicos y la cambiante naturaleza del medio. Sucedió la noche, la particularidad de la noche, y acepté, habitualmente, que oscurecía, y creí natural aceptar, también, que el sueño sobrevendría y que, después de cenar, de continuar la dieta, debería acostarme, dormir, en la medida en que podía.

Desperté, como suelo despertar, temprano, dispuesto a proseguir el transcurso de la mañana, a mezclarme con él, en la medida en que podía. De mi habitación al hall, del hall a mi habitación, transcurriendo planamente en la plenitud de la mañana y plenamente en su planitud. Entre medio, el pasillo, la ventana, un hombre muerto bajo el sol. El sol brillaba.

 

Thiago Susán nació en Pergamino, Buenos Aires, en 1998. Estudia Letras en la UNR. Escribe poesía, a veces narrativa. Es músico.

 

octubre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

TEXTOS

DESINTEGRACIÓN INDUCIDA, DE FRANCO BEDETTI

 

Disculpe, señor. ¿Me podría decir la hora?
Son las 00:99…
¿Las qué?
Las 00:99, joven.
Pero esa hora no existe…
¿Cómo que no existe? ¿Qué está diciendo, joven?preguntó casi indignado el señor y se fue caminando sin mirar a Juan, que intentó explicar la inexistencia de ese horario. Seguramente el señor había mirado el cronómetro de su reloj digital Casio de los primeros y por eso había leído 00:99. Estaba claro para Juan que los relojes consignaban del 1 al 12 y que dividían las horas del día en a. m. y p. m. Además era imposible que fuera la medianoche o pasada la medianoche porque había un sol que rajaba el pavimento y estaban cerca de la hora de la siesta, calculaba. Había ido al cine temprano porque tenía franco y media hora más tarde se había comprometido con un amigo para ayudarlo a pintar el departamento que debía dejar porque se iba a vivir a Francia. Era miércoles, no había nadie en el shopping. Vio una película de acción, conspiraciones, autos que chocan y explotan, un beso en alguna cornisa de un edificio, el tipo siempre peinado. Juan se durmió a los quince minutos mientras miraba una escena característica de este tipo de películas: la gran mesa del Pentágono llena de militares, altos funcionarios y hombres de frac sin determinar. Cuando se despertó, la película ya estaba en su cuarto final, pero de todos modos en esos minutos Juan pudo entender la conspiración, ver los choques de autos que explotaban, el beso en la cornisa de un edificio, y al tipo siempre peinado. Cuando salió, veía manchas negras y circulares como burbujas gigantes, el sol estaba muy fuerte y el estacionamiento casi vacío duplicaba la temperatura del ambiente. Juan había dejado el teléfono en la casa: se iba a tomar el día como le correspondía porque tenía franco y no iba a responder ningún mensaje ni atender ninguna llamada. Por ese motivo le preguntó la hora al señor que estaba cerca suyo en la salida del shopping. Nunca esperó esa respuesta ni lo que sucedería después. 

Decidió volver caminando, se dijo que por la altura del sol no podían ser más de las tres y media de la tarde. Había quedado con Gastón que iba a ir a las 17 y calculaba que en media hora, o cuarenta minutos, llegaría a su casa. Una vez ahí sí se tomaría un colectivo o agarraría la moto para ir a lo de Gastón. Caminó durante veinte minutos y no cruzó un solo auto, tampoco vio personas caminando, ni los perros ni los gatos que suelen estar cerca de las vías que había cruzado poco después de salir del shopping. Tampoco vio pájaros en los cables del tendido eléctrico. Notó que no había viento. Llegó a la cuadra de su casa y vio la verdulería abierta, así que primero pasó a comprar ensalada para acompañar las milanesas de pollo que pensaba cocinar cuando terminara de ayudar a Gastón. Entró a la verdulería, esperó un rato a que Martita apareciera pero pasaron cinco minutos, después diez, y no apareció ni ella ni su empleado. Era raro. En ese rato tampoco nadie había entrado al negocio ni nadie había pasado por la calle. Juan gritó el nombre de Martita porque ya se había preocupado, si no estaba ella siempre estaba Juanjo, que no faltaba nunca y la ayudaba a mantener la verdulería impecable. Se resignó, cruzó la calle y subió a su departamento. No se cruzó a ningún vecino. Prendió la tele, puso el noticiero: la noticia urgente era que estaba teniendo lugar un fenómeno que el graph enunciaba como “crisis de desintegración inducida”. Un escalofrío le recorrió la espalda hasta erizarle los pelos de la nuca. Recordó la trama conspirativa de la película que hacía un rato había visto en el cine del shopping. Hizo unos pasos en dirección al balcón. Puso sus manos frente a sus ojos y vio cómo empezaban a desintegrarse en pequeñas partículas que desaparecían como si fueran cenizas. No sentía dolor. No sentía nada. Hizo unos pasos para acercarse a la calle. Ya no tenía tres cuartos de sus brazos: la desintegración era rápida, pero sorprendentemente no dolorosa. Saltó. 

 

 

Franco Andrés Bedetti nació en Casilda, Santa Fe, en 1993. En 2018 publicó su primer poemario La era del fármaco. Algunos de sus textos fueron publicados en Revista Camalote (Rosario), El Corán y el Termotanque (Rosario), Buenos Aires Poetry (Buenos Aires), La Experiencia de la Libertad (México), Lenguaje Perú (Perú), Cine y Literatura (Chile), Revista Carcaj (Chile).

    

octubre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

TEXTOS

CINCO POEMAS DE LEANDRO DIEGO

#50

quizás
si la tierra no hubiera hecho sus pliegues naturales
si el clima no hubiese sido como el de Corrientes
si no existiera un establecimiento llamado Las Marías…

usted sabe:
Taragüi
es el sabor
que no cambia

 

#2

si le fuera posible desear
desearía ser el pibe
que está abajo de la Panamericana
en medio de la noche
y del frío

calentándose las manos
en un tacho de lata:

brasas de cartón, ramas
un cajón de verduras
húmedo
y la hojarasca que
todavía
crepita

la campera azul,
el zumbido de las moscas que
–depende del viento–
a veces se escucha
y a veces no;
como el aliento
entrecortado
de dos o tres boludos
que pintan una frase
en la pared de la concesionaria

no la frase
la pana es del cole
porque esa ya estaba escrita de antes
días, meses: años
no
los boludos –dos, tres–
pintan una frase en la pared de la concesionaria
mientras el pibe arrima las manos al tacho de lata
y las frota
hasta sentir el repliegue de los pelitos de los brazos
el olor a pelo quemado que,
atrás de la ventana,
se linkea con otro que está allá
en un antes de la cocina,
cuando la madre quemaba el pelo del cuero
de las alitas en la hornalla
antes de meterlas a la olla
para cocerlas con arroz, cebolla y,
cuando había,
morrón

 

Imagen: Gianna Luppi

#3

el blend que emerge del tacho le trae
de pronto
la ansiedad de una nada que no tuvo:
porque siempre tuvo
algo,
por lo menos arroz con alitas
como le decía la madre
al guiso menemista
algo, siempre
y no nada
nunca

nunca una nada como la que allá,
abajo,
le toca la nuca al pibe,
asediado
por el futuro breve que le imponen otros
los dolientes
los que en pocos años
sitiaron –no, ya,
la cuadra, el ghetto,
el barrio
sino– la ciudad toda
entera
cercándola en corro para no dejar salir al tiempo

pero hoy van a querer empujarlo
al tiempo
van a querer empujarlo
para que pase más rápido
y traiga las cosas que perdieron;
para que pase más rápido
y se lleve, otra vez, las cosas de los otros
o mejor
van a empujarlo para que
directamente
–si el contexto ayuda–
se lleve a los otros

y quién pudiera
entonces
aferrarse
–no a las cosas, no al fuego
ni al tacho
de lata–
sino al humo contenido
de un cigarrillo
fumado precisamente para verlo
al humo
para sentirlo
al humo
para largarlo, despacito, por la nariz
y mirar cómo se lleva
y cómo trae
una frase que –todavía–
los boludos –dos, tres–
no escribieron

para largarlo, fuerte, por la boca
y mirar cómo se lleva
y cómo trae, también,
al pibe que se quema los pelitos en el tacho de lata

para tragarlo y ya no ver
ni sentir
nada

para dejarse llevar, dejarse traer

para irse
y en la fuga de la nada
hacerse uno con las cosas

para irse
y en el saba de la especie
volverse parte de la roña

 

Imagen: Gianna Luppi

#41

negro
negro, negro
blanco
blanco, blanco

piano tatuado en pierna desnuda de mujer blanca

golosinas emergiendo de tablero baldosal

y chocolate,
solidificándose
en galleta interracial

el alfajor… es Bagley

 

#70

en el departamento tercermundista,
cosas:
un cenicero
un colchón
papeles sueltos con frases rotas
y él
pensando que el gordo,
abajo, pidiendo,
doliendo con los que se aferran a las ausencias
para extraerles un culpable,
la está pifiando feo

cualquiera que pida una cabeza

escribe en su cuaderno Moleskine®
no es más que un restaurador
escribe
alguien que exige la vuelta del orden
y la tradición
como vendetta racial
escribe
pero no, gordo:
ya no hay pampa, ni vino
escribe
ni, mucho menos,
flan

 

*Los cinco poemas forman parte del libro Monoimi, que próximamente publicará añosluz editora

 

Leandro Diego nació en 1984 en la Ciudad de Buenos Aires, donde vive y trabaja. Es periodista –licenciado por el Instituto Grafotécnico– y escritor de narrativa y poesía. Publicó Restos Nocturnos (cuentos, Editorial Galmort, 2011), Trece (poesía, autoedición, 2016) y Monoimi (añosluz Editora, 2020). Escribe sobre literatura argentina en Zigurat, y sobre arte y cultura en Centro Hausa y otros medios.

 

octubre 2020 | Revista El Cocodrilo

 

POEMAS