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MARULL EN MIKIELIEVICH: CONSERVAR O DEJAR IR, POR ERNESTO INOUYE

Cuando empecé con la investigación que me encargó la Editorial Municipal de Rosario para la edición de Facundo Marull. Poesía reunida, toda la bibliografía sobre el poeta con la que contaba era un par de textos de Eduardo D’Anna, escritor y crítico rosarino. Y cuando terminé la investigación la bibliografía que había logrado reunir era prácticamente la misma. Es decir: no había casi nada escrito sobre Facundo Marull. Este trabajo era muy diferente a lo que había aprendido a hacer en la Facultad, que era buscar textos y libros de autores reconocidos que hablaban de otros autores que ya directamente eran celebridades, nacionales e internacionales, con fanáticos y detractores, biografías autorizadas y no autorizadas, estrellas que iban a comer de Mirtha y bajaban de sus limousines entre paparazzis… Bueno, a lo mejor no eran celebridades de ese tipo, pero sí eran reconocidos de una manera equivalente, y con otros modos, dentro del retorcido universo de la crítica y la literatura.

Marull era más un tipo como uno. No solo no había estudios críticos sobre su obra, que de por sí era extraña estéticamente y no parecía tener ningún referente claro en el panorama literario nacional de la época, sino también que se tenían solamente unos escasos datos biográficos que consistían en una serie de países de Latinoamérica en los que había vivido, una larga lista de obras inéditas y extraviadas, unos difusos datos familiares, y el apellido de una acaudalada familia argentina que no cuadraba con su poesía arrabalera, que hablaba de los rincones y antros más turbios de la ciudad de Rosario.

Desprovisto de bibliografía, tuve que basar la investigación en entrevistas a gente que lo había conocido o al menos había escuchado hablar de él, y en tratar de derivar datos nuevos de los pocos que tenía: por ejemplo leer comentarios en blogs discontinuados y stalkear a los usuarios que lo nombraban (en viajes al pasado a planetas abandonados como “Taringa!” o la “blogosfera”) o no investigar a Marull sino ir hacia esos lugares donde había olor a Marull, algún personaje, movimiento artístico o político cercano como para, de alguna manera, ir cercándolo. La falta de información y estudios previos me obligó a abandonar el mundo de las ideas, e introducirme en el asistemático, múltiple y polivalente mundo real, la materia prima de los detectives y los comerciantes, y a partir de los rastros del Marull de carne y hueso intentar reconstruir su vida y después intentar descifrar su poesía singular.

Uno de los hallazgos más interesantes fue una carta que Marull le escribió a la esposa de un amigo suyo después de enterarse de que había muerto. El contenido de la carta podría ser uno de sus poemas. El tema y el tono son muy Marull. Pero también la forma en que me llegó la carta es muy Marull: primero una página, que es la que está publicada en el libro porque pensábamos que ahí terminaba. Pero después, cuando el libro ya estaba impreso, apareció la segunda página donde figura la fecha y su firma. En esa segunda página escribe:

“En el tiempo y en repetidas oportunidades perdí lo que me pertenecía, desde la vivienda hasta los papeles, todo. Recomencé cada vez sabiendo que reuniría otro equipo para volver a perderlo, empecinado, duro, sin sufrir.”

Que haya escrito eso en un papel que estuvo perdido, y que por esa razón no figura en el libro que publicamos, me parece ya un símbolo demasiado refinado, una alegoría loca, un argumento de Borges, una psicomagia de Jodorowsky.

Es decir, en ese fragmento, que llegó tarde, Marull decía por sí mismo lo que nosotros en la editorial de alguna manera habíamos concluido en nuestras charlas: la desaparición de su nombre del panorama literario rosarino y la pérdida de la mayoría de sus obras tenía que ver no solo con el despiadado mundo editorial y de la crítica sino también con un rasgo de su personalidad. Como si el mismo Marull hubiese programado borrarse del mapa.

En la nota introductoria a su segundo libro, Las grandes palabras, Marull dice que esa publicación es una evidencia de su claudicación. Es la consecuencia, por lo que puede deducirse del texto, de no haber mantenido su convicción en el silencio. O bien la de haberle dado demasiada importancia a sus propias palabras que es lo que representa casi en primera instancia publicar un libro, pretender dejar asentado algo de uno mismo.

Hay una palabra en la obra de Marull que me llamó la atención desde el principio, que aparece en el primer poema de su primer libro, Ciudad en sábado. La palabra es “abdicante”. Primero me llamó la atención porque no sabía qué significaba y segundo porque cuando leí la definición, era una palabra que definía muy bien la personalidad de Marull. El diccionario dice así:

Abdicar.

1. tr. Dicho de un monarca: ceder la soberanía de su reino o su corona a otro, o renunciar a ella.

2. tr. Renunciar a algo propio, especialmente a una idea o una creencia.

Marull no solo se despojó de su obra sino que esa actitud de desprendimiento la tenía también con sus pertenencias y sus logros materiales: despilfarraba su sueldo en el casino del Parque Rodó en Montevideo o en la elegante confitería Telégrafo donde tomaba té de Ceylan con su esposa o en una moto de alta cilindrada para poder dejar atrás a mayor velocidad sus pertenencias y su propia vida. Como si ese dinero y el trabajo mismo que puso para ganarlo no hubiesen existido. Le gustaba decir que comprar una casa era gastar en una montaña de ladrillos, que con esa plata se podía andar un montón. Marull fue inquilino casi toda su vida y sus últimas dos décadas vivió en la pobreza.

Cuando terminé el trabajo sobre Marull y el libro con su poesía reunida ya había sido publicado, la Editorial Municipal me ofreció trabajar en otra investigación. Esta vez sobre un historiador y coleccionista local muy conocido que se llamó Wladimir Mikielievich (1904-1999). No hizo falta mucho tiempo para darme cuenta de que estos dos personajes, Marull y Mikielievich, se ubicaban en los extremos opuestos de un mismo aspecto: Marull se despojaba de todos sus papeles y todas sus pertenencias; Mikielievich conservaba, archivaba y catalogaba no solo sus papeles personales sino todo aquello que tuviese relación con la ciudad de Rosario. No es fácil imaginar lo que puede ser eso: los papeles no de una persona sino de toda una ciudad, empezando por los diarios nomás, que Mikielievich llegó a contarlos en camionadas, una unidad más propia del transporte de arena o escombros. Juntó etiquetas, libros de actas, todas las revistas publicadas en la ciudad, mapas de todo tipo, fotos, partituras de músicos locales, en fin, de todo. Destinaba tres habitaciones de su casa a juntar papeles y libros. Con toda esta documentación escribió una obra monumental: el Diccionario de Rosario, que tiene 54 tomos. Los dos personajes, Mikielievich y Marull, expresan reacciones opuestas frente al paso del tiempo: uno, acumular toda la evidencia posible de la existencia de las cosas; el otro, hacer de cuenta que nunca pasó nada.

 

Wladimir Mikielievich rodeado de papeles y libros en su estudio.

Además de esta relación conceptual por oposición, hay dos puntos de contacto concretos entre ellos: en primer lugar, fueron contemporáneos y muy probablemente se hayan conocido en la década de 1930 en los talleres de la Mutualidad Popular de Estudiantes y Artistas Plásticos. Marull tomó ahí clases de dibujo y pintura, y Mikielievich fue docente de Historia en esa institución según figura en el libro de Rafael Sendra, El joven Berni y la Mutualidad Popular de Estudiantes y Artistas Plásticos de Rosario.

El otro punto de contacto es que Mikielievich hizo lo que Marull no había hecho consigo mismo. Es decir, Mikielievich, como pretendía dejar registro en su Diccionario de absolutamente todo lo que existía o había existido en Rosario, entre industrias, parques, avenidas, animales, comercios, clubes, dejó constancia del poeta Facundo Marull, del que ya, no está de más decir, nadie se acordaba. El tipo que registraba todo registró al que no registraba nada. Mikielievich fue, digamos, mejor documentando que Marull escondiéndose o escapando. Tendría que haberse comprado una moto más veloz.

En la entrada “Marull” del Diccionario de Rosario, Mikielievich hace un repaso breve de su biografía y menciona los dos libros que había publicado. Pero hay un detalle en el texto, una enmienda para ser más preciso, que parece ser otro intento de Marull por eludir una vez más el registro. Mikielievich pudo haber interpretado esta enmienda como una falta propia. El historiador escribió en su estudio “se desconoce dónde y cuándo falleció”, pero esa oración fue tachada posteriormente y corregida con una birome de otro color: “vive en Buenos Aires”. Lo mató, como se dice en mi pueblo. Marull por poco lograba su objetivo: desaparecer de este mundo pero seguir estando.

 

Entrada “Marull” en el Diccionario de Rosario.

 

Facundo Marull había vivido cerca de veinte años en Montevideo, aproximadamente desde 1955 a 1973. Gabriel “Saracho” Carbajales, un amigo suyo del Uruguay, me había contado que el poeta había escrito unas especie de aguafuertes en un periódico de la ciudad. El período de estas hipotéticas aguafuertes coincidía con la fecha de publicación de su poema más conocido: “Triste”. Pensé que, por lo tanto, las aguafuertes podían ser tan buenas como ese poema y fantaseaba con un súper hallazgo literario, un conjunto de aguafuertes geniales escritas por un rosarino.

Fui a Montevideo y estuve buscando por una semana en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional algún texto bajo su nombre o bajo el pseudónimo que me había dicho su amigo que utilizaba: “El mono desnudo”. Al terminar la semana y agotar los recursos que me había dado la editorial, no había encontrado nada. Después de eso me encontré con unos amigos que habían ido de vacaciones a Uruguay y fuimos a un balneario de perfil familiar a pasar unos días.

Aunque ya estaba de vacaciones yo seguía pensando en ese mono desnudo, dónde, cómo, cuándo y por qué se me había escabullido. Pensaba incluso si no era todo una joda. ¿Qué hacía buscando en Montevideo un mono desnudo en diarios viejos? ¿Cómo había llegado a esto? ¿En qué clase de estrafalario detective me había convertido? Con joda no sé si me refería a una del amigo de Marull, o a una joda muy inentendible y costosa que me había hecho la Editorial Municipal proponiéndome rastrear a este tipo hasta sus últimas consecuencias, o a que directamente todo era una joda, que el mundo era una joda, que el Universo tenía la estructura de una joda y que al final de esta gran joda todos nos reiríamos juntos recordando las veces que nos habíamos puesto serios, o las veces que nos habíamos puesto tristes o incluso violentos por tal o cual situación. Como una especie de último carnaval donde estaríamos todos: Marull, Mikielievich, Borges, Jodorowsky, Mirtha Legrand, todos mezclados, sin distinción.

 

Tapa de Las grandes palabras, segundo libro de Facundo Marull, publicado en 1966. Según Gabriel “Saracho” Carbajales el dibujo es obra del poeta. ¿Es acaso el mono desnudo?

 

La última tarde de esas vacaciones estábamos con uno de mis amigos sentados cada uno en su reposera. La playa ya se estaba vaciando y empezábamos a pensar que había que ir trayendo un vino, pero había que caminar diez cuadras hasta la casa. Yo le seguía taladrando la cabeza con el mono desnudo, con las fechas de los diarios, los suplementos humorísticos, las ediciones especiales, etc. Entonces él, que es muy inteligente y entendió muy rápido de qué venía Marull, me dijo: “Dejá de joder con Marull, ya está, ¿no ves que no quería que lo encuentren? Me voy a buscar el vino.” “Traeme un buzo ya que estás”, le dije mientras se ponía las ojotas. Se fue y yo me quedé mirando a dos pibes que se tiraban desde lejos una pelotita de tenis.

 

Ernesto Inouye nació en Rosario en 1984. Es profesor en Letras por la UNR. Prologó el libro Facundo Marull. Poesía reunida y formó parte del equipo de investigación y redacción de Archivo Mikielievich. Obras y colecciones, ambos títulos editados por la Editorial Municipal de Rosario. Es coautor del libro de crónicas urbanas 40 esquinas de Rosario. Además de sus trabajos relacionados con las letras da clases de acordeón.

abril 2020 | Revista El Cocodrilo


CRÓNICAS


RODOLFO Y VICKI WALSH EN ORACIÓN, DE MARÍA MORENO: “A ESCRIBIR O A MORIR”

 

La escritora, ensayista y periodista, María Moreno, en su casa.

Por Marcela Alemandi 

“La primera exigencia de la biografía, la veracidad, atributo pretendidamente científico, no es otra cosa que el supuesto retórico de un género literario”, sostiene Juan José Saer en “El concepto de ficción” (1989). Y agrega: “la verdad no es necesariamente lo contrario de la ficción”.  María Moreno bien puede haber tenido en cuenta esta observación sobre el género al escribir Oración. Publicado por Random House en 2018, el libro resiste exitoso cualquier intento de clasificación: en su contratapa se señala que la obra no solamente desdibuja las fronteras entre biografía, ensayo, crónica, periodismo de investigación y narración literaria, sino que directamente arrasa con ellas. Seguir leyendo RODOLFO Y VICKI WALSH EN ORACIÓN, DE MARÍA MORENO: “A ESCRIBIR O A MORIR”

TRES POEMAS EN LIGAZÓN DE IDA VITALE

Referencias barrocas en “Calco por transparencia” (“Calco por transparencia”, “El cuadrado de la distancia” y “Respuesta del Derviche”) de Jardín de Sílice (1980)

Por Flavio Zalazar y Jorge Schiavoni

 

“Tanta búsqueda inconsciente abrió una brecha en mi opacidad. Desde ese momento la poesía fue, cada vez más, ese jardín cerrado, para pocos, donde todo se trasmutaba. Los dioses han muerto, me decía Nietzche, esa lectura imperiosa de los años adolescentes. No del todo, si existe la poesía, me defendía yo, que por años tuve el pesimismo optimista”. Ida Vitale, como lo diría Ester Guimbernat González[1] elige mirar desde la biblioteca, desde lejos; y así posicionada proyecta gran parte de su obra: una combinación dinámica entre el dato bibliográfico (o si se quiere libresco) y los diferentes tipos de posibles mundos alternativos formulados por la propuesta de la palabra elegida. Un constructo, el de la uruguaya, en disolución y reticencia (acto poético brumoso); carente, tal vez, de la palabra crucial; ese sentido exacto que lo prosaico de la convención social ciñe y constriñe en significado. Seguir leyendo TRES POEMAS EN LIGAZÓN DE IDA VITALE

QUERIDO MONSTRUO

FOTO Lucía Alemandi

Por Marcela Alemandi

“¿Cómo una joven muchacha pudo imaginar una idea tan espantosa?”. Esa es la pregunta que Mary Shelley responde en su prólogo a la edición de 1831 de Frankenstein o el moderno Prometeo,la novela (y el personaje) que le darían fama eterna, mucha más, incluso, de la que tuvieron su marido, Percy Shelley, y su amigo, Lord Byron, insignes poetas de la segunda camada del Romanticismo inglés, a quienes ella admiraba y a quienes, según narra en ese mismo prólogo, no aspiraba siquiera a igualar en maestría literaria.

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