ENTREVISTA A SANTIAGO VENTURINI, POR MARCELO DÍAZ

por El Cocodrilo

Pequeña enciclopedia mental.
Santiago Venturini.
UNL Ediciones. 2024.

El orden, si es que acaso se puede hablar de un orden, de los ensayos por momentos pareciera responder a una serie alfabética. A la vez la lectura puede comenzar en cualquier punto y seguir y seguir en cualquier dirección: ¿cómo planificaste los borradores del libro, Santiago? ¿Tomando notas al azar? ¿Anudando como fraseos pensamientos en principio inconexos y después fuiste ovillando idea por idea hasta tejer un libro entero?

El punto de partida del libro es una columna que escribí durante algunos años en el periódico Pausa de Santa Fe. Se llamaba “Resonancia magnética” y consistía, casi como un ejercicio escolar, en escribir sobre un tema y relacionarlo, siempre, con alguna lectura. Para mí era una especie de homenaje, no tanto a lxs autorxs que me gustan, como a la cita, esa joya que sacamos de lo que leemos y que nos ilumina de algún modo. Podría escribir solo con citas, me gusta esa ilusión de una escritura hecha materialmente de lecturas. 

Pero una cosa fue esa columna y otra el libro, que tuvo diferentes formas: primero fue una recopilación de esas columnas, bastante bodrio; después una especie de antología temática, también fallida, y, finalmente, esa enciclopedia personal. Más allá de que se puede empezar a leer, como toda enciclopedia, desde cualquier entrada, es una enciclopedia breve y quise que en la sucesión se formara un relato mayor, por eso revisé la serie alfabética, borré algunas entradas y modifiqué los títulos de varias otras para favorecer la serie. No sé si funcionó, pero fue algo que pensé. 

¿Qué hay de la música? Una vez, hace años ya, hablamos de Smashing Pumpkins? En la escritura: ¿existirá una música, un ritmo, una armonía? ¿Una forma de improvisar formas sensibles como esos compositores que tocan una nota y de repente dicen “ésta era la canción que rumiando en mi mente”? ¿Cómo ocurre con la escritura?

No digo nada nuevo si digo que existe la música de la poesía, pero diferente de la música convencional porque la materia es otra. Como dice Daniel Samoilovich, si pensamos la música de la poesía en términos propiamente musciales, lo único que obtendríamos es un “un sencillo ritmo monofónico”. Se trata, entonces, de una música particular: la lengua suena, los poemas tienen su melodía, hecha de repeticiones, acoplamientos, contrastes y cortes, una música organizada, además, por la unidad del verso. Después se trata de decisiones que cada unx toma cuando escribe: hay poetxs que escriben muy atentxs a esa música, la provocan, la remarcan, y otrxs no tanto, la escamotean un poco, algunxs incluso la evitan. Sea como sea, hay que tenerla en cuenta.

¿El poeta no podría ser un buzo que se viste con su escafandra y trata de encontrar en las profundidades de su propia identidad aquello que considera irrecuperable? ¿Y eso que considera irrecuperable a veces lo encuentra y a veces? 

Hay tantas formas de pensar lo que hacemos o pretendemos hacer con la poesía, cada unx debe tener su teoría individual. Puedo pensar la poesía como una búsqueda en relación con mi identidad o, mejor dicho, con algo más indeterminado con lo que la identidad puede estar, más o menos, involucrada: una sensación o percepción, un recuerdo, un hecho, una idea, incluso otro poema. A veces creo que hay una especie de transacción entre algo mudo o que no tiene lengua y la lengua, aunque las conjeturas o discusiones sobre lo indecible y sobre lo que puede o no la poesía me resultan bastante aburridas. Lo único que me importa es no dejar de escribir poemas: el poema es una tecnología antigua, una organización de la lengua con una potencia intacta (más allá de las maneras más o menos efectivas de practicarla): el poema puede contar y suspender lo que cuenta, tiene el poder de la condensación o de la elucubración, se concentra en el detalle o va hacia lo grande. Todo eso surge de organizar la lengua en versos, un verso sobre otro, para mí sigue siendo como un pequeño acto de magia.

¿Cuándo hablamos solos no será también una huella poética? ¿Pregunto como pensando en voz alta? ¿Una voz que se desdobla y desdobla hasta que perdemos registro de ella? Digo, por la referencia a Pizarnik. ¿Qué quedará de esos monólogos que nos hacemos a medida que vamos transitando las calles de nuestras ciudades? 

No podemos renunciar al habla, hablamos aunque estemos callados. La cita de los diarios de Pizarnik que aparece en el libro hace referencia, creo, a esa proliferación casi automática de la lengua en nosotros. Por otra parte, los poemas siempre empiezan así: como monólogos, algo que se rumia y que de a poco va tomando forma. 

Por momentos pareciera ser que el tiempo es un nudo que entreteje tu atención. ¿El poeta sería un monje que acumula sentencias, series que parecen estar distantes en el tiempo y en el espacio y de golpe se encuentran en un mismo plano? Por ejemplo: un accidente que tarda 15 años en mostrar sus síntomas y las consecuencias de ese accidente luego serán parte de una mitología familiar que constituye la identidad de una familia?

No sé si un monje, pero lo que decís sobre esas series distantes que se encuentran me hace pensar en que cuando escribimos estamos poniendo en relación cosas (todo lo que entra dentro de esa palabrita). O tratar de seguir la estela, el rastro de algo. Podríamos proponer mil fórmulas, no sé si sirven, cada vez me molestan más esas afirmaciones, prefiero quedarme a la sombra de lo relativo y lo ambiguo. Sobre lo del tiempo, es una obsesión bastante poco original, pero en esa pequeña enciclopedia casi no hay entrada que no hable de eso, como en la primera del libro, donde aparece ese accidente del pasado. 

¿Silbar? Me acuerdo de El arte de silbar de Sonia Scarabelli. ¿Qué hay detrás de un silbido volviendo al universo de las formas sensibles y de la música?

Es un destello más. En la enciclopedia el silbido está, otra vez, unido al pasado. 

¿Y el río? ¿Qué es lo que llama la atención del río? Más allá de las tradicciones propias de las geografías que habitamos. ¿Qué habrá allí que siempre termina por ser materia poética? 

La geografía es una razón bastante poderosa, pero no en términos de una tradición literaria o artística; hablo de la geografía a secas, del entorno en el que vivimos. En algún punto ya no se trata del río sino de lo natural, esa fuerza que parece domesticada por la ciudad, pero está presente y tiene otra forma de estar. Vivo en una ciudad particular desde ese punto de vista: más bien modesta, baja, rodeada de agua y de islas que aunque no veo seguido están ahí. Cada vez que la miro, la laguna tiene una textura y un color diferentes. Voy seguido a Rosario y siempre termino en el borde de la ciudad mirando el Paraná: si está nervioso o planchado, si el viento lo peina o no, cómo lo cortan esas moles extranjeras de los barcos. No tengo un conocimiento sobre el río, no es necesario tenerlo para experimentarlo, es imposible abstraerse de eso. Después, eso tiene un mayor o menor peso en la poesía: aunque mucha poesía se concentra en lo que hay, en lo que está, no todxs lxs poetas se relacionan con el río como Juanele (aunque nadie hizo del río algo tan fundamental para una poética, en eso y en otras cuestiones es la gran excepción). 

Hace poco estuvo Andi Nachón en Río Cuarto y hablamos de tus textos, de una apertura, de un quiebre interseccional y que anudaba nuevas generaciones, habilitaba nuevas voces y con ello nuevas formas de leer. Y hablamos de Callero. ¿Qué podríamos recuperar de la obra de Callero en tus versos, en tus ensayos, en tu manera de transitar el mundo con la poesía? 

Siempre pienso en el Fer, al mismo tiempo, como un amigo y un maestro, aunque no un maestro en un sentido formal —yo nunca participé de sus talleres, por ejemplo, aunque ni ahí ibas a encontrarte con un Fer formal, nadie más alejado de la formalidad que él—, sino alguien que enseña desde su forma de interrogar, desde la curiosidad, de una manera natural pero con un compromiso con el tema, sea el que sea. En nuestras charlas aprendía mucho, aunque el Fer también podía ser duro y le gustaba ser provocador. Su poesía es algo vivo: habla de la costanera santotomesina o del barrio, de su hijo o de un pajarito al que intenta salvar, se pone en el lugar de un perrito adoptado, y su lengua siempre está viva, parece estar cerca de todas esas cosas, las entiende y expresa una especie de felicidad por encontrarse con ellas. Eso es difícil de lograr. No sé si es algo que tengo tan claro, pero creo que su poesía me ayudó a sospechar de la solemnidad, salir del lugar cómodo de la queja o el lamento. 

¿Pensamos como escribimos? ¿Escribimos como pensamos? ¿Qué predomina la emoción o el pensamiento? ¿ O llega un punto como en esa sentencia de Juan L.Ortiz donde el pensamiento alumbra y enceguece por su intensidad toda forma de habitar y percibir el mundo? ¿Cómo lo podríamos seguir a ese estado?

No me preocupa mucho la diferencia entre la emoción o el pensamiento, me preocupa más lo que el poema hace con eso. Juana Bignozzi, con esas respuestas un poco ortibas pero geniales que daba en las entrevistas, dice que no todo lo que sentimos tiene importancia para la poesía y que a veces es mejor que nunca llegue al papel; tal vez sí la tiene, pero sea como sea es el poema el que tiene que decirlo, es el poema el que le da espesor o entidad a una emoción (y no al revés), todo se decide ahí. Para mí está el trabajo manual, ese movimiento desprolijo y medio penoso de mi letra cuando escribo en una libreta o el tac tac de las teclitas, el cursor que titila, va y viene, hace aparecer letras, las borra y las vuelve a crear, hasta formar algo más sólido, más firme. Así, a veces, se crea ese estado del que hablás, que dura poco.

diciembre 2025 | Revista El Cocodrilo

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